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"Nadie entiende cómo funciona." — Mark Lilla (Frase del día)

 




Nadie entiende cómo funciona el mundo.
Mark Lilla (Politólogo y autor de "Ignorancia y felicidad")




Ya nos advirtió Ortega y Gasset de lo peligroso que era el ascenso del hombre-masa y del señorito satisfecho debido a su ignorancia del mundo que le rodea. Al ignorar las dificultades que comporta hacer una aspirina, acaba despreciando la aspirina y hasta la misma medicina. Se acaba entregando a las pseudociencias y a los remedios caseros que sólo sirven para exarcerbar más el dolor. Casi cien años depués de que Ortega nos previniera de una rebelión de las masas, éstas mismas han llevado a lo más alto del gobierno de los Estados Unidos al perfecto representante del señorito satisfecho. Según Ortega, el señorito satisfecho es el hombre que ha venido a la vida para hacer lo que le da la gana. No sé si Ortega lo llega a decir, pero es la entronización del bárbaro en el corazón de la cultura. Esto es Donald Trump, un señorito satisfecho que cree poder comportarse fuera de casa como en casa. Un verdadero patán como cabeza del imperio. A pesar de las antipatías evidentes que expresa contra los demócratas, el politólogo Mark Lilla hace un retrato de Donald Trump inquietante.

El hombre que ha sabido conectar con la América popular a base de comerse muchas hamburgesas, y de pretender descargar su pistola en la quinta avenida sin que pase nada, es para Mark Lilla todo un maestro de la manipulación. "Alguien capaz de mudar de piel cuando las cosas cambian". Hasta aquí nada malo, no es una definición a la que le haría ascos Maquiavelo, pero este señorito satisfecho anda muy lejos de encarnar a un verdadero príncipe. Mar Lilla cree que los problemas a los que se enfrenta nuestra época son demasiado complejos y ahí es donde una persona simplona como Trump encaja como anillo al dedo para cobrar predicamento. Aunque la corte que rodea a Donald Trump tiene que hacer verdaderas piruetas argumentales para justificarlo, "abandonarlo supondría renunciar a la única persona o autoridad que afirma: todo tiene sentido, yo tengo la situación bajo control". No es nuevo, ciertamente, que venga a dominar el mundo o una parte de él un caudillo que grita "o yo o el caos". Lo novedoso de nuestra época es que el intérprete y el dador del sentido sea alguien sin sentido: un insensato y un desatinado. De ahí que nuestra época se haya vuelto tremendamente turbulenta y ciega. En medio de una época ciega un visionario podría llevarnos a la catástrofe. Especialmente si vivimos en un mundo, como dice Mark Lilla, en que nadie entiende cómo funciona. En que se prefiere la opinión de un fontanero a la de un experto. La chapuza así para arreglar el mundo está más que garantizada. Mark Lilla nos alarma cuando nos revela que Trump no piensa más allá del mañana. O digamoslo de una forma más bruta: es un atila que vive como si no hubiera mañana. Los líderes apocalípticos del mundo siempre han sido así, irresponsables por no atenerse a las consecuencias de sus actos. Pueden saber lo que ocurre hoy y actuar en consecuencia, pero nada les importa  cómo dejen el planeta la semana, el año o el siglo que viene. Ni siquiera les importa la política sino lo alto que dejen el pedestal donde luego vayan a levantar su estatua. Y Trump ya ha perfilado para su posteridad la estatua de un coloso. Dice Mark Lilla que lo que le importa ahora es sólo su legado, pero "no las políticas que vaya a dejar, sino las cosas que construye, como el arco del triunfo o el billete de 250 dólares con su cara". Una cara muy envejecida que maquillará en el billete hasta hacerle parecer un mozalbete de pelo rojo. Así de mendaz es el emperador de la era de la postverdad. Pero ahora Lilla cree que Donald Trump está mayor y que ha perdido su magia. No se puede dudar de a quien votó Mark Lilla y ahora se ve que se arrepiente. El también quedó hechizado y votó por su magia. Tal vez el propio Mark Lilla esté atravesando el mismo trance que sus seguidores: "Muchos ya no creen en él, pero no pueden desprenderse de él." Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedios. Esta es la máxima de los fatalistas y de los tontos. También de los adictos. El mundo está lleno de adictos de Trump. El mundo se divide entre afectos y afectados de Donald Trump. Es decir, vivimos en el mundo más idiota de todos los tiempos.

Y es que precisamente lo notable de la entrevista que le hace "El país" a Mark Lilla (léase aquí) es la noticia de que el viento de la ignorancia está huracanando el mundo. El mundo se ha vuelto más idiota y tenemos al gran bufón y al gran idiota comandándolo. Pero hay que ir más lejos: además de tonto es malo, y eso es lo peligroso. Ya lo dijo Alberto Sanjuan en su momento: "el mal existe"; y por supuesto, andaba pensando en Trump. En la época de la Postverdad un señorito satisfecho nos dice cómo tenemos que ver el mundo y resulta que el mundo que trata de contarnos es una gran patraña maniquea. Mark Lilla pone el dedo en la llaga al decirnos que existe una gran incertidumbre sobre qué es verdad. Pero lo peligroso tal vez sea el escepticismo y el relativismo en el que se coloca este politólogo a la hora de afirmar una cosa tan evidente. Se nota que ya ha desesperado sobre la posibilidad de volver a un mundo en que sus habitantes buscaban por todos medios adquirir la mayor certeza sobre lo que era la verdad. El estado de espíritu que muestra Mark Lilla es desesperado. De alquien que ha desesperado de encontrar la verdad y de que la civilización se oriente tras su estela. "Nadie entiende cómo funciona el mundo", dice perplejo. Y lo peligroso de decir ésto es que vivimos en la era de la Inteligencia artificial. El riesgo es inminente y evidente. Si nadie entiende como funciona el mundo, pues entonces que invente ella, la IA. Y la IA inventa, vaya si inventa, incluso hasta se caracteriza por tener grandes alucinaciones y contarnos cuentos chinos sin pestañear. Y en esa gran alucinación andamos todos delirando. Nos arriesgamos a dejarle a la IA la comprensión del funcionamiento del mundo, y, lo que es peor, la solución a sus problemas, ya que no somos capaces de hacernos cargo de las complejidades de estos. En medio de todo un maremágnum de cambios desde los años 60, el mismo Lilla se muestra perplejo con la gran transmutación que supone el advenimiento de la IA. "Si ni siquiera puedes saber si lo que ves en la pntalla es real ¿Cómo vas a ponerte de acuerdo sobre lo que sucede ahí fuera". Y ese es el gran problema, que precisamente la verdad ha sido definida durante mucho tiempo como el acuerdo entre lo que se afirma y la realidad de las cosas. Y resulta que vivimos en un mundo cada vez más irreal donde se afirman las cosas más peregrinas. "Nadie -sigue diciendo Mark Lilla- tiene un plan secreto, pero se debe fingir que lo tiene. La reacción ante esto es el deseo de la gente de obtener respuesta seguras. Pero esas respuesta no existen." Pero hay otra alternativa peor y es que sí existan pero sólo en las delirantes mentes de políticos como Trump, al que a veces Mark Lilla parece rendirle pleitesia como a un viejo mago que ha perdido su magia, pero que aún puede tener la solución kavafiana de los bárbaros. Se cuenta -en esta entrevista reseñada- que cuando Jruschov visitó a Nixon le dijo: "Si la gente te dice que quiere un río imaginario, no les digas que no hay ningún río: diles que vas a construir un puente imaginario". Quizás eso es lo que está pasando, que estamos navegando en las procelosas aguas de un río imaginario por el que tanta gente ha estado clamando. Sólo que este río imaginario es un río superreaccionario y algunos sueñan con bañarse en sangre. Pero si hay que navegar por un río imaginario sería mucho mejor delirar con la utopía. No es más que una isla y siempre podemos desembarcar en ella cuando la realidad se vuelva insoportable. Hasta podemos empezar a construir un mundo nuevo como hizo Robinson Crusoe.

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