Se deja aquí un poema de Benjamín Prado (Madrid, 1961), extraído de su último libro, "La edad de los fantasmas", que versa sobre esas presencias que nos habitan la memoria, y que en el caso del poeta madrileño, suelen ser presencias célebres que se convierten en fantásticas semblanzas. Juan Marsé, Carmen Laforet o Joan Margarit pasean por aquí tal como se le aparecieron a Benjamín Prado. Y hasta puede ocurrir que los fantasmas que pululan por este libro se le parezcan mucho a las personas que fueron en vida. Una bella cita de Marguerite Youcenar encabeza este poemario: "¿No has entendido que si los fantasmas son invisibles es porque los llevas dentro?". Otra de Javier Marías, que nos remite a "Cuando fui mortal", encabeza el poema aquí elegido: "No hay espíritus más difíciles de ahuyentar que los que han dormido en nuestra habitación".
JAVIER MARÍAS YA NO GANARÁ EL NOBEL
Enciende un cigarrillo y dice: "No hay espíritus
más difíciles de ahuyentar
que los que han dormido en nuestra habitación".
Y lanza una columna de humo hacia el cielo.
Él es así, sarcástico, y se hace el distante;
escondido en la niebla fría de la ironía
no se deja engañar por lo que le sucede
y a veces
se comporta
igual que si acabase
de rrancar de su piedra la espada Excalibur
y aguardara el momento en el que todo el mundo
se pone
de rodillas
ante el nuevo rey.
Pero igual que hay recuerdos que nos llevan
la contraria,
sus ojos le traicionan,
no son de hombre áspero, sino sentimental:
lo que alguien parece no cambia lo que es.
Veo a Javier Marías,
está en mi biblioteca,
fuma tranquilamente
-por desgracia,
el tabaco
ya no le va a hacer daño-
y ha mirado hacia mí cuando he dicho su nombre
como si lo formasen dos palabras
que para él no tienen significado.
No me ha visto: será uno de tantos sueños
que no se acuerdan de nosotros al despertar.
Casi me gustaría estar ahí con él,
porque echo de menos nuestras converasaciones,
su voz de personaje de Scott Fitzgerald,
las cenas en su casa,
los regalos
que le gustaba hacerme y recibir...
"El poema se escribe con manos de fantasma".
Le gustó mucho este verso de Roque Dalton
que le llevé una tarde
y que ahora recuerdo
porque así mueve hoy las mías la escritora
Sharon Olds y le dice,
exagerando un poco:
"Yo deseé que todos se murieran
porque tú estabas muerto y que todas las cosas
fueran igual de duras que tu muerte
y que todas las cosas estuviesen ya rotas".
Seguro que son muchos los que, sin ir tan lejos,
extrañan su figura de personaje incómodo,
la libertad con que se permitía
nadar
contra corriente
en estos tiempos líquidos
en que la hipocresía
nos nubla
la razón.
Está sentado cercad de sus libros,
quizá sale de ellos por las noches.
Cuando el escritor muere, sus obras son su sombra
y lo mantienen vivo,
como un acueducto
finge que aún existe el imperio romano.
Hojeo sus novelas
y en las dedicatorias
se ve que no imiagina que morirá tan joven:
el cuerpo se refleja en la caligrafía,
con los años,
la letra se vuelve temblorosa
-como si a ella también le dolieran los huesos-
y la suya está aún segura de sí misma,
avanza en dirección al premio Nobel,
o eso se decía. En mi opinión
lo hubiese merecido.
Ha cerrado la puerta,
no quiero molestarle.
Que vague por el cuarto mientras todo esté oscuro
y cuando salga el sol
vuelva al olvido
igual que las palomas van y vienen
de los versos de Alberti a los tejados.

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