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CUENTOS MÍNIMOS 27. FANTASMAS DE ALQUILER

 



 

Como me habían subido tanto el alquiler de la casa, para poder pagarlo me vi obligado yo también a alquilar el nicho donde estaba enterrado mi padre. En realidad, hacía mucho tiempo que ya no me acordaba de él ni de su nicho y de no haber sido por aquel anuncio yo no estaría hablando ahora de mi padre. Yo hacía ya tiempo que había ocupado su lugar, hacía tiempo que lo había enterrado y casi ni me acordaba de los tiempos en que fui su hijo. La herencia que me tocó en suerte la había dilapidado, ya no empleaba ninguna de las frases suyas que antaño me gustaba recitar y, a fuerza de no mirar ya fotografías antiguas, su rostro se me había ido gastando de una manera natural. Tan sólo recuerdo sus andares lentos y su letra ilegible de médico, que algunos parientes dicen que heredé. Los libros que me dejó, que ahora estarán tan pasados de moda, se los acabó comiendo la carcoma; las prendas de su ropa hace tiempo que fueron expurgadas de los armarios, y creo que puedo afirmar, casi con toda seguridad, que con el paso de los años no conservo en casa ni un sólo objeto que tocaran sus manos, ni siquiera una reliquia: ni un reloj antiguo con las agujas detenidas o un mechón de aquellos cabellos que en sus últimos tiempos se tornaron blancos o amarillos. Creo que el recuerdo de mi padre, hasta aquella mañana en que me vi obligado a poner el anuncio, se había evaporado de una forma lamentable. Quizás se trate de la lamentable forma en que todos nos vamos olvidando de los que quedaron atrás. Ni siquiera puedo decir que me pareciese verlo durante un instante cuando me miraba en el espejo. Ni siquiera puedo decir que dejé de amarlo. Es difícil amar aquello que se va esfumando poco a poco hasta extinguirse. La muerte de las personas, ya en sí misma, es una desaparición tan súbita y brutal que nos habitúa a resignarnos a esa lenta disolución en la memoria. Desde hacía años no volví a pensar en él. Hasta que me enteré de que me habían subido desorbitadamente el alquiler del piso y, como no podía pagarlo con mis propios medios, me vi obligado a alquilar lo único que poseía en propiedad y darle publicidad con algún tipo de anuncio. Entonces supe que era mentira que mi padre se hubiera extinguido. Mi padre siempre había estado ahí, aguardando en algún lugar secreto de la memoria, y sólo necesitaba el momento oportuno para despertarse.

Quizás darle publicidad fue lo que lo hizo aflorar, quien sabe. Quizás no debí haber puesto el anuncio. Quizás, si hubiese hecho de aquella transacción una cosa clandestina, aireada sólo en la intimidad de un alquiler entre amigos o conocidos, mi padre nunca se hubiera manifestado. Tampoco es que le diera mucha publicidad, casi no me iba a sobrar dinero una vez abonase el nuevo precio del alquiler y tan solo pude colocar un anuncio en el tablón de una tienda de fotografía cerca de mi casa y cuatro más en el escaparate de las floristerías que suelen ir creciendo al lado de los cementerios. Ya de paso, aproveché para comprar un ramo de crisantemos que más tarde trasplanté a la jardinera adosada en la lápida, a fin de darle a aquel lugar un aire de frescura que lo hiciera más habitable. El anuncio fue de lo más escueto, sin explicaciones ni excusas; necesitaba con urgencia el dinero -mi casero me había amenazado con echarme de casa si no pagaba ya- y cite a los interesados frente al nicho para el día siguiente, acompañando el anuncio de un plano orientativo. Supe más tarde -porque me llamaron por teléfono- que algunos se perdieron por el camino, ya dentro del cementerio, y confundieron el nicho de mi padre con otros similares donde también se colgaba el cartel de SE ALQUILA, que era el cartel que yo había colgado a los pies de mi difunto padre como una bengala para alumbrar a las almas perdidas. Porque siempre me ha parecido, cuando me he percatado de que alguien anda desorientado por el interior de un cementerio -¿y quién no anda desorientado por allí?, me digo siempre-, que éste es el único lugar donde los cuerpos los que por allí pasean parecen hacerse incorpóreos y las almas se ponen en vilo y de cuerpo presente, como si los que merodeasen por allí buscando un camino de salida entre el laberinto de lápidas fueran más bien almas en pena que llevan a cuestas algún cadáver que van velando, como una suerte de oscura penitencia. Y me resulta de lo más curioso pensar que los cementerios sean a la vez los únicos lugares del mundo donde sólo se depositan cuerpos que ya no tienen almas, y que sean, además, unos cuerpos tan etéreos que, poco a poco, van perdiendo su forma corpórea. Hay algo de justicia poética en el hecho de que el lugar donde se corrompe la materia sea a la vez el más espiritual, un lugar de paz y de recreo a ras de tierra que resulta propicio para elevar el alma. Creo que todo eso había sentido yo la víspera, cuando fui a adecentar la tumba de mi padre, y ya entonces me pareció que ir a ejecutar negocios a un lugar tan misterioso podía revelarme secretos que quizás era mejor no desenterrar. 




Y después de tantos años sin volver allí, aquel cementerio custodiado por olmos que alzaban sus copas para beber del cielo los cantos de los pájaros, me pareció de pronto un lugar ameno, un recinto propicio para escuchar el secreto lenguaje de los muertos. Creo que la figura de mi padre, que sólo ahí, bajo el frío peso de las lápidas y del silencio, se había ido haciendo tan poderosa, me había impedido penetrar durante mucho tiempo por la puerta de aquel cementerio que daba por su cara oriental al mar de la bahía, allí donde rompen las olas entre el estruendo de las gaviotas. Incluso me estaba percatando de que por dar siempre extraños rodeos para sortearlo -mi casa se hallaba a escasos metros-, había hecho que todos los pasos que daba por la ciudad me condujesen irrevocablemente a su interior (lejos de la libertad con que yo asociaba el mar), siempre perdido en un dédalo de calles que me acababan enredando entre un reguero de rutinas muertas. Me estaba dando cuenta de que aquella veda que, por algún escrúpulo de conciencia, había impuesto yo a ese espacio de la ciudad me había llevado a sentir mi vida como desnortada. Hasta entonces había vivido en ella bajo el impulso de viejos hábitos, seguramente ya podridos, pero ahora que volvía a estar de nuevo dentro del cementerio, después de tantos años, veía que todos los pasos que había dado hasta entonces eran errados y que aquel recinto tenía que haberlo aprovechado yo para iniciar mis pasos por la ciudad y catapultar mi vida. Al haber evitado el lugar de la ciudad que guardaba la viva imagen de la muerte, mi vida se había quedado detenida sin ningún destino, y más muerta todavía, como tocada por una insoportable levedad.

El interior del recinto me parecía un homenaje a la naturaleza, con su incipiente vegetación enroscándose en las piedras carcomidas por el viento y la salitre. La hierba cubría, con su verde lienzo estampado de margaritas, el velado rostro de los muertos que había ido borrando el paso de los años y el olvido. Los manojos de flores que colgaban de los nichos daban al recinto un aire de ciudadela festiva y bien cuidada, y, si no fuera porque se sabía que aquella era la ciudad de los muertos, podría haberse dicho que era la parte de la ciudad más alegre y viva. Era como si los muertos, libres ya de cualquier afán humano, hubieran impuesto su paisaje de sencillez y sosiego, una vez reducidos a la esencia de sus nombres y epitafios. Los muertos estaban muy vivos, pensé nada más entrar al cementerio, y me extrañó que ante aquel pensamiento inesperado yo sintiese que me difuminaba un poco, como si la grandeza de tanta vida allí yaciendo me hubiera hecho insignificante, ingrávido como una pompa de jabón, algo mínimo y liviano que se podría llevar una ráfaga de viento o una ola cualquiera. Sentí que allí todo era más sencillo, más simplificado. Nadie parecía dar una voz más alta que las otras, ni se levantaba de la tumba para reclamar atención. Y hasta las flores, que yo veía erguirse entre esas tumbas, parecían florecer como una proyección de la memoria del muerto, que ahora se iba ensanchando entre el zumbido de abejas y esparciendo su polen como una fértil lluvia sobre la tierra. Era como si los muertos proclamaran "yo también soy esto" y, liberados de sus formas, se fundiesen con cuanto había a su alrededor. Más allá de la vida, los muertos recobraban su grandiosa figura, entretejida con la urdimbre de todo lo que estaba vivo. Y yo, que ya sentía que me iba disolviendo en aquella paz y dulzura, noté que me venía una idea clara de mi propia identidad, pero cuando fui a emitir con más concreción aquel pensamiento, solo pude pronunciar en voz queda algo que se parecía a un epitafio: "aún no sé quién soy". 

Y recordé entonces, mientras limpiaba la lápida de mi padre y evocaba el último día que lo vi con vida, cómo iba a menudo al cementerio cuando era adolescente para evadirme de las sórdidas clases del colegio, yo creo que para ver si allí podía aprender las lecciones de vida que no me daban los maestros y averiguar, por fin, quién era yo. Para evitar que algún pariente o amigo de mi padre se tropezase conmigo y me acabara delatando, yo me refugiaba en el único lugar del que podía esperar fidelidad, lejos de las calles donde sentía que mil ojos familiares espiaban cada uno de mis pasos. Pero un día en que salía del cementerio a una hora intempestiva, me acabé topando con la carnicera del barrio que acababa del bajar del autobús, que más tarde le fue con el chisme a la vecina del tercero, quien al final le preguntó a mi padre, mientras sacaba la llave del bolsillo para abrir la puerta de casa, si yo estudiaba lenguas muertas, y mi padre debió quedarse pálido ante aquella broma macabra, tal vez pensando que un adolescente que cambia las pizarras de la escuela por los mármoles del cementerio, tenía, por fuerza, que haber perdido la cabeza. Nunca creí que un disgusto pudiera llevar a mi padre a la tumba, pero cuando me enteré por mi madre de que ya sabían que me habían expulsado del colegio, ya no me atreví a volver a casa,  y durante algún tiempo sé que mi padre me estuvo buscando por las playas de la ciudad -donde siempre regresan los ahogados- y por las calles matinales y desiertas -por donde dan vueltas los escolares ociosos-, y por los salones recreativos e incluso por el cementerio, donde se me había visto por última vez, pero ya nunca me encontró, ni yo pude encontrarle a él. Y a ese último desencuentro con mi padre (que en realidad fue el único) achaco yo que me quedase un sentimiento de culpa que siempre trato de olvidar, pues ya no volví a ver más a mi padre que, según la versión de mi madre, regresó a casa desencajado, dio dos o tres vueltas alrededor del expediente de expulsión que había plantado sobre el escritorio, y cayó fulminado sobre la cama mientras escuchaba, tal vez, aquellas últimas palabras del director del colegio sobre los incorregibles modales de su hijo: a un hijo como el suyo, sospecho que le dijeron, ya no queremos verlo más por aquí. Aunque nunca supe en realidad lo que le dijeron, quizás que yo era tan sólo un fantasma en el colegio, y eso le asustó, ver a su hijo como un fantasma al que le gustaba visitar los cementerios después de su muerte civil en el colegio. Sólo los muertos saben sellar con su silencio los secretos de los vivos, pensaba yo, y espoleado por aquellas evocaciones infantiles había ido escalando hacia otras evocaciones posteriores, a otros entierros en aquel camposanto, a otros muertos que me acompañaron un trecho mientras aún vivían y que ahora debían yacer ahí, y sin darme cuenta pasó mi vida en un instante como un vendaval, y nunca hasta entonces mi vida me había parecido como un sueño soñado por los muertos. Mi vida, hasta aquel momento, pensaba, había sido como un suspiro; igual que como un suspiro había pasado aquella mañana de evocaciones en el cementerio, mientras adecentaba la lápida de mi padre y desfilaba por más tumbas y lápidas, escrutando nombres y fechas y epitafios. Sentía que mi vida tenía allí un ápice de plenitud y que aquel espacio de la ciudad, donde yo iba a alquilar un nicho al día siguiente, no parecía, en absoluto, un mal lugar para vivir.

El anuncio que fui a poner aquel día sólo decía SE ALQUILA NICHO COMO HABITACIÓN, haciendo constar la dirección del lugar y la hora en que lo enseñaba, sin añadir nada más, porque cuando intenté describir la habitación -que yo iba a calificar de independiente, copiando otros anuncios que pululaban por ahí-, me entraron unos escrúpulos absurdos y la mente se me puso en negro, comenzó a darme un ataque de claustrofobia y tuve que renunciar a dar más información antes de que empezara a sentirme ridículo por intentar describir lo indescriptible. Llegué al lugar de la cita acompañado de un empleado del cementerio (que con gesto evasivo y con desgana no paraba de repetir que cada vez tenía más trabajo; los muertos casi no le daban ninguno, rezongaba), y, ya al aproximarme, pude ver que la cola daba la vuelta al muro de nichos donde se hallaba el de mi padre y estaba a punto de enredarse con la cola de otro nicho en alquiler que partía del muro contiguo. Ya el día anterior, había observado que los carteles de SE ALQUILA, que empezaban a salpicar aquí y allí los frontispicios de los nichos, daban al cementerio un inusitado aire de vida. Con todo ese aparato de pequeñas grúas, andamios y escaleras rodadas obstruyendo las avenidas entre los nichos, el cementerio estaba empezando a adquirir un aspecto próspero de ciudad en construcción. Hasta entonces ignoraba que el negocio inmobiliario fuese tan lucrativo en una zona que casi todo el mundo trataba de evitar, e incluso yo mismo hacía años que no me acercaba por allí. El día anterior, como he dicho, había estado quitando las telarañas que colgaban de la lápida y rasgando con un cepillo de púas todo el musgo que siempre da a las tumbas de los muertos ese aire de fantasía y de esperanza. Y ya había tenido ocasión de darme cuenta entonces de que los cementerios comenzaban a poblarse de otra especie de fantasmas más espeluznante aún, fantasmas de alquiler que comenzaban a edificar sus chabolas en el lugar más marginal de la ciudad, expulsados por el alza de los precios, los fondos buitres y los desahucios.

Pero, en realidad, yo no estaba allí para disquisiciones metafísicas. Yo había ido allí a buscarme las habichuelas y tenía prisa por despachar un asunto que ya me parecía demasiado fúnebre. Así que no me anduve con contemplaciones ni me puse muy selecto. El empleado (que era un sepulturero eficaz, aunque seguramente más acostumbrado a meter que a sacar) tardó tan sólo diez minutos en descolgar la lápida de mármol negro -con el nombre de mi padre casi ilegible por la caída de algunas letras metálicas-, picó con un martillo y un cincel la pared de cemento y ladrillo, y al poco tiempo extrajo sin ningún cuidado el reducto de huesos, los metió en un saco negro -que más parecía una bolsa de desperdicios de las que se ve en los contenedores- y me dijo que ya estaba listo. No quise – y luego me arrepentí- mirar ni saber hacia dónde se llevaban lo que quedaba de mi padre. En los últimos días había tenido ocasión de pensar en él más que en los años anteriores y quería sacudirme a toda prisa aquellos recuerdos llenos de culpa que se me venían encima. Ni siquiera quise quedarme con la lápida como recuerdo, tal como me había sugerido el empleado, porque en ella iba inscrita la fecha más aciaga de mi vida, esa que yo me había empeñado toda la vida en olvidar. Al descubrir el nicho vacío y ya desamueblado, los tres primeros de la fila, que habían estado empujando para abrirse hueco, se sintieron como decepcionados, con una expresión idiota en su cara, como si cayeran en la cuenta de repente de que la muerte podía ser un lugar muy desolado. Los descarté enseguida porque sus maneras me recordaban a ese tipo de periodistas a la caza de la última tendencia chusca, moscardones que siempre vienen a curiosear cada vez que se levanta un cadáver o surge algún extraño fenómeno de feria.  Incluso el tercero de la fila, un joven desenfadado que parecía encontrarse por allí como en una gira turística, llegó a sacar unas fotos desde distintos ángulos, pidiéndome antes permiso y añadiendo que eran para enseñar a su novia. Estuve a punto de lanzar una carcajada mirando hacia los que formaban la larga cola, pero me contuve cuando me di cuenta de que no era el lugar ni el momento apropiados. Siempre nos ponemos muy serios cuando entramos en los cementerios y le contesté, casi cuchicheando y sólo para chascarle, acordándome de los chistes que antes se solían contar en los velatorios para matar las horas, que dentro de aquel nicho podían muy bien caber dos perfectamente, uno encima del otro, y que hacerlo dentro del cementerio daba mucho morbo y la fertilidad estaba asegurada. No debió gustarle oír aquello al cuarto de la fila, que parecía tomarse muy en serio lo de vivir ahí y contemplaba aquel escenario con ojos desencantados. Era, tal como lo recuerdo ahora, un individuo de mediana edad, más bien bajito, y con aspecto de estar huérfano de vitamina D –este no va a echar de menos las ventanas, me dije, casi sonriendo ante su cara pálida, y pensando que ya tenía atrapado al candidato perfecto-. Animado, tal vez, por la perspectiva que se le acababa de abrir, me preguntó por las medidas del habitáculo -que yo ignoraba- y, dudando si, una vez sentado, podría incorporarse para recibir a las visitas sin tocar el techo, asomó tanto la cabeza que introdujo la mitad de su cuerpo para palpar la humedad de las paredes. No me parecía bien que entrase a hurgar allí de ese modo, como un ladrón de cadáveres provisto de cinta métrica, así que le tuve que pedir que antes me diera tiempo para limpiar el interior un poco.  Con las mejores maneras me despedí de los que aun seguían haciendo cola e incluso creo que les pedí disculpas por haberles hecho esperar inútilmente en un lugar tan intempestivo. Me sorprendió ver de soslayo, mientras ajustaba con quien iba a ser mi inquilino los últimos trámites, que la fila no acababa de romperse; se habían quedado petrificados y ausentes como si aun esperasen que algo o alguien entrase o saliese de aquel habitáculo con el que seguramente soñaban después de haber entrevisto sus luminosas posibilidades. Me pareció que hasta miraban aquel hueco sombrío con codicia. Pero lo que me chocó fue la expresión compungida en sus rostros decepcionados. Me pareció que tenían esa cara solemne y apenada que se les queda a los que asisten a un entierro, y no salía de mi asombro porque en realidad lo que acababan de ver era cómo había desenterrado yo a mi padre, lo que debía ser motivo de alegría ahora que el espacio quedaba despejado con un hueco más para alquilar. La perspectiva de ver al hombrecillo aquel metiéndose al día siguiente en el nicho, como si se estuviese probando un traje antiguo de mi difunto padre, me empezaba a inquietar y quería acabar con aquel negocio siniestro de la manera más limpia y rápida posible. Así que, al día siguiente, después de que el empleado lo limpiase bien (siguió despachándome con una mirada furtiva y quejándose de que a los muertos no les importaba tanto la limpieza), dejé al futuro arrendatario que se metiese dentro con linterna en mano para salir enseguida un tanto asustado de lo que había descubierto allí, como si se hubiera topado con otro muerto que nadie echaba de menos -y a mí me constaba que ahí no había más que uno que acababa de ser retirado-. Pero no salió quejándose de la humedad, como yo esperaba, sino por dos o tres grietas que había descubierto en las paredes y de las que decía que salían ecos. Como, además, se quejaba de que por ahí se desprendían malos olores, le reproché que, tratándose del primer día, no hubiera venido provisto de una mascarilla como la que llevaba el sepulturero. Después de hacerle la observación de que, por el momento, ni por arriba ni por los lados tenía ningún vecino (y hasta podría utilizar con el tiempo el de arriba de buhardilla e ir haciendo pequeñas ampliaciones), el hombre se dio por satisfecho y ajustamos el precio que iba a figurar en el contrato. Antes de darnos el apretón de manos y despedirnos, intentó convencerse de que aquel hueco no quedaría tan mal una vez mandase instalar en el techo un juego de luces y trasladase de su trastero algún pequeño mueble auxiliar. No supe como animarle y sólo se me ocurrió añadir que lo bueno de alquilar un nicho bajo es que podría seguir cavando con vistas a construirse un sótano, con la ventaja, además, de que no iba a precisar de ninguna escalera para meterse dentro- tuve que advertirle de que nunca hay que dar ocasión a que ocurran desgraciados accidentes-. Viendo, además, que ya en la puerta del cementerio se quejaba del excesivo tráfico en la zona -por aquí solo pasan coches mortuorios, me atreví a observarle-, tuve que emplearme a fondo para no malograr el trato y, sin una pizca de ironía en mis palabras, mientras cruzábamos el semáforo hasta la otra orilla, me permití felicitarlo por mudarse a un barrio tan tranquilo.

Y era verdad que lo era, o eso me parecía a mí cuando lo dije. Yo mismo, después de que mi madre regresase al pueblo, no había querido cambiar de vivienda para estar cerca de donde yacía mi padre -o lo que quedaba de él-, quizás por una idea inconsciente de que no me haría bien cortar de raíz con mis orígenes. Pero desde aquel día, que ahora considero funesto, no pienso en otra cosa que en mudarme de barrio y abandonar la casa donde durante un tiempo fui feliz viviendo con mi padre. Pero eso era cuando estaba vivo; ahora que está muerto, lo de vivir con mi padre me parece una broma de mal gusto o una auténtica desgracia. Y es que, desde que cerré el trato, tengo la sensación de que la casa se ha vuelto más pequeña, y aunque el barrio sigue como siempre sin que pase nada (bien es cierto que cada vez más transitado y con un tráfico del diablo que provoca atascos y accidentes), noto que en el interior de la casa, cuando más concentrado me halló en las tareas domésticas, comienzan a desatarse esos ruidos que me crispan los nervios, como un desquiciamiento de puertas y ventanas, una especie de crujido en las persianas que es como un chirrido de roldana que subiese agua estancada de un pozo, un como arrastrarse sillas que nunca están donde uno las espera (hasta el punto de que un par de veces me he resbalado al ir a sentarme en una), un zumbido de moscas que no acabo de cazar y que van removiendo el aire muerto, y hasta noto cómo asciende un olor a cañerías que llena toda la casa de un óxido metálico que va pegándose en mi boca. Serán cosas mías, pero hasta me parece que me voy olvidando de las cosas más recientes y que es como si ya no tuviese ganas de hacer nada. Serán cosas mías -y no me atrevo a decirlo en alto-, pero es como si ya me sintiese un poco muerto. Yo se lo atribuía, claro está, al abatimiento que viene cuando uno se dedica a remover recuerdos, y un poco al remordimiento por haber dejado a mi padre abandonado a la intemperie. Creo que el remordimiento es también la razón de que en los últimos tiempos me haya vuelto más desordenado -cada vez tengo la casa más revuelta y con un gran lío de papeles- y hasta tengo despistes que me resultan intolerables. No es que nunca encuentre las gafas en el lugar descuidado donde las he dejado -y que cada vez repare en más objetos de la casa que echo en falta-, o que los ceniceros los encuentre impecables en el cubo de la basura (leí en algún lugar que los fantasmas aborrecen la ceniza, eso sin contar con que mi padre era fumador arrepentido), o que no me aparezca por ninguna parte la escritura del nicho que me hace falta para firmar el contrato de alquiler y que me ha dejado todo empantanado. Es que además me confundo a menudo de calles, o me meto por zonas de la ciudad que hace tiempo que ya no están como las había dejado, o me encuentro de pronto, cuando voy a comprar a una tienda, que el negocio ya hace años que echó el cierre, o que cambió de nombre, o que mudó de género, y hasta acabo irritando a mis amigos hablándoles de otros amigos que ahora ya están muertos, pero que yo siento como si estuvieran vivos. Y lo que más me irrita a mi es cuando me contestan que veo fantasmas donde no los hay. Yo suelo contestarles, engolando la voz, que la ciudad entera se está llenando de fantasmas -que pululan por los polideportivos y por los centros comerciales-, pero por este año mis amigos todavía pueden hacer frente al alquiler y sé que no tienen la oportunidad de ver esos fantasmas que yo sí veo -como almas en pena por las estaciones y por los aeropuertos y por todos lados donde haya un techo- y que, poco a poco, están colonizando la ciudad. Pero el tiempo acabará dándome la razón, si es que siguen subiendo los alquileres, si es que la gente sigue viéndose empujada a mudarse de casa en condiciones tan precarias.

Pero lo peor de todo no es eso; es esto que me pasa y que no me atrevo a contar. Lo peor de todo es que a menudo, dándole vueltas a esto que me pasa a mi últimamente, me distraigo tanto al volver a casa que acabo merodeando cerca del cementerio (más ajetreado que nunca, como si el tiempo se hubiera congelado en un repetido día de difuntos) y a veces entro en él y me detengo en alguno de los nichos de donde cuelgan carteles, y me veo acariciando la idea de alquilarme uno para ver si así consigo mantener a raya los fantasmas que me inquietan desde hace un tiempo, ya sea que me siente en un banco de una plaza o vaya a sacar dinero y me meta en un cajero. Lo peor es que cuando vuelvo a casa con la cabeza gacha y cada vez más acongojado, pensando que otra vez pueden subirme el alquiler de la casa, me encuentro a menudo la puerta abierta -no entornada, sino abierta de par en par-, aunque yo sepa que tan despistado no soy y que la dejé cerrada -siempre juro que la dejé cerrada-, y al entrar, cada vez más amoscado -pues en realidad es que no quiero entrar- siento que me recibe el fantasma de mi padre, al que oigo dar largas zancadas silenciosas por el pasillo y siento -¡pobre!- que se detiene a menudo alrededor de la cama donde echó su último aliento, junto al escritorio donde depositaba sus papeles, como si buscase por allí el origen de todos sus males, como si al pensar en aquella última cabezada empezara a darse cuenta de que no había conseguido despertarse al otro lado de la cama, donde me hallo yo midiendo las distancias con los ojos bien abiertos; no sabe, el pobre -!cómo lo ignora!-, que aún sigue soñando al otro lado del sueño, y yo ya no sé cómo hacerle saber que esa es la cama donde duermo ahora -y en la que ahora ya no quiero dormir- y temo que pronto la tendré que cambiar por el sofá o por otra habitación, o a lo mejor mudarme al otro lado de la manzana -donde últimamente voy tan a menudo-, antes de que las colas se hagan más largas y ya no queden más nichos por alquilar; antes de que un día, al volver a casa, me encuentre con que por fin la puerta vuelve a estar cerrada y comience a no entrarme la llave por el ojo de la cerradura, y me dé cuenta demasiado tarde de que mi padre ha acabado por ocupar la casa. 

Y lo malo es que tengo la sospecha de que mi caso no es tan raro. Temo que, si los precios de los alquileres no dejan de escalar y seguimos removiendo los huesos para abrirnos paso por los cementerios, la ciudad se acabe poblando de fantasmas y ya no quede nadie que se atreva a abrir la puerta de su casa. Temo que quizás muchos de nosotros no podamos mudarnos a otra casa cuando venza el alquiler, y nos veamos expuestos a vivir en la intemperie, como esos fantasmas de alquiler que no paro de ver por todas partes. No sé, quizás sea esa la señal de que ha llegado el fin del mundo o algo así, un mundo del revés donde los vivos tienen que ir a buscar cobijo en la tierra de los muertos y los muertos regresan para repartirnos viejas culpas por haberse muerto y van ocupando las antiguas casas de donde fueron expulsados. Quizás, cuando por fin nos hayamos ido a vivir todos a esos cómodos féretros que tan de moda se han puesto para pasar la noche en los albergues o en los nichos de alquiler, nos daremos cuenta de que también se nos ha muerto un poco la ciudad; incluso también nosotros nos habremos muerto un poco y quedaremos en tierra de nadie, como esos fantasmas que andan buscando, para ocupar, alguna casa encantada. Entonces sabremos que ya nunca más podremos volver. A mí, por lo menos, y hablo por propia experiencia, me asustan bastante los fantasmas. Y ahora que voy acostumbrándome a sus apariciones, me asusta más todavía el hecho de que desaparezcan, como ya empiezo a notar cuando voy a coger un avión al aeropuerto, donde tan pronto se les ve durmiendo allí, como se van desalojando para enterrarse más abajo, en el húmedo subsuelo donde ya nadie los ve ni pueden asustar a nadie, con esa sutil manera que tienen los fantasmas de desvanecerse del todo. Tal vez su aparición sea, por cierto, la única señal de que aún estamos vivos. Ni siquiera sabemos si ellos están más vivos que nosotros; hasta nos hacen dudar de nuestra propia existencia y vemos que no es tan grueso el muro que nos separa de ellos, si es que somos capaces de encontrar una puerta abierta y darnos de bruces con ellos. Incluso a mí, a veces, me entra el mismo miedo que a mi padre al notar que me olvido de aquellos tiempos en que no me preocupaba el alquiler y me da por pensar que yo no logré alcanzar la otra orilla ni volver del sueño; que yo también soy un fantasma de esos que aún no ha encontrado su casa. Me da miedo pensar eso que me llena de melancolía y que no me atrevo a confesarme. Prefiero no dudar de mi existencia, porque sé que existimos, pero cuando vuelvo a casa noto con asombro que mi padre siempre se sorprende, como si se extrañara de que yo todavía siga ahí, en esa casa de alquiler que ya no admite más fantasmas, y entonces soy yo quien se sorprende al verse reflejado en sus ojos. Y si puede verme a mí -comienzo a cavilar- es porque ya sólo existo en él; creo que sólo existo en su memoria o en la de otros muertos como él. Y creo que cuando ya deje de verlos, o ellos dejen de verme a mí, me habré diluido en la intemperie como un fantasma de alquiler.



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  No voy a destripar aquí el final sorprendente e irónico de este cuento de Monterroso (se trata de su primer cuento, publicado en una revista en 1952), a fin de que su efecto se conserve íntegramente en el lector que se asoma a él por primera vez. Añadiré que no sólo es sorprendente e irónico su final; es ambas cosas desde el principio hasta el final y en un espacio muy breve ocurren muchas cosas, muchas alternativas, muchos cambios de situación y de estados de ánimo. Tal como debió ocurrir en la colonización y en el intercambio entre culturas en la conquista y la catequización de América. Pero en este cuento aparece de alguna manera la venganza de Moctezuma y es lo que le da su sabor irónico. El cuento rezuma esa ironía administrada en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una selva. Perdido y sin e...

POETAS 97. Jorge Guillén (IV) "Otros poemas"

    Jorge Guillén nace en Valladolid, en el seno de una familia burguesa, en 1893. Allí realiza sus primeros estudios hasta que se traslada a Madrid   para comenzar la carrera de Filosofía y   Letras. En esta ciudad inicia a la vez una estrecha relación con la residencia de Estudiantes, en donde más tarde conocerá a alguno de los miembros más destacados de la generación   del 27, además de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset. Entre 1909 y 1911 viaja por Suiza e Italia. Después de un traslado a Granada, obtiene allí la licenciatura en 1913. Desde 1917 a 1923 sucede a Pedro Salinas como lector de español en La Sorbogne. Antes había pasado un periodo largo en Alemania. En uno de sus frecuentes viajes por Europa conoce, en la localidad de Trégastel (Bretaña), a la que más tarde será su primera mujer, Germaine Cahen, con la que tendrá dos hijos. En 1924 se doctora en Madrid con una tesis sobre el “Polifemo” de Góngora. Durante tres años desempeña la cáted...

POETAS 123. Miguel Hernández (III) "Cancionero y Romancero de Ausencias"

Miguel Hernández Gilabert nace el 30 de octubre en Orihuela. Su padre era un tratante de ganado lanar y su hijo le ayudará a pastorear el rebaño. Alterna esta tarea con el estudio hasta los catorce años en un colegio de jesuitas, pero tiene que dejarlo para atender en exclusiva el ganado. El resto de su formación la obtendrá gracias a un exigente autodidactismo, que se sobreprondrá incluso a las palizas que el padre le propinaba cuando le encontraba leyendo. Desde muy temprano se embebe en lecturas que le llevan a escribir sus primeros versos y a asistir a cenáculos de Orihuela: en la reuniones de la tahona de los hermanos Carlos y Efrén Fenoll intima con quien será su guía y le introducirá en círculos neocatólicos. Se trata de Ramón Sijé, condiscípulo infantil que se iba a convertir en un ensayista precoz y que iba a alentar a Miguel Hernández en sus primeros versos. Pronto empieza a publicar sus poemas en las revistas locales, especialmente en “El Gallo Crisis”, revista ...

PENSAMIENTOS 38. Stendhal ("Sobre el amor")

  Dejo aquí una serie de pensamientos entresacados del libro de Stendhal “Sobre el amor”. Va precedido de un esbozo biográfico que dejó el propio autor a modo de necrológica sobre Henri Beyle. Aunque en principio esta reseña parece abundar en meros hechos que sólo acotan las idas y venidas de un personaje llamado Stendhal o Henry Beyle, se nos dice sobre sí mismo más de lo que parece. Aquí se pinta al amante de la aventura y al admirador de Napoleón, al hombre enamoradizo que muda de lugares por perseguir mujeres, que muda de mujeres por perseguir al amor y que confiesa que este ha sido la causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Es hacia el final cuando se arrancan sus confesiones. La mejor se la reserva para la frase final. Sólo un gran novelista es capaz de acabar la reseña sobre su propia vida con uno de sus primeros recuerdos; tal vez el que funda su personalidad: “Estaba enamorado de su madre, que perdió a los 7 años”. Dejo también como epílogo el 2º capítulo ínt...