Ir al contenido principal

3 relatos cortos de Heinrich Böll (Efímeros y breves 173)

 


Dejo aquí tres cuentos breves de Heinrich Böll:

 

- Confesiones de un perrero (1953)

- El ángel (1951)

- Monólogo de un camarero (1955)

 

Los tres cuentos pertenecen a su libro “La aventura y otros relatos”, una recopilación de cuentos publicada en 1962 y que para mí es su mejor libro de relatos. Destaca en ellos el tono confesional, la ironía de los planteamientos, la diversidad de oficios y tipos que salen en ellos, todo ello llevado con una gran imaginación y una visión del mundo desengañada y tierna. Queda para el final una reseña biográfica para quien quiera ampliar el conocimiento de este gran escritor alemán de postguerra.

 

CONFESIONES DE UN PERRERO (1953)

 

A regañadientes declaro mi oficio que, si bien me alimenta, me obliga a realizar acciones que no siempre puedo efectuar con la conciencia limpia: soy empleado de la oficina de impuesto por tenencia de perros y atravieso el laberinto de nuestra ciudad para descubrir ladrantes sin registro. Disfrazado de pacífico paseante, bajo y rechoncho, con un puro de mediana calidad en la boca, voy por los parques y calles tranquilas, charlo con las personas que pasean perros, aprendo sus nombres, sus direcciones y acaricio el cuello del can aparentando amistad, pero sabiendo que pronto aportará cincuenta marcos.

Conozco a los perros registrados, los huelo inmediatamente, noto cuándo un chucho que busca alivio junto a un árbol tiene la conciencia tranquila. Lo que más me interesa son las perras preñadas que esperan el feliz advenimiento de futuros contribuyentes: las observo, retengo exactamente el día del parto, vigilo adónde llevan los cachorros, y dejo que crezcan tan tranquilos hasta el momento en que nadie se atreve ya a ahogarlos; entonces los entrego al brazo de la ley. Acaso debería haber elegido otro oficio, pues me gustan los perros y así me encuentro en un constante estado de remordimientos de conciencia: la obligación y el amor luchan en mi pecho y confieso abiertamente que, a veces, triunfa el amor. Hay perros que un simplemente no puede denunciar y uno -como se dice- cierra los ojos. Una verdadera misericordia me anima entonces considerando que mi propio perro tampoco está registrado: un cruce que mi mujer alimenta amorosamente, el juguete preferido de mis hijos, quienes no imaginan a qué ser ilegal donan su amor.

La vida es realmente peligrosa. Acaso debería ser más cuidadoso, pero el hecho de ser hasta un cierto grado defensor de la ley, me refuerza en la creencia de poder lesionarla permanentemente. Mi trabajo es duro; paso horas acurrucado entre los espinosos matorrales de los arrabales, espero que suene un guau desde una vivienda improvisada o un furioso ladrido desde una barraca donde sospecho que vive un perro ilegal. O me inclino detrás de muros ruinosos o espío a un foxterrier del que sé que no es dueño de una ficha, usuario de una cuenta corriente. Cansado, sucio, regreso a mi hogar, fumo mi puro junto a la estufa y acaricio la piel de nuestro Pluto, que mueve la cola y me recuerda lo paradójico de mi existencia.

Así las cosas, se comprenderá el valor que tiene para mí el largo paseo dominical en compañía de mi mujer, niños y Pluto, un paseo durante el cual mi interés por los perros no hace falta que pase de puro platonismo, pues en domingo hasta los perros no registrados se libran de ser observados.

Sin embargo, en el futuro tendré que elegir otro itinerario para nuestros paseos, pues dos domingos consecutivos me he encontrado a mi jefe, que se para, saluda a mi mujer e hijos y acaricia a nuestro Pluto. Pero es curioso, a Pluto no le gusta, le gruñe, intenta saltarle encima, cosa que me inquieta en alto grado, que me ha obligado las dos veces a despedirme precipitadamente y que comienza a despertar la desconfianza de mi jefe, el cual, frunciendo el ceño, contempla las gotas de sudor que se acumulan en mi frente.

Tal vez debí registrar a Pluto, pero mis ingresos son escasos. Tal vez debería haber elegido otro oficio, pero ya tengo cincuenta, y a mi edad a nadie le gusta cambiar de trabajo; de todos modos, el riesgo es demasiado continuo y registraría a Pluto si aún fuese posible. Pero ya no lo es: charlando despreocupadamente de que ya hace tres años que tenemos al animalito, que es uno más de la familia, inseparable de los niños…, y otras lindezas que imposibilitan ir a registrar ahora a Pluto.

En vano intento dominar mis remordimientos de conciencia redoblando mi celo profesional. No sirve de nada: me he metido en un callejón que posiblemente no tenga salida. Es cierto que al buey que trilla no hay que ponerle bozal, pero no sé si mi jefe tiene una mente lo bastante elástica como para hacer caso de citas bíblicas. Estoy perdido y muchos me tendrán por cínico, pero cómo no serlo, si me paso la vida con canes.

 

 

EL ÁNGEL (1952)

 

Aunque el párroco lo miraba y parecía hablarle desde arriba, el gran ángel de mármol permanecía en silencio; tenía escondido el rostro en el lodo y el corte vertical en el lugar de la nuca, donde se había desprendido de la columna, daba la impresión de que lo habían muerto a golpes y de que ahora abrazaba la tierra para llorar o para beber.

Su rostro se hallaba hundido en el charco de lodo, sus rígidos rizos estaban salpicados de suciedad y su redonda mejilla presentaba un manchón de barro; sólo su oreja azulada seguía inmaculada y un trozo de su espalda rota yacía junto a él: un trozo alargado de mármol que parecía haber tirado él mismo.

Parecía como si escuchase, y nadie podía adivinar si su rostro expresaba sarcasmo o dolor. Callaba. Poco a poco en su espalda iba formándose un charco, las plantas de los pies brillaban de humedad. A veces, cuando el párroco se apoyaba en la otra pierna y se acercaba un poco más, parecía que el ángel le besase los pies, pero sólo lo parecía: su rostro no se levantaba del lodo. Yacía allí, cubierto conforme a las ordenanzas, por un muro de barro, como un soldado.

- Tengamos en cuenta -exclamó el párroco-, que hemos de ser nosotros los afligidos, no ella. -Con sus blancas manos señaló el mausoleo donde yacía el ataúd entre dos columnas jónicas, cubierto con trapo negro, por cuyas borlas doradas goteaban la lluvia.

-Consideremos -exclamó el párroco- que la muerte es el principio de la vida.

El monaguillo sostenía rígido el oscuro mango de hueso del paraguas tras de sí y se esforzaba por hacerlo girar y orientarlo según los movimientos del párroco; pero, a veces, los giros retóricos era tan súbitos que no podía seguirlos. En cuanto una gota de agua tocaba la cabeza, éste echaba una mirada severa hacia atrás, donde el pálido muchacho sostenía el paraguas como si fuera un baldaquín.

-Recordemos -exclamó el párroco dirigiéndose al ángel de mármol-, que también nosotros nos hallamos siempre en el umbral de la muerte. Recordemos a nuestra tan querida difunta que, colmada de bienes terrenales vivía en el seno de una gran familia cristiana, a la que nuestra ciudad tanto debe ¡De qué manera tan súbita le llegó la llamada de Dios, que le enviaba su invisible mensajero…!

Se calló un momento sorprendido. Le parecía como si la inmaculada mejilla azulada de mármol se hubiera movido con una sonrisa, y el párroco elevó su atemorizada mirada y buscó entre la concurrencia de paraguas el lugar donde la seda parecía ser la más lisa y cara. -¡Cómo se sorprendió la familia ante la súbita noticia de su muerte!- Sus ojos se pasearon a lo largo de los paraguas hasta un grupito de persona que mantenían sus cabezas desprotegidas bajo la lluvia. -¿Cómo la llorarán los pobres, que han perdido con ella una samaritana fiel y prudente! No olvidemos rezar por ella todos nosotros, que podemos vernos sorprendidos cada instante por el mensajero invisible que Dios puede enviarnos. Amén.

- ¿Amén! -Volvió a gritar en la oreja del ángel.

- ¡Amén! -exclamó la concurrencia y el templo devolvió el sordo murmullo de su eco.

El ángel de mármol se hundía lentamente: sus redondas millas se oprimían en el blando suelo y su oreja inmaculada fue absorbida por el fango.

Dentro, el sacristán replicaba en voz baja a los cantos latinos del párroco, y todos vieron que el párroco se quedó un momento confuso, porque no sabía adónde debía echar la paletada de tierra. La arrojó contra el ataúd, y los grumos de barro se diseminaron por las losas de mármol.

El ángel callaba; dejó que el peso de los dos hombres lo aplastara hacia abajo, sus espléndidos rizos fueron abrasados por el gorgoteo del lodo y los muñones de sus brazos fueron agarrándose cada vez más profundamente, a la tierra.

 

 

 

MONÓLOGO DE UN CAMARERO (1955)

 

No sé como pudo suceder; al fin y al cabo ya no soy un niño, tengo casi cincuenta años y hubiera debido saber lo que hacía, pero lo hice y, lo que es peor, después del trabajo, cuando en realidad ya no podía pasarme nada más. Pero pasó de manera que mi regalo de Navidad fue el despido. Todo iba como una seda; serví la cena, sin volcar ningún vaso, sin tropezar con ninguna fuente, sin derramar el vino tinto, me embolsé mis propinas y me retiré a mi habitación, tiré sobre la cama la chaqueta y la corbata, me quité los tirantes, abrí la botella de cerveza, levanté la tapa de la sopera y olí: sopa de guisantes. La había encargado especialmente al cocinero-jefe, con  tocino, sin cebolla, pero semiespesa. Seguramente ustedes no saben lo que significa semiespesa. Tardaría mucho tiempo en explicárselo; mi madre tardaba tres horas para explicar lo que ella entendía por semiespesa. Bueno, la sopa olía a gloria y hundí el cucharón, llené mi plato, olí y vi que la sopa era semiespesa, entonces se abrió la puerta y entró el granujilla que me llamó la atención durante la cena; era pequeño, pálido, seguramente no mayor de ocho años, pidió que le llenara el plato y lo devolvió sin tocarlo: pavo con castañas, trufas y carne de ternera. Ni siquiera probó el postre que ningún niño se habría perdido, pidió que le sirviera cinco mitades de pera y medio cubo de salsa de chocolate y no tocó nada, nada de nada y no parecía hacerlo por capricho, sino siguiendo un plan. Cerró con cuidado la puerta, miró mi plato y luego a mí.

- ¿Qué es eso?

- Sopa de guisantes -dije.

- Pero si no existe -dijo muy amable-, si sólo existe en el cuento del rey que se ha perdido en el bosque.

Me gusta que los niños me tuteen. Los que le hablan a a uno de usted son, en general, más afectados que los adultos.

- Bueno -dije-, una cosa es cierta: eso es sopa de guisante.

- ¿Puedo probarla?

- Claro -dije-, por favor, siéntate.

Bien, se comió tres platos de sopa de guisantes, me senté a su lado en mi cama, bebí la cerveza y fumé y pude ver cómo su barriguita se ponía redonda. Y mientras estaba sentado en la cama pensé en muchas cosas que mientras tanto me iban viviendo a la memoria. Diez minutos, quince minutos son mucho tiempo, y a uno de le pueden ocurrir un montón de cosas, también sobre cuentos de hadas, sobre padres y todo eso. Por fin, el granujilla no pudo más y le relevé, comí la sopa que quedaba -un plato y medio- , mientras él se sentaba en la cama a mi lado. Talo vez no debí haber mirado la sopera vacía, pues dijo:

- Dios mío, me he acabado toda tu comida.

- No importa -dije-, con todo, me he llenado. ¿has venido a verme para comer sopa de guisantes?

- No, sólo estaba buscando a alguien que pudiera ayudarme a encontrar un hoyo; he creído que tú podrías.

Hoyo, hoyo, entonces me acordé de que para jugar a las canicas hace falta uno y dije:

- ¿Sabes una cosa? -dijo-. ¿No lo podríamos cavar en la habitación?

No sé cómo pudo pasar, pero lo hice y cuando el jefe me dijo: “¿Cómo ha podido hacerlo?”, no supe que contestar. Tal vez debí decir: ¨¿No nos hemos comprometido a cumplir todos los deseos de nuestros huéspedes, a garantizarles unas navidades felices?” Pero no lo dije, guardé silencio. Al fin y al cabo, no podía imaginar que su madre por la noche, al regresar borracha del bar, tropezaría en el hoy del parqué y se rompería el pie. ¿Cómo iba a saberlo? Y tampoco que el seguro exigiría una explicación, etcétera, etcétera. Responsabilidad civil, tribunales laborales y una y otra vez: increíble, increíble. ¿Debería explicarles que estuve tres horas, tres horas enteras jugando a las canicas con el jovencito, que me ganó siempre, que incluso tomó un trago de mi cerveza hasta que finalmente cayó muerto de sueño en la cama? No dije nada, pero cuando me preguntaron si erra yo quien había cavado el hoyo en el parqué, no pude negarlo; de lo único que no se enteraron fue de la sopa de guisantes, éste ser nuestro secreto. Treinta y cinco años en el oficio, siempre intachable. No sé cómo pudo ocurrir; hubiera debido saber lo que hacía y, sin embargo, lo hice. Bajé con el ascensor hasta la portería, cogí martillo y escoplo, volví a subir en el ascensor y cavé un hoyo en el parqué. Al fin y al cabo, no podía imaginar que su madre tropezaría en él cuando por la noche, a las cuatro, volvió borracha del bar. Si he de ser sincero, tampoco me parece tan trágico que me hayan despedido. Un buen camarero encuentra trabajo en todas partes.

 

 

RESEÑA BIOGRÁFICA

 

Heinrich Böll nació el 21 de diciembre de 1917 en el seno de una familia católica de profundas convicciones pacifistas, lo que le llevó a rechazar el ingreso en las juventudes hitlerianas. Fue reclutado por el ejercitó alemán y participó en la segunda guerra mundial hasta que fue capturado por las tropas estadounidenses. Tras la guerra se dedicó de lleno a escribir, convirtiéndose en el máximo exponente de la “literatura de escombros” una escritura que plasmaba con crudeza y realismo el regreso a un país en ruinas física y moralmente. Su novela más célebre, “Opiniones de un payaso” (1963), escrita en primera persona con un tono confesional e irónico, contiene una crítica a la sociedad alemana y los sistemas de vida heredados del nazismo. También se convierte la novela en una crítica de las deformaciones del catolicismo moderno. En sus posteriores novelas, Boll prolonga su acerada crítica de los valores dominantes. En “retrato de un grupo con Señora” (1971), la estructura del relato se hace más compleja y los recursos narrativos más explícitos. La protagonista está enfrentada a unos valores dominantes que la protagonista pone en tela de juicio con su conducta. En “El honor perdido de Katharina Blom” la novela adopta la forma de un atestado judicial para revelar de una forma demoledora el feroz acoso a una muer por parte de la prensa sensacionalista. Durante muchos años fue presidente del Pen Club Internacional y en 1972 le concedieron el premio nobel de literatura. Falleció el 16 de julio de 1985 a consecuencia de las complicaciones de una diabetes.


Comentarios

ENTRADAS POPULARES

5 sonetos de Jorge Luis Borges (Efímeros y breves 157)

  Que Borges es un magnífico urdidor de sonetos creo que ya se conoce de sobra, pero, para quien no lo sepa, aquí le queda una buena muestra. Dejo aquí cinco sonetos que representan, por este orden, a las personas, los animales, las cosas, al universo y a sí mismo: es decir, a Borges y al otro, al otro Borges o al auténtico Borges, eso será algo que habrá que descifrar.  Los poemas van acompañados al final de una escueta reseña biográfica que elaboré en su día a partir de declaraciones en entrevistas.   CAMDEN, 1892   El olor del café y de los periódicos. El domingo y su tedio. La mañana y en la entrevista página esa vana publicación de versos alegóricos   de un colega feliz. El hombre viejo está postrado y blanco en su decente habitación de pobre. Ociosamente mira su cara en el cansado espejo.   Piensa, ya sin asombro, que esa cara es él. La distraída mano toca la turbia barba y la saqueada boca.   No está lejos el ...

POETAS 121. Elvira Sastre (II): "Adiós al frío"

  Elvira Sastre nació en Segovia en 1992, estudió Filología en la Universidad Autónoma de Madrid y realizó un máster de traducción. Con poco más de veinte años publicó su primer libro "Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo" (2013), con gran repercusión y que la lanzó a una fama precoz como poeta.  El libro venía precedido por un prólogo de Benjamín Prado, quien supo adivinar la gran poeta en ciernes que planeaba por aquellos versos. Ya en ese momento Prado definió sus poemas como "desafiantes, jóvenes, afilados; llenos de imanes, de anzuelos y de bombillas rotas que, sin embargo, aún siguen encendidas en la oscuridad." Pero el caso es que Benjamín Prado supo olfatear el fenómeno desde sus inicios y ahora que se vuelve a reeditar ese primer libro nos lo recuerda: "A Elvira Sastre se la veía venir, desde su primer libro. Después ha llegado lejos porque ha seguido buscando, pero en estos versos iniciales ya era evidente que se trataba  de una escritora disti...

Lo que te mata no es lo que crees — Amad Abu-Suboh Abadia (Frase del día)

 — Lo que te mata no es lo que crees. Amad Abu-Suboh Abadia Lo que te mata no es lo que crees es el título de un libro de Amad Abu Suboh Abadia, pero también es una magnífica frase para quitarnos miedos y empezar a mirar al verdadero enemigo. A veces quien nos mata no es el enemigo más temible, sino un adversario que se nos ha pasado desapercibido, tal vez por estar ahí y creerlo amigo; tal vez por ser pequeño y despreciable. En su libro "Lo que te mata no es lo que crees" este médico radiólogo nos habla de aquello que nos daña sin hacer ruido y del margen que construimos para afrontarlo. Lo que te mata no es lo que crees, es una frase enigmática y admonitoria, es como esa incripción recurrente de los relojes antiguos y alegóricos "Todas hieren, la última mata". Con tantos segundos mortales como nos están asaeteando siempre, es imposible saber de dónde viene lo que nos mata, sabiendo que todo nos puede ser devastador. Amad Abu-Suboh Abadia quiere arrojarnos en este ...

Apuntes de Elias Canetti: La provincia del hombre (I)

  Elias Canetti es uno de los mejores escritores del siglo XX y su figura evidencia que la literatura ha de ir mucho más allá del género novelístico, es decir, ha de dispersarse en sus muchas formas y géneros y enriquecerse en su interacción. Canetti nos resulta un escritor extraordinario: tal vez haya escrito la mejor autobiografía de su siglo, se entregó durante varias décadas a la escritura de un ensayo original y hercúleo, como es "Masa y poder" , ha compuesto algún buen libro de relatos y ha destacado como un dramaturgo notable que ha obtenido varios premios por sus obras. Su única novela escrita en plena juventud, "Auto de fe", da razón de su capacidad para la novela. Pero para muchos de los que amamos toda su obra, los libros más gratos y que siempre deseamos leer son los que contienen sus apuntes. Comenzó a escribir estos apuntes en libretas y cuadernos allá por 1942, como un ejercicio para oxigenarse de la preparación exhaustiva de su magna obra, "Masa...

El síndrome de Ulises: el miedo a regresar a Ítaca.

    Si leemos atentamente “La Odisea”, nos es posible percibir el instante dramático en que la narración alcanza su clímax. Es el instante en que comprobamos que Ulises es especialmente humano y vulnerable al miedo y al fracaso.  Se trata del momento en que, al fin,  Ulises regresa a Ítaca, se infiltra en su propio palacio como un mendigo, se echa sobre unas pieles que las sirvientas le han extendido  para que duerma en el suelo y cae en la cuenta de que no es capaz de conciliar el sueño, de que el miedo -el más humano miedo- le atormenta y le impide dormir. Es ese pasaje situado en el capítulo XX en que comienzan a agitarse  por la mente de Ulises las dudas sobre si podrá salir victorioso de la lucha que ha de entablar al día siguiente contra los  pretendientes que han invadido su palacio y que aspiran a casarse con Penélope. En ese momento la diosa Atena baja a su lado en cuerpo y figura de mujer y le recrimina el que sea infeliz e...

"Las moscas" — Horacio Quiroga (Cuentos célebres y breves 6)

  Entre los muchos buenos cuentos de tantos escritores uno no sabe bien con cuál quedarse, cuál elegir en primer lugar. Hay tantos buenos cuentos… Pero yo creo que al final me decantaría por este cuento de Horacio Quiroga -de su último libro, "Más allá" (1935)-, que es suficientemente breve, intenso, extraño y salvaje, rico y grave en reflexiones, lleno de imágenes y símbolos y que toca tal vez el tema capital de la literatura, con seguridad el de la filosofía, el tema en que se cifra el enigma de la vida que todo ser humano aspira a desenredar. Una narración con un lenguaje seco pero preciso, con una sintaxis desmañada pero eficaz, con una alternancia de puntos de vista, de saltos en la narración que muy bien corresponden al tema que trata: la lucidez y el delirio de una vida que se extingue y que enfrenta su propia muerte. Un hombre que ha tropezado y ha caído en la selva en medio de un paraje devastado, malherido por un accidente fatal, y que sabe que no tiene salvación po...

"El eclipse". Augusto Monterroso (Cuentos célebres y breves)

  No voy a destripar aquí el final sorprendente e irónico de este cuento de Monterroso (se trata de su primer cuento, publicado en una revista en 1952), a fin de que su efecto se conserve íntegramente en el lector que se asoma a él por primera vez. Añadiré que no sólo es sorprendente e irónico su final; es ambas cosas desde el principio hasta el final y en un espacio muy breve ocurren muchas cosas, muchas alternativas, muchos cambios de situación y de estados de ánimo. Tal como debió ocurrir en la colonización y en el intercambio entre culturas en la conquista y la catequización de América. Pero en este cuento aparece de alguna manera la venganza de Moctezuma y es lo que le da su sabor irónico. El cuento rezuma esa ironía administrada en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una selva. Perdido y sin e...