Jack Dorsey (cofundador y ex-CEO de
Twitter) es quien más ha hablado públicamente sobre estos temas entre los
directivos importantes de la antigua Twitter. No hay declaraciones tan directas
y autocríticas de otros ejecutivos clave como Parag Agrawal (ex-CEO), Ev
Williams o Biz Stone sobre que la plataforma estuviera “diseñada para crear
adicciones” de forma intencional y dañina para la salud mental. Bajo Elon Musk
(X actual), los ejecutivos no han hecho este tipo de reconocimientos públicos;
el enfoque ha estado más en libertad de expresión y cambios en moderación.Aquí
van las declaraciones más relevantes de Dorsey, con contexto:1. Reconocimiento
directo de que las herramientas pueden ser adictivas (2020)En una audiencia del
Senado de EE.UU. el 17 de noviembre de 2020, Dorsey respondió a una pregunta
del senador Lindsey Graham sobre si las plataformas de redes sociales pueden
volverse adictivas:“I do think, like anything else, these tools can be
addictive. And we should be aware of that, acknowledge it, and make sure that
we are making our customers aware of better patterns of usage. The more
information the better here.”
(Traducción aproximada: “Creo que,
como cualquier otra cosa, estas herramientas pueden ser adictivas. Y deberíamos
ser conscientes de ello, reconocerlo y asegurarnos de que informamos a nuestros
clientes sobre mejores patrones de uso. Cuanta más información, mejor.”)Esto
contrasta con Mark Zuckerberg, quien en la misma audiencia dijo que la
investigación era “inconclusa”.
businessinsider.com
2. Sobre el diseño adictivo y el
“dopamine drip” (entrevista Rolling Stone, enero 2019)Dorsey abordó
directamente la crítica común de que las redes sociales están diseñadas con
“goteos de dopamina” para ser adictivas:“People talk about social media being
designed for dopamine drips, intended to be addictive. To what extent is there
truth in that for Twitter? We certainly didn’t have that intent. [...] We never
really designed the product to be, like, ‘How do we make this more addictive?’
That’s never a question I’ve asked, and never a question I’ve heard my team
ask. [...] But that’s not our intention today and going forward. We’re actually
thinking about what happens if we remove the ‘like’ counts.”
Reconoció que existe una “adicción
general” independiente de Twitter al “qué está pasando” y a las “hot takes”,
pero negó que fuera un diseño intencional de la compañía para maximizarla.
Mencionó que estaban considerando eliminar el conteo de “likes” para reducir
incentivos variables.
rollingstone.com
3. Sobre optimizar por “Daily Active
Usage” (DAU) y cómo genera ira y adicción (charla TED 2019)En su intervención
en TED 2019, Dorsey criticó el enfoque en métricas de engagement que premian el
contenido que enfada a la gente:Explicó que la gente se engancha porque ve algo
que le molesta (“pissed off”), entra a “echar leña al fuego”, lo que sube el
daily active usage (usuarios activos diarios) y genera más ingresos
publicitarios, pero todos terminan más enfadados entre sí.Dijo literalmente que
no se puede optimizar solo por una métrica como el tiempo pasado o DAU, porque
es “peligrosa”. El objetivo real debería ser que la gente salga de Twitter
habiendo aprendido algo valioso y sintiéndose empoderada, no abrumada ni más
enfadada.
blog.ted.com
Dorsey impulsó durante su gestión
iniciativas de “conversational health” (salud de las conversaciones): medir si
una conversación es tóxica o saludable, para reducir acoso, abuso y
manipulación, reconociendo que estos problemas afectaban la experiencia y, por
extensión, el bienestar de los usuarios.Otros ejecutivos y contextoParag
Agrawal (CEO 2021-2022): Habló mucho de desinformación, abuso y efectos en la
salud mental en términos generales, pero no hay declaraciones públicas fuertes
reconociendo adicción intencional o daños específicos a la salud mental.
Ev Williams (cofundador y ex-CEO): Ha
sido más crítico en retrospectiva con aspectos como mostrar el número de
seguidores (lo llamó “no saludable”) y ha dicho que internet premia los
extremos, pero no hay citas directas suyas sobre adicción o salud mental de
Twitter.
X actual (bajo Elon Musk): No hay
declaraciones equivalentes de ejecutivos admitiendo que la plataforma está
“hecha para crear adicciones y atrapar” a los usuarios. Musk ha criticado
ecosistemas de redes sociales anteriores (incluyendo el viejo Twitter), pero
como propietario el discurso es diferente. Existen estudios independientes que
muestran que usar X reduce emociones positivas y aumenta la indignación y
polarización, pero eso no viene de declaraciones de directivos.
Resumen: Las declaraciones más
cercanas a lo que preguntas provienen de Jack Dorsey, quien reconoció
abiertamente el potencial adictivo de las herramientas, advirtió sobre
optimizar engagement que genera ira y propuso cambios para una experiencia más
“saludable”. Sin embargo, nunca dijo que Twitter estuviera deliberadamente
diseñada para crear adicciones dañinas como han hecho algunos exejecutivos de
Meta/Facebook (ej. Tim Kendall comparando Facebook con cigarrillos). Dorsey lo
presentó más como algo de lo que había que ser consciente y mitigar.Si quieres
las fuentes completas de las entrevistas o más detalles sobre alguna
declaración específica, dime y te ayudo a profundizar.
3 páginas web
Citas de exejecutivos de Meta sobre
adicción
Estudios sobre impacto de X en salud
Ahora todo lo que se ha dicho sobre X
y Twitter en relación a lo ya expuesto, pero que lo hayan dicho otras
autoridades, ya sean intelectuales, investigadores, científicos, filósofos o
escritores
Se ejecutó Pensar durante 26s
Tristan Harris (ex-diseñador ético de
Google, cofundador del Center for Humane Technology) es una de las voces más
influyentes en este tema. Ha criticado repetidamente los modelos de negocio de
las redes sociales (incluyendo Twitter/X), que priorizan el engagement
máximo.Argumenta que las plataformas están diseñadas para mantener a los
usuarios “addicted, outraged, polarized, narcissistic and disinformed”
(adictos, indignados, polarizados, narcisistas y desinformados), porque eso
genera más tiempo en pantalla y más ingresos publicitarios.
youtube.com
Describe cómo los diseños (scroll
infinito, notificaciones variables, likes) secuestran el sistema de dopamina
del cerebro, similar a una máquina tragamonedas. Esto crea un ciclo de
recompensas impredecibles que fomenta la adicción conductual.
Habla de “human downgrading”: un
sistema interconectado de adicción, distracción, aislamiento, polarización y
noticias falsas que degrada la capacidad humana.
Mención específica a Twitter: ver
Twitter nada más despertar y encontrar cosas que indignan afecta al usuario “a
nivel animal”.
vox.com
Jaron Lanier (científico de la
computación, filósofo y autor de Diez argumentos para borrar tus cuentas de
redes sociales ya mismo) es muy directo:Las redes sociales están optimizadas
para la adicción y la manipulación. El modelo publicitario hace que cualquier
interacción entre personas sea financiada por terceros que quieren
manipularlas, lo que genera “adicción, manipulación, sigilo y trucos”.
Las emociones negativas (ira,
tristeza) son el “combustible vital” de estas plataformas porque mantienen a la
gente enganchada. El contenido que enfada o deprime genera más interacción.
Compara la adicción conductual con el
juego: los usuarios se enganchan al ciclo completo (mayoritariamente
castigos/recompensas negativas con ocasionales “éxtasis”), no solo a las
recompensas positivas.
jordanharbinger.com
Consecuencias: daño a la salud mental
(depresión, ansiedad), erosión de la empatía, de la libre voluntad y de la
verdad; convierte a la gente en “matones” online. Recomienda borrar las
cuentas, incluida Twitter, a la que muchos periodistas están adictos.
Jonathan Haidt (psicólogo social,
autor de La generación ansiosa – The Anxious Generation) se centra
especialmente en el impacto en jóvenes, con evidencia científica:Las redes
sociales son una de las principales causas del colapso en la salud mental de adolescentes
desde ~2012 (aumento drástico de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidio,
coincidiendo con la adopción masiva de smartphones y redes).
Entre un 5% y 15% de los
niños/adolescentes están “verdaderamente adictos” de forma que daña gravemente
su desarrollo.
Daños principales: fragmentación de
la atención, adicción, comparación social constante, disrupción del sueño y
reducción del juego libre en el mundo real.
Hay evidencia de estudios
experimentales y revisiones que muestran beneficios claros al reducir el uso de
redes sociales. Ha testificado ante el Congreso de EE.UU. sobre esto.
judiciary.senate.gov
Aunque destaca más plataformas
visuales como Instagram para problemas de imagen corporal en chicas, menciona
que Twitter/X contribuye fuertemente a la indignación y polarización general.
Sherry Turkle (psicóloga del MIT,
autora de Alone Together y Reclaiming Conversation):Las redes sociales
funcionan como una “máquina anti-empatía”: los algoritmos amplifican la ira
para mantener a la gente enganchada y dentro de sus burbujas.
Erosiona las habilidades de
conversación real, la empatía y la capacidad de estar solos (soledad
productiva). La gente está “sola juntos”: conectada digitalmente pero aislada
emocionalmente.
Prefiere no usar el término
“adicción” de forma literal (porque implica abstinencia total, que no es
realista), pero reconoce que genera distracción constante, costes emocionales y
reduce la calidad de las relaciones y la reflexión personal.
apa.org
Cal Newport (científico de la
computación, autor de Minimalismo digital):Las redes sociales no son
inofensivas; pueden hacer la vida “casi invivible” para muchas personas al
destruir la capacidad de trabajo profundo, concentración y productividad.
El modelo de economía de la atención
explota la psicología humana de forma que el contenido se vuelve
“ultra-procesado” (optimizado solo para engagement), dejando a los usuarios
psicológicamente peor.
Recomienda abandonarlas activamente;
muchos profesionales inteligentes lo están haciendo porque el coste supera
cualquier beneficio.
calnewport.com
Otras voces y evidencia
complementariaJean Twenge (psicóloga): vincula directamente el aumento de
smartphones y redes sociales con el deterioro de la salud mental en la
generación iGen (más depresión, ansiedad y soledad).
Estudios específicos sobre X/Twitter:
Investigaciones como las de la Universidad de Toronto (2024) muestran que el
uso frecuente de X se asocia con caída en emociones positivas, aumento de
indignación, polarización y peor bienestar general. No se encuentran efectos
positivos claros.
Filósofos y críticos más amplios
(Byung-Chul Han, Nicholas Carr, etc.) hablan de fatiga digital, erosión de la
atención y “sociedad del cansancio”, aunque no siempre se centran solo en
Twitter/X.
En resumen, estos expertos coinciden
en que plataformas como Twitter/X (y las redes sociales en general) usan
diseños adictivos basados en recompensas variables y amplificación de emociones
negativas (especialmente ira), lo que genera adicción conductual, deterioro de
la salud mental (ansiedad, depresión, polarización), reducción de empatía y
atención, y efectos negativos a nivel individual y societal. No siempre culpan
solo a Twitter (otras plataformas son más criticadas por imagen corporal), pero
lo incluyen como parte del problema por su rol en la indignación y el
engagement tóxico.Si quieres profundizar en alguna persona concreta, libro,
estudio o cita exacta, dime y te ayudo.
6 páginas web
Las redes sociales en general
(Facebook, Instagram, TikTok, YouTube, Snapchat, etc.) han recibido críticas
profundas de intelectuales, investigadores, científicos, filósofos y escritores
por su diseño adictivo, sus impactos negativos en la salud mental y su
dificultad para abandonarlas. Aquí un resumen estructurado de las voces más
relevantes y consensos científicos:Diseño adictivo: Recompensas variables y
dopaminaExpertos coinciden en que las plataformas usan técnicas de psicología
conductual (como las máquinas tragamonedas) para crear adicción:Tristan Harris
(ex-diseñador ético de Google, Center for Humane Technology) y el documental
The Social Dilemma (2020): Las redes están optimizadas para maximizar el
engagement (tiempo en pantalla) mediante notificaciones impredecibles, scroll
infinito, likes y algoritmos que entregan contenido personalizado. Esto genera
“dopamine hits” variables, secuestrando el sistema de recompensa del cerebro.
Harris habla de “human downgrading”: adicción, polarización, aislamiento y
desinformación como efectos sistémicos.
humanetech.com
Anna Lembke (psiquiatra de Stanford,
autora de Dopamine Nation): Las apps liberan dopamina masiva, similar a drogas
como heroína o alcohol. La accesibilidad 24/7, abundancia infinita y
recompensas impredecibles crean un ciclo compulsivo.
med.stanford.edu
Estudios neurocientíficos confirman
que los algoritmos alteran vías dopaminérgicas, generando dependencia
comparable a adicciones de sustancias.
Impactos en la salud mental,
especialmente en jóvenesHay evidencia sólida de correlaciones (y en muchos
casos causales) con ansiedad, depresión, etc.:Jonathan Haidt (psicólogo, The
Anxious Generation) y Jean Twenge (psicóloga): El colapso en la salud mental de
adolescentes desde ~2012 coincide con smartphones y redes sociales. Aumento
drástico de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidios. Las plataformas
fomentan comparación social constante, FOMO (fear of missing out),
cyberbullying y disrupción del sueño. Haidt estima que un 5-15% de jóvenes
están “verdaderamente adictos”. Estudios experimentales muestran mejoras al
reducir el uso.
pmc.ncbi.nlm.nih.gov
Meta-análisis y revisiones
sistemáticas: Uso problemático de redes se asocia moderadamente con depresión
(r≈0.27), ansiedad (r≈0.35) y estrés. Relación dosis-respuesta: más tiempo =
más síntomas. Efectos más fuertes en chicas (imagen corporal en Instagram/TikTok)
y en adolescentes.
mental.jmir.org
Sherry Turkle (MIT, Alone Together):
Las redes crean “sola juntos” —conectados digitalmente pero emocionalmente
aislados—. Erosiona empatía, conversaciones profundas y capacidad de estar
solo. Los algoritmos amplifican ira y polarización para mantener el engagement.
Críticas filosóficas y culturales más
ampliasJaron Lanier (Ten Arguments for Deleting Your Social Media Accounts
Right Now): Las redes financiadas por publicidad convierten interacciones
humanas en manipulación. Emociones negativas (ira, envidia) son el “combustible”
porque generan más clics. Destruyen libre albedrío, empatía y verdad;
convierten a usuarios en “matones” y productos. Recomienda borrar las cuentas.
scribd.com
Cal Newport (Digital Minimalism): Las
redes destruyen atención profunda, productividad y bienestar. El contenido es
“ultra-procesado” para maximizar engagement, dejando a los usuarios peor. Aboga
por abandono intencional.
Nicholas Carr (The Shallows,
Superbloom): Internet y redes fragmentan la atención y nos vuelven
“anti-sociales” al convertirnos en personalidades mediáticas rivales. Erosiona
pensamiento profundo y relaciones reales.
Byung-Chul Han (filósofo): Crítica la
“sociedad del cansancio” y positividad tóxica (cultura del “like”). Las redes
fomentan autoexplotación, transparencia total y pérdida de alteridad (el “otro”
desaparece en burbujas de similitud).
Consensos y maticesModelos de
negocio: Priorizan atención y datos sobre bienestar. Como dijo un ejecutivo en
The Social Dilemma: “Es imposible diseñar algo adictivo y al mismo tiempo
saludable para la mente”.
Evidencia: Correlaciones fuertes,
especialmente en uso excesivo/problemático. No todas las interacciones son
dañinas (puede haber beneficios en conexión o información), pero los daños
superan para muchos, sobre todo jóvenes.
Dificultad para salir: La adicción
conductual + diseño intencional hace que sea comparable a dejar de fumar o
jugar; muchos necesitan detox digital o límites estrictos.
En resumen, estos pensadores
coinciden en que las redes sociales no son herramientas neutrales: están
diseñadas para explotar vulnerabilidades psicológicas, generando adicción,
deterioro mental colectivo (ansiedad, depresión, polarización) y erosión de capacidades
humanas como atención, empatía y autonomía. Recomiendan reducir drásticamente
el uso o abandonarlo para recuperar control.Si quieres profundizar en un
experto, libro, estudio específico o recomendaciones prácticas, avísame.
Naturalmente, me tendréis q dejar la
dirección. Creo que X deja un mes de prórroga para continuar. Andaré por aquí
sólo para recibir peticiones.
Tengo, como dicen ahora, una raya
roja: son 20 ejemplares. Cuando llegue ese número de peticiones, dejo de mandar
libro.
¡Gran libro!
Los fragmentos de Cioran que se han
seleccionado aquí fueron extraídos de unos cuadernos que encontró su compañera,
Simone Boué, poco después de la muerte del escritor, acaecida en 1995. Ella
misma revela que Cioran solía tener en su escritorio un cuaderno siempre
cerrado, que luego se descubrió que no era el único: fueron encontrados otros
treinta y cuatro cuadernos fechados y con las mismas tapas que encerraban un
conjunto de ocurrencias y esbozos que más que forma de diario tenían la función
de almacenar el material que más tarde podría ser aprovechado para confeccionar
sus libros. Además de servirles de borrador, estos cuadernos los utilizaba
también para ejercitar su escritura en los momentos en que atravesaba periodos
de sequía creativa, lo que le permitía continuar acechando sus obsesiones y
dando rienda suelto a sus caprichos, además de constituir un recuento de
anécdotas y vivencias que le van surgiendo a lo largo de quince años, el
periodo comprendido entre junio de 1957 y mediados de 1972.
A lo largo de este extenso periodo
asistimos a alguno de los acontecimientos íntimos que conmovieron la vida de
Cioran, como la muerte de su madre o la de alguno de sus amigos. También
constatamos cuáles eran las reacciones del escritor ante la recepción de los
libros que iba publicando o editando, sus impresiones sobre el mundo de la
cultura y el repaso a los autores con los que muestra más simpatía o una
especial inquina. Los cuadernos resultan prolijos en encuentros con amigos
escritores que además eran célebres. Asistimos a encuentros con Samuel Becquet,
Henri Michaux, Paul Celan, Ionesco o Adamov. París, que fue la ciudad donde
vivió durante la época que abarca estos cuadernos, queda retratada como una
ciudad desolada e inhumana, con frecuencia satirizada y a la que dirige sus
dardos sarcásticos. Su pasado filofascista en Rumanía resucita a veces
provocándole una especial mortificación, sus páginas van salpicándose de
remordimientos y decepciones por las causas abrazadas en tiempos pretéritos, glosa su condición de
humano marginal o desgrana sus contradicciones: escéptico que procura a los
místicos, apóstata del estilo que cuida con esmero sus frases, etc. También
tienen sitio en este cuaderno las obsesiones y preocupaciones que
frecuentemente le ocupan en sus libros. El influjo del mal en la humanidad y la
ilusión de la libertad, su nostalgia del paraíso, las veleidades del éxito y el
fracaso, la maldición de la Historia como una sucesión de cambios que no son
más que una serie de malentendidos. Somos a menudo testigos de sus
inclinaciones y sus fobias. Son frecuentes los fragmentos donde descubrimos su
inclinación por igual al escepticismo y la sabiduría, sus ansias de desapego,
su predilección por la mística. No se libran de sus espantos, ni la técnica ni
sus símbolos modernos. Sigue renegando de la existencia, coquetea con el
suicidio a pesar del terror a la muerte, lanza invectivas contra el progreso,
al que condena por la cantidad de infelicidad producida, y a menudo desconfía
del psicoanálisis y del pensamiento utópico. Vemos en fin, al Cioran más
privado y descubrimos que, al compararlo con los pensamientos que suele exhibir
en sus libros de aforismos y ensayos, nada nos pilla por sorpresa, y es que
resulta que Cioran es aquí Cioran en cuerpo y alma, y de los pies a la cabeza,
así en sus libros como en su vida. Se muestra cotidianamente con el mismo
carácter (lúgubre, escéptico y apasionado) que emplea en sus diatribas escritas
y, a veces, nos parece incluso más novelesco que alguno de los personajes existencialistas
que ha engendrado la literatura; cuando uno va leyendo las entradas de estos
cuadernos, le parece estar asistiendo a las peripecias íntimas del Meursault de
“El extranjero”, del Juan Pablo Castel de “El túnel” o de alguno de los muchos
personajes delirantes que pululan por las páginas de Dostoyevski.
Emil Cioran fue un pensador rumano
nacido en 1911 en un pueblo de Transilvania, que estudió la carrera de
Filosofía y Letras en Bucarest y que antes de salir de su país para vivir en
París se dejó tentar por los cantos de sirena del movimiento nazi y llegó a
militar en un círculo fascista. Antes de demostrar que dominaba por escrito la
lengua francesa como pocos, ya había publicado en su propia lengua rumana
algunos libros, más bien de índole mística, con ese misticismo herético que
sería peculiar de Cioran y que acabaría enemistándolo con su padre, un pope
ortodoxo. Salió de su país con la idea de instalarse en España, país que le
fascinaba, especialmente por sus cimas místicas -Teresa, Juan de Yepes-, pero
al final se quedó en Paris malviviendo sin ejercer nunca una profesión
conocida: se dedicaba a deambular por las calles mientras platicaba con
vagabundos y prostitutas y malcomía en comedores universitarios a los que
accedía con las becas que ganaba. A partir de 1957, en que publicó Breviario de
Podredumbre, por el que recibió un premio, ya no iba a abandonar la lengua
francesa como instrumento verbal de sus pensamientos y tampoco iba a aceptar
más premios. Se dedicó a vivir al margen de cualquier reconocimiento
institucional y rara vez se dejaba abordar para una entrevista. Fue Fernando
Savater, que llegó a traducir alguno de sus libros y que escribió un ensayo
sobre su obra, quien iba a difundirlo en España con una famosa antología de
textos publicada en Alianza Editorial y titulada "Adiós a la filosofía".
En ella se vislumbraba un pensador original y escéptico, al margen de escuelas
y sistemas, pero amante de la filosofía marginal, que alegaba haberse
desafectado de la filosofía académica porque era incapaz de ver en los
pensadores oficiales un solo acento humano: todos, salvo Sócrates y Nietzsche,
habían acabado bien, algo que hacía poco recomendables a los representantes de
la filosofía. Frívolo y disperso, aficionado a todos los campos, como el decía,
no conocía a fondo más que el inconveniente de haber nacido. Así que su
filosofía era de un elegante pesimismo, que atacaba a Tirios y Troyanos, que
desconfiaba de los sistemas y de cualquier tipo de fanatismo y que en
definitiva lo condenaba todo, por condenar en primer lugar la vida, a la que en
alguno de sus textos definió como esa epilepsia de la materia que nos vuelve a
todos locos. Escribió libros contra la Historia, contra las utopías y en
general contra la vida: blasfemo sin igual, acabó convirtiéndose en un
predicador del suicidio como antiveneno para todos los males del hombre. A
pesar de sus predicaciones, no llegó a seguir el ejemplo y logró alcanzar los
84 años de edad sin mayores percances que un Alzheimer qué hizo que diese con sus pies en una
residencia de ancianos, donde falleció un 20 de junio de 1995.
Mi escepticismo es inseparable del
vértigo, nunca he comprendido que se pueda dudar por método.
¿Se comprenderá alguna vez el drama
de un hombre que en ningún momento de su vida ha podido olvidar el Paraíso?
Soy un filósofo aullador. Mis ideas
-si ideas son- ladran: no explican nada, estallan.
He buscado mi salvación en la utopía
y sólo he encontrado un poco de consuelo en el Apocalipsis.
17 de enero de 1958
Hace unos días… Me disponía a salir
cuando, para atusarme el pañuelo, me miré en el espejo. Y de repente un espanto
indescriptible: ¿quién es ese hombre? Me resultaba imposible reconocerme. De
nada me sirvió identificar mi abrigo, mi pañuelo, mi sombrero, no sabía quién
era, pues no era yo. Duró unos treinta segundos. Cuando logré recuperarme, el
terror no cesó al instante, sino que se degradó insensiblemente. Conservar la
razón es un privilegio del que podemos vernos privados.
Yo podría, si acaso, mantener
relaciones verdaderas con el Ser; con los seres, jamás.
24 de febrero de 1958
Desde hace unos días, vuelve a
rondarme la idea del suicidio. Cierto es que pienso en él a menudo, pero una
cosa es pensarlo y otra sufrir su dominio. Acceso terrible de obsesiones
negras. Me va a ser imposible durar mucho tiempo así por mis propios medios. He
agotado mi capacidad para consolarme.
París: insectos comprimidos en una
caja. Ser un insecto célebre. Toda gloria es ridícula; quien a ella aspira ha
de tener en verdad el gusto de la decadencia.
El Mal es en la misma medida que el
Bien una fuerza creadora. Ahora bien, el mal es el más activo de los dos. Pues
con demasiada frecuencia el Bien haraganea.
Lo que ha falseado todo ha sido la
cultura histórica. Ya no se hacen preguntas sobre Dios, sino sobre las formas
de Dios; sobre la sensibilidad y la experiencia religiosa y no sobre el objeto
que justifica una y otra.
No pedimos la libertad, sino la
ilusión de la libertad. La humanidad se debate desde hace milenios por esa
ilusión.
Por lo demás, como la libertad es,
según se suele decir, una sensación. ¿qué diferencia hay entre ser libre y
creerse libre?
La tentación de la gloria es lo que
arruinó el Paraíso. Siempre que queremos salir del anonimato, símbolo de la
felicidad, cedemos a las sugestiones de la serpiente.
19 de diciembre de 1959
Comprendo a los místicos, pues, igual
que ellos exactamente, me roe la concupiscencia, al tiempo que detesto la
carne. Los tormentos de la sensualidad, las tentaciones, pueden matarnos.
Y, en efecto, la amplitud y la
profundidad de una inteligencia se calibran por los sufrimientos que ha
aceptado para adquirir la sabiduría. Nadie sabe sin haber pasado por duras
pruebas. Una inteligencia sutil puede ser perfectamente superficial. Hay que
pagar por el menor paso encaminado a la
sabiduría. (Utilizar esto para distinguir a los moralistas: Pascal, por un
lado; Montaigne, por el otro.)
Albert Camus se ha matado en un
accidente de coche. Ha muerto en el momento en que todo el mundo -y tal vez él
mismo también- sabía que ya nada tenía que decir y viviendo tan sólo podía
perder su desproporcionada, abusiva -ridícula incluso-, gloria. Inmensa pena al
enterarme de su muerte, anoche, a las 23 horas, en Montparnasse. Un excelente
escritor menor, pero que fue grande por haber carecido totalmente de
vulgaridad, pese a todos los honores que cayeron sobre él.
6 de enero de 1960
Sólo hablé con Camus una vez, en
1950, creo; he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento presa de un
remordimiento terrible e injustificado. Ante un cadáver, sobre todo cuando es
respetable, me siento impotente. Tristeza incalificable.
James Joyce: el hombre más orgulloso
del siglo, porque quiso -y en parte lo alcanzó- lo imposible con el
empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió con el lector y no
estaba dispuesto a ser legible a toda costa. Culminar en la oscuridad.
Unos buscan la gloría; otros, la
verdad. Yo me atrevo a situarme entre los segundos. Una tarea irrealizable
ofrece más seducción que un objetivo asequible. ¡Qué humillación proponerse la
aprobación de los hombres como objetivo!
Sólo hay una nostalgia: la del
Paraíso. Y tal vez la de España.
20 de julio de 1960
Desde hace diez años, he soñado con
tener un piso. Mi sueño se ha realizado, sin aportarme nada. Ya añoro los años
pasados en hoteles. La posesión me hace sufrir más que la indigencia.
En realidad, ¡vivo en hoteles desde
1937!
Ante el teléfono, ante el automóvil,
ante el menor instrumento, siento un invencible arranque de asco y horror. Todo
lo que ha producido el genio técnico me inspira un terror casi sagrado.
Sentimientos de desarraigo total delante de todos los símbolos del mundo
moderno.
Sólo estimo una inteligencia en la
medida en que no concuerda con su época, como también admiro sólo a quien la
abandona, mejor aún: quien es traidor al tiempo y a la Historia.
He leído un número apreciable de
memorias sobre el estado de cosas de antes de la Revolución: todos esos libros
me han convencido de que era necesaria e inevitable; he leído casi tantos sobre
la Revolución misma y la he execrado… con pesar.
Para algunos, entre los que me
cuento, separarse de España es separarse de sí mismos.
Chéjov: el escritor más desesperado
que haya existido jamás. Durante la guerra, yo prestaba sus libros a Picky P.,
gravemente enfermo, quien me suplicó que no le diera más, porque, con sólo
leerlos, perdía el valor para resistir sus males.
Mi breviario: es el mundo de Chéjov
degradado a la categoría de ensayo.
El diablo no es escéptico: niega, no
duda; puede querer inspirar la duda, pero él mismo está exento de ella. Es un
espíritu activo, pues toda negación entraña acción.
Se puede hablar de los abismos de la
duda, no de los de la negación.
La situación del escéptico es menos
favorable que la del demonio.
Cambio de mesa, de silla, de cuarto
cada cinco minutos -digamos, por no ser tan estrictos, cada hora- como si
buscara un lugar ideal para trabajar, pues aquel en el que estoy nunca me
parece el bueno; esa agitación ridícula me aflige hasta grados indecibles.
¡llegar a esto, Señor! ¡Y a la edad en que los otros se lanzan con alborozo a
empresas a muy largo plazo! Mejor morir que seguir así. (7 de mayo de 1962).
4 de septiembre de 1962
Hoy he pasado horas buscando una
definición del infierno y no he encontrado ninguna satisfactoria. Es cierto que
en este caso no se trataba del infierno cristiano, sino de una experiencia
personal, de la que el diablo y Dios estaban ausentes.
6 de octubre de 1962
Un cielo azul, del que la vida no es
digna. Inmunda procesión de coches a lo largo del boulevard Saint-Germain. La
multitud, no menos inmunda. En medio de ese espectáculo, las hojas que caían de
los árboles daban una nota de poesía inmerecida, inactual, turbadora. Como del
cielo, tampoco del otoño era digna la ciudad.
Vivir es poder indignarse. El sabio
es un hombre que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima, sino al
lado, de la vida.
El gran arte consiste en saber hablar
de uno mismo en un tono impersonal. (El secreto de los moralistas.)
Un libro sólo es fecundo y duradero,
si se presta a varias interpretaciones diferentes. Las obras que se pueden
definir son esencialmente perecederas.
Una obra vive por los malentendidos
que suscita.
El papel del insomnio en la Historia.
De Calígula a Hitler. ¿Será la imposibilidad de dormir la causa o la
consecuencia de la crueldad? El tirano vela, eso es lo que lo define
propiamente.
Maldecir la existencia no es un
capricho en mí ni un hábito, sino una terapéutica. Me alivia, lo he
experimentado un número incalculable de veces. Para no sucumbir a la angustia
ni al horror, me dedico a execrar lo que causa una y otro.
En la época en que escribía en
primera persona, todo salía solo: desde que desterré el “yo”, la menor frase
exige un esfuerzo y no siento la menor inclinación a producirla. La
impersonalidad paraliza mi espontaneidad. Me cuento entre esas mentes -equívocas,
a decir verdad- que sólo se sienten a gusto cuando hablan de sus preocupaciones
o sus hazañas.
La cosa más difícil del mundo es
hablar de uno mismo sin exasperar a los demás. Una confesión sólo es tolerable,
si el autor se disfraza de un pobre diablo.
Lucrecio, Bossuet, Baudelaire: ¿quién
ha comprendido mejor que ellos la carne, todo lo que tiene de podrido, de
horrible, de escandalosamente efímero?
Montaigne, un sabio, no tuvo
posteridad; Rousseau, un histérico odioso, suscita aún discípulos.
A un amigo que me consultó (¿?) sobre
su próximo matrimonio lo disuadí. “Pero de todos modos, me gustaría dejar mi
nombre a alguien, tener descendientes, tener un hijo.” “¿Un hijo?, le pregunté.
“Pero, ¿quién te dice que no sería un asesino?” Desde entonces mi amigo no ha
vuelto a darme señales de vida.
Mi paradoja es la de ser un obseso
cuya mente no logra fijarse. El caos en torno a los mismos temas.
La única ciudad en la que el ridículo
no mata es París. Es que en ella se admite lo falso y triunfa casi siempre:
nada más propio para anular el sentido del ridículo.
En un artículo sobre Lorca, Jorge
Guillén habla de la efervescencia intelectual en España hacia el año 1933. Tres
años después, la catástrofe. Todas las épocas intelectualmente fecundas
anuncian desastres históricos. Nunca el conflicto de las ideas, las discusiones
apasionadas que comprometen a una generación se limitan al ámbito del espíritu:
ese hervidero no presagia nada bueno. Las revoluciones y las guerras son el
espíritu en marcha, es decir, el triunfo y la degradación final del espíritu.
El gran secreto de todo: sentirse el
centro del mundo. Eso es exactamente lo que hacen todos los individuos.
Las cartas de Simone Weil al padre
Perrin, escritas durante la guerra y publicas en espera de Dios: raras veces he
leído algo tan fuerte como exigencia absoluta consigo mismo. El respeto de la
verdad alcanza el grado de tragedia.
Heidegger y Céline: dos esclavos de
su lenguaje, hasta el punto de que, para ellos, liberarse de él equivaldría a
desaparecer. En la esclavización al estilo interviene la necesidad, el juego y
la impostura. ¿Cómo discernir la intervención de cada uno de esos elementos? El
caso es que el fenómeno primordial es la necesidad. Eso es lo que absuelve a
los maniacos de su lenguaje.
28 de mayo
Anoche, en un salón, contemplaba yo
el cuello de una señora y me decía que aquella carne blanca estaba destinada a
la tumba. Unos vasos de whisky me apartaron, por fortuna, de esa idea, de esa
imagen más bien. La frecuencia de las obsesiones fúnebres es señal de que mi
espíritu pasa por un mal periodo.
En Simone Weil hay una faceta propia
de Antígona, que la preservó del escepticismo y la aproximó a la santidad.
Me horroriza volver a ver a amigos de
juventud, como también volver a ver a todos los que han desempeñado un papel en
un periodo determinado de mi vida. Por ellos calibro ora mi decadencia ora la
suya o, con mayor frecuencia, las dos a la vez.
Me gustan los sensuales a los que
horroriza la carne (el Eclesiastés, Baudelaire, Tolstói)
30 de diciembre
Acabo de leer el artículo contra mí,
publicado hace una semana en Combat. Bajeza y violencia sin precedentes. Efecto
casi nulo en mí. Y eso que me tildan de “asesino por temperamento”. Ni más ni
menos. Me gusta mucho decir de mí que soy un “asesino”, pero, en cuanto lo hace
otro, me parece una afirmación insensata y calumniosa. Por otra parte, creo en
la utilidad de la calumnia. Y esa creencia me sostiene al tiempo que neutraliza
los efectos del ataque.
En resumidas cuentas, habré leído con
pasión sólo a dos novelistas: Dostoyevski y Proust.
… ¿Será porque tienen un ritmo
propio, que no he encontrado en ningún otro? ¿O será la fascinación que ejerce
sobre mí esa forma de jadeo en la que resultan insuperables?
La caída en el tiempo.
Es un libro sin peso, sin pasión. No
me perdono haber escrito algo tan aburrido… tan fastidiosamente transparente.
En la espera se manifiesta, se
revela, la esencia del tiempo. ¡Qué superioridad la de haber dejado de esperar!
Resulta increíble hasta qué punto
pienso en Pascal. Sus temas son los míos y sus tormentos también. Lo que debió
de sufrir, ¡a juzgar por mi caso!
23 de junio
Noche en blanco. El insomnio me seca
las venas y me quita la poca sustancia que me queda en los huesos. Horas dando
vueltas en la cama sin esperanza alguna de perder por fin el conocimiento, de
desvanecerme en el sueño. Es un auténtico saqueo del cuerpo y del espíritu.
Meditar es oponerse a la abundancia
de las ideas, hacer que una sola te retenga durante mucho tiempo y tenga el
privilegio de ocupar exclusivamente a la mente.
La meditación: monopolio de una idea
en toda la extensión de nuestra mente. En una palabra, una monomanía fecunda.
23 de octubre
Angustia intensa. Llevando, como
llevo, tanto tiempo dedicado a luchar contra mi miedo a morir, ya debería haber
vencido. Pero, ¡no! Es demasiado antiguo, me atrapa de vez en cuando, con una
violencia intensificada. Humillación incalificable. Lo que hoy me ha calmado ha
sido pensar en el incalculable número de muertos desde que la “vida” hizo su
aparición. Aquellos vivos -hombres o no- murieron todos, por decirlo así, sin
dificultad. Algunos de ellos debieron de padecer este miedo mucho más que yo, y
sin embargo, pasaron al otro lado sin demasiado apuro. A decir verdad, no es la
muerte, sino la enfermedad, lo que temo, la inmensa humillación que entraña
arrastrarse por los parajes de la muerte. No soy lo bastante modesto para saber
sufrir. Toda dura prueba me parece un insulto, una provocación del desino.
Mientras no sabemos sufrir, no sabemos nada.
3 de diciembre de 1965
He acabado de corregir las pruebas
del Breviario (que escribí hace diecisiete años). A fin de cuentas, es menos
nulo de lo que pensaba al empezar a leerlo. Nadie podrá imaginar los
sufrimientos y las humillaciones de los que surgió, puesto que yo mismo los he
olvidado.
5 de enero de 1966
Anoche, en una cena, me enteré de que
habían internado P. Celan en una casa de salud, después de que intentara
degollar a su mujer. Al volver a casa, a altas horas de la noche, fui presa de
auténtico miedo y me costó Dios y ayuda quedarme dormido. Esta mañana, al
despertar, he vuelto a sentir el mismo miedo (o angustia, si se quiere), que,
por su parte, ha estado en vela.
Tenía un gran encanto, ese hombre
imposible, de trato difícil y complicado, amigo al que le perdonabas todo, en
cuanto olvidabas sus quejas injustas, insensatas contra todo el mundo.
El Breviario y la Tentación, mis
“mejores” libros, según los críticos, están terriblemente anticuados para mí,
por la “poesía” que hay en ellos, poesía, conviene decirlo, chapada a la
antigua, sobremanera romántica, nada contemporánea. La influencia de Rilke, del
primer Rilke, fue de lo más perjudicial para mí; después la lectura casi
cotidiana de Shelley durante la Ocupación me separó demasiado de la actualidad,
del “gusto” literario más reciente. Comprendo perfectamente que en Alemania,
país en el que todo se hace por decreto y en el que se ha decretado que sólo
cuenta la vanguardia, no tenga yo el menor éxito.
28 de febrero
Un autor dramático es un hombre de
acción. Con cada una de las obras que representa riñe una batalla. Pienso en
Ionesco, en el drama de cada “ensayo general”. Hace falta valor para afrontar o
concebir un fracaso. Yo he escrito cinco libros en francés; aparte del primero,
ninguno ha funcionado. Pero apenas he notado el fracaso. Es que el destino de
un libro no se decide en una noche. Inmensa ventaja.
24 de abril
Domingo por la tarde. Salgo a pasear.
Aburrimiento mortal. Telefoneo a amigos, que me invitan a visitarlos. Nada más
aceptar, mi aburrimiento se intensifica, se vuelve angustia y fiebre. ¡Lo que
habría dado por quedarme solo, por devorar mi estado! Imposible. No podía dejar
de ir. Y he estado hablando durante cuatro horas de esto y lo otro. Ahora el
remordimiento ha venido a relevar el aburrimiento. ¡Qué desastre de persona!
Simone Weil: mujer extraordinaria, de
un orgullo inaudito y que se creía sinceramente modesta. Semejante
desconocimiento de sí misma en una persona tan excepcional confunde. En punto a
voluntad, ambición e ilusión (digo bien: ilusión), habría podido rivalizar con
cualquier gran delirante de la historia contemporánea. (Me recuerda a una
Sorana Gurian, más el genio.)
El secreto de Charles de Gaulle es el
de una mente a la vez quimérica y cínica. Un soñador sin escrúpulos.
El encanto de la poesía contemporánea
radica en la absoluta arbitrariedad de la imagen.
Mi maldición: me gusta tomar un libro
en las manos y siempre siento gozo al abrir uno, sea cual fuere. Pero no tengo
una biblioteca: es mi salvación.
Pese a un siglo de psiquiatría, no
nos hemos habituado a la “locura”; sigue pareciendo “vergonzosa” y la familia
disimula por todos los medios; sin embargo, cuando alguien la padece, todo el
mundo lo sabe y lo comenta, salvo los pariente próximos del paciente.
Que algunos busquen en mí consuelo y
apoyo es una de las cosas que más me desconciertan. Incapaz de resolver ninguno
de mis problemas, me veo obligado a encontrar una solución para los de los
otros.
He releído -por quinta, sexta vez- El
sueño de un hombre ridículo. Tan conmovido como con la primera lectura. Sólo
Dostoyevski y Shakespeare logran hacerme alcanzar extremos que por mí mismo
sólo vislumbro. Me ponen, en sentido propio, fuera de mí, me proyectan allende
mis límites.
En vano me sublevo contra la pasión,
sin ella todo es hueco aquí abajo, es un aliento que atraviesa el vacío y nos
lo disfraza. En cuanto se calma, el vacío es más terrible que antes. ¿Qué
hacer?
Todos esos profesores -con Heidegger
a la cabeza- que viven como parásitos de Nietzsche y se imaginan que filosofar
es hablar de filosofía… me recuerdan a esos poetas que se imaginan que la
misión de un poema es la de cantar la poesía. Por doquier el drama del exceso
de conciencia: ¿Se tratará de un agotamiento de los talentos o de un
agotamiento de los temas? De los dos seguramente: falta de inspiración, que va
a la par de una falta de materia. Desaparición de la ingenuidad; demasiada
charlatanería, habilidad, en las cosas capitales. El acróbata ha suplantado al
artista, el propio filósofo no es sino un pedante que se agita.
Mi maldición: me gusta tomar un libro
en las manos y siempre siento gozo al abrir uno, sea cual fuere. Pero no tengo
una biblioteca: es mi salvación.
Sólo hay que escribir y sobre todo
publicar cosas que hagan daño, es decir, que recordemos. Un libro debe hurgar
en llagas, suscitarlas incluso. Debe ser la causa de un desasosiego fecundo,
pero, por encima de todo, un libro debe constituir un peligro.
3 de octubre de 1966
Esta noche, hacia las 23 horas, me he
encontrado con Beckett. Hemos entrado en un bar. Hemos hablado de esto y lo
otro, de teatro y después de nuestras respectivas familias. Me he preguntado si
estaba trabajando. Le he dicho que no, le he explicado la nefasta influencia
del budismo, que no ceso de frecuentar, en mis actividades de escritor. Toda la
filosofía hindú ejerce sobre mí efectos anestésicos. Y después le he dicho que
llegado a sacar las consecuencias de mis teorías, que me he convencido a mí mismo
de lo que he escrito y que he llegado a ser mi discípulo. Y que, si quería
volver a ser escritor, necesitaría seguir el camino inverso al que he
recorrido.
No sé, pero debía de haber algo
triste y lastimoso en mí, pues, cuando nos hemos separados, Beckett me ha dado
dos palmaditas en el hombre, como se hace con alguien a quien se cree perdido y
para darle muestras de simpatía, al tiempo que se le quiere dar a entender que
no debe preocuparse, que todo saldrá bien. En realidad, merecía piedad y
aliento. ¡Qué desarmado estoy ante el mundo! Y lo más graves es que veo por qué
no hay que estarlo.
Se puede pensar en la muerte todos
los días y “perseverar en el ser”; no ocurre lo mismo, si pensamos sin cesar en
la hora de nuestra muerte; quien sólo tuviera presente ese instante, cometería
un atentado contra todos sus demás instantes.
Lo que se escribe sin pasión acaba
aburriendo, aunque sea profundo. Pero, a decir verdad, nada puede ser profundo
sin una pasión visible o secreta. Preferiblemente, secreta. Cuando leemos un
libro, sentimos perfectamente dónde ha padecido el autor, dónde se ha empeñado
y ha inventado; nos aburrimos con él, pero, en cuento se anima, aunque se trate
de un crimen, se adueña de nosotros un calor benéfico. Habría que escribir sólo
en estado de efervescencia. Lamentablemente, el culto del trabajo lo ha arruinado
todo, en particular en el arte. De él, de ese culto, procede la
superproducción, auténtico azote, que es funesta para la obra, para el autor,
para el propio lector. Un escritor debería, en el mejor de los casos, publicar
sólo la tercer aparte de lo que ha escrito.
17 de octubre
Mi madre me escribe que ha caído en
una melancolía que, “según dicen”, añade, “es la de la vejez”. ¡Ah! Esa
arterioesclerosis familiar. Yo me siento expuesto a ella, pese al régimen que
sigo. La herencia es la más terrible forma de fatalidad que existe. Pensar que
nuestra suerte y -lo que es más grave- nuestras ideas, la dirección que deben
seguir, estaban todas ahí, virtualmente en la cita de un espermatozoide con un
óvulo. Es como para desanimarse. Recordarlo en los momentos en que nos tomamos
demasiado en serio. Recordarlo en los momentos en que nos tomamos demasiado en
serio.
18 de octubre de 1966, una de la
mañana
Muerte de mi madre.
Me he enterado por un telegrama que
ha llegado esta noche. Había cumplido su tiempo. Desde hacía unos meses daba
señales inquietantes de extrema vejez. Sin embargo, esta misma mañana he
recibió una postal suya del 8 de octubre, que no revelaba ningún debilitamiento
mental. Decía en ella que era presa de una melancolía, que, según dice -añadía-
es la de la vejez. Esta noche, estaba en mi casa J.M.; festejábamos su
cumpleaños. Alguien ha llamado; no he abierto. Unos minutos después, he ido a
ver si había dejado una nota o algo. Nada. Una hora después, al ir a buscar un
libro, he visto un telegrama metido por debajo de la puerta. Antes de abrirlo,
ya sabía yo el contenido. He vuelto sin decir palabra de lo que había ocurrido.
Sin embargo, hacia las 11 J.M. me ha dicho que se iba, que yo debía de estar
cansado, que estaba pálido. Y eso que he ocultado lo mejor posible mi pena y
creo haber estado muy alegre todo el rato. Pero debía de haber dentro de mí una
labor secreta que se me transparentaba en la cara.
Todo lo bueno o malo que tengo, todo
lo que soy se lo debo a mi madre. Heredé sus males, su melancolía, sus
contradicciones, todo. Físicamente, me parezco a ella punto por punto. Todo lo
que ella era se agravó y exasperó en mí. Soy su éxito y su fracaso.
El agua me parece inconcebible. Es
como si la viese por primera vez y hubiese ignorado hasta ahora su existencia.
Vuelvo a descubrir el universo, renazco todos los días. Con tal de que ese
estado de revelación no oculte nada mórbido. ¿Puede semejante virginidad
“metafísica” presagiar, a mi edad, nada bueno? El caso es que no cesa de
sorprenderme ante la presencia de las cosas, ante su novedad, ante su carácter
insólito, de algo nunca visto. ¿Un segundo nacimiento? O…
Estoy ante los elementos, los percibo
como el día siguiente al de la Creación.
Mi hermana muerte, mi cuñado inválido
y mi sobrino desamparado, perdido, incapaz de ocuparse de sus tres hijos: mira
por dónde, me veo obligado a ayudarlos, a atender sus necesidades, yo, que
siempre he hecho todo lo posible para no perpetuarme, para no tener herederos
(¿!), por un horror instintivo a compartir las responsabilidades de todo el
mundo, por un lado, y una intensa repulsión por otro, de todo lo que es futuro.
Ahora me veo, mira por dónde, bien castigado y ante obligaciones que me resulta
imposible esquivar. Hasta ahora he ayudado a mi familia como un diletante; en
lo sucesivo, va a ser más serio. Comienza una época nueva para mí.
Desconfiar de quienes nos imitan. El
espectáculo de un “discípulo” no puede ser más desolador. ¡Qué lección de
humildad! Eso es lo que al final hemos engendrado, ése es el imitador cuyo
modelo somos. Nosotros mismos no éramos sino imitadores: imitadores logrados,
triunfantes.
La gente sólo se interesa por lo que
ocultamos. Todo lo que me habría gustado disimular de mi pasado ha acabado
sabiéndose, porque de eso precisamente es de lo que les gusta hablar a nuestros
amigos y a nuestros enemigos. Al denunciar nuestros secretos, comienzan a
encomiarnos o difamarnos.
Adamov se está muriendo en un
hospital de París. Esa noticia me ha conmovido más de lo que habría pensado.
Las amistades difuntas no son necesariamente amistades muertas.
“… Esa embriaguez de alejamiento que
precede y facilita el suicidio.” Drieu, Recit secret.)
Me juzgarán por lo que haya escrito y
no por lo que haya leído. Con demasiada frecuencia pierdo de vista esa verdad
de Perogrullo. Siempre, después de haber devorado un libro, me atribuyo algún
mérito.
Sólo los hombres dominados por una
gran ambición hacen grandes cosas, porque concentran toda su energía en un solo
punto. Son obsesos incapaces de dispersión, de negligencia, de descaro.
… Yo soy un obseso que pertenece a la
categoría de los distraídos. Ése es el secreto de mi ineficacia.
La cosa más grave, y también la más
frecuente, no es matar, sino humillar. Tal vez sea eso la crueldad en el orden
moral. La vemos precisamente en quienes han sido muy humillados. No pueden ni
olvidar ni perdonar; sólo tienen una idea: humillar, a su vez. Son verdugos
sutiles que saben ocultar su juego y se vengan sin que pueda acusarlos de
inhumanidad.
13 de febrero de 1967
Mi cuñada acaba de escribirme una
carta en la que me dice que mi hermano se encuentra en el umbral de un desplome
total. Después de la muerte de nuestra madre, parece haber dicho que de este
año no pasará. Después vino la desaparición de nuestra hermana. Al parecer
sufre una “insatisfacción” profunda: cree haber malogrado su vida, se lamenta
de no haberse “realizado”. Esta obsesión es muy de nuestro país, donde ha
cobrado una forma totalmente enfermiza, aunque la encontremos por doquier,
incluso en las sociedades más felices. Sin embargo habría que deshacerse de
ella, pues, ¿qué puede significar estar “realizado” o no? “Realizado”,
¿respecto a quien? Mi experiencia es bastante larga: entre la gente
supuestamente no realizada, he encontrado los especímenes humanos más
interesantes, mientras que los otros, los que, para el hombre medio, han
triunfado, eran una pura nada. Los que se habían “realizado” carecían
precisamente de “realidad”.
Pero, ¿cómo voy a escribir estas
cosas a mi hermano?
Leo entre el embeleso y la
exasperación, una vida de Simone Weil. Su inmenso orgullo me asombra aún más
que su inteligencia.
Mi hermano me pide que le envíe lo
que publico. No sabe que ya no escribo nada. Como ya es bastante desgraciado
así, no quiero empeorarlo poniéndolo al corriente de mi lamentable estado. ¡Que
al menos conserve algunas ilusiones sobre mí! Eso puede sostenerlo en cierto
modo, si es que algo puede sostenerlo aún.
25 de marzo
Víspera de Pascua. París se vacía.
Este silencio tan habitual como en pleno verano. ¡Qué feliz debía ser la gente
de antes de la era industrial! Pero no, ignoraban completamente su felicidad,
como nosotros ignoramos la nuestra. No bastaría con imaginar en detalle el año
2000 para que tengamos, por contraste, la sensación de estar aún en el Paraíso.
Mi lucha con la lengua francesa es
una de las más duras que imaginarse puedan. Se alternan en ella victoria y
derrota… pero yo no cedo. Es el único sector de mis actividades en el que
muestro cierto empeño. En todo lo demás, considero un deber flaquear.
La autobiografía de Ignacio de
Loyola. Cualquier conquistador parece un abúlico a su lado.
1 de mayo
Nada me exaspera tanto como leer a un
filósofo o un crítico que te dice en cada página que su método es
“revolucionario”, que lo que dice es importante, que nunca se había dicho,
etcétera, etcétera. ¡Como si no fuese el lector capaz de advertirlo por sus
propios medios! Sin contar con que en una invención de la que se sea demasiado
consciente hay cierta indecencia. La originalidad deben sentirla los otros, no
uno mismo.
Escribir un libro, publicarlo, es ser
esclavo de él. Pues todo libro es un vínculo que nos ata al mundo, una cadena
que hemos forjado nosotros mismos. Un “autor” no llegará nunca a la liberación
plena: será un simple velidoso en todo lo relativo a lo absoluto.
Un rabino hasídico, que proyecta un
libro, pero no estaba seguro de poder escribirlo para el mero placer de su
Creador prefirió -ante la incertidumbre- renunciar a hacerlo.
17 de octubre
Las doce y media de la madrugada. Un
año después de la muerte de mi madre. Es como si no hubiera vivido. Solo existe
aún en el recuerdo de mi hermano y en el mío; por lo demás, olvido. ¿Se puede
llamar sobrevivir al hecho de perpetuarse en la memoria de dos personas débiles
y amenazadas?
31 de diciembre
Hoy, he hecho unos treinta kilómetros
por la región de Etréchy y boutigny. Nieve que cae, carreteras solitarias. Ir
sólo por una carretera, sólo con mis pensamientos, ¡e incluso sin ellos!...
¡cuánto me gusta! Lejos de esas ciudades de cadáveres, pues París no es otra
cosa que un cementerio bullicioso.
3 de enero de 1968
Acabo de encontrarme con Celan, al
que no había visto desde hacia un año; ha pasado unos meses en un hospital
psiquiátrico, pero no habla de ello. Se equivoca, pues, si lo hiciera, no
tendría ese aire violento (y que siempre tenemos cuando disimulamos algo
capital que todo el mundo ha de conocer).
Cierto es que no es fácil hablar de
nuestras crisis. ¡Y qué crisis!
Necesito el aciago demiurgo como una
indispensable hipótesis de trabajo. Prescindir de él equivaldría a no entender
nada del mundo visible.
La Rochefoucauld es el moralista que
más me gusta. Me gusta en él esa amargura que debía de ser constante,
cotidiana, para haber impregnado hasta tal punto su pensamiento. Además, ¡qué
delicadeza de giros, que primor para ennoblecer mediante la forma una bilis tan
ostensible! Nada valoro tanto como la amargura elegante.
¡Qué extraordinaria sensación, para
un escritor, la de ser olvidado! Ser póstumo en vida, no ver ya tu nombre en
parte alguna. Pues toda literatura es una cuestión de nombre y nada más. Tener
un nombre, la expresión lo dice todo. Pues bien, tal vez valga más no tener ya
nombre, si es que se ha tenido alguna vez, que tenerlo. Ése es el precio de la
libertad. De la libertad y, más aún, de la liberación. Un nombre… es lo único
que queda de una persona. Me deja estupefacto que se puede sufrir y
atormentarse por tan poca cosa.
La desesperación que no desemboca en
Dios, que no se topa con él, no es verdadera desesperación. La desesperación es
casi indistinta de la plegaria, es, en cualquier caso, el germen de todas las
plegarias.
Mis preferencias: la edad de las
cavernas… y el siglo XVIII. Pero las grutas desembocaron en la Historia y los
salones en el terror.
No leer a los escritores de los que
se habla.
Leer únicamente por necesidad y por
azar, según se presente. Casi todos los libros que he leído por recomendación
de tal o cual artículo no han tenido futuro. Fenómenos de época y nada más.
Vale más leer por gusto a un autor
superado que por esnobismo a un autor de moda. En el primer caso, nos
enriquecemos con la sustancia de otro; en el segundo, consumimos sin provecho.
Lunes
He visto a Adamov en el parque del
Luxemburgo. Parecía contento. ¡Hace tantos años que no hablamos! ¿Por qué? En
París nunca sabes a qué atenerte con una persona. Una palabra dicha en alguna
parte y que ha llegado transformada a los oídos de alguien que la ha repetido a
otro, etcétera.
No veo por qué razón habrían de durar
las amistades más que las pasiones o los sentimientos ordinarios (estima y
demás).
A la larga, la tolerancia engendra
más males que la intolerancia: ése es el drama real de la Historia. Si esta
afirmación es cierta, no hay acusación más grave contra el hombre.
Toda literatura comienza con himnos y
acaba con ejercicios.
Mi única excusa: no he escrito nada
que no haya surgido de un gran sufrimiento. Todos mis libros son resúmenes de
duras pruebas y desconsuelos, quintaesencia de tormento y de hiel, son todos
ellos un solo y mismo grito.
No quiero recibir a mis antiguos
amigos. La idea de esa confrontación me pone fuera de mí. No quiero ver hasta
qué punto han decaído, como tampoco quiero que vean hasta qué punto he decaído
yo mismo. Además está el miedo que siento ante cualquier abuso de la emoción y
también de esas demostraciones expansivas a que tan aficionados son mis
compatriotas. Ya no quiero saber nada con mi pasado, voy a olvidarlo, no me
inspira en modo alguno, no logro sacar nada de él. ¡Que mis antiguos amigos se
eclipsen! Soy un viejo loco, huyo de mis testigos.
El solitario que pacta con el mundo
es más despreciable que el hombre frívolo que hace profesión de frivolidad y,
por tanto, es honrado consigo mismo y con los demás.
¡Qué profunda es la afirmación de
Tácito de que el último deseo del que triunfa el sabio es el deseo de gloria (o
mejor: que la gloria es el último prejuicio, la última vanidad, de que se
despoja el sabio)! La fuerza de permanecer desconocido es poco común, por no
decir inexistente… en quien ha probado la fama, naturalmente.
Me lancé al escepticismo como otros
al desenfreno o a la ascesis.
4 de septiembre
Toda la mañana, una violencia
interior que por la tarde sigo sin dominar. Necesidad casi irreprimible de
atacar. La agresividad es seguramente un rasgo esencial -iba a decir el rasgo
dominante- de mi carácter. ¿A quien atacar? Mi elección recae en tal o cual
persona. Pero, en cuanto examino un poco el “sujeto”, comprendo que no vale la
pena.
Habría que atacar sólo a Dios. Sólo
Él vale la pena.
Dos y media de la mañana
He cenado en casa de unos amigos, en
Montmartre. Servía la portera. He hablado todo el tiempo como un histérico. La
portera ha dicho a la señora de la casa: “!Qué hombre más interesante!”.
Entonces he dicho a la señora de la
casa: “Quiero casarme con ella”.
Al marcharse, la portera, que está
casada, me ha lanzado una mirada nostálgica.
Sin comentarios.
El otro día divisé en una alameda
secundaria del parque del Luxemburgo a Beckett, que estaba leyendo un periódico
más o menos como lo haría uno de sus personajes. Estaba ahí en una silla, con
aire absorto y ausente, como es habitual en él. Con aspecto un poco enfermo
también. Pero no me atrevía a abordarlo. ¿Qué decirle? Lo quiero mucho, pero
más vale que no hablemos. ¿Es tan discreto? Ahora bien, la conversación exige
un mínimo de abandono y farsa. Es un juego; ahora bien, Sam es incapaz de ello.
Todo en él revela el hombre del monólogo mudo.
No se trata de trabajar, sino de ser.
Eso es lo que olvidan los escritores, porque les conviene olvidarlo.
28 de septiembre
Me he encontrado con Pierre Nicol, al
que no había visto desde hacía muchos años, pues vive en Madagascar, y me ha
citado unas palabras que, al parecer, le dije hacia 1952:
“Occidente es una podredumbre que
huele bien”.
En efecto, un cadáver perfumado.
Claudel explica muy bien por qué no
marcó su vida Pascal. Es que, al haberse convertido bruscamente, no pasó por
todo un periodo de titubeos y perplejidades en el que precisamente Pascal es
útil para quienes aún no han encontrado su camino. En efecto, Pascal es un
pensador para incrédulos. A eso se debe su “perennidad”.
15 de octubre
Esta mañana, en la cama, he pensado
en la gran suerte que he tenido de no haber sido devorado por la sed de poder.
A decir verdad, esa sed la conocí en mi juventud. Pero tengo el mérito de
haberla vencido. En ese plano al menos puedo hablar de progreso.
Nada hay más innoble que un adulador.
¿Por qué? Porque ante él estamos indefensos. No podemos asentir sin hacer el
ridículo ante lo que propala a nuestro favor; tampoco podemos regañarlo y
volverle la espalda. Nos comportamos totalmente como si estuviéramos
satisfechos con sus exageraciones. Él cree que nos la ha dado y saborea su
triunfo, sin que podamos desengañarlo. ¡Qué innoble!
7 de octubre
Velada con H. Michaux.
Antes de separarnos, hablamos de la
-lejana- posibilidad de una guerra que provocara la destrucción de buena parte
de la Humanidad, Michaux me pregunta si me afectaría. Respondo que sí, pero al
mismo tiempo espero esa catástrofe, que hace mucho preví.
Él me dice que, si este mundo de aquí
debe desaparecer, le resulta indiferente que Argentina sobreviva.
Todo el mundo está descontento de ser
quien es, salvo los franceses.
Estoy dando los últimos toques al
aciago demiurgo. ¿Hastío, aburrimiento, “repugnancia” profunda? No habrá que
olvidar esas reacciones, cuando se den idénticas en el lector.
Un manuscrito guardado demasiado
tiempo en casa se vuelve un huésped incómodo. No sabemos cómo deshacernos de
él, cómo ponerlo en la calle. En ese momento de exasperación es cuando acudimos
por fin al editor.
5 de noviembre
Si por milagro desapareciera el miedo
a la muerte, la “vida” ya no tendría medio de defensa alguno: estaría a merced
de nuestro primer capricho. Por tanto, perdería todo valor y tal vez todo
significado. Los sabios, al recomendarnos con tanta insistencia que nos
liberemos del miedo, no saben lo que hacen. Ignoran que son destructores.
Sin la facultad de olvidar, nuestro
pasado pesaría de tal modo sobre nuestro presente, que no tendríamos fuerza
para abordar otro instante y, por decirlo así, entrar en él. Por eso parece la
vida tan soportable a los caracteres ligeros, aquellos precisamente que no
recuerdan.
No creo haber recibido una sola carta
de un desconocido que fuera normal. De un desconocido, naturalmente, que me
haya escrito entusiasmado, al que yo haya aportado algo y que me confesara que
se sentía en afinidad conmigo. Ruinas humanas, caídos, desdichado, enfermos,
desgarrados, incapaces de inocencia, atormentados, golpeados por toda clase de
dolencias secretas, cateados en todos los exámenes de aquí abajo, arrastrando
tras sí su joven o su viejo desasosiego.
Nunca me pidieron nada, pues sabían
que nada podía ofrecerles. Sólo querían decirme que me habían comprendido…
El acto supremo de la vida espiritual
es la renuncia.
Tener bienes es grave, pero lo que es
mil veces peor es estar apegado a ellos. Pues el apego, como tal, es la causa
de todos los males y el desapego la causa de todos los bienes verdaderos.
Mi escepticismo, la larga práctica
que tengo de él, ha acabado embotando mis garras. Demasiado tiempo tras los
barrotes, la fiera no se digna -o ya no puede- precipatarse sobre nadie; el
escepticismo es la jaula del filósofo, que pierde en él sus instintos; después,
está libre, claro está, más libre que cualquiera, pero su libertad ya no le
sirve para nada. Está libre en un desierto.
¿El escepticismo? Una libertad total
e inutilizable.
La lectura es enemiga del
pensamiento.
Vale más aburrirse que leer, pues el
aburrimiento es pensamiento en germen (o vicio o lo que sea) ... mientras que
las ideas de los demás sólo serán obstáculos para nosotros; en el mejor de los
casos, remordimientos.
1934-1935. Mi soledad berlinesa
resultaría inconcebible a un hombre normal. ¿Cómo pude resistirla en los
nervios? Nunca he estado más cerca del desplome y de la santidad…
Creo haber rozado, gracias a aquellos
momentos excepcionales, inauditos, los límites que con frecuencia alcanzan los
santos y que los vuelven monstruos positivos, monstruos afortunada y
desafortunadamente inimitables.
Si nos mantenemos en un nivel muy
alto y muy abstracto, podemos creer en Dios. Pero, cuando nos atenemos a los
accidentes cotidianos, los que componen, en una palabra, una vida, nada
encontramos en ellos que conduzca a Dios, ni siquiera a un dios. La fe es una
imaginación que rechaza lo concreto, que no se apura por lo que la reprueba.
Sin imaginación no se puede creer.
¿Qué es un escritor sino alguien que
lo exagera todo por temperamento, que concede una importancia indebida a todo
lo que le ocurre, que por instinto exaspera sus sensaciones? Si sintiera las
cosas como son, y sólo reaccionara ante ellas en proporción a su valor…
“objetivo”, no podría preferir nada y, por tanto, profundizar en nada.
A fuerza de desnaturalizarlo todo es
como se alcanza la verdad.
Lo que se llama experiencia no es
otra cosa que la decepción consecutiva a una causa por la que nos hemos
apasionado durante un tiempo. Cuanto mayor haya sido el entusiasmo, mayor será
la decepción. Tener experiencia significa expiar los entusiasmos.
Yo no habría entendido nada de la
vida, si no hubiera abrazado tonta, febrilmente, algunas causas que ahora,
cuando lo pienso, me hacen enrojecer. Pero debo a esas vergüenzas, a esos
“remordimientos”, la poca sabiduría que he adquirido.
No hay que confundir brillantez con
talento. La mayoría de las veces, la brillantez es lo propio del falso genio.
Por otra lado, sin ella, sólo hay
aburrimiento. Pues ella es la que infunde mordacidad a las verdades y,
naturalmente, a los errores.
Hay que humillar al hombre. Los
peligros resultantes son mucho menores que los que suscita su arrogancia.
Un animal naturalmente arrogante: la
única forma de hacerlo entrar en razón es mostrarle con que lodo está amasado.
Pero no se deben subestimar los
peligros de la humillación.
25 de diciembre
La señal de que me gusta un fragmento
de música, de que se dirige a lo más profundo de mí, es el deseo que siento,
cuando lo escucho, de apagar la luz, si es de noche, o de cerrar las persianas,
si es de día. Es como si escuchara en la tumba. A Bach suelo escucharlo así.
Bach, mi compañero más fiel a lo largo de los años.
Toda influencia que sufrimos, si se
prolonga demasiado, resulta esterilizante y nefasta. El odio del discípulo
contra el maestro es señal de salud. Sólo se llega a ser uno mismo mediante el
rechazo de las influencias, a condición, naturalmente, de que ese rechazo sea
el efecto de una exigencia profunda, de una llamada interior y no de la fatiga
o la insolencia (como ocurre en casi todas las emancipaciones literarias o
filosóficas).
8 de enero de 1969
He leído los poemas de Ajmatova en
una traducción mala. No importa. Sólo cuentan el aliento y la potencia. Pienso
sobre todo en los poemas del periodo estaliniano, los más desesperados. A su
lado, las búsquedas formales de la poesía francesa de hoy me parecen ridículos,
por no decir grotescas.
Una semblanza sólo es interesante, si
se consignan en ella las ridiculeces. Por eso es tan difícil escribir sobre un
amigo o sobre un autor contemporáneo la que respetamos. Las ridiculeces son las
que humanizan a un personaje.
No sólo llevo una vida marginal, sino
que, además, soy marginal como persona. Vivo en la periferia de la especie y no
sé con quién ni a qué afiliarme.
25 de enero
En 1969 me encuentro más o menos en
la situación en que me encontraba en 1949, cuando publiqué el Breviario. No hay
una sola revista en la que pueda publicar algo, me siento completamente
separado del mundo “literario”. Es un mal compensado por un bien. Si queremos
ser, tenemos que hacer el vacío a nuestro alrededor. Cultivemos, pues, ese
vacío, agrandémoslo, sustituyamos todo lo que es por él.
Una traducción es mala, cuando es más
clara, más inteligible, que el original. Eso demuestra que no ha sabido
conservar sus ambigüedades y que el traductor ha cortado por lo sano, lo que
constituye un crimen.
Si se quiere conocer un país, hay que
leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus
defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen
reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso,
expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana.
Los alumnos de trece, catorce, años
leen a Freud. Esa pornografía casi científica le valió la fama, me da nausea.
Pero apasiona a los jóvenes, los ociosos, los falsos médicos, los
desequilibrados de toda clase y también a quienes quieren tener la clave de un
montón de fenómenos que, a decir verdad, carecen de ella. Lo que no impide que
todos seamos psicoanalistas… por la razón de que el modo de explicación que
propone esa supuesta ciencia es tentador, aparentemente complicado y profundo,
pero en el fondo facilón y totalmente arbitrario. Recurrir a él se ha vuelto
casi una necesidad. Las explicaciones teológicas eran mucho más interesantes,
pero han quedado ya anticuadas. Cuando se haya liquidado el psicoanálisis, se
habrá dado un paso hacia la libertad intelectual.
Libradnos del psicoanálisis y después
nos libraremos de los males de los que habla.
La vida es extraordinaria, en el
sentido en que el acto sexual lo es: durante y no después. En cuanto nos
salimos de la vida y la miramos desde fuera, todo se hunde, todo parece engaño,
como después de la hazaña sexual.
Todo placer es extraordinario e
irreal y lo mismo ocurre con todo acto de vida.
Los dos inviernos que pasé en Berlín
se cuentan entre los más “malditos” de mi vida. Era propio de Malte Laurids
Brigge, no en París, sino en la fría, siniestra, ciudad prusiana. ¡Si un día
tuviera yo el valor moral para describir todas las experiencias que tuve allí!
Allí se elaboró mi visión de las cosas, allí saqué todas las consecuencias mis
insomnios, que habían comenzado más o menos cuando tenía veinte años. Lo mejor
sería no pensarlo más. No removamos el infierno.
No son los pesimistas, sino los
decepcionados, los que escriben bien.
Eugène Ionesco, con el que he estado
hablando largo rato de la Guardia de Hierro por teléfono y al que decía que
siento como una vergüenza intelectual de haberme dejado seducir por ella, me
responde con toda razón que comulgué con aquel movimiento porque era
“completamente loco”.
Me gusta el campo… y vivo en una
metrópolis; me horroriza el estilo y cuido mis frases; soy un escéptico
empedernido… y leo principalmente a los místicos… y así podría seguir
indefinidamente.
15 de marzo
Todos los pueblos, en determinado
momento de su historia, se creen elegidos. Y entonces es cuando dan lo mejor y
lo peor.
27 de marzo
Ayer tuve una discusión con una
inglesa sobre los prejuicios. Ella sostenía que los de Inglaterra son mucho
peores que los de Francia. Yo le respondí que todas las naciones los tienen y
que incluso son los que garantizan la cohesión. Políticamente, es lo mismo.
¿Qué hace un nuevo régimen? Introduce nuevos prejuicios a expensas de los
antiguos, etcétera, etcétera.
Se puede decir también que las
costumbres de un país son otros tantos prejuicios, prohibiciones. Cuando una
sociedad deja de tenerlos, se desploma. Pero son los que la cimentan. Así,
pues, las costumbres son prejuicios elaborados lentamente, prejuicios consolidados.
Intentar extraer la esencia de cada
día y, a ser posible, de cada hora, como si tuviera el tiempo contado. Y… lo
tengo, yo y todo el mundo. Pero no pensamos bastante en ello y así perdemos el
tiempo, lo dejamos pasar sin intentar retener su sustancia, si es que la tiene.
Se escribe un libro para todo el
mundo, salvo para los amigos. Para ellos, es un regalo envenenado, del que se
alegran con una mueca.
Lo he consignado con frecuencia en
estos cuadernos y lo he escrito incluso en mis libros, pero vuelvo a abordarlo,
porque es absolutamente cierto. Una desgracia predicha, cuando por fin se
produce, es diez, cien, veces más dura de soportar que una que no nos
esperábamos. Es que durante toda la dirección de nuestras aprensiones la hemos
vivido por adelantado y, cuando surge, al sumarse esos tormentos anteriores a
los del presente, forman juntos una masa de un peso intolerable.
Sólo hay un problema: el de la
muerte. Debatir sobre otra cosa es perder el tiempo, es dar muestras de una
futilidad increíble.
…Eso es lo que las religiones han
comprendido perfectamente. A eso se debe su superioridad sobre la filosofía.
28 de abril
El origen de todas nuestras
servidumbres radica en el apego. Cuanto más queremos ser libres, menos nos
vinculamos con las personas y con las cosas. Pero, una vez vinculados, ¡qué
drama es deshacernos de ellas!
Comenzamos a vivir creándonos
vínculos; cuanto más avanzamos, más fuertes se vuelven. Llega un momento en que
comprendemos que representan otras tantas cadenas, que es demasiado tarde para
sacudirlas, pues estamos demasiado habituados a ellas.
Publicar es exponerse a ser juzgado
por cualquier y no solo juzgado, sino también visto. El escritor es
necesariamente exhibicionista. Deberíamos poder pensar para nosotros mismos y
para nadie más. No mostrarnos, no divulgarnos, no desnudar nuestro espíritu.
Tener el pudor de nuestros secretos, no jugar con nuestras profundidades.
El budismo no es “pesimista”. El
budismo es la serenidad consecutiva a una liquidación general… la beatitud de
la no posesión.
La cosa más difícil es tener una
experiencia filosófica profunda y formularla sin recurrir a la jerga de
escuela, que representa una solución de facilidad, un escamoteo y casi una
impostura.
Acaba de telefonearme la mujer de
Beckett. Tiene una voz muy hermosa. Hace casi dos años que no me llamaba. Me da
una noticia muy buena. Según parece, Sam está fuera de peligro. El absceso que
tenía en el pulmón ha cicatrizado, al parecer. Esa noticia ha representado un
verdadero alivio para mí. Como me habían dicho que era de temer lo peor, sentía
opresión sólo de pensar que un hombre tan habituado a lo horrible tuviera aún
que experimentarlo en su carne. Sam es un hombre extraordinario y, sin embargo,
atractivo, el único contemporáneo increíblemente noble.
La sociedad es un sistema, un cuerpo
de envidias.
No es fácil saber quién nos envidia.
En principio, somos envidiados siempre que hacemos algo que a otro, conocido o
amigo, le habría gustado realizar. Un desconocido no nos envidia o raras veces;
la condición esencial para la envidia es que conozcan nuestra cara. Por eso, el
que no se muestra, el que se esconde, no es objeto de ese sentimiento
eminentemente natural y bajo.
16 de junio
El insomne es por necesidad un
teórico del suicidio.
El más importante encuentro de mi
vida: Bach. Después, Dostoyevski; luego, los escépticos griegos, después Buda…
Luego, pero qué importa lo que venga luego…
Antes, al dar mi paseo nocturno, en
la Avenue de l’Observatoire, una castaña cae a mis pies. “Ha cumplido, ha
recorrido su carrera”, me ha dicho. Y es verdad: de la misma forma acaba su
destino una persona. Maduramos y después nos desprendemos del “árbol”.
22 de octubre
Sólo tres personas acompañaron los
restos mortales de Leibniz.
Nietzsche es sin lugar a duda el
mayor estilista alemán. En un país en el que los filósofos escribían tan mal,
debía nacer por reacción un genio del Verbo, que no existe en un pueblo
enamorado del leguaje, como el francés. Pues en Francia no existe el equivalente
de un Nietzsche… en el plano de la expresión, quiero decir de la intensidad de
la expresión.
De vez en cuando vislumbro la sombra
de Adamov en las calles. Digo bien: la sombra, pues ese hombre encantador,
profundo y sin talento es un aparecido. Llevamos años sin hablarnos. ¡Poco
importa! Recuerdo nuestras conversaciones, su voz, sus ojos de Cristo armenio y
sus increíbles defectos. En una palabra, una personalidad fuerte.
25 de noviembre
Sólo una cosa cuenta: seguir nuestra
naturaleza, hacer lo que estamos desinados a hacer, no ser indignos de nosotros
mismos.
Toda mi vida, por miedo a
traicionarme, he rechazado todas las oportunidades que se me han ofrecido. Por
eso, mi primera reacción ante el éxito es la de retroceder.
Durante los últimos años de su
Unmachtung [alienación mental], Nietzsche, mudo, postrado, se pasaba horas
mirándose fijamente las manos.
Como Macbeth después del crimen.
La verdad, hay que reconocerlo, es
intolerable, el hombre no está hecho para sostenerla; por eso la evita como la
peste. ¿Qué es la verdad? Lo que no ayuda a vivir. Es todo lo contrario de un
apoyo. Así, pues, no sirve para nada, salvo para colocarnos en un equilibrio
inestable, propicio para todas las formas de vértigo.
2 de enero de 1970
Cinco telefonazos. Cinco opiniones
diferentes; cinco mundos cerrados. Es imposible acceder a la verdad mediante
opiniones; toda opinión me parece un punto de vista demencial sobre la
realidad.
Anoche decía yo a mis amigos que hay
tres acontecimientos en mi carrera: mi nacimiento, la renuncia al tabaco y mi
muerte.
Puedo decir que hay dos periodos en
mi vida: antes y después de haber dejado de fumar. Antes, treinta años de
nicotina, de fiebre, de “inspiración”; después, desintoxicación y, por tanto,
esterilidad. Hace seis años que fumé el último cigarrillo. Desde entonces ya no
puedo escribir sino con esfuerzo, deliberación, repugnancia. Durante cinco
años, antes de dejar de fumar, luché diariamente contra esa esclavitud que
había llegado a ser para mí el cigarrillo. ¡Tres cajetillas al día! Ya no podía
más. La primera vez que lo dejé duró cinco meses, durante los cuales me
consideré el último de los hombres. Desde que dejé de fumar, me siento
completamente decaído, pero, ¡libre! Y, cuando me desprecio, me digo que pude
abandonar el placer mayor que experimentaba en este mundo: encender un
cigarrillo. Es el único triunfo verdadero sobre mí mismo, mi única victoria.
Prueba irrefutable de que estoy
totalmente desintoxicado: una noche, en un sueño, estaba fumando. Al instante
me desperté con sensación de asco.
Cuanto más tiempo pasa, más me
acostumbro a las realidades más sombrías (suicidio, horror del nacimiento,
etcétera), sin ninguna reserva mental de pena y desolación. Concibo lo
irreparable sin tristeza. Estoy inmerso hasta el cuello en el desconsuelo objetivo,
evidente, impersonal. Llanto con ojos eternamente secos.
20 de febrero
Anoche, velada con los Beckett. Sam
estaba en forma, locuaz incluso. Me contó que había pasado al teatro porque
necesitaba un solaz, después de haber escrito novelas. No pensaba que lo que
era una simple distracción o un ensayo fuese a cobrar semejante importancia.
Ahora bien, añadió que escribir una obra dramática representa muchas
dificultades, porque hay que limitarse y eso le intrigaba y le tentaba, después
de la gran libertad, la arbitrariedad y la auténtica falta de límites de la
novela. En una palabra, el teatro entraña convenciones: la novela ya no supone
casi ninguna.
Anoche, en el metro, una muchacha
(dieciséis, diecisiete años), sentada, me ofreció su asiento. Naturalmente, no
lo acepté. Ofrecerme su asiento, ¡a mí, que acababa de hacer, por tarde,
veinticinco kilómetros a pie! Era una muchacha de aspecto bastante débil y dudo
que pudiera hacer la mitad del recorrido que acababa yo de hacer. Aun así, para
ella, yo era un viejo. Y, en efecto, lo soy, con esta jeta de presidiario
descansado.
Sé que soy viejo, pero no lo siento;
normalmente, me comporto como un tipo de treinta años como máximo y no sentiría
el ridículo que supondría cortejar a una muchacha de veinticinco años. Esa
ilusión de vigor, esa insensibilidad “instintiva” al paso del tiempo, es lo que
hace que creamos habernos substraído a los efectos de la edad.
28 de marzo
Repartimos nuestros libros entre
nuestros amigos, ponemos dedicatorias afectuosas en ellos, creemos que van a
leernos, que se apiadarán de nosotros o nos admirarán. Son errores. Lo único
que habremos hecho es excitar su mal humor. En una palabra, ejemplares
sacrificados.
… No obstante, en alguna parte un
desconocido nos leerá religiosamente y esperará años antes de dirigirse a
nosotros.
7 de mayo
Paul Celan se ha tirado al Sena. El
lunes pasado encontraron su cadáver.
Este hombre encantador e
insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que estimaba y rehuía, por
miedo a herirlo, pues todo lo hería. Siempre que me lo encontraba, me ponía en
guardia y me controlaba, hasta el punto de que al cabo de media hora estaba
extenuado.
11 de mayo
Noche atroz. He soñado con la sabia
resolución de Celan.
(Celan fue hasta el final, agotó sus
posibilidades de resistirse a la destrucción. En cierto sentido, su vida nada
tiene de fragmentaria ni de fracasada: está plenamente realizada.
Como poeta, no podía ir más lejos; en
sus últimos poemas rozaba el Wortspielerei [juego de palabras]. No conozco una
muerte más patética ni menos triste.
Ese hermoso pensamiento que he leído
en alguna parte, a saber, que el tiempo era una “distracción del alma”.
1 de julio
Cena anoche con Michaux. Me habla de
mi artículo sobre Beckett y me dice que no está de acuerdo conmigo sobre la
“vida”, que, en su opinión, es una cosa extraordinaria.
No es la primera vez que me llama la
atención el “optimismo” de Michaux. No me molesta en absoluto y me parece muy
hermoso que, después de haber estado durante tanto tiempo crispado e infeliz,
se llegue a una visión serena de las cosas. Una hermosa “vejez” (aunque resulta
difícil imaginar a alguien menos “viejo” que Michaux).
Me habla de su viaje a Nueva York, de
la que hace un retrato aterrador. Una ciudad de asesinos. Nada de lo que hay en
ella le cae en gracia. Me gustan esas reacciones temperamentales, que son tan
vivificantes para el oyente. Michaux me acusa de ser charlatán. Pero en toda la
velada no he tenido tiempo de meter baza. Mejor, pues habitualmente soy
inagotable. He pensado también que M. pasa mucho tiempo solo y necesita
“desahogarse” de vez en cuando.
Dos hombres ejercen en mí un efecto
estimulantes y, siempre me han infundido deseos de trabajar, de hacer algo, de
querer a toda costa dejar alguna huella: Napoleón y Dostoyevski. (Entre
paréntesis, ¡dos epilépticos!)
21 de septiembre
Ayer en el Museo Carnavalet,
contemplé el retrato de Talleyrand. Finura extraordinaria del rostro y una
sonrisa imperceptible, exactamente como me imaginaba yo que debía ser.
A su lado, Napoleón resulta plebeyo y
las cabezas de la Revolución vulgares (Danton, ¡qué jeta!).
En Robespierre, en cambio, hay una
distinción concertada, afectada, una anemia estudiada, deseada.
30 de septiembre
De nada sirve que crea yo en la
libertad: no por ello deja de resultarme difícil admitir que sea más real que
la necesidad. Somos libres en la superficie, pero no en las profundidades.
Normalmente, parece que yo fuera el dueño absoluto de mis actos e incluso de mi
“destino”; en cuanto me examino un poco más en serio, me doy cuenta de que en
absoluto es así.
La libertad sólo tiene sentido para
una persona sana; casi no la tiene para un enfermo.
¿Acaso somos libres para no morir?
La rebelión es una señal de
vitalidad, al tiempo que de indigencia metafísica. Cuando hemos ido al fondo,
no ya de las cosas, sino de una sola cosa, podemos aún rebelarnos, pero ya no
creemos en la rebelión.
Dos mentalidades rebeldes habrán
marcado este siglo con métodos diametralmente opuestos: Lenin y Gandhi. El
primero es idolatrado por continentes enteros, el segundo por individuos
aislados, por solitarios. Debería haber ocurrido lo contrario. Pero, por increíble
que parezca, la no violencia no seduce a las multitudes.
¿Por qué se agravan con la edad los
defectos y los vicios? Porque se desgastan menos que las virtudes y, además,
son más propios de nosotros, más individuales, mientras que estas últimas
parecían -y son, por lo demás- más impersonales, más abstractas y más
convencionales. No tienen rostro, mientras que los vicios y los defectos llevan
la marca de la unicidad, sin por ello dejar de ser atributos universales del
hombre.
30 de octubre
Recibo cartas de jóvenes que han
leído el Breviario. Todos son más o menos desequilibrados, la mayoría pobres
diablos (en realidad, el título del libro debería haber sido: Manual del pobre
diablo).
Un texto cargado de citas, ¿qué
prueba? ¿Modestia? ¿Cobardía? ¿O competencia? Más que todo eso, un deseo de
indicar que el tema no te concierne directamente.
5 de noviembre
Crisis de nervios en la calle. En el
quiosco de periódicos he estado a punto de reñir con la buena mujer; en el
mercado, he echó una bronca a la vendedora, que al ver mi despiste, quería
visiblemente engañarme. ¡Qué horrible! Sabía que, al salir de casa, cualquier
cosa me pondría fuera de mí. ¡Y pensar que en otro tiempo ambicioné emular a
Buda!
El pesimismo: una enfermedad de
familia. Todos los míos la han padecido. Mi hermano está igual que yo al
respecto. Mi padre, un ansioso consumado, que tenía miedo de todo,
increíblemente honrado, modesto y sin estatura; mi madre, ambiciosa, farsante,
alegre y amarga según los momentos, activa, obstinada, de una vanidad poco
común y extraordinariamente capaz, de una mentalidad mucho más fina que la de
mi padre, en el fondo destrozada interiormente y decepcionada. Yo he heredado
casi todos sus defectos y algunas de sus cualidades, pero no tengo nada de su
energía y su obstinación. A su lado, soy un simple veleidoso, un aspirante, una
promesa (¡a los sesenta años!).
18 de noviembre
Soy un discípulo de Job, pero un
discípulo infiel, pues no he sabido adquirir las certidumbres del Maestro, sólo
lo he seguido en sus gritos…
20 de noviembre
Esta mañana en la cama, certidumbre
luminosa: sólo vivimos con vistas a la muerte. Ella lo es todo: la vida no es
nada. Y, sin embargo, la muerte carece de realidad, quiero decir que no existe
algo que sea la muerte, independiente de la vida. Pero precisamente esa
ausencia de autonomía, de realidad distintas, es lo que vuelve universal,
omnipresente, la muerte: está en verdad por doquier, porque no tiene límites y
se resiste, como Dios, a toda definición.
Lo que escribí a M. hace veinte años
sigue siendo cierto: soy un discípulo de Job y de Chamfort.
Sin embargo, sin ellos habría sido el
mismo y habría tenido la misma visión exactamente de las cosas. ¿Lo que les
debo? Nada, sólo el consuelo de un gran parentesco, la conciencia
tranquilizadora de saber que no estás solo, que otros han gritado o se han
reído burlones del mismo modo…
7 de diciembre
De vez en cuando recibo cartas
desesperadas, inspiradas más o menos por el Breviario y a las que debo
responder. Como la mayoría de las veces se trata de pensamientos de suicidio,
me esfuerzo por quitárselo de la cabeza a quien me escribe. Pues alentarlo no
es posible, la verdad, por mil razones. Lo malo es que mis cartas forzosamente
edificantes, no pueden ser más convencionales y en contradicción con lo que
pienso de verdad. Ese papel de “apoyo moral”, de confesor laico, que he debido
asumir, no es la menor ironía de mi vida. Sobrevivir a un libro destructor es
siempre penoso para un escritor.
1 de enero de 1971
En el hotel Majory, hace veinte años,
había adoptado la costumbre de colgar durante dos o tres meses fotos de gente
que me gusta. Ante el retrato de Schopenhauer, la doncella me preguntó un día:
“¿es la foto de su padre?”.
El hombre es el arquetipo del animal
conquistador. Toda su historia es una sucesión de conquistas y por tales no hay
que entender solo las acciones militares, sino también cualquier empresa,
técnica, literaria, social, etcétera. Por lo demás, digo bien: conquistas
científicas; con razón, pues entrañan violación, profanación del enigma, de lo
desconocido, del reposo de los elementos con vistas a un aumento de poder. Un
depredador coronado como rey de la Tierra.
Si Pascal hubiera vivido en el siglo
XVIII, habría sido Hume.
El interés de los Pensamientos
estriba en la incompatibilidad que en ellos se expresa. Pascal había nacido
para disolver verdades, pero se dedicó a consolidarlas. Ya sólo interesa por
sus contradicciones y por lo insoluble que hay en el fondo de su fe, una fe
para cuya salvación se agotó, se mató.
Hablan de mi “estilo”. Pero mi estilo
no interesa en absoluto. Tengo algo que decir, lo digo y lo que digo es lo que
cuenta; la forma de decirlo es secundaria. El ideal sería escribir sin estilo;
yo me esfuerzo y lo lograré. Lo único que importa es el pensamiento. El resto
es para literatos.
Heidegger y Céline: el filósofo y el
escritor que, después de Joyce, más se han ocupado de la lengua para modelarla,
torturarla, hacerla hablar…
Verdugos del lenguaje.
El hombre es libre en la medida en
que puede no actuar enseguida. Sólo el fallo de sus reflejos garantiza la
libertad. Es lo que le concede el margen para reflexionar, sopesar, elegir.
Crea un intervalo, un vacío entre sus actos. Ese vacío es el espacio y la
condición de la libertad. El hombre es hombre por sus insuficiencias. Si no
hubiera cierto desequilibrio en sus reacciones fundamentales, sería un simple
autómata.
18 de marzo
Sybille me dijo anoche que Mircea
Eliade tuvo el 9 de este mes un ataque cardiaco (¿pericarditis?) y hasta el 16
no lo declararon fuera de peligro los médicos. El ataque se produjo en una
ciudad de Michigan, donde esta con Christinel. He pasado toda la noche pensando
en ese accidente, absolutamente inesperado. Pues, para mí, era una persona de
una resistencia a toda prueba. ¿Cuántas veces no me he dicho que, si yo hubiera
hecho la cuarta parte del trabajo que él, hace mucho que me habría muerto!
Pocas veces he visto a alguien que como él se haya entregado al surmenage, por
decirlo así, con semejante ardor. Todo lo contrario de un sabio, pues la
sabiduría es la negativa a abusar de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades,
de nuestro tiempo. Lo que M.E. debería haber aprendido es el arte de aburrirse.
Desconoce el placer de no hacer nada. Hago votos por que lo aprenda ahora.
24 de marzo
Fourier marcó el siglo XIX. (Por
fourierista fue enviado Dostoyevski a Siberia.) Los pensadores mediocres (del
tipo de Teilhard) siempre tienen más influencia que los otros. Ellos son los
que originan las revoluciones. Un gran pensador, en el siglo XVIII, fue Hume.
En nombre de sus ideas, demasiado sutiles, demasiado profundas también, no se
producen sublevaciones: la duda no conduce al motín. Sí que conducen a él, en
cambio, divagaciones al estilo de Rousseau, eminentemente limitado, pero llenas
de calor.
Sociedad “permisiva”… es decir,
sociedad sin prohibiciones. Pero una sociedad sin prohibiciones a la larga se
disgrega. Pues sociedad y prohibiciones son términos correlativos. Por eso, una
sociedad se adapta mejor al terror que a la anarquía. La falta de libertad es
compatible con cierta prosperidad, pero la libertad total es estéril y
autodestructiva. Ése es el drama.
Lo mismo ocurre con la represión para
la vida individual. Entraña inconvenientes: pero mucho mayores son cuando deja
de haber represión, cuando ya no hay nada oculto, enterrado, interiorizado. El
psicoanálisis, al querer liberar a los hombres, no hace otra cosa que
encadenarlos… a su superficie, a sus apariencias. Los ha vaciado de sus
secretos, los ha desposeído de su contenido, su madera, su sustancia. La
represión tiene algo bueno. Y las psicosis consecutivas a su supresión son
mucho más graves que las resultantes de su propia represión.
De lo que se llama la “nada” sólo
tenemos de verdad la experiencia en momentos de felicidad insostenible. En la
cima de ésta, ya nada subsiste, ya nada es. En su esencia, la felicidad es
mucho más destructiva, más “metafísica”, que la desdicha.
En la desdicha, luchamos,
reaccionamos; nos afirmamos; pero la felicidad que nos invade nos aplasta, nos
quita las fuerzas y nos deja desprovistos, enloquecidos, frustrados.
Historia y odio: éste es el motor de
aquélla. El odio es lo que mueve las cosas aquí abajo, es el que impide que la
Historia pierda aliento. Suprimir el odio es privarse de acontecimientos.
Odio y acontecimiento son sinónimos.
Allí donde hay odio algo pasa. La bondad, por el contrario, es estática;
conserva, detiene, carece de virtud histórica, frena todo dinamismo. La bondad
no es cómplice del tiempo, mientras que el odio es su esencia.
La sed de destrucción está tan
arraigada en el hombre, que nadie, ni siquiera un santo, consigue extirparla.
Desde luego, es inseparable de la condición de ser vivo. El fondo de la vida es
demoniaco.
La destrucción tiene raíces tan
profundas en cada uno de nosotros, que es muy probable que no pudiéramos vivir
sin ella, quiero decir sin el deseo de entregarnos a ella. Forma parte de
nuestros datos originales. Cada persona que nace es un destructor más.
En cada persona veo un destructor.
Un sabio es un destructor apaciguado,
retirado. Pero los otros son destructores en ejercicio.
El paso del tiempo en sí es terrible.
Pero, ¡cuánto terrible sería un tiempo paralizado! ¡Si se detuviera para
siempre! Pero eso es precisamente la muerte. Tal vez sea ése el motivo profundo
del terror que inspira. Destruye, aniquila el tiempo, le impide para siempre
transcurrir…
Un régimen desaparece cuando sus
representantes han dejado de creer en sí mismos. De igual forma, el hombre
desaparecerá cuando haya perdido la fe en su destino. Ocurrirá si no ha
ocurrido ya. No necesitará fuerzas adversas para abatirlo; se desplomará por sí
solo.
Cuando leemos sobre las sociedades
primitivas, lo que más llama la atención es el papel que en ellas desempeñan
las prohibiciones. No se inventaron por superstición, sino porque son
absolutamente indispensables para el buen funcionamiento de una sociedad, de un
clan, de una familia. Una sociedad sin prohibiciones es una contradicción en
los términos. Los hombres sólo pueden vivir juntos en la medida en que aceptan
no hacer ciertas cosas. ¿Qué en la mayoría de los casos esas prohibiciones son
insensatas, ridículas? ¡Poco importa! Lo que cuenta es que molesten a los
individuos y les impongan una disciplina. La anarquía es la supresión de los
tabúes.
5 de diciembre
Acabo de hojear algunos libros sobre
etnología. Nunca más envidiaré a los indígenas. Por horror de la “civilización”
me había imaginado que vivían con paz y serenidad, como en un paraíso. En
realidad, tiemblan mucho más que nosotros. Viven con miedo, tanto, como los
animales, si no más. La conclusión que se debe sacar es la de que el mal está
inscrito en la condición de lo vivo como tal y es inútil envidiar cosa alguna.
A menos que salgamos de ese reino maldito que es el reino animal.
30 de diciembre
Visita esta noche a Notre-Dame. ¡Y
pensar que los franceses fueron capaces, en el siglo XII, de concebir y
ejecutar el proyecto de semejante monumento! Era un pueblo que entonces tenía
alma y que la conservó durante mucho tiempo. Pero ahora está perdiéndola.
(Ahora bien, no es ése el lugar en el
que yo me convertiría. Es inexplicable que Claudel pudiera sentir ahí la
conmoción que lo marcó para el resto de su vida.)
19 de enero de 1972
He hecho la tontería de aceptar que
reediten en París Lacrimi si Sfinti. En este momento estoy corrigiendo las
pruebas. ¡Qué suplicio! Está mal escrito (es transilvano, no rumano) y queda
muy lejos. ¡De qué alteración interior saldrían esas divagaciones! Me veo en
Brasov, en aquella casa encaramada en la colina, ¡sumido en la vida de los
santos! Esa parte de mi vida está borrada de mi memoria; revive ahora, por lo
que esta dura prueba (nunca mejor dicho) no habrá carecido de utilidad.
La voluntad de la destrucción es la
expresión dinámica de la tristeza.
Anoche decía yo a Christabel que me gusta la “vida”, pero no
por ello dejo de considerar que habría sido preferible, para mí y para todo el
mundo, no haber existido nunca. Ella no conviene conmigo y me responde que cada
persona es única y por tanto…
He observado que las personas son
incapaces de poner radicalmente en entredicho su propia existencia. ¿Por qué?
Porque cada cual se mira desde el interior y se cree necesario, indispensable,
se siente como un todo, como el todo; en cuanto nos identificamos con nosotros
mismos de forma absoluta (eso es lo que hacen casi todas las personas)
reaccionamos como Dios, somos Dios. ¿Cómo aceptar entonces la idea de que
habría sido preferible no haber existido nunca?
Para escribir hace falta pasión.
Ahora bien, yo me he dedicado a destruir ese resorte, para gran desgracia mía.
No voy a leer más a los sabios. Me han hecho demasiado daño. Debería haberme
entregado a mis instintos, haber dejado que mi locura alcanzara su plenitud.
Hice todo lo contrario, tomé el disfraz del desapego y el disfraz acabo
sustituyendo el rostro.
15 de abril
Toda la Historia no es otra cosa que
una serie de malentendidos. Podríamos decir incluso que todo cambio es un
malentendido. Nos engañamos, queremos engañar, sin esa voluntad, inconsciente
la mayoría de las veces, las cosas seguirían siendo las que son: inalterablemente
malas, en lugar de ser malas cambiando de faz.
Diario filosófico, de Wittgenstein. En cuanto
aborda la ética, se vuelve vulnerable e… improbable. No basta con ser sutil
para abordar las realidades humanas.
1 de junio
Acabo de releer el retrato que hice
de San Pablo en la tentación de existir. Ya no podría escribir con ese frenesí,
estoy demasiado cansado para eso. He conservado mi antigua locura, pero sin la
pasión que le infundía su interés. Sin lirismo más bien. Mi locura actual es
locura en prosa.
Es extravagante pensar que Rimbaud
habría podido “continuar”. ¿Podemos imaginarnos a Nietzsche después de Ecce
Homo?
Todo es inconcebible, todo es anormal
en Rimbaud, salvo su “silencio”. Comenzó por el final, alcanzó de entrada un
límite que sólo habría podido salvar renegando de sí mismo. Si hubiera vivido
hasta los ochenta años habría acabado comentando sus explosiones, explicándolas
y explicándose. Sacrilegio en los dos casos.
Habría que leer y releer una obra,
sin sopesarla. Todo lo que nos gusta de forma consciente es esterilizante.
La ventaja de envejecer es la de
poder observar de cerca la lenta y metódica degradación de los órganos;
comienzan todos a fallar, unos de forma visible; los otros de forma discreta.
Se separan del cuerpo, como el cuerpo se separa de nosotros: escapa, huye, de
nosotros, deja de pertenecernos. Es un desertor al que ni siquiera podemos
denunciar, ya que no se detiene en ninguna parte y no se pone al servicio de
nadie.
Lo peor que hay en el mundo es el
adulador. Podemos estar seguros de que, a la primera oportunidad, nos asestará
un golpe, se vengará de haberse rebajado ante nosotros. Y como se rebaja ante
todo el mundo…
Los aduladores son traidores, sin
excepción. Siempre los he despreciado, pero no he desconfiado lo suficiente de
ellos.
Para desgracia nuestra, soportamos
mejor a un cumplimentero que a alguien que nos dice cosas verdadera y, por
tanto, desagradable sobre nosotros. Así, somos nosotros mismos los que
favorecemos, los que alentamos, a nuestros peores enemigos.
Sin la idea de un universo fracasado,
el espectáculo de la injusticia bajo todos los regímenes conduciría a la camisa
de fuerza incluso a un indiferente.

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