El protagonista de este relato de Chéjov se queda al final sin habla, tal vez porque queda en evidencia, tal vez porque la vida es un cuento dicho por un idiota y tiene sus paradojas y es irónica y se acaba por recibir una lección de la vida en forma de ironía, o tal vez una lección sobre lo que es el arte, o sobre lo que es la humanidad, o sobre cómo el destino siempre sabe vengarse. Y es que caben muchos sentimientos y muchas lecciones y muchas intenciones en los cuentos de Chéjov, a pesar de esa aparente sencillez de sus cuentos, que sólo intentan copiar la realidad tal cual es, sin ninguna afectación. Puede parecer que en este cuento la obra de arte a la que alude el título se convierte en un macguffin, pero también en una metáfora de lo que es el arte dentro de una sociedad, el poco crédito que merece a pesar de que todo el mundo lo ensalza, el cómo todos se quieren quitar de encima algo que resulta molesto, que ofende por su verdad y por su falta de adaptación o de decoro. Pero la obra de arte siempre vuelve, es tozuda, está para recordar algo a la conciencia, para despertar a la gente de su sopor, y regresa, como un bumerán, como una ironía, como una paradoja, como vuelve en este cuento para darnos una lección de cómo se ha de escribir un cuento. Tomando un objeto y haciéndolo rodar sólo para ver cómo reaccionar los personajes ante él. El cuento como un espejo delante de un objeto, con los personajes mirándose a través del objeto.
LA OBRA DE ARTE
Sacha Smirnov, hijo único, entró con mustio semblante en la consulta del
doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223
de Las noticias de la Bolsa.
-¡Hola, jovencito! ¿Qué tal nos encontramos? ¿Qué se cuenta de bueno?
-le preguntó, afectuosamente, el médico.
Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al corazón, dijo con voz
temblorosa y agitada:
-Mi madre, Iván Nikolaevich, me rogó que lo saludara en su nombre y le
diera las gracias… Yo soy su único hijo, y usted me salvó la vida…, me curó de
una enfermedad peligrosa…, y ninguno de los dos sabemos cómo agradecérselo.
-Está bien, está bien, joven -lo interrumpió el médico, derritiéndose de
satisfacción-. Sólo hice lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar.
-Soy el único hijo de mi madre… Somos gente pobre y, naturalmente, no
podemos pagarle el trabajo que se ha tomado, pero… por eso mismo estamos muy
avergonzados… y le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de
nuestro agradecimiento, esto que… Es un objeto muy valioso, de bronce antiguo…,
una verdadera obra de arte, muy rara…
-¡Para qué se ha molestado! No hacía falta -dijo el médico frunciendo el
ceño.
-No, por favor, no lo rechace -prosiguió murmurando Sacha, mientras
desenvolvía el paquete-. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es un
objeto muy hermoso…, de bronce antiguo… Pertenecía a mi difunto padre y lo
guardábamos como un recuerdo, casi como una reliquia… Mi padre se dedicaba a
comprar objetos de bronce antiguos para venderlos a los aficionados. Ahora mi
madre y yo seguiremos ocupándonos en lo mismo.
Sacha acabó de desenvolver el paquete y colocó triunfalmente sobre la
mesa el objeto en cuestión. Era un candelabro, no muy grande, pero
efectivamente de bronce antiguo y de admirable labor artística. Un pedestal
sostenía un grupo de figuras femeninas ataviadas como Eva, y en tales posturas
que me encuentro incapaz de describirlas, tanto por falta de valor como del
necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería, y todo en ellas
atestiguaba claramente que, a no ser por la obligación que tenían de sostener
una palmatoria, de buena gana habrían saltado del pedestal y organizado una
juerga de tal categoría que sólo pensar en ella avergonzaría al lector.
El médico contemplaba el regalo con aire preocupado, rascándose la
oreja, y por fin emitió un sonido inarticulado, sonándose con gesto inseguro.
-Sí; es un objeto realmente hermoso -consiguió murmurar-, pero verá
usted, no es del todo correcto… Eso no es precisamente un escote… Bueno, Dios
sabe lo que es.
-Pero ¿por qué lo considera usted de ese modo?
-Porque ni el mismo diablo podía haber inventado nada peor… Colocar
encima de mi mesa este objeto sería echar a perder la respetabilidad de la
casa.
-Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor -exclamó
Sacha, ofendido-. Pero mírelo usted bien. Se trata de una verdadera obra de
arte. Hay en ella tal belleza y gracia que eleva nuestra alma y hace acudir
lágrimas a nuestros ojos. ¡Fíjese qué movimiento, qué ligereza, cuánta
expresión!
-Lo comprendo muy bien, querido -lo interrumpió el médico-. Pero debe
darse cuenta de que yo soy padre de familia, mis hijitos andan de un lado para
otro y vienen señoras a verme.
-Claro, mirándolo desde el punto de vista del vulgo -dijo Sacha-, este
objeto de tanto valor artístico resulta completamente distinto… Pero usted,
doctor, se halla tan por encima de la masa. Además, si lo rehúsa, nos apenará
profundamente. Usted me salvó la vida…, y lo único que siento es no tener la
pareja de este candelabro.
-Gracias, buen muchacho; le estoy muy agradecido. Salude a su madre,
pero hágase cargo, palabra de honor, que por aquí andan mis niños y vienen
señoras… ¡Bueno, qué se le va a hacer! ¡Déjelo! De todos modos no lograré
hacerle comprender mi situación.
-No hay más que hablar -dijo Sacha muy alegre-: el candelabro se pondrá
aquí, al lado de este jarrón. ¡La lástima es que no tenga la pareja! ¡Sí, es
una verdadera pena! Bueno… ¡Adiós, doctor!
Cuando se fue Sacha, el médico permaneció un buen rato rascándose la
nuca con aire pensativo.
“Es indiscutible que se trata de un objeto de arte -decía para sí-, y
sería una pena tirarlo. Sin embargo, es imposible tenerlo en casa… ¡Vaya
problema! ¿A quién podría regalarlo o qué favor podría pagar con él?”
Después de muchas cavilaciones recordó a su buen amigo el abogado Ujov,
con quien se sentía en deuda por un asunto que le arregló.
“Perfectamente -decidió el médico-; como es un gran amigo no me aceptará
dinero y será necesario hacerle un regalo. Voy a .llevarle este condenado
candelabro. Precisamente es soltero y algo calavera.”
Y, sin esperar más, se vistió rápidamente, cogió el candelabro y se fue
a ver a Ujov, a quien encontró casualmente en casa.
-¡Hola, amigo! -exclamó al entrar-. Vine para darte las gracias por las
molestias que te tomaste conmigo, y como no quieres aceptar mi dinero, al menos
acepta este objeto. Sí, querido amigo, se trata de un objeto valiosísimo…
Al ver el candelabro, el abogado prorrumpió en exclamaciones de
entusiasmo.
-¡Vaya un objeto! -exclamó el abogado, echándose a reír-. ¡Ni el mismo
demonio sería capaz de inventar algo mejor! ¡Es estupendo! ¡Magnífico! ¿Dónde
encontraste esta preciosidad?
Después de exteriorizar así su entusiasmo, echó una mirada temerosa a la
puerta, y dijo:
-Sólo que, hermano, por favor guarda tu regalo. No lo quiero.
-¿Por qué? -inquirió el médico, asustado.
-Pues porque… a mi casa suele venir mi madre y también los clientes…
Incluso delante de la criada resultará algo molesto…
-¡Ni hablar! ¡No te atreverás a hacerme este desaire! -exclamó,
gesticulando, el galeno-. Esto sería un feo por tu parte. Además, tratándose de
una obra de arte…, y fíjate qué movimiento…, cuánta expresión. ¡No digas nada
más o me enfado!
-Si al menos llevasen unas hojitas…
Pero el médico no lo dejó continuar y empezó a hablar con gran
vehemencia, gesticulando. Finalmente pudo irse contento a su casa por haberse
deshecho del regalo.
En cuanto se marchó el doctor, el abogado se quedó contemplando el
candelabro, le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, e, igual
que su anterior dueño, estuvo cavilando sobre la misma cuestión. ¿Qué iba a
hacer con aquel regalo?
“Es una obra magnífica -pensaba-. Sería lástima tirarla, pero tampoco es
posible guardarla. Lo mejor será regalarlo a alguien… ¿Y si lo llevara esta
noche al cómico Schaschkin. A este sinvergüenza le gustan objetos de esta clase
y, además, hoy tiene un festival benéfico…”
Y dicho y hecho, por la noche envolvió el candelabro en un papel y lo
envió al cómico Schaschkin.
El camerino del artista estuvo lleno toda la tarde; a cada momento
entraban hombres a contemplar el regalo: allí sólo se oía un rumor mezcla de
exclamaciones y de risas, algo así como un relinchar. Cuando alguna de las
artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, en seguida se
oía la voz ronca del cómico que gritaba:
-No chica, no. Estoy sin vestir.
Después de aquel espectáculo, el cómico, alzando sus brazos y
gesticulando, decía todo preocupado:
-Bueno, ¿y dónde meteré yo esta porquería de candelabro? Tengo un piso
particular, pero es imposible llevarlo allí. Vienen a verme artistas, y esto no
es una fotografía que se pueda esconder en el cajón de la mesa.
-Puede venderlo, señor -le aconsejó el peluquero, consolándolo-. No muy
lejos de aquí vive una vieja que compra antigüedades… Pregunte por la Smirnova.
Todo el mundo la conoce.
El cómico siguió este consejo…
Dos días más tarde, cuando el médico Kochelkov estaba sentado en su
gabinete con la cabeza entre las manos y pensando en los ácidos biliares, se
abrió la puerta de repente y entró en la habitación Sacha Smirnov. Sonreía
resplandeciente de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en un papel de
periódico.
-¡Doctor! -exclamó todo sofocado-. ¡Figúrese qué alegría! Ha sido una
suerte enorme para usted. Hemos encontrado la pareja de su candelabro… Mi madre
está tan contenta… Usted me salvó la vida.
Y Sacha, cuya voz temblaba de emoción, colocó delante del médico el
candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su
lengua estaba paralizada.

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