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3 poemas de Leopoldo María Panero (Efímeros y breves 158)

 



Se dejan aquí tres poemas de Leopoldo María Panero, así como una breve reseña biográfica al final.


EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN

Hombre normal que por un momento

cruzas tu vida con la del esperpento

haz de saber que no fue por matar al pelícano

sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros

y que nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada

de demonio o de dios debo mi ruina.



A MI MADRE

(reivindicación de una hermosura)

 

Escucha en las noches cómo se rasga la seda

Y cae sin ruido la taza de té al suelo

Como una magia

Tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos

Y un manojo de flores llevas en la mano

Para esperar a la Muerte

Que cae de su corcel, herida

Por un caballero que la apresa con sus labios brillantes

y llora por las noches pensando que le amabas,

Y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas

Y hablemos quedamente para que nadie nos escuche

Ven, escúchame hablemos de nuestros muebles

Tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con

                               Empuñadura en forma de pato

Y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra

Y ahora que el poema expira

Te digo como un niño, ven

He construido una diadema

(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve).



DEDICATORIA

Más allá de donde

Aún se esconde la vida, queda

Un reino, queda cultivar

Como un rey su agonía,

Hacer florecer como un reino

La sucia flor de la agonía:

Yo que todo lo prostituí, aún puedo

Prostituir mi muerte y hacer

De mi cadáver el último poema.



RESEÑA BIOGRÁFICA

De entre las frases más célebres que se oyen en “El desencanto”, el impactante documental que Jaime Chávarri hizo sobre los Panero, la que salió de la boca de un joven Leopoldo María sobre el fracaso quizás ha sido la más sonada, también la más falsa y la más fácil: “el fracaso –sentenció- es la más resplandeciente de las victorias”. Triste victoria la de una vida cuyo mente acabó fracasando estrepitosamente en los manicomios. De ellos nos quedan los libros que fue mandando a la imprenta, especialmente el poemario “Poemas del Manicomio de Mondragón”, 1987, manicomio del que llegó a decir, en una segunda parte del documental -“Después de tantos años”- que era el infierno: “te putean los locos de la manera más descarada, están todo el día en plan agresivo, beben como cosacos, les azuzan contra mí”. Además de sacarle brillo sin parar a su lado maldito y de sentirse el chivo expiatorio de todo  un país fratricida, jugó a perfeccionar la máscara de la locura, y sin embargo no cesaba de despotricar contra ella, una vez que la había escarmentado en sus propias carnes: “Yo creía en la locura antes –sigue diciendo en este segundo documental-, creía en su valor ético, pero he comprobado que la gente que sufre no tiene por qué ser buena, generalmente son más malos  que la quina, una vez que se entra aquí sólo se sale con los pies por delante”. En sus últimos años Leopoldo María no dejaba de quejarse de su infierno, de su sufrimiento. Quizás el malditismo tenga que ver más con el sufrimiento que con el mismo mal. Es paradójico que el mejor poema de Leopoldo María Panero sea acaso el más bendito de toda su producción y seguramente uno de los más bellos poemas de la gente de su generación. También es curioso que se lo dedicase a su madre, a la que por otra parte maldecía y la acusaba de ejercer la brujería. Su hermano Michi Panero –al que le habían colgado la leyenda de ser el mejor escritor de la familia sin haber escrito nada- lo dijo con su lucidez acostumbrada: “Leopoldo escribe cada vez peor, lo cual es trágico para él porque se da cuenta”. Creo que esta degradación poética  que se va acompasando con la mental es la que puede percibir el lector que se acerque a su obra y no se deje obnubilar por el brillo del malditismo. Antes de hacerse famoso con la celéberrima película de Chávarri, ya era una joven promesa de la poesía al aparecer seleccionado en la antología de Castellet, “Nueve poetas novísimos”, cuando apenas había escrito un puñado de poemas. Su primer encontronazo con la psiquiatría ya viene de 1968. Siguió destruyéndose con el alcohol, aliñándolo con las no menos destructivas y pérfidas drogas que le iban endilgando los psiquiatras en los sanatorios. Mientras iba perfilando los libros con los que cimentaba su leyenda de poeta loco, cargando las tintas en el repertorio de títulos, cuanto más malditos más laureles: Teoría en 1973; El último hombre, 1983; Contra España y otros poemas no de amor, 1990 Heroína y otros poemas en 1992;  Locos, 1995. No abundo más en pormenores de su vida, porque creo que su mejor documento biográfico aparece en los espléndidos documentales ya reseñados y de los que aquí se deja enlace. También es buen documento del más interesante de los tres hermanos, Michi Panero -se deja la magnífica canción que le dedicara Nacho Vegas-, y del más distante, el poeta Juan Luis Panero. Todos competían en “El desencanto” por ver quién daba la estocada de fin de raza y quién mataba de forma más cruel al padre, el poeta más celebre del clan y aupado como poeta oficial del régimen del dictador Franco, Leopoldo Panero Torbado. Todos, como en el título de Fitzgerall, eran hermosos y malditos. La más hermosa de todos ellos era la madre, quien fuera descrita como la chica más hermosa de la alta burguesía de Madrid, Felicidad Blanc, mujer culta e inteligente, quizás también la más maldita, o eso pensaba su hijo Leopoldo cuando la llamaba la bruja y le echaba la culpa de su alcoholismo y de su locura y de toda la ruina de la familia. Le había dado a luz en Madrid un 17 de julio de 1948 y le había seguido para cuidarle en su periplo manicomial hasta Mondragón, Guipúzcoa, donde murió de un cáncer de pecho en 1990. Su hijo sobrevivió 24 años sin la sombra de su madre por los distintos manicomios en los que fue recalando hasta que murió en el último de ellos, en Las Palmas de Gran Canaria, un 5 de marzo de 2014. Poco antes había dicho: “Viejo es poco; me siento Matusalén: me miro al espejo y me doy miedo”. Podría haber sido uno de sus epitafios o uno de sus versos malditos. O tal vez la frase de uno de los monstruos en una película de terror. También dijo: “Yo creo que toda la existencia es obra del miedo. Yo creo que el Estado existe para amparar al hombre del miedo”; Leopoldo María murió solo y desamparado en una de esas instituciones que nos protegen del miedo: el que todos tenemos  por los locos. Creo que eso es lo mejor que se puede decir de sus libros; creo que encontró en ellos ese amparo que la sociedad le había negado. Fueron una dulce droga contra ese horrible miedo de sentirse loco y maldito.

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