EFÍMEROS Y BREVES 166. Juan Larrea (1895-1980): Tres poemas surrealistas en el 46 aniversario de su muerte.
Juan Larrea fue
un poeta relacionado con las vanguardias que nació en Bilbao en 1895. Allí hizo
sus primeros estudios y se matriculó de Filosofía y Letras en la Universidad de
Deusto. En esta universidad fue compañero de Gerardo Diego, gran amigo y que
traduciría buena parte de su obra, ya que a partir de 1926 se trasladó a París
y adoptó el francés como lengua poética. En la capital francesa se movió en los
círculos más vanguardistas y coincidió con César Vallejo, con quien le uniría
una fraterna amistad. Juntos cofundaron varias revistas. Tras la guerra civil Española
y la ocupación de Francia por los nazis se exilió en el continente americano. Primero
en México, más tarde en Estados Unidos y finalmente en Argentina. Durante los
últimos años ejerció como profesor en la Universidad de Córdoba, ciudad en la
que falleció el 9 de julio de 1980. Su obra poética, ocasional y dispersa, fue
reunida en el volumen histórico “Versión celeste” (1969). Más prolífico que con
la poesía fue con el ensayo, género en el que destacó con sus estudios sobre
César Vallejo, Huidobro o el
surrealismo. Su obra, precisamente, se puede encuadrar en la órbita de este
movimiento hasta el punto de ser definido como el padre desconocido del
surrealismo español.
RAZÓN
Sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor, poema
es esto
y esto
y
esto
Y esto que llega a mí en calidad de inocencia hoy,
que existe
porque existo
y
porque el mundo existe
y porque los tres podemos dejar correctamente de existir
CANTERA
Dinamita florecida
dinamita de reloj
carne mi querida dinamita
Instinto origen de alba y albergue
la atmósfera cae de rodillas de nieve
y es frágil como aprender a leer
siendo el signo exterior guirnaldas de hojas
Dinamita de reloj
carne mi querida dinamita
Escucha los instantes que llegan sobre sus asnos secretos
SILLA FELICIDAD
La caída de vuestros cabellos es el ángel que me eterniza
señora
pero cada día nos sirve un ala de horizonte posible
en la vajilla que rompe vuestra risa
sobre el fondo incansable de vuestro carácter
El abanico instalado en vuestro aire de familia
retiene su soplo y vuestro rostro se aquieta
fuera hace entonces frío todas las piedras están huérfanas
todos los puños cerrados todas las cenizas al acecho
cada gota de sol testimonia una voluntad opuesta a honrar
vuestras deudas
Parcialmente sentado sobre un filón de alma no me atrevo
a oscilar de miedo a que cielo y tierra rechinen los goznes
de nuestra vida privada
si yo os contemplo la noche deposita un sauce en la llanura
de los suspiros
si me duermo el viento abre el armario de mi espalda
y deja huir las alas de los verdores

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