Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: "No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas." De modo que al cabo escribía una frase verídica y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.
Escribir de forma sencilla, sobre algo familiar y a base de frases verídicas, estas son las claves que acompañaron siempre el proceso creativo de Ernest Hemingway y que en su libro de evocaciones "Paris era una fiesta" explicita para deleite de los escritores que quieren aprender y tomar nota. Creo que este párrafo ya justificaría la lectura de uno de los libros más deliciosos que conozco. Y no es el único párrafo donde Hemingway desvela los secretos de su oficio y descubre los mecanismos que le funcionaban. Por ejemplo, el de no pensar nunca en lo que tenía a medio escribir, hasta que volvía a continuar al día siguiente. Es en este libro, además, donde nos informa de su famosa teoría del iceberg sobre el uso de la elipsis en los relatos, algo que cincuenta años más tarde recuperaría Raymond Carver de una forma magistral: es más importante lo que se calle que lo que se cuente, siempre que lo que se calle, se calle bien, y que se sepa qué es lo que hay que callar. "Uno puede omitir cualquier parte del relato a condición de saber muy bien lo que uno omite y de que la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de lo que se ha dicho". En "París es una fiesta" vemos a Hemingway a menudo trabajando seriamente en los cafés de París, puliendo sus relatos y afanándose por escribir una de esas frases verídicas. "París es una fiesta" es sobre todo un libro de un escritor para escritores, pero también un emocionante homenaje a un París bohemio y con sabor a "belle époque".
De las dos remesas de escritos que Hemingway perdió en París, quizás la segunda fue la más importante, porque su aparición acabó dando lugar al libro de memorias que aquí se reseña. En 1956 el dueño del hotel Ritz se puso en contacto con Hemingway para comunicarle que sus dos baúles con papeles y cuadernos aún seguían depositados en sus instalaciones. Hemingway había vivido allí 30 años antes, en su última época parisina, y el descubrimiento de aquel tesoro olvidado en medio de una vorágine de las mudanzas le llevó finalmente a reencontrarse con sus recuerdos y a escribir "Paris es una fiesta". Comenzó a escribirlo en Cuba en el otoño de 1957, lo trabajó en Idaho en el 58-59. Finalmente le dio término en Cuba durante la primavera de 1960, un año antes de que se disparase con su propia escopeta, con lo que no le dio tiempo a publicarlo en vida. Es un libro que trata de los años que van de 1921 a 1926. Salvo un breve periodo en el que Hemingway se fue con su mujer a Toronto para tener el hijo que esperaban, todo este tiempo permaneció en París, incluso dos años más (los que van del 26 al 28) que el libro ya no comprende. Es posible que por la cantidad de chismes y declaraciones ácidas contra otros escritores, tampoco tuviera demasiados deseos de enfrentarse en vida a la repercusión de un escándalo. La primera remesa de escritos perdidos, en cambio, tuvo que ser más dolorosa y supuso una íntima tragedia en la vida de Hemingway. Su mujer quiso llevarle todos sus escritos a Lausana, donde Hemingway trabajaba como corresponsal para un periódico, pero acabaron robándole la maleta en la gare de Lyon, donde iba todo cuanto había escrito Hemingway hasta los 23 años: sus cuentos, casi al completo, junto a su primera novela. Todo esto y mucho más se narra en este fascinante libro de memorias dispersas donde lucen las calles y los cafés de París, pero donde llaman la atención los retratos, entre chismosos y veraces, que nos va dejando el escritor sobre otros artistas famosos que conoció en la ciudad más bohemia del mundo.
De entre todos los perfiles de gentes egregia destaca especialmente el de Gertrude Stein, de quien al final, con tono mordaz, acabará diciendo que "se peleó con todos los que la quisimos excepto con Juan Gris y con éste no pudo pelearse porque se había muerto". En sus páginas nos encontramos con un París de andar por casa por donde pululan entre sus cafés y por sus calles escritores como Blaise Cendrars o el malévolo Aleister Crowley. Su facilidad para la caricatura y la mala baba nos deja el retrato de un malparado Ford Madox Ford y de un Joyce que ya era famoso y acomodado a principios de los años veinte. También deslumbra el retrato más amoroso de todo el libro, que es el que dedica al poeta Ezra Pound, a quien Hemingway describe como un hombre todo bondad: "Ezra Pound era más bueno que yo y miraba cristianamente a la gente" [...] "Yo le consideraba siempre como una especie de santo". Pero sin duda el retrato al que dedica más páginas y que contiene más luces y sombras es el de Scott Fizgerald, junto a una enloquecida Zelda que no pensaba más que en divertirse y en interrumpir por celos la labor creativa de su marido. Uno de los capítulos nos lleva a una extravagante excursión a Lyon con un Fizgerald hipocondriaco y dipsómano, donde ya se adivina el declive del escritor más prometedor de la generación perdida, esa denominación que Gertrude Stein acuñaría para definir a gran parte de los escritores americanos que aparecen retratados en este libro: "Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra son una generación perdida. No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse..." Estas y otras frases que marcaron época o que revelan la concepción literaria de Hemingway brillan en este libro zurcido a base de retazos y compuesto por episodios sueltos que aparecen deslavazados, pero siempre dando a sus vivencias una sensación de seguir muy vivas. Más que ante un libro que tiene como referencia el pasado, parecen unas memorias que estén captando un gozoso presente en el que quisiéramos instalarnos. Se puede comprender aquí por qué Hemingway se convirtió en ese maestro de los diálogos que acabaría engatusando a Gabriel García Márquez. Cualquier diálogo desnudo que aparece en el libro se vuelve veraz y chispeante, y muchas veces es usado con maestría para cerrar un capítulo o para dar una honda sensación de vida y de verdad. "París es una fiesta" se revela como uno de esos libros que nos hace amar la literatura y recuperar el apetito por la vida y por los buenos libros. Pero sobre todo es un libro que nos hace amar a "la ville lumière", pues se convierte en un homenaje a una ciudad en la que el escritor fue pobre y feliz, y precisamente sobre esta pobreza y esta felicidad versan gran parte de sus páginas. Una pobreza que le hizo pasar grandes periodos hambre, lo que le sirvió para hacerle más bohemio aún y aguzar todas las percepciones, de las que da buena cuenta aquí. Y una pobreza que se convierte en fastuosa riqueza a la luz de las calles parisinas con sus cafes bulliciosos y sus panaderías fragantes y sus galerías de personas raros o famosos. Un libro donde nos habla de París "según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices".

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