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3 microcuentos de Virgilio Piñera (Efímeros y breves 184)

 


Se dejan aquí tres microcuentos de Virgilio Piñera (1912-1979), cuentista, poeta y dramaturgo cubano que desempeñó un papel importante en revista Orígenes y se incardinó en buena parte de los movimientos recorrieron la literatura cubana de la primera mitad del siglo XX. Se desterró voluntariamente a Argentina en el año 1946 y allí permaneció doce años dedicándose a la traducción y a la escritura, además de trabajar en la embajada cubana. Regresó a la isla en 1958 con ganas de agitar la escena literaria pero pronto sería relegado por enfrentamientos políticos con el gobierno revolucionario. Murió en la Habana en 1979 de un infarto de miocardio. No sería hasta su muerte que su obra comenzaría a ser valorada y rescatada. Especialmente  versado para el cuento, sus narraciones se caracterizan por un barroquismo que acaban envolviendo la acción en el absurdo y en un clima surreal. Con un lenguaje cargado de alucinaciones y un humorismo sarcástico, sus cuentos adquieren un aire grotesco que muchas veces conduce a la pesadilla.

 

 

EL INFIERNO

 

Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman — ¡las llamas de la imaginación! Más tarde, cuando ya nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues ¿quién renuncia a una querida costumbre?

 

  

NATACIÓN

 

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pesarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

 

 

 

LA MONTAÑA

 

La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas: vegetación, piedras, tierra, animales y hasta seres humanos que suben y bajan por sus laderas.

Todas las mañanas me echo boca abajo sobre ella y empiezo a masticar lo primero que me sale al paso. Así me estoy varias horas. Vuelvo a casa con el cuerpo molido y con las mandíbulas deshechas. Después de un breve descanso me siento en el portal a mirarla en la azulada lejanía.

Si yo dijera estas cosas al vecino de seguro que reiría a carcajadas o me tomaría por loco. Pero yo, que sé lo que me traigo entre manos, veo muy bien que ella pierde redondez y altura. Entonces hablarán de trastornos geológicos.

He ahí mi tragedia: ninguno querrá admitir que he sido yo el devorador de la montaña de mil metros de altura.

 


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