LA FRASE DEL DÍA 21/06/2026. Didier Eribon (filósofo): "Uno conoce el insulto antes de ser gay y ya no te abandona".
"Uno conoce el insulto antes de ser gay y ya no te abandona".
— Didier Eribon
Uno no conoce el insulto después de ser gay: como aviso a navegantes, un gay ya sabe lo que vale un peine antes de peinarse su pelo de color rosa o azul. Antes de ser gay ya sabe que no le conviene ser gay, que más vale que no descubra que es gay, porque si lo descubre sabrá que las van a pasar putas. Qué mala suerte debe tener el que nace gay, o mujer, o negro, porque antes de ser gay o mujer o negro ya el mundo se encarga de señalarle el lugar clandestino que le aguarda, y todo el arsenal de insultos en el cargador de la ametralladora. Más le vale que no se identifique con ser gay, pero si se le ocurre serlo, es decir, tomar conciencia de ello y saber quien es él sexualmente, más le vale que se esconda en el lugar más hondo de la tierra y que nadie le detecte, porque ser gay aún sigue siendo una vergonzante lacra, una de las cosas más difíciles de sobrellevar en este mundo. O eso nos viene a decir Didier Eribon en su entrevista a "El país" (leáse aquí) con motivo de haber publicado recientemente su libro "Sociobiografía", donde hace un repaso a su infancia obrera y a la violencia vivida como hombre gay. Y la conclusión que sacamos de esta entrevista es que vivimos en un mundo salvajamente violento, sobre todo si eres gay, porque te pueden insultar miles de veces, como dice sin exagerar Didier Eribon, y agredirte "físicamente varias veces tanto en Reims como en Paris". Para un hombre como yo, que apenas recuerda las pocas veces que le han insultado en la vida, y que ya se ha olvidado si alguna vez le pegaron por cualquier motivo, esta declaración de Didier Eribon da un miedo que te cagas. Uno sabe que tiene suerte en la vida por no haberse dejado envolver mucho por la violencia del mundo, pero también uno sabe que el mundo es una espoleta que en algunas circunstancias te puede estallar en la cara. Qué mala suerte tiene Didier Eribon, porque el odio y la homofobia del mundo le estalla en la cara cara dos por tres, y a veces en forma de palizas. Este hombre que nació hace más de 70 años en Reims, en el seno de una familia proletaria, y que huyó rápidamente de su pobreza para integrarse en los ambientes parisinos más burgeses e intelectuales, dice sentir cómo se le graba en el cerebro y el cuerpo la vergüenza que siente por ser gay cada vez que se le insulta: "la injuria graba la vergüenza en el cerebro y ya no le abandona". He aquí una forma de destrozar a un ser humano de lo más efectiva y manoseada: llenarle de vergüenza para que no vuelva a levantar cabeza y no se atreva a sentirse orgulloso de lo que es. Nada de orgullo. Menos mal que Didier Eribon descubrió el mundo de los libros cuando iba al instituto y se le abrieron los ojos: "tuve la sensación que se abría ante mi otra vida posible". Los libros le ayudaron a combatir esa vergüenza con que se trata de imbuir al gay; fue de especial ayuda sobre todo haber leído a Jean Genet con 18 años. Quien no quiera que el mundo se le vuelva pequeño ha de buscar sobre todo abrir las puertas de la biblioteca, porque esas puertas nos abren los horizontes del mundo. Eribon amplió su horizonte, abandonó su ciudad provinciana y llegó a París, pero se encontró con que el estigma de ser gay no desaparece del todo en las ciudades populosas, ni por cambiar de clase, ni por volverse intelectual. Las grandes ciudades también son viveros de homofobia: tampoco allí uno se libra del miedo a ser perseguido por ser gay. El estigma de la homesexualildad permanece de por vida aunque te vuelvas santo y te canonice la iglesia. Es más, el estigma comienza en que la iglesia no se fijaría en un gay para nombrarlo santo. Hasta es posible que lo excomulgue. Este mundo de exclusión con las puertas cerradas y los gritos de odio a través de las ventanas es el que se ha encontrado durante toda su vida Didier Eribon.
A pesar de haber levantado la cabeza y haberse situado como uno de los pensadores sobre la homesexualidad más importantes de Francia y de estar orgulloso de su condición, Didier Eribon no se siente a salvo. Se sigue sintiendo amenazado. Te pueden insultar cada día. Y sabes que después de un insulto se yergue la posibilidad de que éste avance más allá de las palabras, escale hasta tu cuerpo y te caiga una lluvia de golpes. Siendo gay tu integridad física siempre está amenazada, siempre al borde del castigo. Porque de eso se trata, de castigar al otro, de que se arrepienta y se lo vuelva a pensar y se sienta avergonzado y ya no se exhiba como gay ni como otro. Que se esconda y disimule, que se camufle entre la sociedad para que no se presente con la apariencia vilipendiada de un homesexual. Y Didier Eribon nos recuerda que el oprobio recibido no se presenta sólo bajo de la forma de agresión física o el insulto directo. La socedad tiene formas sutiles de comunicarnos su rechazo. En determinados ambientes selectos donde la gente ni es tan vulgar ni tan agresiva la afrenta pasa por el desprecio y el chiste desagradable. Y eso es otra forma de provocar vergüenza. La vergüenza, la vergüenza, ese es casi el mayor castigo al que se puede enfrentar un homosexual. La vergúenza en sí ya es una sutil modalidad de castigo. Es la manera de decirle al otro: "tú no eres de los nuestros" y por eso vas a sufrir el ostracismo y vas a ser castigado. Es, aquí nos lo desubre Didier Eribon, una forma de marcar la jerarquía de las sexualidades. Sólo un militante homesexual puede darse cuenta de la jerarquía de las sexualidad que está goberenando el mundo. Los homosexuales, los transexuales, las mujeres. Todos los seres que se sitúan al margen de la categorización canónica de la sociedad sufren las consecuencias de su marginalidad, toman conciencia y descubren que el mundo tiene una jerarquía que puede aplastarlos como a una cucaracha. Una jerarquía que marca cuál es la sexualidad legítima y dominante y cuál es la ilegítima y dominada. Una jerarquía que discrimina y estigmatiza a los diferentes: es su manera de excomulgarlos por no cumplir con las ceremonias y salirse del molde. Y la sociedad lo hace impartiendo exclusiones y castigos. Marcando al homesexual con el hierro candente de la palabra "maricón". "La palabra "maricón" -nos revela Didier- no pertenece sólo a mi adolescencia y sigue presente en mi vida." La homofobia no ha desaparecido de nuestra sociedad, hasta es posible que no haya menguado nada. "Sigue siendo omnipresente y a menudo adopta una violencia y una vulgaridad inauditas", nos advierte Didier. Son los tiempos actuales para un homesexual tan malos como los de hace cuarenta o cincuenta años. Uno podría pensar que se ha progresado, pero se trata de un progreso falaz que puede dar un paso de cangrego. Para no hablar de las toneladas de insultos que vierten las redes sociales sobre los homófobos. El odio al diferente es el signo de nuestro tiempo y lo saben bien los homosexuales y los inmigrantes. El insulto puede ser un acto liviano al que no se le da apenas importancia, pero sus consecuencias pueden ser sísmicas para la vida de una persona. Didier Eribon, que ha sufrido en propias carnes sus consecuencias, que ha estudiado pormenorizadamente el tema lo tiene claro: "El insulto racista, homófobo, sexista o clasista funciona como recordatorio del lugar subalterno que el orden social te ha asignado". Te insultan para recordarte que no has de salir de tu gheto. Con el insulto te marcan una raya roja y cada vez que te mueves la recuerdas, la ves por todas partes y de esta forma sabes los territorios en los que te debes quedar y aquellos que no debes sobrepasar. Se te tatúa, con el hierro candente del desprecio, un mapa social con sus zonas prohibidas. Y no importa que los tiempos hayan cambiado porque los tiempos no han cambiado. Sólo lo parecen. Puede parecer que se ha progresado y resultar que se está volviendo atrás. Los avances jurídicos no eliminan los prejuicios ni la discriminación ni el odio. Incluso pueden aumentar la homofobia como reacción. Lo saben además los negros y las mujeres en Estados Unidos. Los homesexuales lo saben de manera cruda en países como Rusia y Senegal, donde son perseguidos, apaleados y llevados a la cárcel. Aquí no se está llegando a tanto, pero los tiempos están cambiando. Por de pronto Didier Eribon confiesa que le siguen apaleando tanto en Reims como en París. Pero es posible que los insultos, esas faltas menores, sean casi tan venenosas como las palizas. Es una forma de castigo preventivo que te recuerda que lo que eres va a representar en tu vida una desgracia. Y no quieres ser un desgraciado, así que te escondes. Y en vez de estar orgulloso, te avergüenzas de lo que eres y te vuelves un hombre invisible.

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