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3 poemas dentro de un Museo, de Rosario Castellanos (efímeros y breves 185)

 


A Rosario Castellanos se le dedicará en su momento, que ya anda próximo, un espacio no pequeño en la sección “Poetas” y se le hará su reseña biográfica. De momento sirva aquí la que se deja al final, que fue redactada por Concepción Bados Ciria. Se dejan aquí tres poemas de su último libro, “Viaje redondo” (1972), escrito después de un viaje a París, en que sin duda visitó el Museo del Louvre y pudo ver la Gioconda y la Victoria de Samotracia. Sobre estas dos piezas hace su lectura reflexiva, mostrando con humor sarcástico su desengaño frente a los mitos de la cultura occidental.

 

RESEÑA BIOGRÁFICA

Rosario Castellanos (1925-1974) nació en Ciudad de México, aunque se crio en la hacienda familiar de Comitán (Chiapas), lugar de donde provenían los Castellanos, que eran parte de la elite de terratenientes de la región. La niñez de Rosario estuvo marcada por la soledad, la muerte y la aparente preferencia de los padres por su hermano menor, que murió repentinamente agudizando el conflicto familiar e influyendo en el estado anímico de la futura escritora. A raíz de la reforma agraria que en 1941 les quitó tierras a los hacendados, la familia regresó a Ciudad de México donde Rosario comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UNAM. La muerte de sus padres en el corto espacio de un mes provocó sus primeros poemas largos «Trayectoria sin polvo» y «Apuntes para una declaración de fe» (1948). En 1950 defendió su tesis doctoral sobre cultura femenina y se inició en el largo camino de investigar el papel de la mujer en la cultura mexicana.

 

En 1957 publicó su primera novela Balún-Canán y en 1962 Oficio de tinieblas, a las que siguieron obras que inscriben otros géneros como el cuento y el ensayo: Juicios sumarios (1966), Álbumde familia (1971), Mujer que sabe latín (1973); también la poesía ya que, en concreto, Poesía no eres tú (1972) recoge los poemas publicados entre 1948 y 1971. En los años sesenta, Castellanos vivió esporádicamente en Estados Unidos donde trabajó como profesora invitada en las universidades de Wisconsin, Indiana y Colorado. Rosario escribió cuentos, ensayos y poemas marcados por un tono y una posturas definitivamente feministas. No sólo analizó las condiciones propias de la mujer, tales como la sexualidad, la reproducción, la violación y los malos tratos, sino que también expuso cómo las leyes impiden que las mujeres tengan iguales oportunidades de trabajo. Trató, asimismo, sobre la condición de las mujeres desde el punto de vista histórico. En Juicios sumarios (1966) la escritora combina los tres mitos femeninos predominantes en México: La Malinche, o «dama oscura», quien ayuda a su amante Cortés en la conquista de su propio pueblo; la Virgen de Guadalupe, quien sublima su condición humana en la maternidad; y Sor Juana, quien tuvo que ingresar en un convento para tener libertad intelectual.

 

Estos tres arquetipos encarnan la imagen de la fragmentada mujer mexicana, de quien Castellanos presenta una revisión en El eterno femenino (1975), su única obra de teatro que, aunque publicada póstumamente, ha contribuido a hacer de la producción de la autora mexicana el centro de cualquier discusión sobre feminismo y escritura femenina. Otras obras póstumas son Ciudad Real (1996), recolección de sus primeros cuentos, que junto a sus dos primeras novelas representa la trilogía indigenista más importante de la narrativa mexicana del siglo xx y Cartas a Ricardo (1996), una recopilación de las cartas escritas entre 1950 y 1967 al que fuera su esposo. En ellas Rosario traza su aprendizaje sentimental y muestra una vulnerabilidad que, si bien se adentra en la tragedia, no le impide cumplir con su principal propósito: el de abstraerse mediante la escritura hasta descifrarse, para así, también, descifrar el mundo.

 

Rosario Castellanos murió prematuramente en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a causa de un accidente fortuito, mientras cumplía su cometido como embajadora de México en Israel. Su cadáver se encuentra en la Rotonda de Hombres Ilustres en Ciudad de México.

 

 

MIRANDO A LA GIOCONDA

(En El Museo del Louvre, naturalmente)

 

¿Te ríes de mí? Haces bien.

Si yo fuera sor Juana

O la Malinche o, para no salirse del folclor,

Alguna encarnación de Güera Rodríguez

(como ves, los extremos, igual que a Gide, me tocan)

Me verías, quizá, como se ve

Al espécimen representativo

De algún sector social de un país del tercer mundo.

 

Pero soy solamente una imbécil turista de a cuartilla,

De las que acuden a la agencia de viajes para que

Les inventen un tour. Y monolingüe

¡para colmo! Que viene a contemplarte.

 

Y tú sonríes, misteriosamente

Como es tu obligación. Pero yo te interpreto.

Esa sonrisa es burla. Burla de mí y de todos

Los que creemos que creemos que

La cultura es un líquido que se bebe en su fuente,

Un síntoma especial que se contrae

En ciertos sitios contagiosos, algo

Que se adquiere por ósmosis.

 

 

LA VICTORIA DE SAMOTRACIA

 

Avanza como avanzan los felices:

Ingrávida, ligera, no tanto por las las

Como porque es acéfala.

 

Una cabeza es siempre algo que tiene un peso:

La estructura del cráneo que es ósea y el propósito

Siempre de mantenerla erguida, alerta.

Y lo que adentro guarda.

 

 

COMENTARIO AL ESCULTOR

 

El que se lamentaba

De hacer su propia estatua con arcilla

Que pruebe las materias que nosotros usamos.

Nosotros, es decir, los marginales:

Memoria, ensueños, humo, sueño, esperanza. Nada.

 


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