La literatura es incómoda porque crea disonancias en las verdades oficiales, rompe la unanimidad y provoca grietas en el conformismo, y eso resulta con frecuencia intolerable para los poderes que controlan nuestras sociedades.
— Juan Gabriel Vásquez
Creo que es la
primera vez que traigo a esta sección ("La frase del día") una frase
de un artículo, esto ya no se trata de una respuesta lacónica en una entrevista
telegráfica recogida de alguno de los periódicos que se pueden leer por ahí;
esto es toda una frase literaria de un magnífico artículo que ha escrito Juan
Gabriel Vásquez en "El país", titulado "La lectura como rebelión", y que condensa el poder y el valor que pueden llegar a tener la
literatura en nuestros días. Creo que es la frase más extensa que he colocado
en esta sección, lo que apunta ya a uno de los poderes potenciales de la
literatura: la de volver nuestro pensamiento más complejo. No es este aspecto
el que aborda Vásquez en el artículo, si bien lo anda sugiriendo en todo lo que
nos dice en él. Para Juan Gabriel Vásquez, como el título del artículo sugiere,
la literatura tiene el poder de volvernos rebeldes, un poder del que por
supuesto desconfían los poderes fácticos de cualquier sociedad, que siempre
trata de moldear ciudadanos sumisos. No es extraño que Vásquez nos haya traído
a Albert Camus en una de las citas que pueblan el artículo: su propuesta de
hombre rebelde aún sigue seduciendo a muchas generaciones y para Juan Gabriel
el lector de novelas es un hombre que dice no, como el hombre rebelde de Camus.
Un lector de novelas, para Juan Gabriel Vásquez, es un ciudadano subversivo.
Nos podría dar
la risa semejante afirmación, pero que los poderes se lo tomen muy en serio y
traten de domar a estos ciudadanos rebeldes, a ver cómo lo consiguen; de
momento, vemos que en Norteamérica ya se lo están tomando muy en serio y tratan
de quitarles de las manos a los jóvenes muchas de esas novelas mediante
intolerables procedimientos de censura; por supuesto, entre esos libros
censurados, también se cuenta "El extranjero" de Camus, que para eso
era el francés un escritor muy rebelde (que acabó pagando, por
cierto, muy cara su rebeldía: se le echó todo el establishment literario encima
cuando publicó El hombre rebelde). Leer novelas no sólo nos pone en
predisposición de ser rebeldes; también nos ensancha nuestro noción de lo
humano: con cada lectura entramos en la vida de muchos seres, nos hacemos
conscientes de otras conciencias y nada que sea humano nos puede resultar
ajeno. Casi lo contrario del fenómeno que ha originado las redes sociales, que
logran que el otro se convierta en alguien ajeno que debe ser incluso odiado.
Es casi imposible que un lector de novelas se ponga a odiar a un extranjero,
para eso ya escribió Camus un libro en el que ensalza la extrañeza de ser otro,
el que se sea, la extrañeza de ser nosotros mismos; no puede haber extranjeros
en un mundo donde cada lector ya ha aprendido a sentirse extraño, y, por tanto,
a comprender a los otros. La intolerancia es precisamente una demostración de
incomprensión. Esto es lo que apunta Juan Gabriel Vásquez en el artículo.
Pero apunta más
alto y más lejos. Para Juan Gabriel Vásquez, la lectura le da al lector un
contrapoder capaz de resistir la tendencia que tienen los otros poderes a
manipularnos con sus relatos. La literatura nos propone relatos que nos ofrecen
versiones extraoficiales, lo que siempre da mucho miedo al poder, que tiene la
obligación de ser oficial. Nos lleva a vivir en mundos donde los ciudadanos no
son tan sumisos como pretenden los poderes que tienen la sartén de la sociedad
por el mango. Un lector de novelas difícilmente se va a freír en esa sartén. Al
intento de freír a los ciudadanos en una misma sartén y tenernos a todos
agarrados por el mango, Juan Gabriel Vásquez le llama autoritarismo. Yo
prefiero la palabra fascismo, porque es lo que se avecina, y Juan Gabriel
Vásquez nos advierte de su llegada y de su intento por volvernos conformes y
sumisos. Para evitarlo está la literatura, cada vez más en decadencia, pero ahí
está como un espacio de resistencia. Si usted se quiere pasar a la resistencia,
hágase lector y luche contra el autoritarismo, nos viene a decir Juan Gabriel
Vásquez. La resistencia a qué o a quienes, se preguntará quien esto lee. Juan
Gabriel contesta que a las plataformas tecnológicas. No lo dice él, pero lo
digo yo: es la resistencia al tecnofascismo que ya ha llegado. Resistencia a
qué nos secuestren la atención, a que nos manipulen, a que nos arrastren al
odio y al resentimiento. En el mundo de las nuevas tecnologías, la lectura
supone una invitación a la subversión, y la verdad es que yo no puedo encontrar
mejor invitación, soy incapaz de encontrar una virtud humana mejor que esa en
un mundo autoritario que trata de llevarnos por todos los medios hacia la
sumisión. Para Vásquez el intento por comprender las acciones de otro hasta sus
ambigüedades (y de entrar en los recodos más siniestros de su conciencia) es de
lo más subversivo, y eso es lo que logra la lectura de las novelas. Ya lo decía
Milan Kundera, la novela es el territorio donde se suspende el juicio moral, y
hoy más que nunca necesitamos hacer una epojé, necesitamos suspender el mundo,
tener un reservorio donde seamos inmunes a la influencia de las redes sociales.
Hoy, más que nunca, necesitamos silencio y concentración. Todo eso nos lo da
lectura de novelas, según Juan Gabriel Vásquez. Nos da la posibilidad de hacer
epojé.
La propuesta que
nos hace Juan Gabriel Vásquez me parece estupenda, pero creo que se olvida de que
la literatura es mucho más extensa que el territorio que abarca la novela. Tal
vez uno de los grandes males de nuestro tiempo es que el lector se ha vuelto analfabeto
y ya es casi exclusivamente un lector de novelas, tal vez hasta un lector de
novelas comerciales, que son las que dan mucho dinero a los que trafican con
ellas, pero poca conciencia a sus lectores. Tan importante como la influencia
de la novela en la literatura es el efecto que ha causado en los hombres la
poesía y el ensayo, para no hablar del teatro, colonizado por el cine. Tan
importante como la literatura para educar a ciudadanos es el arte, que ha
logrado ampliar nuestra sensibilidad hacia territorios místicos. Más importante
que el arte para educar a la humanidad ha sido la cultura. Lo que los poderes
no toleran bien, no es al lector de novelas, sino a un ciudadano culto, bien
educado e informado. Ese ciudadano es imposible de engañar y hasta podría ser
que no le gustasen las novelas. Lo importante, por tanto, es la cultura, y la
cultura ya nos da un barniz que nos hace impermeables a los fascismos. El
ingeniero Wittgenstein no leía muchas novelas, pero estoy seguro que era muy
culto y pensaba mucho. Y bastante insumiso era. Hay que decir que amamos la
literatura, que creemos en su importancia para resistir los fascismos, pero que
la literatura no se agota en la novela. Tan importante para resistir al
movimiento autoritario que quiere fagocitarnos es leer a Walt Whitman o a
Emerson o a Montaigne o a Molière como leer a Cervantes. Tal vez uno de los
males de nuestros días es que la novela ha colonizado la literatura y el lector
de libros se ha vuelto más simple y tiene menos defensas ante el envenenamiento
colectivo de nuestras mentes, algo que siempre han intentado los poderes de
toda laya.
Juan Gabriel
Vásquez saca a relucir una frase de Adorno, que como casi todo lo que escribía
Adorno resulta sagaz: "el fascismo surge cuando hay una falta de
introspección". Los lectores de novelas son inmunes al fascismo, nos viene
a decir Juan Gabriel Vásquez, porque tienen mundo propio. Y es una gran verdad,
siempre nos sobrarán razones para hacer un elogio de la literatura y de los
libros. Y siempre nuestras palabras se quedarán muy cortas a la hora de
explicar qué es lo que ha hecho la lectura de libros por el ser humano. A mi
juicio, ha hecho más por el ser humano que todos los aparatos tecnológicos que
han venido y vendrán. Muy distópico e intolerable sería un mundo lleno de
aparatos tecnológicos que hubieran desterrado al libro. El ser humano es sobre
todo humano (y hasta casi superhumano) por ser culto, por ser un animal de
cultura, no por ser un animal tecnológico, que también (no hay que olvidar que
el libro ya es un invento tecnológico, pero ampliamente espiritual). Cuando esa
cultura se comienza a arruinar, el hombre empieza a perder gran parte de sus
rasgos humanos. Se bestializa y es precisamente esa bestialización lo que deja
el terreno abonado para que plante sus tiendas de campaña el fascismo. Vásquez
lo apunta en este artículo y ya se ha dicho: la lectura nos ensancha nuestra
noción de lo humano.
Y no sólo amplía
nuestro horizonte. Nos da otros mundos, nos coloca frente a otros seres humanos,
logramos ampliar nuestra imagen del mundo, dejamos de ser provincianos y nos
convertimos en ciudadanos de un mundo casi infinito, muy diferente al mundo
mezquino en el que vive quien no lee libros (y no me meteré más con los
iletrados porque de ese mundo vengo y en ese mundo estoy). Ese mundo mezquino
en el que habita el que ha renunciado a leer libros es un terreno muy propicio
para que planten su semilla de dispersión las plataformas tecnológicas, para
que secuestren la atención y manipulen a la gente. Las nuevas plataformas, nos
dice Juan Gabriel, "pretenden privarnos de nuestro mundo interior".
Yo diría más: quieren hacer que vivamos las 24 horas en su mundo exterior y
plataformario, que es un mundo mezquino: y mediante este mundo provinciano y
vulgar quieren volver más provincianos a quienes lo habitan. Las plataformas
nos quieren condenar a vivir en ese territorio mezquino donde los
tecnofascistas se llenan las alforjas de oro con cada clic o me gusta que
damos. Quieren volvernos crédulos y manipulables. Juan Gabriel Vásquez ha visto
el peligro antidemocrático para nuestras sociedades, nos advierte de su amenaza y
nos hace su propuesta para combatir a estos poderes. Nos basta, dice Juan
Gabriel Vásquez, con conservar la soberanía sobre nuestra atención. Leer una
novela, un libro de papel, es hoy en día el mayor acto de rebelión, porque nos
aparta del mundo digital, que es un mundo paleto y autocomplaciente donde el
ser humano pierde su conciencia y se vuelve sumiso a los poderes que le seducen
y le reclaman. Pero los poderes no temen a la literatura y al arte por formar
ciudadanos rebeldes. Lo temen por formar ciudadanos sensibles. Tal vez lo peor
de las plataformas tecnológicas es el embotamiento que producen en la
sensibilidad. Y cuanto menos sensible es un ciudadano a los sentimientos de los
otros, más manipulable se vuelve y menos rebelde es. Pero los poderes no sólo
recelan de la literatura por todo esto. Tal vez el mayor poder del arte estriba
que amplía nuestra imaginación. Y los poderes llevan mal que imaginemos un
mundo diferente al que ya habitamos y que dominan a la perfección. Cualquier
poder lleva muy mal que los ciudadanos imaginemos mundos distópicos y a la vez
utópicos: Los primeros nos enseñan a ser críticos con la sociedad reinante y
los segundos nos muestran el camino para reformarla. Y eso es precisamente lo
que no tolera el tecnofascismo: que le fastidiemos su negocio.

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