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EFÍMEROS Y BREVES16. Cinco poemas, cinco libros de Jorge Guillén (1893-1984) en el 42 aniversario de su muerte.




Jorge Guillén nace en Valladolid, en el seno de una familia burguesa, en 1893. Allí realiza sus primeros estudios hasta que se traslada a Madrid  para comenzar la carrera de Filosofía y  Letras. En esta ciudad inicia a la vez una estrecha relación con la residencia de Estudiantes, en donde más tarde conocerá a alguno de los miembros más destacados de la generación  del 27, además de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset. Entre 1909 y 1911 viaja por Suiza e Italia. Después de un traslado a Granada, obtiene allí la licenciatura en 1913. Desde 1917 a 1923 sucede a Pedro Salinas como lector de español en La Sorbogne. Antes había pasado un periodo largo en Alemania. En uno de sus frecuentes viajes por Europa conoce, en la localidad de Trégastel (Bretaña), a la que más tarde será su primera mujer, Germaine Cahen, con la que tendrá dos hijos. En 1924 se doctora en Madrid con una tesis sobre el “Polifemo” de Góngora. Durante tres años desempeña la cátedra de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Murcia, ciudad en la que fundará, junto a unos amigos, la revista “Verso y Prosa”. Es también, durante este periodo, cuando envía a  revistas sus primeros poemas, que culminan con la publicación, en el año 1928, de su primer libro, “Cántico”, que en una primera edición constaba sólo de 75 poemas, lejos todavía de su magna versión definitiva. En Oxford pasa tres años como Lector de Español, de 1929 a 1931. El destino sigue uniendo a dos poetas que quedarán vinculados por estrecha amistad hasta el final: de nuevo le toca suceder a Pedro Salinas, esta vez en la cátedra de la Universidad de Sevilla. Allí le sorprende el estallido de la Guerra civil. Después de un breve encarcelamiento en Pamplona, en 1928, parte hacia el exilio.  Durante su etapa fuera de España ejercerá su labor docente en las Universidades de Middlebury, McGill (Montreal) y en el Wellesley College, donde vuelve a ocupar el puesto que deja vacante el inevitable Salinas. Después de la muerte de su mujer, Germaine, y de jubilarse en el Wellesley College, en 1957 marcha  a Italia, donde conocerá al año siguiente a su segunda mujer, Irene Mochi-Sismondi, junto con la que regresa durante un breve periodo de tiempo a la ciudad de Málaga. Harvard y Puerto Rico son sus nuevos destinos docentes, hasta que una caída, con rotura de cadera, lo aparta definitivamente de la enseñanza. Durante los últimos años de su vida radicó su residencia definitivamente en la ciudad de Málaga, donde le fueron llegando multitud de premios como reconocimiento a su categoría como poeta y ensayista, entre ellos el premio Cervantes, en 1976, y el Alfonso Reyes, en 1977. Murió en Málaga el 6 de febrero de 1984.
A Jorge Guillén se le ha considerado  discípulo de Juan Ramón Jiménez, por su inclinación a la poesía pura, que el definía como “todo lo que queda en el poema después de haber eliminado todo lo que no es poesía”. Jorge Guillén comienza tardíamente su carrera poética con la publicación de los 75 poemas de Cántico en 1928, que será ampliada con sucesivos poemas, hasta alcanzar los 334 en su versión final publicada en México en 1950. Jorge Guillén concibió siempre su obra como un todo orgánico que se iría completando con más libros: Clamor (1963), Homenaje (1967), otros poemas (1973) y final (1982). Obra de actitud optimista, exalta el deleite de existir, la armonía cósmica y la plenitud de ser.  Su obra ha sido tachada por la crítica de fría e intelectual, pero se trata de una visión superficial que no tiene en cuenta toda su trayectoria. Su obra oscila desde la poesía pura y conceptual de “Cántico” al tratamiento poético de los problemas sociales más acuciantes, como se puede apreciar en su segundo libro, “Clamor”. No obstante, se percibe una patente unidad dentro de su obra, que responde a una trayectoria vital. En “Clamor” (1963), afloran a la superficie los aspectos más problemáticos de la existencia: la injusticia, el desorden o la muerte. Su permanente actitud de júbilo vital es lo que hace, sin embargo, que su fe en el hombre permanezca intacta. Con su tercer libro, “Homenaje”, -alguno de cuyos poemas se seleccionan aquí-, vuelve a cerrar un círculo abierto con “Cántico” y, desechando las preocupaciones sociales, se concentra en las grandes obras literarias de todos los tiempos.

 Siempre se ha proclamado la influencia indudable de Paul Valéry, al que admiró y tradujo. También la influencia de Mallarmé,  en lo tocante a la organización de sus poemas.  Dámaso Alonso y otros han señalado el influjo del cubismo, pero el autor se ha encargado de negar cualquier relación consciente con este movimiento. La tendencia conceptual de su poesía se ha asociado con la etiqueta de “deshumanización del arte”, que en su momento acuñó Ortega. Se puede ver su poesía como un intento de depurar la realidad de todo lo que es contingente y superfluo, mediante un lenguaje desnudo y preciso que busca  transparentarla. Trata de someter el mundo que le rodea a una sutil estilización poética que a la fuerza hace que su poesía resulte abstracta, pero siempre deja intacta la materia viva y concreta de la que ha partido.

 Guillén siempre mostró un gran interés por las métricas tradicionales, especialmente de arte menor. La estrofa que mejor conecta con su idiosincrasia poética es la décima. Se adecua a su gusto por la concisión y la redondez. Recurre mucho al encabalgamiento, a veces abrupto, lo que le permite dislocar la sintaxis y el ritmo y destacar el significado de ciertas palabras claves. Su afán por esencializar el mundo se refleja en oraciones nominales y en una sintaxis simple. Las ideas se suceden entrecortadamente y sin ampulosidad. Al elevar las cosas a un plano trascendente, éstas aparecen dotadas de un alma propia que queda expresada en el  abundante uso de personificaciones.

BEATO SILLÓN

 

¡Beato sillón! La casa

corrobora su presencia

con la vaga intermitencia

de su invocación en masa

a la memoria. No pasa

nada. Los ojos no ven,

saben. El mundo está bien

hecho. El instante lo exalta

a marea, de tan alta,

de tan alta, sin vaivén.

               (“Cántico”, 1950)

 

 

MUERTE DE UNOS ZAPATOS

 

¡Se nos mueren! Han vivido

con fidelidad: cristianos

servidores que se honran

y disfrutan ayudando,

 

Complaciendo a su señor,

un caminante cansado,

a punto de preferir

la quietud de pies y ánimo.

 

Saben estas suelas. Saben

de andaduras palmo a palmo,

de intemperies descarriadas

entre barros y guijarros.

 

Languidece en este cuero

triste su matiz, antaño

con sencillez el primor

de algún día engalanado.

 

Todo me anuncia una ruina

que se me escapa. Quebranto

mortal corroe el decoro.

Huyen. ¡Espectros-zapatos!

              (“Clamor”, 1963)

 

 

LOS POETAS PROFESORES

 

¿Y qué? Usted me querría

Genial ignaro. ¡Por Dios!

Sostengo mi día al borde

Mismo de mi vocación

Sin negocio que me anule,

Sin ocio en que impere yo

Como altanero parásito

De… No te canses, amor.

trabajar también ahonda

La vida: mi inspiración.

             (“Homenaje”, 1967)

 

 

UNO Y LO MISMO

 

Agua que ayer corría

Perdió rumor y vía.

 

 Con el silencio pacta,

De forma ya tan leve

Que en materia desnuda

Tanto blancor se muda,

 

Y yace inmóvil. Nieve:

Quietud al fin compacta.

 

No se perdió el ayer

Es un hoy, es un ser.

          (“Otros poemas”, 1973)

 

 

LO INDISPENSABLE

 

Sin un verdadero amor,

Sin un quehacer verdadero

La Historia no justifica

Nuestro paso por la Tierra.

          (“Final”, 1982)


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