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LA FRASE DEL DÍA 01/06/2026. Peter Atwater (Economista): "El lujo existía antes, pero ahora es más evidente. Además, está más aislado."

 


"El lujo existía antes, pero ahora es más evidente. Además, está más aislado".

- Peter Atwater


Esta afirmación de que el lujo ha de hacerse evidente y aislarse casi parece la definición tautológica del lujo, una verdad de perogrullo, el lujo se tiene que hacer evidente y dejarse notar; si el lujo no es ostentoso y estentóreo, ya no es lujo, pues ¿para qué puede el rico querer el lujo si resulta que no puede restregárselo por las narices del pobre, así éste se ponga verde de envidia? Sin la envidia que causa al pobre volviéndose odioso, el rico redundaría en un ser superfluo y miserable que ya no se podría regodear con lo mal que vive el pobre. Se quedaría el rico sin sentido, sin significado, sin destino y sin función social. El rico, sin el pobre, no es más que un ser huero.  No existe el rico para reírse del pobre sino para darle su sentido y su razón de ser. Y cae de cajón, además, que el lujo siempre vive aislado, reposa como una isla rodeada de un mar de mierda y de miseria, pero siempre aislado, incluso acorazado, porque para eso es lujo, y resulta que si se comparte ya no es inalcanzable y, por tanto, deja de ser lujo. Pero este agudo observador de la desigualdad social que es el economista Peter Atwater ("el economista de la K") dice a continuación mucho más en una entrevista concedida a "El país" (léase aquí), dice que ahora hay más vuelos privados, más espacios y vías de entrada separadas en los estadios de fútbol, más superyates personalizados donde los ricos se lanzan al agua con bañadores que valen lo que un abrigo de marta cibelina. Los ricos por fin han cavado una buena trinchera donde se les ve felices comiéndose su buen bocadillo de angulas y brindando en copas de cristal de bohemia con un champán impagable. "Eso genera otro efecto" -concluye: "los de arriba solo ven su propio reflejo. Nada más. Sufren una ceguera evidente y, al mismo tiempo, en la parte de abajo hay una toma de conciencia muy cruda, porque ellos sí ven ese estilo de vida en las redes sociales." Ahora a los ricos se les llama "los de arriba", tal vez porque viven como reyes y contemplan a los pobres hombres como dioses en el olimpo; y a los pobres se les dice los de abajo, los del subsuelo, igual porque viven cada vez en peores condiciones, algo así como vivir en el infierno y que quieras salir de ahí y se te cierren todas las puertas. Ya lo advierte Peter Atwater en esta misma entrevista, la pobreza no sólo es una situación económica, es "desesperanza y desconfianza. Y esto conduce a la violencia" Y cómo no va a desconfiar y ponerse conspiranoico el pobre si el rico se aisla tanto, esto debe crearle inseguridad, algo esconderá -se pone a sospechar el pobre-, y luego se desespera porque no puede saber lo que se está cociendo en las mansiones del rico. O igual sí, igual resulta que el pobre lo sabe todo sobre el rico, cada vez lo sabe más, pero lo huele menos. 

Pero por mucho que vea a través de las redes sociales la vida de poltrona que se pegan los ricos, cada vez lo tiene más difícil el pobre, que ahora ya no puede escalar socialmente, ni siquiera renunciando al ascensor estropeado y subiendo a pulso por las escaleras que dan a un interminable rascacielos. Porque los ricos, ya se sabe, son los de arriba, los que tienen el dinero en paraísos fiscales y su cuerpo serrano en paraísos terrenales, pero viven siempre arriba, en el empíreo; y los de abajo, que somos los que tenemos vidas infernales, si se nos antoja alguna migaja de su lujo, hemos de trepar por la cucaña, sólo que ahora, según Atwater, lo tenemos mucho más crudo, pues los ricos quieren vivir en su burbuja y han quitado la escalera y ya sólo nos queda la pantalla del teléfono en la mano para poder atisbar el grado desvorganzado de su lujo. Y por eso lo tenemos tan crudo, porque nos empapamos de su estilo de vida por las redes y se nos van poniendo los colmillos largos, y comenzamos a salivar y a ladrar a la luna, que es ahora donde se quieren ir en cohetes los ricos, seguramente para aislarse todavía más de nosotros los pobres. Porque los ricos, en EE. UU, están viviendo una edad de oro, según Atwater, lo que quiere decir que los pobres viven una edad de plomo, porque las cosas están así de crudas en este mundo de ahora: "Todo lo que experimentan los de arriba no tienen nada que ver con lo que pasan los de abajo en sanidad, educación, acceso a la tecnología". Pero a los pobres siempre les quedará la tecnología de las redes sociales, que es la más barata y donde se pueden chulear aún de sus miserables lujos y nos hacen creer que su consumo es ostentoso, pero lo que resulta ostentosa es la farsa que sustenta todo este teatrillo de las vanidades y las redes sociales. No obstante, aún queda vigente el aserto de Thorstein Vebler de que la propensión a la emulación es la mayor motivación económica. Sólo que ahora los pobres emulan mal y ya no pueden entrar ni a los conciertos ni a los campos de futbol ni siquiera pueden vivir en sus propios barrios y los expulsan de allí, incluso expulsan  a los hiperpobres, que son los inmigrantes, y los meten en pateras de vuelta a sus propios países o a algún paraíso infernal de esos que están en tierra de nadie o en una prisión olvidada donde se dan castigos impunes. Si hay que tener pobres en el país, por lo menos hacer patriotismo y que sean los nacionales los únicos pobres que nos queden, que eso si que es todo un lujo, ser pobre en el país de uno y no en el extranjero. El pobre no es que viva una edad de plomo, es que vive una vida de mierda, más de mierda que nunca. El pobre está peor visto que un leproso y, de seguir así las cosas, la prioridad nacional se volverá lo que siempre ha sido, la prioridad de Creso y del poderoso caballero es Don Dinero, al que siempre se le abre el paso porque, si no, nos arrolla. Ya se sabe que en caso de haber un cataclismo mundial tendrán prioridad los más ricos y sólo ellos se salvarán. En caso de que la nave de la tierra se nos vaya a hundir, los primeros que van a saltar a los botes salvavidas no serán los más vulnerables, sino los más poderosos, esos que dice Atwater que ha empoderado Trump, los que estaban en un lugar prioritario en su toma de posesión. La cosa se ve más o menos clara. Cuánto más altos estén los de arriba, más hondo será el abismo de los de abajo, abismo de desconfianza y de desesperación. Los de arriba, que viven en cimas de delicia, están ofuscados en su molicie y su vida padre y no quieren ver a los de abajo, seguramente porque son pobres y les dan asco y además, es que huelen mal. Los de abajo, en cambio, a todas horas están olisqueando con envidia el rico perfume de los ricos a través de las redes sociales y quieren emularlos y asperjarse en el cuello mucha colonia aunque sea barata, pero el caso es que se envilecen más y acaso huelan peor. Todo esto me recuerda mucho al drama de esa gran brecha escatológica entre el cielo y el infierno que algunos poetas cantaron, especialmente Milton en su Paraíso perdido. De seguir así, todo esto pinta muy mal, porque encima nos hemos olvidado de que los cielos también se pueden asaltar. Y los ricos ya ni siquiera miran a los pobres, porque saben que viven tan alto, tan alto, que ya ni pueden escalar y mucho menos desalojarlos.


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