EFÍMEROS 18. Un texto ("La angustía") de María Zambrano (1904-1991) en el 35 aniversario de su muerte.
En este texto incluido
en su libro “Claros del bosque”, María Zambrano se hace una pregunta fundamental
en la filosofía de la modernidad, una pregunta existencial y existencialista,
una pregunta en la que ahondaron Kierkegaard y Camus y también Heidegger: ¿De
dónde nos viene la angustia? Uno se pregunta cómo puede ser que la vida pierda
su cualidad vital y se haga hierática; también doliente. Zambrano apunta aquí a la pérdida del centro como el origen
de la angustia. Vivimos una vida angustiada porque vivimos una vida
descentrada. Porque somos incapaces de adueñarnos de nuestra propia vida y de
darle vida al ser que encarnamos. Somos incapaces de llegar a la mayor
intimidad posible: la de establecer un diálogo con nuestra propia alma. Nos
angustiamos porque somos incapaces de retraernos al mundo y acabamos devorados
por él.
EL CENTRO - LA ANGUSTIA
"Sobreviene la
angustia cuando se pierde el centro. Ser y vida se separan. La vida es privada
del ser y el ser, inmovilizado, yace sin vida y sin por ello ir a morir ni
estar muriendo. Ya que para morir hay que estar vivo y para el tránsito,
viviente.
(“Que yo,
Sancho, nací para vivir muriendo” es una confesión de un ser, sobre vivo,
viviente.)
El ser sin
referencia alguna a su centro yace, absoluto en cuanto apartado; separado,
solitario. Sin nombre. Ignorante, inaccesible. Peor que un algo, despojo de un
alguien. Se hunde sin por ello descender ni moverse, ni sufrir alteración
alguna, resiste a la disgregación amenazante. Es todo.
Y la vida se
derrama del ser descentrado simplemente. No encuentra lugar que la albergue,
entrega a su sola vitalidad. Angustia del joven, del adolescente y aun del niño
que vaga y tiene tiempo, todo el tiempo, un tiempo inhabitable, inconsumible;
situación derivada del no estar sometida a un ser y a su través, a un centro.
Tiende a volver a su condición primaria, a la avidez colonizadora; se
desparrama y aun se ahoga en sí misma, agua sin riberas, hasta que encuentra,
si felizmente encuentra, la piedra.
Reaccionar en la
angustia o ante ella -Kierkegaard alcanza en este punto autoridad de mártir y
de maestro- es el infierno. La quietud bajo ella es indispensable. La quietud
que no consiste en retirarse sino en no salirse del simple sufrir que es
padecer. En este padecer el ser se despierta, se va despertando necesitado de
la vida y la llama. La llama si ha resistido a la tentación inerte de seguir la
vida en su derramarse. Y cuando la vida torna a recogerse es el momento en que
el alguien, el habitante del ser -si no es el ser mismo- establece distancia,
una diferencia de nivel para no quedar sumergido por el empuje de la vida como
antes lo estaba por la ausencia de ella. Y pasa así de estar sin lugar a ser su
dueño mientras es simplemente alzado de un modo embriagante. Pasa de quedarse
sin vida a quedarse solo con esa vida parcial que vuelve por docilidad de
sierva.
Ya que la vida
es como sierva dócil a la invocación y a la llamada de quien aparece como
dueño. Necesita su dueño, ser de alguien para ser de algún modo y alcanzar de
alguna manera la realidad que le falta.
Y la realidad
surge, la del propio ser humano y la que él necesita haber ante sí, solo en
esta conjunción del ser con la vida, en esta mezcla no estable, como se sabe. Y
así ante de separarse en la situación terrestre -la que conocemos y sufrimos-
ha de fijarse una extraña realidad, la del propio sujeto, la del ser que ha
cobrado por la vida y merced a ella, la realidad propia. Y la vida, sierva
fiel, podrá entonces retirarse habiendo cumplido su finalidad saciada al fin,
sin avidez sobrante. Y lo hará dejando siempre algo de su esencia germinante,
nada ideal ni que pueda por tanto ser captado; algo que puede solamente
reconocerse en tanto que se siente, en esa especie, la más rara del sentir
iluminante, del sentir que es directamente, inmediatamente conocimiento sin
mediación alguna. El conocimiento puro, que nace en la intimidad del ser, y que
lo abre y lo trasciende, “el diálogo silencioso del alma consigo misma” que
busca aún ser palabra, la palabra única, la palabra indecible; la palabra
liberada del lenguaje."
(María Zambrano. "Claros del bosque")

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