Blanca Varela
fue una poeta peruana nacida en Lima en 1926. En 1946 inició sus estudios de
Letras y Educación en la Universidad de la capital peruana y tras casarse con
el pintor Fernando de Szyszlo se trasladó a París donde residió unos años y
tuvo la oportunidad de entablar relación con Jean-Paul Sartre, Michaux,
Giacometti y Carlos Martínez Rivas. Más tarde vivió en Florencia y en
Washington, trabajando como traductora, hasta su regreso a Lima. Su primer
libro, “Ese puerto existe”, apareció en 1959 y fue prologado por Octavio Paz,
de quien fue gran amigo y dijo de ella que tenía el instinto del verdadero
poeta: saber callarse a tiempo. También añadió que su poesía “no se explica ni
razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y
hacia el mundo. También una exploración de la propia conciencia”. Le siguió un
segundo libro en 1963, “Luz del día”. En 1986 reunió toda su poesía en un libro
que tituló “Canto Villano”. Posteriormente, Ejercicios materiales (1993),
Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001) Entre los premios conseguidos
se encuentra el Octavio Paz y el Federico García Lorca. Murió en Lima el 12 de
marzo de 2009.
PUERTO SUPE
Está mi infancia en esta costa,
Bajo el cielo tan alto,
Cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,
Nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,
Azules casas en el horizonte.
Junto a la gran morada sin ventanas,
Junto a las vacas ciegas,
Junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.
¡Oh, mar de todos los días,
Mar montaña,
Boca lluviosa de la costa fría!
Allí destruyo con brillantes piedras
La casa de mis padres,
Allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
Destapo las botellas y un humo negro escapa
Y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.
Están mis horas junto al río seco,
Entre el polvo y sus hojas palpitantes,
En los ojos ardientes de esta tierra
Adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación, un mismo tiempo
De chorreantes dedos y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.
Amo la costa, ese espejo muerto
En donde el aire gira como loco,
Esa ola de fuego que arrasa corredores
Círculos de sombra y cristales perfectos.
Aquí en la costa escalo un negro pozo,
Voy de la noche hacia la noche honda,
Voy hacia el viento que recorre ciego
Pupilas luminosas y vacías,
O habito el interior de un fruto muerto,
Esa asfixiante seda, ese pesado espacio
Poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta
Entre el follaje de alas pardas,
El que ocupa esa rama vacía,
El que no quiere ver la noche.
Aquí en la costa tengo raíces,
Manos imperfectas,
Un lecho ardiente en donde lloro a solas.
UNA VENTANA
Vuelvo a contar mis dedos.
(La flor helada, la desconocida cabeza
que me acecha se
descuelga y da voces).
Yo miro las paredes y sus frutos redondos y veloces,
hago
cálculos, sumo piedras, cenizas, nubes
Y árboles que persiguen a los hombres
Y perlas arrancadas de malignos estanques
O de negros pulmones sepultados
Y horriblemente vivos.
La araña que desciende a paso humano me conoce,
Dueña es de un rincón de mi rostro,
Allí anida, allí canta hinchada y dulce
Entre su seda verde y sus racimos.
Afuera, región donde la noche crece,
Yo le temo,
Donde la noche crece y cae en gruesas gotas,
En mortales relámpagos.
Afuera, el pesado aliento del buey,
La vieja fiebre de alas rojas,
La noche que cae
Como un resorte oscuro sobre un pecho.
LOS PASOS
Y este ¿hacia dónde? Tan seco y tan distante
Que me detengo para oírlo volver a mi cuerpo,
Para sentir entrar la sangre que arrojaba
Al avanzar en círculos donde estuve parado,
Inmensamente triste con mis cosas,
Tan próximo a la jaula donde chilla mi papagayo rojo,
Mi hermoso cinturón del norte (de Piura o de Chiclayo, no
recuerdo)
Cuando niño di muchos,
Aquellos cuentan hasta morir,
Los más puros y crueles
Aquel hacia la mariposa o hacia el gato
Que murió al poco tiempo,
O aquel hacia la madre,
Para llorar sobre su oscura falda sin olores,
Sobre su vientre que amo todavía como mi casa,
Pecera, nido sombrío y fresco.
Hay otros. Cada uno de ellos da dolor,
De sed aquel que lleva al agua
Y el del amor es hueco, desdentado,
Alimento pesado que me arroja en el más negro llanto,
En extrañas posturas de mono,
Riendo de los dientes afuera
Con la risa como una flor carnívora.
Pero todos los pasos
Juntos, amándose y matándose,
Suman, son un hombre que camina,
Un peligroso instrumento contra la paz.
CARTA
Fruto abierto que el aire no corrompe,
Hoja sin mella, jamás ennegrecida,
Hacia ti va la sangre y vuelve sin peligro,
Sin puentes,
En ti reposa el pensamiento.
Reloj solar,
Noble colorante,
Estío de mi casa,
Por ti se educa al lobo
Y se devuelve el roedor a su nido.
Hermana,
Tu rostro blanco,
errado,
Sin historia aparente,
Tú, la exacta, inmóvil,
Pura referencia.
LA LECCIÓN
Como una moneda te apretaré entre mis manos
Y todas las puertas cederán
Y lo veré todo
Y la sorpresa no quemará mi lengua
Y comprenderé entonces el crecimiento de las plantas
Y el cambio de pelaje en las pequeñas crías.
Hallaré la señal
Y la caída de los astros
Me probará la existencia de otros caminos
Y que cada movimiento engendra dos criaturas,
Una abatida y otra triunfante,
Y en cada mirada morirá la apariencia
Y desnudo y bello
Te arrojará la fábrica entre nosotros.
EL OBSERVADOR
Éste es el hombre,
El nobilísimo verdugo,
Lo veo inclinarse,
Veo las cuatro paredes de su reino,
La línea débil de sus brazos.
Ho y vivo con el desconocido
Y desde afuera lo digo
Que olvide al tiempo,
Que no lo guarde doblado
En su pequeño cajón de escolar,
Que vea su vuelo,
Su salud profunda de viajero,
Que lo siga de lejos.
MEDIODÍA
Todo está preparado para el sacrificio.
La res muge en el templo de adobe.
Lágrima dura y roja,
Canchales de fuego,
Silencio y olor fuerte de girasol,
De gallos coronados.
Ni una hoja caerá,
Sólo la especie cae,
Y el fruto cae envenenado por el aire.
No hay centro,
Son flores terribles
Todos estos rostros clavados en la piedra,
Astros revueltos, sin voluntad.
Ni una hora de paz en este inmenso día.
La luz crudelísima devora su ración.
El mar está lejano y solo,
La tierra impura y vasta.
El rayo ha perfumado ferozmente nuestra casa.
Tenemos sed, tenemos prisa por golpear
Con el hueso de una flor en la tiniebla.
Hay un árbol talado en esta historia.
Contemplamos el cielo. No hay señales.
¿Es de día? ¿Es de noche?
Murió la araña que medía el tiempo,
Solo hay un viejo muro y una nueva familia de sombras.
El mar pliega las alas al atardecer,
Tú no eres sino una pálida burbuja
Navegando al golpe del aliento,
Un negro trino,
El sol que sale en el centro del pecho
En mitad de la calle,
Un silencio en la música dura
De la ciudad sin límites.
Para atravesar ese océano,
Ese golpe de luz en la siesta,
No bastaría la eternidad.
Toda la palidez inexplicables es el recuerdo.
Travesía de muralla a muralla,
El abismo es el párpado,
Allí naufraga el mundo
Arrasado por una lágrima.
Despierto.
Primera isla de la conciencia:
Un árbol.
El temor inventa el vuelo.
El desierto familiar me acoge.
Alguien me observa con indiferencia.
El amor es como la música,
Me devuelve con las manos vacías,
Con el tiempo que se enciende de golpe
Fuera del paraíso. Conozco una isla,
Mis recuerdos,
Y una música futura,
La promesa.
Y voy hacia la muerte que no existe,
Que se llama horizonte en mi pecho.
Siempre la eternidad a destiempo.
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