Escribir es decidir que tienes algo que decir y atreverte a decirlo pese al riesgo del ridículo.
— Manuel Vicent (escritor)
La noche en que yo llegué al café Gijón ahí estaba sentado Manuel Vicent en una mesa junto a la ventana como un viejo dinosaurio de un cuento de Monterroso. Porque lo cierto es que cuando volvía de nuevo al café Gijón ahí volvía a estar Manuel Vicent junto a Alvaro de Luna y Manuel Alexandre y en la misma mesa, como si se hubiesen quedado a vivir ahí y no tuvieran mayor destino en la vida que echar una parrafada; llegué alguna vez a pensar que los había contratado el dueño del café para que hicieran de figurantes junto a Pepe Bárcena y Alfonso el cerillero. Esto da una idea de la vitalildad de Manuel Vicent, de sus ganas de vivir la vida y de vivir la calle, aunque fuera dentro de un café, porque "como fuera de casa en ninguna parte", que diría el inefable Antonio Gamero, otro de los que doy fe de que apenas paraban por su casa. Ahora me entero por una entrevista a "La Vanguardia" (léase aquí) que Manuel Vicent reside en el Café Gijón desde el año 1960, que fue cuando entró por la puerta recién desembarcado de Valencia y ya no se le ocurrió jamás volver a salir de allí: "Ahí estaba España, el resto era extranjero". Así que Manuel Vicent debió mudarse de Valencia a Madrid para instalarse en el rompeolas de todas las Españas, y cuando entró en el café Gijón vió que allí estaba España y que salir de ahí era el destierro, el extranjero y la intemperie y que era mejor quedarse a vivir ahí. O eso me parecía a mí, porque cada vez que entraba en el café Gijón me encontraba sentado a Manuel Vicent en la misma mesa. Se ve que le gustaba hablar, porque siempre llevaba en su tertulia la voz cantante.
Todos tenemos en la vida un momento fundacional y en esta entrevista Manuel Vicent nos lo da con nitidez: "A los 10 años el consiliario de Acción Católica me preparó para declamar de memoria un discurso en una acampada, desde un risco: 400 niños en la hermita de la Virgen de Gracia de Vila-Real. Determinó mi existencia. Me lo pidieron más veces. Me sentí un niño distinto. No me he recuperado." Desde aquel momento Manuel Vicent se sintió señalado por Dios. Es posible que esas ganas de hablar a toda costa que se le veía a Vicent en aquella tertulila improvisada le venga de aquel momento en que Dios le señaló con su dedo para arengar a las masas o a la gente célebre. Especialmente cuando el que se siente señalado por Dios lo concibe como una mirada enamorada, un amanecer o un gin tonic. Y es que con un gin tonic es muy fácil arengar a las masas, es muy fácil rodearse de amigos, con un gin-tonic la vida marcha sobre ruedas. Dios le hizo además llover sobre Vicent muchos amigos, que es su bien más valioso: "Yo podría estar en cualquier punto del mundo si a las 7 de la tarde llamo a amigos para un gin-tonic y dicen sí." Es la frase de un escritor, sin duda, porque se le puede dar la vuelta y decir: la amistad es llamar a un amigo a las siete de la tarde para un gin-tonic y que te diga que sí. Puedo jurar que a Manuel Vicent no le hace falta estar a las 7 de la tarde en ninguna otra parte del mundo que no sea el café Gijón. Ni le hace falta más amigos, porque tiene muchos. Siempre me lo puedo imaginar rodeado de amigos como en un jardín de Epicuro, de ahí le viene su don para la tertulia; no de que fuera señalado para arengar a las masas, sino más bien porque tiene el don de la amistad. Arengar a las masas lo consiguió a base de llevar sus palabras a la imprenta con bellísima oratoria, pero el don de la amistad lo reparte en sus tertulias: "La amistad es mejor que el amor. El amor cursa con celos, el amor da sufrimiento, el amor es un bolero, es el borde del acantilado." Se ve en esto de elegir la amistad por encima del amor que Manuel Vicent es un epicureo, todo un hedonista, es probablemente el escritor más hedonista del siglo XX en España, tal vez el más mediterraneo, sin duda el que mejor hace ventear su brisa por la prosa, el que mejor es capaz de meternos un mundo por los cinco sentidos con tan solo tres palabras.
No voy a decir lo que significó Manuel Vicent para mí, porque es algo muy personal: a veces un escritor se enreda con nuestro destino y desconocemos el motivo, pero sabemos que es por algo. No es extraño que me haya encontrado a Manuel Vicent tantas veces en una ciudad esquiva como es Madrid. También lo vi una vez entrar por la puerta giratoria del café comercial acompañado de Enma Suárez, los vi veloces subir por las escaleras al piso de arriba como quienes se suben a la habitación clandestina de un hotelito para retozar, uno tiene mucha imaginación; y la imaginación es un infierno cuando uno es fan de Enma Suárez y quien va del brazo es un escritor al que de alguna forma admira. Lo confieso: siempre he tenido celos y envidia de Manuel Vicent; y no precisamente por su forma de escribir. Tuve envidia de Manuel Vicent por su forma de vivir. Si hay un escritor que uno sospecha que vive bien en España, ese es Manuel Vicent. No envidiamos a los escritores que escriben bien sino a los que nos dan ganas de vivir y nos hacen saber que viven bien. Y encima luego van y nos lo cuentan para darnos envidia, para hacernos sentir que están muy vivos. A mí me da la impresión de que Manuel Vicent escribe para sentirse más vivo aún, igual que muchos escribimos para no pegarnos un tiro. Sólo se encuentra uno por la calle a los que estan vivos de verdad, y Manuel Vicent lo estaba, quizás el más vivo de los escritores españoles. Cuenta en la entrevista que cuando llegó a Madrid acababa de terminar Derecho, tenía seguramente vienticuatro años. Los padres esperaban que preparase una oposición, y tal vez el hijo les mentía diciendo que lo hacía, pero él iba por el Café Gijón a prepararse en su oposición a la vida y "fumaba y leía, y fumaba y leía y leía y leía". Es un poco triste constatarlo, pero hoy ya nadie puede fumar y leer, fumar y leer, en todo caso puede morder un palillo mientras consulta el móvil. Aún así me imagino a Manuel vicent agarrando un gin-tonic mientras mira por la ventana del Café Gijón. Me lo imagino muy vivo a sus noventa años, nada nostálgico y paladeando sus recuerdos ("los recuerdos son presente"). Me lo imagino cuando rememora su vida haciendo llover dentro de su cabeza y luego, cuando lleva esos mismos recuerdos al papel con el mismo color que tuvieron en vida, me lo imagino haciendo llorar. Porque Manuel Vicent sabe cómo herir nuestra sensibilidad a la vez que nos abre el apetito por la vida. Manuel Vicent es uno de esos escritores que nos pide con su literatura que la abandonemos, que aparquemos el periódico o el libro y nos lancemos a la calle para vivir la vida. "Escribo para ponerme del otro lado", nos explica Manuel Vicent. No sabemos muy bien de qué lado habla, pero seguro que es el de la vida con sus cinco sentidos y sus miles de placeres. "Escribir es decidir que tienes algo que decir y atreverte a decirlo, pese al riesgo del ridículo". Damos las gracias de que le quitasen el ridículo a los 10 años obligándole a hablar para 400 niños. Cada escritor necesita quitarse el sentido del ridículo a su manera. Siempre hay algo que decir; lo difícil es atreverse y encontrar el estilo. Mejor dicho, lo importante es atreverse: el estilo somos nosotros.

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