EFÍMEROS 57. Cinco "poemas humanos" de César Vallejo (1892-1938), en el 134 aniversario de su nacimiento.
César Abraham Vallejo nació como hijo menor de una familia de doce hermanos, el 16 de marzo de 1892,
en Santiago de Chuco, gran población de la cordillera peruana. Estudiante
aventajado durante los primeros años, se traslada a Trujillo en 1910 para
estudiar Filosofía, que pronto abandona para conocer de primera mano las
condiciones de vida de los trabajadores de las minas de Quiruvilca, experiencia
que más tarde iba a dejar impronta en su novela “El tungsteno”. Tras un breve
periodo de estudios de medicina en la Universidad de Lima durante 1911, regresa
a Trujillo para trabajar como ayudante de cajero en la Hacienda azucarera
“Roma”, experiencia de la que saldrá marcado de por vida, en palabras de su
mujer Georgette Vallejo, tras contemplar como “4000 peones se extenúan hasta el
sol poniente, con un puñado de arroz por alimento, cobardemente retenidos por
el alcohol que, dominicalmente y a sabiendas, se les vende a crédito”.
En 1913 regresa a Trujillo para
continuar sus estudios universitarios, que consigue costear al
compatibilizarlos con un trabajo de profesor en un colegio. Tras graduarse con
su tesis “El romanticismo en la poesía española”, comienza a frecuentar los
círculos intelectuales de la ciudad y a escribir sus primeros versos. En 1916
se enamora de María Rosa Sandoval, quien se va a convertir en la musa de gran
parte de los poemas de su primer libro, “Los heraldos negros”. María Rosa
desaparecerá misteriosamente de su vida: en realidad no quería apenar al poeta
sabiendo que pronto iba a morir de tuberculosis y se alejó de su lado abandonando
Trujillo.
En 1918 se muda a Lima donde
comienza a colaborar con la publicación de poemas en diversos periódicos y
revistas, a la vez que consigue un puesto de director en un colegio, del que
más tarde será cesado al ser descubierta la relación que mantiene con Otilia
Villanueva, muchacha de quince años y cuñada de uno de sus colegas, que más
tarde inspirará algún poema de su libro “Trilce”. 1918 será también el año en
que muere la madre del poeta y en el que da a la imprenta los poemas que
componen “Los heraldos negros”, que habrán de esperar al año siguiente para su
publicación definitiva.
Aunque todavía no se había
liberado del ropaje y de los símbolos del modernismo, se pueden ya atisbar en
los poemas de este primer libro los rasgos y obsesiones que estarán presentes
en el Vallejo posterior: la pugna entre
los ideales humanos y la realidad cotidiana -que alentará una posterior
preocupación social-, el desamparo del hombre y su solidaridad con él, la
hondura metafísica que inquiere de un modo perplejo por el destino último del
hombre, su obsesión por la muerte y su defensa de la vida, un tono que va de la
tristeza más honda a la alegría más extrema, y su gusto por los giros
coloquiales, por los ambientes indígenas y de evocación familiar, y una
inclinación ya patente a romper con los convencionalismos del lenguaje y con la
lógica de la razón.
En 1922 y antes de marcharse a
París en un viaje sin vuelta, Cesar Vallejo va a publicar “Trilce”, su último
libro editado en vida -el resto de su producción parisina quedaría inédita
hasta la muerte del poeta-, y tal vez el libro de poesía más libre y
experimental de toda la poesía del siglo XX en lengua española. Aunque se han
apuntado distintas versiones para explicar su sugerente título, -síntesis
verbal de triste y dulce, por ejemplo-, el mismo vallejo confesaría a González
de Ruano en una entrevista que “Trilce” no quería decir nada, “no encontraba,
en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la inventé:
Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no lo pensé más: Trilce”. “Trilce”
es un libro que está motivado por tres experiencias vitales de su último
periodo en Perú: La muerte de su madre -que lo hundiría en una fuerte
depresión-, la relación amorosa con Otilia Villanueva y su reclusión en prisión
durante 112 días, entre 1920 y 1921, acusado injustamente de ser el instigador
del incendio y saqueo de una casa de comerciantes en su pueblo natal. Aunque
Vallejo huye para evitar la prisión, ocultándose en casa de unos amigos,
finalmente es descubierto y conducido a un calabozo de Trujillo, de donde sólo
saldrá en libertad provisional por la mediación de algunos intelectuales. El
ambiente de prisión, las condiciones de su encierro, la monotonía carcelaria y
su impronta en la vida anímica serán volcados en algunos de los poemas de este
libro, que iba a ser encuadernado y publicado en la propia imprenta de la
penitenciaría.
En tres años que median entre
“Los heraldos negros” y “Trilce”, Vallejo ha dado un paso de gigante que no
será comprendido por el público y la crítica en el momento de su publicación.
Incorporando en su lenguaje formas de las vanguardias, Vallejo las va a dejar
atrás explorando un territorio apenas entrevisto por ultraístas y futuristas, y
lo va a hacer siempre transitando un camino personal que le lleva a reflejar su
experiencia más íntima o vital de un modo directo; no buscando el alarde
técnico o la innovación esteticista por sí misma, sino tratando de ser fiel a
un material anímico o emocional al que la poesía no había sabido dar forma
todavía, amordazada por las convenciones de la lógica y el lenguaje.
En 1923, hastiado de la
mediocridad provinciana que se respiraba en Perú decide embarcarse para Europa.
Llega a Paris el 13 de julio y malvive durante sus dos primeros años
escribiendo para algunas revistas. Traba amistad con Vicente Huidobro y Juan
Larrea. Al año siguiente muere su padre al tiempo que es hospitalizado por una
afección intestinal. En 1925 recibe una beca del Gobierno español para
continuar sus estudios de Derecho en España. Anda yendo periódicamente a
España hasta que finalmente renuncia a la beca en 1927. Convive durante un par
de años con Henriette Maisse y funda algunas revistas que fracasan enseguida. También
comienza a intimar con Georgette Marie Philippart Travers, joven a quien dobla
la edad y que aún vive con su madre. Durante esta época estudia intensamente el
marxismo, emprende su primer viaje a Rusia y colabora con el partido comunista.
En 1929 comienza su convivencia
con Georgette y juntos realizan otro viaje a Rusia, pasando por varios países
del este. A raíz de la crisis del 29, muchas revistas son suspendidas y Vallejo
se queda sin medios de trabajo. En 1930 se publica Trilce en España y se
descubre allí la grandeza de su poesía. Viaja a este país, casi al mismo tiempo
en que es expulsado de Francia acusado de difundir propaganda comunista. Se
relaciona con Lorca, Alberti y Bergamín, además de publicar su novela
proletaria “El tungsteno”. Su libro de crónicas y ensayos “Rusia en 1931”
obtiene un gran éxito de ventas. Sin embargo, los posteriores libros de teatro
y de ensayos que trata de colocar a los editores españoles quedan sin ser
publicados a causa del marcado carácter marxista de los mismos. A finales de
1931 comienza a escribir alguno de los poemas que mas tarde integrarán su obra
póstuma, “Poemas humanos”. Logra regresar a París en 1932, pasa años de angustia
económica deambulando por pensiones y hoteles hasta que finalmente se casa con
Georgette en 1934. Durante estos años y hasta que vuelve a vérsele en España al
comienzo de la guerra civil, malvive en París, principalmente escribiendo
cuentos. Junto con Pablo Neruda participa activamente en el Comité
Iberoamericano para la Defensa de la República Española y en diciembre del 36 visita
Madrid y Barcelona. En julio de 1937 vuelve para asistir al II Congreso
Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura y se mueve por varias
ciudades españolas. En el otoño de este año vuelve a París y en una racha de
inspiración va a escribir gran parte de los poemas que más tarde encontraremos
en “Poemas humanos”. Escribe también los poemas de “España, aparta de mí este cáliz”.
Al comenzar el año 38 logra un trabajo como profesor de literatura, pero a
finales de marzo es hospitalizado por un paludismo no diagnosticado en su
momento. La recidiva de esta enfermedad que había contraído en la infancia,
agravada por una tuberculosis, acaba con la vida del poeta el 15 de abril de
1938.
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PEDRA
BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
Un día del cual tengo ya el
recuerdo.
Me moriré en París -y no me
corro-
Talvez un jueves, como es hoy, de
otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves,
que proso
Estos versos, los húmeros me he
puesto
A la mala y, jamás como hoy, me
he vuelto,
Con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le
pegaban
Todos sin que él les haga nada;
Le daban duro con un palo y duro
También con una soga; son
testigos
Los días jueves y los huesos
húmeros,
La soledad, la lluvia, los
caminos…
INTENSIDAD Y ALTURA
Quiero escribir, pero me sale
espuma,
Quiero decir muchísimo y me
atollo;
No hay cifra hablada que no sea
suma,
No hay pirámide escrita sin
cogollo.
Quiero escribir, pero me siento
puma;
Quiero laurearme, pero me
encebollo.
No hay toz hablada, que no llegue
a bruma,
No hay dios, ni hijo de dios, sin
desarrollo.
Vámonos, pues, por eso, a comer
yerba,
Carne de llanto, fruta de gemido,
Nuestra alma melancólica en
conserva.
Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
Vámonos a beber lo ya bebido,
Vámonos, cuervo, a fecundar tu
cuerva
27 Oct 1937
HOY ME GUSTA LA VIDA MUCHO MENOS…
Hoy me gusta la vida mucho menos,
Pero siempre me gusta vivir: ya
lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y
me contuve
Con un tiro en la lengua detrás
de mi palabra.
Hoy me palpo el mentón en
retirada
Y en estos momentáneos pantalones
yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis
semanas!...
Mis padres enterrados con su
piedra
Y su triste estirón que ha
acabado;
De cuerpo entero hermanos, mis
hermanos,
Y, en fin, mi ser parado y en
chaleco.
Me gusta la vida enormemente
Pero, desde luego,
Con mi muerte querida y mi café
Y viendo los castaños frondosos
de París
Y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente
ésta, aquélla…
Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la
tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre,
siempre!
Dije chaleco, dije
Todo, parte, ansia, dije casi,
por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel
hospital que queda al lado
Y está bien y está mal haber
mirado
De abajo para arriba mi
organismo.
Me gustará vivir siempre, así
fuese de barriga,
Porque, como iba diciendo y lo
repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos
años,
Y siempre, mucho siempre, siempre
siempre!
CONSIDERANDO EN FRÍO,
IMPARCIALMENTE…
Considerando en frío,
imparcialmente,
Que el hombre es triste, tose y,
sin embargo,
Se complace en su pecho colorado;
Que lo único que hace es
componerse
De días;
Que es lóbrego mamífero y se
peina…
Considerando
Que el hombre procede suavemente
del trabajo
Y repercute jefe, suena
subordinado;
Que el diagrama del tiempo
Es constante diorama en sus
medallas
Y, a medio abrir, sus ojos
estudiaron,
Desde lejanos tiempos,
Su fórmula famélica de masa…
Comprendiendo sin esfuerzo
Que el hombre se queda, a veces,
pensando,
Como queriendo llorar,
Y, sujeto a tenderse como objeto,
Se hace buen carpintero, suda,
mata
Y luego canta, almuerza, se
abotona…
Considerando también
Que el hombre es en verdad un
animal
Y, no obstante, al voltear, me da
con su tristeza en la cabeza…
Examinando, en fin,
Sus encontradas piezas, su
retrete,
Su desesperación, al termina su
día atroz, borrándolo…
Comprendiendo
Que el sabe que le quiero
Que le odio con afecto y me es,
en suma, indiferente…
Considerando sus documentos
generales
Y mirando con lentes aquel
certificado
Que prueba que nació muy
pequeñito…
Le hago una seña,
Viene,
Y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado…
Emocionado…
UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL
HOMBRO…
Un hombre pasa con un pan al
hombro
¿voy a escribir, después, sobre
mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae
un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del
psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un
palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al
médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un
niño
¿voy, después a leer a Andre
Bretón?
Otro tiembla de frío, tose,
escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo
profundo?
Otro busca en el fango huesos,
cáscaras
¿Cómo escribir, después, del
infinito?
Un albañil, cae de un techo,
muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la
metáfora?
Un comerciante roba un gramo en
el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta
dimensión’
Un banquero falsea su balance
¡con qué cara llorar en el
teatro?
Un paria duerme con el pie a la
espalda
¿Hablar, después, a nadie de
Picasso?
Alguien va a un entierro
sollozando
¡cómo luego ingresar a la
Academia?
Alguien limpia un fusil en su
cocina
¿Con qué valor hablar del más
allá?
Alguien pasa contando con sus
dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un
grito?
5 Nov 1937

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