Se dejan aquí una serie de pensamientos extraídos de "En busca del tiempo perdido", de Marcel Proust, que tienen relación con el tema de la memoria y del olvido. En breve se analizará la función de la memoria en la obra del escritor francés. Quien quiera leer una reseña biográfica pormenorizada puede hacerlo en otra entrada de este mismo blog, sobre "El amor y los celos en Marcel Proust".
Las almas se mueven en el tiempo como los
cuerpos en el espacio.
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Y es que el olvido borraba en mí [...] gran
parte de las cosas que se me había dicho. Pues la memoria, en vez de un
ejemplar duplicado, siempre presente ante nuestros ojos, de los diversos hechos
de nuestra vida, es más bien un vacío del que de cuando en cuando una similitud
actual nos permite sacar, resucitados, recuerdos muertos; pero hay, además, mil
pequeños hechos que no han caído en esa virtualidad de la memoria y que
permanecerán siempre incontrolables para nosotros.
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Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo,
cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles,
más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y
el sabor perduran muchos más, y recuerdan, y aguardan y esperan, sobre las
ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio
enorme del recuerdo.
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Así como lo que nos posibilita la creación de
una obra no es el deseo de celebridad, sino la costumbre de ser laboriosos,
igualmente ocurre que lo que nos sirve de ayuda para preservar de riesgo
nuestro futuro no es la alegría del presente, sino la prudente reflexión de lo
pasado.
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La resurrección en el despertar –después de
ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño- debe de asemejarse,
en el fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso,
un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma
allende la muerte como un fenómeno de memoria.
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En nuestra memoria encontramos de todo; es una
especie de farmacia, de laboratorio químico, donde tan pronto ponemos la mano
en una droga calmante como en un veneno peligroso.
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Nos representamos el futuro como un reflejo
del presente proyectado en un espacio vacío, cuando es el resultado, a veces
muy inmediato, de causas que en su mayor parte ignoramos.
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La mejor parte de nuestra memoria está fuera
de nosotros, en una brisa húmeda de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o
en el perfume de una primera llamarada: allí dondequiera que encontremos esa
parte de nosotros mismos de que no dispuso, que desdeñó nuestra inteligencia,
esa postrera reserva del pasado, la mejor, la que nos hace llorar una vez más
cuando parecía agotado todo el llanto. ¿Fuera de nosotros? No, en nosotros, por
mejor decir; pero oculta a nuestras propias miradas, sumida en un olvido más o
menos hondo. Y gracias a ese olvido podemos de vez en cuando encontrarnos con
el ser que fuimos y situarnos frente a las cosas lo mismo que él; sufrir de
nuevo, porque ya no somos nosotros, sino él, y él amaba eso que ahora nos es
indiferente. En la plena luz de la memoria habitual las imágenes de lo pasado
van palideciendo poco a poco, se borran, no dejan rastro, ya no las podremos
encontrar. Es decir, no las podríamos encontrar si algunas palabras no se
hubieran quedado cuidadosamente encerradas en el olvido, lo mismo que se
deposita en la Biblioteca Nacional el ejemplar de un libro que sin esa
precaución no se hallaría nunca.
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Nuestra atención es la que pone los objetos en
un cuarto; el hábito es el que los quita y nos hace sitio.
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Una memoria sin fallos no mueve precisamente a
estudiar los fenómenos de la memoria.
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Lo que se llama experiencia no es más que la
revelación a nuestros propios ojos de un rasgo de nuestro carácter que
reaparece naturalmente y reaparece con tanta más fuerza cuanto que los hemos
dilucidado ya una vez para nosotros mismos, y el movimiento espontáneo que nos guio
la primera vez está reforzado por todas las sugerencias del recuerdo. Para los
individuos (y hasta para los pueblos que perseveran en sus faltas y van
agravándolas) el plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.
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Para que un ser entre en nosotros tiene que
tomar la forma, adaptarse al marco del tiempo; como no se nos aparece más que
en minutos sucesivos, nunca puede presentarnos de él sino un solo aspecto a la
vez, entregarnos una sola fotografía. Gran debilidad, sin duda, para un ser
consistir en una simple colección de momentos; gran fuerza también; depende de
la memoria, y la memoria de un momento no sabe todo lo que pasó después; ese
momento que la memoria registró dura todavía, vive aún, y con él el ser que en él
se perfilaba.
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Sólo podemos añorar lo que recordamos.
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Los momentos del pasado no son inmóviles;
conservan en nuestra memoria el movimiento que los lleva hacia el futuro –hacia
el futuro vuelto a su vez pasado-, que nos llevan a él, a nosotros mismos.
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Los cambios de la atmósfera provocan otros en
el hombre interior, despiertan yos olvidados, alteran el adormecimiento de la
costumbre, inyectan nueva fuerza a esos recuerdos, a esos sufrimientos.
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Si nuestros recuerdos son bien nuestros, lo
son a la manera de esas casas que tienen pequeñas puertas escondidas que a
veces ni siquiera conocemos y que alguien de la vecindad nos abre, de tal modo
que entramos en nuestra casa por un lado por el que no habíamos entrado nunca.
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El pasado, lo mismo que el futuro, no se gusta
de una vez, sino grano a grano.
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A partir de cierta edad, nuestros recuerdos
están tan enmarañados unos con otros, que la cosa en que pensamos, el libro que
leemos ya casi no tiene importancia. Hemos puesto algo de nosotros mismos en
todo, todo es fecundo, todo es peligroso, y podemos hacer en un anuncio de un
jabón descubrimientos tan valiosos como en los Pensamientos de Pascal.
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El hombre es ese ser sin edad fija, ese ser
que tiene la facultad de tornarse en unos segundos muchos años más joven, y
que, rodeado por las paredes del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero
como en un estanque cuyo nivel cambiara constantemente y le pusiera al alcance
ya de una época, ya de otra.
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Entre el recuerdo que nos vuelve bruscamente y
nuestro estado actual, lo mismo que entre dos recuerdos de años, de lugares, de
horas distintas, la distancia es tan grande que bastaría, aun prescindiendo de
una originalidad específica, para hacerlos incomparables unos con otros. Sí, si
el recuerdo, gracias al olvido, no ha podido contraer ningún lazo, echar ningún
eslabón entre él y el minuto presente; si ha permanecido en su lugar, en su
fecha; si ha guardado las distancias, el aislamiento en el seno de un valle o
en la punta de un monte, nos hace respirar de pronto un aire nuevo,
precisamente porque es un aire que respiramos en otro tiempo, ese aire más puro
que los poetas han intentado en vano hacer reinar en el paraíso y que sólo
podría esa sensación profunda de renovación si lo hubiéramos respirado ya, pues
los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.
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La memoria, al introducir el pasado en el
presente sin modificarlo, tal como era cuando era presente, suprime
precisamente esa gran dimensión del Tiempo con arreglo a la cual se realiza la
vida.
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Si un ruido, un olor, ya oído o respirado
antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado
reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, enseguida se encuentra
liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, y nuestro
verdadero yo, que, a veces desde mucho tiempo atrás, parecía muerto pero no lo
estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le
aportan. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para
sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este
hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no
parezca contener lógicamente las razones de su alegría; se comprende que la
palabra “muerte” no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué
podría temer del futuro?
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