EFÍMEROS 48. Cuatro cuentos breves de Adolfo Bioy Casares (1914-1999) en el 27 aniversario de su muerte.
YO Y MI CARA
Pensé alguna vez que mi cara no era
la que yo hubiera elegido. Entonces me pregunté cuál hubiera elegido y descubrí
que no me convenía ninguna. La del joven del guante, de Tiziano, admirable en
el cuadro, no me pareció adecuada, por corresponder a un hombre cuyo género de
vida no deseaba para mí, pues intuía que en él la actividad física prevalecía
en exceso. Los santos pecaban del defecto opuesto: eran demasiado sedentarios.
A Dios padre lo encontré solemne. Las caras de los pensadores se me antojaron poco
saludables y las de los boxeadores, poco sutiles. Las caras que realmente me
gustan son de mujer: para cambiarlas por la mía, no sirven.
Después de esta indagación de
preferencia, me resigné a la cara heredada. Vista de frente, en el espejo, me
resultaba aceptable, con algo de leonino que, si bien no aseguraba una voluntad
o un poder efectivo, los prometía en vagas reservas.
En cuanto a esa promesa, me he
llevado una desilusión. Los años infundieron en los ojos un debilitamiento que
aparentemente los ha licuado y que volvió su luz más oscura y triste. La
mímica, propia de mi natural nervioso, dibujó a los lados de la boca arrugas en
forma de arcos, o de paréntesis, que transformaron el león joven en perro
viejo. Nunca me avine a mis perfiles. Creo que el izquierdo expresa alguna
recóndita debilidad de mi espíritu, que me repele. En el otro, la nariz crece
groseramente y, no sé por qué, se encorva.
EL NAVEGANTE VUELVE A SU PATRIA
Creo que vi Pasaje a la India, porque
en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el
subterráneo —o Metro, como acá lo llaman— para ir a la embajada, donde todos
los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas
extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre.
Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una
suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al
recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo
pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna
de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento.
Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante
camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita
con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan
abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y
de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente,
como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso:
«Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre
europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan
diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos
diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le
lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un
representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre
de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».
Bajo en la estación La Muette y en
seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por
increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar.
Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» varias
veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso:
«Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún
perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea
para despertarme, repite el saludo y agrega:
«Tenemos que bajar. Llegamos al
barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al
compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que
me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al
espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que
el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero
lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo
los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.
LA FRANCESA
Me dice que está aburrida de la
gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan
interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación
en francés: « J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar
de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con
sonriente admiración, no exenta de grivoiserie como si dijeran «comme vous
devez éter cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con
ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está
burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo
mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún
momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella.
Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no
comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de
todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.
AMOR VENCIDO
—No sé muy bien cómo empieza ni dónde
estamos. Cuando Virginia pregunta: «¿Recuerdas lo que prometiste?», me falta
valor para anunciarle, una vez más, que la semana siguiente almorzaremos
juntos, pero que hoy me esperan mis padres. Para sobreponerme a una inopinada
congoja, como si quisiera marearme con palabras, me largo a hablar.
Probablemente por asociación de ideas hablo del restaurante que el invierno
pasado un cocinero francés inauguró en una vieja quinta —¿de San Isidro? ¿de
San Fernando?— llamado Fierre. ¿O Pierre queda realmente en el barrio sur? Tras
algún tartamudeo soslayo el nombre y la dirección —mis olvidos podrían sugerir
que por darme importancia elogio un restaurante que apenas conozco— y para
demostrar que no soy un botarate emprendo la detallada descripción de manjares
que allí sirven; descripción a la que tal vez un hombre de paladar simple, como
yo, no tenga derecho. De modo que por cobardía o por abulia no invento una
excusa y por jactancia doy a entender que acepto el compromiso. Estoy
acongojado, supongo, porque obro en contra de mi voluntad.
Como no hago nada por librarme de
Virginia, debo encontrar el modo de avisar a mis padres que no almorzaré con
ellos. Para peor, mi madre ya me espera en el Rosedal. La imagino sentada en un
banco, sonriente y animosa, como está en una desvaída fotografía que hace
tiempo le sacaron en esos mismos jardines y que ahora me parece patética.
Por el corredor de la casa de campo
llego al viejo escritorio, de revoque descascarado. Con alguna dificultad
despierto a mi padre que descansa, extrañamente encogido en el diván. «No dormí
bien anoche», dice, para disculparse. Está muy contento de verme. En seguida le
digo: «No voy a almorzar con ustedes». Mi padre tarda en entender, porque no
despertó del todo, y yo me apresuro a pedirle: «Avisale a mamá». Quiero irme
antes de que se despabile, porque todavía está contento y sé que muy pronto él
también va a entristecerse.
Inflijo ese dolor y me lo inflijo
para no defraudar a una mujer para quien la salida conmigo vale (¿cómo decirlo
sin mezquindad?) exactamente un almuerzo.
Me dio su interpretación:
—Lo que sucede es que ahora no quiere
verlos.
—Fuimos tan amigos —le dije.
Me faltó ánimo para explicar.



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