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EFÍMEROS Y BREVES 147. Juan Carlos Onetti (1909-1994): Tres microcuentos en el 32 aniversario de su muerte.

 


LA VISITA

 

Recuerdo que la mujer muy alta llevaba un traje sastre gris y un paraguas cerrado; en la cabeza, un sombrero de dos picos, tal vez de hule, rojizo.

 

No hacía ruido al caminar, al acercarse a mi cama. Yo estaba despierto y no había iniciado aún el viaje. En la otra cama dormía X. Apenas se inclinó para besarme la frente y dijo, murmuró, dos palabras en un idioma desconocido. Sonreía y toda su cara vulgar brillaba cariñosa.

 

Cuando se alejó de mí, acercándose a la puerta y a los pies de la cama de X, su cabeza era una calavera con restos de carne verde podrida; alguna tira colgaba peligrosamente en el aire sofocante de la habitación.

 

Señaló los ojos dormidos de X con su paraguas, que me pareció no haber sido abierto nunca, y sonrió sin esfuerzo, mostró la dentadura sin labios.

 

 

 

IDA Y VUELTA

 

Se encontró solo en la sala de espera y se puso a mirar el diario que había llevado para el brazo. Las manos le temblaban levemente. Sacó un cigarrillo y antes de encenderlo se acarició el ralo bigote cuyo crecimiento había vigilado durante semanas. Nunca había soportado el humo del tabaco y tosió con lágrimas; pero tenía que seguir fumando como un hombre hasta que llegara el momento de levantarse. No podía recordar, para imitarla, cómo era la expresión de un hombre cínico, un hombre maduro y ya de vuelta.

 

Tenía tres puertas por delante y fue paseando la mirada de otra mientras sentía golpear su corazón. La puerta del medio se abrió justamente cuando la estaba vigilando y apareció una mujer rubia, grande, cómoda, plácida y gorda; de los hombros le colgaba una bata desprendida y le sonrió desde la distancia, amistosa y alegre como si pudiera haberlo reconocido.

 

—Pasá, negrito —dijo, y él tenía el pelo castaño.

 

Se levantó del banco y avanzó sin mostrar su rechazo, sin poder contestar a la sonrisa alta e inmóvil. La habitación tenía una cama grande, cubierta por una sábana mal estirada, una cómoda con una gran jarra verde, hojas en relieve, sobre una palangana rajada. Había un perfume perdido en el olor inolvidable de la cocinilla a querosén.

 

La mujer sonriendo ya sin la bata desde la cama, empezó a parecerle enorme a medida que se iba quitando la ropa. Se arrimó al calor del fuego inquieto para terminar de desnudarse. Después la gorda se hizo cargo de él con experta paciencia, bondadosa y maternal.

 

Hasta que pudo, triunfal, iniciar su viaje de ida y vuelta en el túnel invisible, húmedo y sombrío, ida y vuelta hasta lograr verle la cara a dios por primera vez en su vida.

 

Ya en la calle pensó que lo que había comprado no podía sustituir a la palabra amor ni a sus sueños ni a sus intuiciones. Pero él no podía estar equivocado, estaba escrito que algún día no lejano su cuerpo y su alma iban a fundirse en la verdad dichosa y presentida.

 

 

LOS BESOS

 

Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano, a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres, le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido, sabias y escrupulosas, para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser.

 

Después, la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes.

 

Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.


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