EFÍMEROS Y BREVES 144. Joseph Brodsky (1940-1996): Tres grandes poemas en el 86 aniversario de su nacimiento.
Se dejan aquí tres de los mejores
poemas del premio nobel Joseph Brodsky, el primero de ellos a modo de nota biográfica, mucho más expresiva
que la reseña que al final se deja sobre su vida, quizás demasiada corta: murió hace 30 años y justo hoy cumpliría los 86.
YO HE ENTRADO EN LA JAULA EN LUGAR DE
LA FIERA
Yo he entrado en la jaula en lugar de
la fiera,
he grabado el apodo y la pena a
hierro en prisión,
junto al mar he vivido, he jugado a
la ruleta,
he comido en traje de frack con quién
sabe Dios.
Asomado a un glaciar, medio mundo
habré visto,
zozobrado tres veces, dos de ellas
lograron rajarme.
Del país que me ha dado sustento he
huido.
Quienes me han olvidado llegan a ser
ciudad.
Me he perdido en estepas que el grito
del huno recuerdan,
he llevado lo que ahora de moda
vuelve a estar,
he cubierto almiares de negro
sudario, he sembrado centeno,
agua seca tan sólo no he llegado a
probar.
He abierto a mis sueños la pupila del
guardia, siniestra,
he comido el pan del exilio sin dejar
la corteza.
He prestado mis cuerdas a todas las
voces, además del aullido;
he pasado al susurro. Y cuarenta en
el día de hoy he cumplido.
¿Qué decir de la vida? Que resulta
que es larga.
Que no soy solidario más que con el
dolor.
Pero mientras no llenen de barro mi
boca,
de ella sólo habrá de brotar
gratitud.
NO VENDRÁ EL DILUVIO TRAS NOSOTROS
No vendrá el diluvio tras nosotros,
claro está,
tampoco la sequía. El clima en el
reino de lo justo
tendrá más bien carácter moderado,
con sus cuatro estaciones cada año,
para que así
el colérico, el sanguíneo, el
flemático y el dado
a la melancolía puedan mandar cada
uno
sus tres correspondientes meses. Que
no es poco,
según lo ve la enciclopedia. Si bien
es indudable
que la nubosidad cambiante y el clima
caprichoso
pueden turbar al reformador. Y sin
embargo, el dios
de los negocios será sólo feliz por
la demanda
de prendas de lana, paraguas de
Inglaterra y abrigos de edredón.
Su enemigo más temido son las medias
remendadas,
y las chaquetas vueltas del revés. La
lluvia en la ventana
alienta, se diría, esta actitud hacia
el paisaje
y hacia la materia en general: la más
dada al ahorro.
Por eso la constitución ignora la
palabra “lluvia”.
De hecho en ella no se dice nada, ni
una sola vez,
ni del barómetro ni de aquellos que,
encorvados,
tras medianoche, en un taburete, con
una madeja de vicuña,
como un Alcibiades desnudo,
dejan pasar las horas hojeando
revistas de modas
en el antebaño del Siglo de Oro.
1994
INTERVENCIÓN EN LA SORBONA
Conviene, en todo caso, estudiar
filosofía
después de los cincuenta. Y más, si
cabe, edificar
modelos de una sociedad. Antes
debemos
aprender a cocinar un caldo y a
freír, no digo ya pescar,
pescado, hacer un café como es
debido.
De lo contrario, las leyes éticas
huelen a cinturón paterno o bien a
traducción
del alemán. Hay que aprender primero
a perder las cosas, más que a
adquirirlas,
odiarse más que a un tirano,
apartar años enteros la mitad de tu
exigua paga
para la habitación, y luego razonar
sobre la victoria final de la
justicia. Que llega siempre
con retraso, por lo menos al cabo de
un cuarto de siglo.
Conviene estudiar la obra de un
filósofo por el tamiz
de la experiencia, con gafas (que de
hecho es lo mismo),
cuando las letras se derriten, o
cuando una señora
en cueros sobre una sábana arrugada
de nuevo
os parece una foto o la reproducción
del cuadro de un pintor. El verdadero
amor
a la sabiduría no pide ser
correspondido
y desemboca no en boda
a modo de ladrillo editado en
Göttingen,
sino en una impasible actitud hacia
uno mismo,
en el color de la vergüenza, a veces,
en una elegía.
(Suena el tranvía en algún lugar, los
ojos se te pegan,
regresan entre coplas los soldados
del burdel,
llueve -y es lo único que os recuerda
a Hegel.)
La verdad es que la verdad
no existe. Más ello no os libra
de toda responsabilidad, sino justo
al revés:
la ética no es más que el mismo vacío
que llena,
constantemente casi, la conducta
humana;
no es más, si les parece, que el
propio cosmos.
Los dioses no aman la bondad por su
cara bonita,
sino porque, de no existir el bien,
ellos no existirían.
Así que, a su vez, también los dioses
llenan el vacío.
Y con afán tal vez aún más
sistemático
que el nuestro, pues con nosotros más
vale
no contar. Aunque somos muchos más
de lo que nunca fuimos, y no estamos
en Grecia:
nos pierden las nubes bajas, y la
lluvia, como ya se ha dicho.
Hay que estudiar filosofía cuando
ésta
no os hace falta. Cuando adivináis ya
que los asientos de vuestro comedor y
la Vía Láctea
están relacionados de modo más
estrecho
que los efectos y las causas, más que
vosotros mismos
con vuestros familiares. Que sillas y
estrellas
tienen en común su cualidad de
insensibles, su inhumanidad.
!Y esto es algo que une con más
fuerza que la propia sangre,
y que cópula alguna! Naturalmente, no
es bueno
pretender asemejarse a las cosas.
Pero, por otra parte,
cuando enfermáis no tenéis por qué
curaros, tampoco temblar
por cómo os veáis. Esto es lo que la
gente sabe
después de los cincuenta. Y es la
razón por la que,
al verse en el espejo, mezcla
metafísica y estética.
RESEÑA BIOGRÁFICA
Joseph Brodsky -para los rusos, Iósif
Brodski- nació en Leningrado el 24 de mayo de 1940 en el seno de una familia
judía, abandonó la escuela siendo adolescente y se educó de manera autodidacta.
Su apatía y desencuentro con la sociedad soviética le llevó a ser acusado de
parasitismo social, siendo deportado en 1964 a una granja colectiva donde fue
obligado a acarrear estiércol durante un año y medio -había sido condenado a
cinco años, pero fue indultado-. Antes de abandonar Rusia para siempre en el
año 1972, trabajó en una fábrica, en un faro, en un laboratorio de
cristalografía y en una morgue, y durante un tiempo se dedicó a viajar por toda
la Unión Soviética como un vagabundo, para hacer honor a la fama de parásito
que se había ganado con el juicio. El juez le acusó de llevar una vida de vago,
de cambiar continuamente de trabajo y de no buscarlo cuando se quedaba sin
empleo. Brodsky se defendió alegando que se mantenía ocupado escribiendo
poesía. Cuando el juez le preguntó qué hacía por su patria, Brodsky le
contestó: “escribir poemas, ese es mi trabajo. Creo que lo que escribí será
útil a la gente, no sólo ahora, sino para futuras generaciones”. El inquisidor
le preguntó burlonamente que quién le había dado el nombre de poeta: “No lo
sé.., Dios tal vez”. Durante los años
que siguió en la URSS después del juicio fue examinado con lupa por las
autoridades, que se sentían ofendidas por todo lo que hacía. A pesar de que
tuvo una relación de simpatía con los disidentes, Brodsky jamás fue perseguido
por otra cosa que por escribir poemas. En la primavera de 1972 le abrieron la
puerta para que se marchara, aprovechó su oportunidad y aterrizó en Viena.
Después de una temporada viajando por Europa acabó como profesor en una
universidad americana. Primero en
Michigan; mas tarde en Nueva York. Conocida fue su relación con Susan Sontang.
Antes, en la URSS, con la joven pintora Marina Basmanova, con la que tuvo un
hijo y a la que dedicó encendidos poemas
de amor, alguno hermoso, seleccionado aquí.
También fue conocido su desencuentro con sus propios compatriotas en
América, su cambio de la lengua rusa por el inglés. En este idioma escribió
algunos ensayos sobre los poetas que admiraba: Marina Svetaieva, Anna Ajmátova,
Osip Mandelstam, Auden, Robert Frost. Tal vez por escribir también en inglés, y
por la perestroica, y por buen poeta, recibió el nobel en 1987. Alguna vez
comentó que de haber seguido viviendo en Rusia hubiera escrito tal vez más
poemas, y hubiera vivido menos, dado su
historial médico: el primer infarto lo tuvo en 1976, el último en 1996. “Si no
puedes fumar un cigarrillo con el café de la mañana -dijo una vez- no vale la
pena levantarse”. Así que no trató de alargarse demasiado.

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