Es el momento más oscuro que yo haya presenciado en EE. UU.
— Valeria Luiselli
No es algo nuevo que la humanidad o que algún país pase por momentos oscuros de vez en cuando, pero semejante coincidencia entre tantas bocas que lo expresan da la sensación de que estamos ante uno de los momentos más tenebrosos de la historia. Tal vez no ha habido nunca en Estados Unidos una época como esta en que tanta gente esté pensando en escapar de allí, y es un enigma el que haya tanta gente que esté deseando entrar en uno de los países más represores del mundo. Ya hace unas semanas Richard Gere formuló la misma sensación: "Vivimos el momento más oscuro que yo he vivido en este planeta" y la culpa se la echa a un payaso llamado Trump, pero no hay que olvidar que él no es más que la cabeza visible que muchas otros andan aupando para que meta ruido y miedo. "¿quien habría pensado que un maniaco sería presidente de EE. UU?" se preguntaba asombrado, pero la verdad es que el mundo y EE. UU está llenos de maniacos que le siguen. "Desde el primer día este tipo ha desmantelado todo lo que era bueno en EE. UU", sigue diciendo Richar Gere, y entre esas cosas maravillosas que se están desmantelando están los libros que ocupan los estantes de las bibliotecas y que ahora están haciendo desaparecer unas manos más barbaras que las de los bomberos de Fahrenheit 451. Lo cuenta Valeria Luiselli al final de una entrevista concedida al Universal (léase aquí) porque tiene la autoridad y el dudoso honor de contar con un libro vetado en este país en el que reside desde hace más de veinte años: se trata de su obra "Los niños perdidos". "Es un momento difícil donde la vida se siente un poco irreal, como una especie de sueño entre la bruma; un momento donde estamos aguantando la respiración para que esto acabe". Pero esto no va a acabar aunque Luiselli augure que sí, no va a acabar tan pronto por lo menos, esto se siente que acaba de empezar y no terminará hasta que llegue a su cenit, pero esto acaba de empezar. Que la barbarie de la censura triunfe sobre la cultura supone, efectivamente, un gran momento de irrealidad, porque toda destrucción se convierte en ese ingrediente onírico que pone caos en la creación, desorden en la estabilidad, pesadilla en medio de un sueño bucólico; es como si de repente comenzáramos a ver que nos están expulsando del paraíso por haber mordido la manzana, que no es otra que la del Árbol de la Ciencia, y ahora vienen los hunos y se ponen a podar el árbol prescribiéndonos lo que está bien y lo que está mal y desmantelándonos las bibliotecas.
Y sin embargo, qué buen momento es éste para leer con inocencia los libros que nos gustan, ahora que podemos, ahora que aún estamos a tiempo. Vivir bien es saber gozar del privilegio que tenemos en cada momento presente y ahora mismo somos libres de leer los libros que nos dé la gana antes de que los bomberos empiezen a apuntar a los estantes con sus lanzallamas. Antes que comience esta ola fascista de puritanismo que está bamboleando las estanterias de las bibliotecas y haciendo caer del arbol de la ciencia los frutos prohibidos. Ahora mismo, en las aulas y bibliotecas de EE. UU, entre unos Estados y otros, ya se hallan prohibidos más de 7.000 títulos y, como puede imaginar cualquiera, entre tanto título proscrito se cuelan casi todos los grandes maestros de la literatura y del pensamiento (hasta el divino Platón se ha vuelto demoníaco para estos iconoclastas). De aquí a muy poco, nos prohibirán directamente leer cualquier libro, como ocurría en ese mundo no tan distante de "Fahrenheit 451", que por supuesto es uno de los libros proscritos en algunos Estados, un hurra por Ray Bradbury. Y todo por la presión conservadora de unos padres furibundos que velan por la salud mental de sus hijos para volvernos a todos locos. Padres por la Libertad y Ciudadanos en Defensa de la Libertad que entran en las juntas escolares con una larga lista negra en la mano y una guillotina para decapitar las mentes más osadas.
Siempre que se ha logrado cercenar la libertad ha sido invocando a su vez el nombre de la libertad; es esa la fórmula más antigua para acabar con ella sin que nos demos cuenta. La palabra libertad es la patente de corso de los liberticidas. Es sabido que los lobos logran devorar mejor a los corderos cuando se disfrazan con su misma piel e incluso se ponen a balar como ellos. Y ahora, en nombre de la libertad, acaban con la libertad de expresión y, de seguir así, pronto se incluirá en la lista negra algún libro de la Biblia, yo aventuro que el apocalipsis, porque es un libro que recuerda a lo que están intentado hacer estos amantes de la libertad. Miles de libros censurados en nombre de la buena educación sexual- que por supuesto es la heterosexual-puritana-, o en nombre de la raza -que por supuesto es la raza blanca- o en nombre de la paz -que naturalmente es la de los cementerios-. No se quiere ni que haya violencia, ni que haya sexo, ni palabras malsonantes. Es decir, no se quiere que haya libros, se abjura de los mejores libros, porque los mejores libros que conozco tratan estos temas con un lenguaje rudo, que es el lenguaje que hay que utilizar para tratar los rudos temas de la vida, pero al parecer la rudeza también está prohibida. Somos tan perversos que los libros que amamos nos gustan precisamente por las mismas razones por las que los prohiben
Ya lo advirtió Isaac Bashevis Singer, es imposible censurar la boca humana, no se puede poner puertas al campo ni bozales a quien tiene hambre de libertad. Pero entonces ¿qué es lo que se pretende con esta censura carnicera? Restringir libros es una manera de restringir el mundo y los que odian la libertad odian que el mundo se mueva sin vallas y con pocas reglas prohibitivas. A los liberticidad les disgusta ver pintar en la pared: "PROHIBIDO PROHIBIR". Al censurar los libros se trata de censurar en todos la libertad de movimientos, aunque sea de manera preventiva. Comenzamos a tener miedo y preferimos no asomar la cabeza y quedarnos mudos. El castigo como arma para acabar con la libertad es el método más efectivo de los liberticidas, y ahora ellos son más conscientes que nunca y nos amenazan con castigarnos. Castigan a los seres libres censurando la obras donde han expresado su libertad. Pero ya lo dijo Orwell, libertad es decirle a la gente lo que no quiere oír. Libertad es darle a leer a la gente lo que no quiere leer. Y no veo mejor manera de expresar la libertad que leer aquello que nos prohiben, aunque de momento estos usos no se hayan puesto en circulación por aquí, pero todo se andará...
Prohibirnos algo es hacernoslo desear. Nunca creí que me entrasen ganas de leer "El cuento de la criada" o "La casa de los espíritus", o "La naranja mecánica", pero desde que me he enterado de que están prohibidos en algunos Estados, me dan ganas de salir corriendo a una biblioteca para ir a pedirlos. Cómo me gustaría volver a leer Cien años de Soledad o La fiesta del chivo o ¿Por quién doblan las campanas o incluso El extranjero. Cuántos libros me quedan por leer..., ahora que sé que los censuran. Qué ganas me han entrado de repente de leerme Ensayo de la Ceguera o Las Uvas de la ira, todos prohibidos gracias a Dios, porque así excitan mi deseo de devorarlos. Para batallar contra la censura, estaría dispuesto a leerme incluso "Como agua para el chocolate", cuya autora, Laura Esquivel, ha declarado que la censura siempre nace del miedo al pensamiento libre. Y es una pena que los que más miedo sienten se dediquen por ahí a meter miedo, pero el miedo es lo más contagioso del mundo, y los censores lo saben y quieren crear una histeria colectiva. De esta lista negra no se libra ni Buda, no se libra ni el inocente Hermann Hesse a quien le han censurado su "Sidharta"; y es que probablemente a los censores les hubiera gustado que se titulase "Jesús de Nazaret". No se libran ni los cuentos de Cortázar (alguno ya censurado), porque tienen miedo de que no dejen dormir a los niños con su surrealismo desatado y trasnsgresor, no vaya a ser que se pongan a vomitar conejos o se conviertan en atroces peces mexicanos. De seguir así no se librará ni "El traje del emperador", de Andersen, porque podría estar incitando al desnudo y a la audacia de cantarle al tirano las cuarenta. Que nadie piense que al menos se libran los clásicos de toda la vida. El mayor clásico americano del siglo XX, "El gran Gatsby", también se le quiere hacer desparecer por sus guiños a la infidelidad y al alcoholismo. Por no librarse, no se libra ni el mayor best seller americano vivo, no se libra ni Stephen King; no se libra ni Shakespeare, a quien le han censurado su Romeo y Julieta por vagas descripciones de deseo sexual, y es que cuando los censores empiezan a ver cosas vagas es que la cosa se pone gruesa y pueden acabar censurando hasta la biblia. Tanto mejor si lo hacen, siempre he querido leermela desde el Génesis hasta el apocalipsis. De momento, este verano ya tengo repleta mi lista de lectura.
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