"La belleza está en todas partes".
— Enrique Loewe
No se trata de esa belleza que será convulsa o no será, y que anunciara André Breton en la última frase de su novela "Nadja", no esperen que tras la belleza omnipresente que canta Enrique Loewe en una entrevista a "El país" (léase aquí) aparezca la liberación de todas las cadenas del ser humano y recibamos una sacudida violenta que nos concilie con toda la fealdad del mundo. Es al revés, el lujo con el que adjunta la idea de belleza que tiene en la cabeza Loewe va hacer que nos ríamos más de los feos y los pobres con sus bolsos de pacotilla o sus bolsas de plástico de supermercado barato. Sabrá mucho de lujo y de marcas y de productos industriales de alto standing, pero no se dejen engañar, sabe tanto de la belleza como un sepulturero sabe de medicina y de la salud de los cuerpos. Hay algo que nos hace revolvernos en nuestros asientos y poner una mueca de náusea cuando lo vemos pontificar sobre la belleza como si fuera un pope de la estética, una especie de John Ruskin encomiándonos la sencillez de los sésamos y los lirios. "El lujo es el refinamiento, la calidad de vida," nos informa Loewe. Quizás es que se trata de un superdotado para hablarnos sobre el lujo, quizás es que se ha pasado la vida rodeado de él, como muchos la pasan rodeados de miseria. Lo cierto es que nadie convoca a un pobre para que nos dé lecciones de miseria. Todas las cámaras y los micrófonos del mundo van persiguiendo a los ricos para que nos den lecciones de riqueza y de moral, es decir de lo bueno que es el lujo en el que viven y lo deseable que es. Puede hablarnos Enrique Loewe de la calidad de vida con que está relacionado el lujo, no dudamos que así sea, nosotros preferimos reflexionar sobre el enigma de que tantos pobres vivan su vida de baja calidad. Dice Enrique Loewe que "el lujo es la cara más brillante de la belleza" y hay que contestarle a Loewe que si hay una belleza que nos muestre una cara muy brillante es que se trata entonces de una falsa belleza. Todo lo que podemos decir de los productos de lujo es que aspiran a ser bellos, pero se quedan en productos para ricos. He aquí porque la belleza tiene tanto éxito en el mundo. Todo hombre rico aspira a acapararla, sin saber que la belleza debe andar en otra parte, tal vez huyendo del mundo obsceno de los ricos. Si algo sabemos de la belleza es lo cara que está para encontrarla. La verdadera casi nadie la ha visto, pero los que más dinero tienen son expertos en ver la falsa. A esa falsa belleza de pacotilla, Loewe lo llama lujo, y ya se sabe que el lujo no está al alcance de cualquiera, así que es posible que la belleza se encuentre en muy pocos lugares del mundo y seguramente no dónde se dice que está. No, por lo menos, donde nos dice Loewe. Ya nos gustaría a nosotros que estuviera en todos partes y que nos la encontraramos con tan solo dar una patada a una piedra.
"La belleza está en todas partes", pero se le olvidó añadir que eso es para quien sepa contemplarla, y es que la belleza es un estado del alma en que el hombre encuentra la felicidad, y ya se sabe lo difícil que es encontrar la felicidad, pero por si acaso los ricos la buscan con el empuje de todo su dinero, y la persiguen rodeandose de objetos de lujo, como una invocación diabólica a la aparición de la belleza: lamentablemente lo único que se le aparecen cuando la invocan es una ristra de bolsos y carteras y perfumes indecentemente caros pero muy efectivos en el mundo de la seducción en el que vivimos. Enrique Loewe es un empresario que ha querido transformarse en mecenas y que quiere pasar por un hombre de letras desde que dió en crear una Fundación, lo que es digno de elogio y sobre eso no tenemos nada que decir, salvo que uno se vuelve muy escéptico cada vez que un rico empresario comienza a entonar cantos de elogio a las artes, las letras y la belleza. Uno que ha aprendido a desconfiar de los lobos enseguida los ve por todas partes disfrazados con piel de cordero. Enrique Loewe con el tiempo, de tanto fingirse hombre de artes y letras, acabó comprendiendo que "el lujo es la sencillez", toda una proclama franciscana que nos produce perplejidad. Si Loewe habla de sencillez franciscana cuando piensa en lujo tenemos que echarnos a temblar por haber alcanzado la cima de la hipocresía. Puede haber lujos sencillos como puede haber males menores, pero ni el mal ni el lujo cambian de esencia, y más bien deberíamos ver ahí un lobo disfrazado de cordero, un lujo que está dispuesto a rizarse en el círculo del lujo y a darle una vuelta de tuerca a la ostentación, que es la marca de los ricos, porque nadie puede hacer ostentación en esta vida si no le respaldan unos buenos cheques con mucho fondo. La verdad es que sería una gran cosa que la belleza estuviese en todas partes, o, mejor dicho, que todos viviéramos rodeados de esa cosa que Enrique Loewe confunde con la belleza, porque nadie ignora que rodeado de lujo se vive mejor y hasta es posible llegar a decir en todo momento: "la belleza está en todas partes". Podría parecer que Loewe está defendiendo la belleza como algo que puede caer como lengua de fuego en cualquier cabeza sólo con que uno sepa mirarla y descubrirla, pero se nos cae el alma a los pies cuando le oímos en medio de la entrevista declarar que todos se pueden permitir la cultura si de verdad la quieren, que la danza, y la ópera y el teatro pueden verse siempre que se quieran con sólo que digamos que lo queremos de verdad, aunque sean cosa de ricos y a nosotros no nos llegue el sueldo hasta fin de mes, pero, como decía Maria Antonieta, si el pueblo no tiene pan, aún le es posible comer pasteles, no desesperen señores, el mundo está lleno de pastelerias. "Todos se pueden permitir la cultura si de verdad la quieren, hay muchos medios para acceder a ella". De todas las frases falsas que he oído últimamente está es la más mendaz y la que más daño hace por venir de un mecenas de las artes que pasa por ser hombre de letras y que dice amar la belleza. No sabemos de qué mundo viene Enrique Loewe, último vástago de una larga generación de empresarios del lujo y de la moda, no sabemos en que barrio, en qué ciudad, por qué tipo de mundo se mueve Enrique Loewe, pero lo que sí sabemos es que nada tiene que ver con el mundo vulgar, feo y lleno de miseria en el que nos movemos casi todos, donde no hay bolsos de piel de cocodrilo que valen lo que nuestro salario de un año, y esto no es una hipérbole. Estoy seguro que la confusión sobre el acceso a la alta cultura que tiene Enrique le viene dada por las mujeres que le compran esos bolsos de piel de cocodrilo, porque podrían comprarse el aforo del palacio de la opera en Madrid y escuchar la traviata en una velada íntima con su amantes. En el mundo hay muchas formas de acceder a muchos sitios, pero los que de verdad valen la pena ya están copados y hace falta mucho dinero y mucho esfuerzo para poder entrar. Y lo mismo pasa con la cultura. Uno se tiene que conformar con leer el "Fedro o sobre la belleza", de Platón en un ejemplar mohoso de segunda mano porque hasta los buenos libros acaban arruinando a quienes lo aman. Tan cara está la cultura, que es lo que siempre ha sido, no nos engañemos, cosa de ricos. Y la cultura es un placer demasiado sublime y etéreo para que se pueda un pobre dar un gusto. Yo, cada vez que he querido darme un lujo me ha costado un ojo de la cara y el ayuno casi total para lo que restaba de mes. Alguna vez he querido ir a la ópera o al teatro, pero me he tenido que conformar con quedarme en casa viendo la televisión, que eso sí que es un verdadero lujo, y encima gratis y sin moverse de casa e incluso también eso nos permite retozar con nuestros amantes sin que nos moleste nadie.

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