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3 poemas de Joseph Brodsky (Efímeros y breves 144)

 


Se dejan aquí tres de los mejores poemas del premio nobel Joseph Brodsky, el primero de ellos a modo de nota biográfica, mucho más expresiva que la reseña que al final se deja sobre su vida, quizás demasiada corta: murió hace 30 años y justo hoy cumpliría los 86.

 

YO HE ENTRADO EN LA JAULA EN LUGAR DE LA FIERA


Yo he entrado en la jaula en lugar de la fiera,

he grabado el apodo y la pena a hierro en prisión,

junto al mar he vivido, he jugado a la ruleta,

he comido en traje de frack con quién sabe Dios.

Asomado a un glaciar, medio mundo habré visto,

zozobrado tres veces, dos de ellas lograron rajarme.

Del país que me ha dado sustento he huido.

Quienes me han olvidado llegan a ser ciudad.

Me he perdido en estepas que el grito del huno recuerdan,

he llevado lo que ahora de moda vuelve a estar,

he cubierto almiares de negro sudario, he sembrado centeno,

agua seca tan sólo no he llegado a probar.

He abierto a mis sueños la pupila del guardia, siniestra,

he comido el pan del exilio sin dejar la corteza.

He prestado mis cuerdas a todas las voces, además del aullido;

he pasado al susurro. Y cuarenta en el día de hoy he cumplido.

¿Qué decir de la vida? Que resulta que es larga.

Que no soy solidario más que con el dolor.

Pero mientras no llenen de barro mi boca,

de ella sólo habrá de brotar gratitud.

 

 

NO VENDRÁ EL DILUVIO TRAS NOSOTROS

 

No vendrá el diluvio tras nosotros, claro está,

tampoco la sequía. El clima en el reino de lo justo

tendrá más bien carácter moderado,

con sus cuatro estaciones cada año, para que así

el colérico, el sanguíneo, el flemático y el dado

a la melancolía puedan mandar cada uno

sus tres correspondientes meses. Que no es poco,

según lo ve la enciclopedia. Si bien es indudable

que la nubosidad cambiante y el clima caprichoso

pueden turbar al reformador. Y sin embargo, el dios

de los negocios será sólo feliz por la demanda

de prendas de lana, paraguas de Inglaterra y abrigos de edredón.

Su enemigo más temido son las medias remendadas,

y las chaquetas vueltas del revés. La lluvia en la ventana

alienta, se diría, esta actitud hacia el paisaje

y hacia la materia en general: la más dada al ahorro.

Por eso la constitución ignora la palabra “lluvia”.

De hecho en ella no se dice nada, ni una sola vez,

ni del barómetro ni de aquellos que, encorvados,

tras medianoche, en un taburete, con una madeja de vicuña,

como un Alcibiades desnudo,

dejan pasar las horas hojeando revistas de modas

en el antebaño del Siglo de Oro.

1994

 

INTERVENCIÓN EN LA SORBONA


Conviene, en todo caso, estudiar filosofía

después de los cincuenta. Y más, si cabe, edificar

modelos de una sociedad. Antes debemos

aprender a cocinar un caldo y a freír, no digo ya pescar,

pescado, hacer un café como es debido.

De lo contrario, las leyes éticas

huelen a cinturón paterno o bien a traducción

del alemán. Hay que aprender primero

a perder las cosas, más que a adquirirlas,

odiarse más que a un tirano,

apartar años enteros la mitad de tu exigua paga

para la habitación, y luego razonar

sobre la victoria final de la justicia. Que llega siempre

con retraso, por lo menos al cabo de un cuarto de siglo.

Conviene estudiar la obra de un filósofo por el tamiz

de la experiencia, con gafas (que de hecho es lo mismo),

cuando las letras se derriten, o cuando una señora

en cueros sobre una sábana arrugada de nuevo

os parece una foto o la reproducción

del cuadro de un pintor. El verdadero amor

a la sabiduría no pide ser correspondido

y desemboca no en boda

a modo de ladrillo editado en Göttingen,

sino en una impasible actitud hacia uno mismo,

en el color de la vergüenza, a veces, en una elegía.

(Suena el tranvía en algún lugar, los ojos se te pegan,

regresan entre coplas los soldados del burdel,

llueve -y es lo único que os recuerda a Hegel.)

La verdad es que la verdad

no existe. Más ello no os libra

de toda responsabilidad, sino justo al revés:

la ética no es más que el mismo vacío que llena,

constantemente casi, la conducta humana;

no es más, si les parece, que el propio cosmos.

Los dioses no aman la bondad por su cara bonita,

sino porque, de no existir el bien, ellos no existirían.

Así que, a su vez, también los dioses llenan el vacío.

Y con afán tal vez aún más sistemático

que el nuestro, pues con nosotros más vale

no contar. Aunque somos muchos más

de lo que nunca fuimos, y no estamos en Grecia:

nos pierden las nubes bajas, y la lluvia, como ya se ha dicho.

Hay que estudiar filosofía cuando ésta

no os hace falta. Cuando adivináis ya

que los asientos de vuestro comedor y la Vía Láctea

están relacionados de modo más estrecho

que los efectos y las causas, más que vosotros mismos

con vuestros familiares. Que sillas y estrellas

tienen en común su cualidad de insensibles, su inhumanidad.

!Y esto es algo que une con más fuerza que la propia sangre,

y que cópula alguna! Naturalmente, no es bueno

pretender asemejarse a las cosas. Pero, por otra parte,

cuando enfermáis no tenéis por qué curaros, tampoco temblar

por cómo os veáis. Esto es lo que la gente sabe

después de los cincuenta. Y es la razón por la que,

al verse en el espejo, mezcla metafísica y estética.

 

 

RESEÑA BIOGRÁFICA

Joseph Brodsky -para los rusos, Iósif Brodski- nació en Leningrado el 24 de mayo de 1940 en el seno de una familia judía, abandonó la escuela siendo adolescente y se educó de manera autodidacta. Su apatía y desencuentro con la sociedad soviética le llevó a ser acusado de parasitismo social, siendo deportado en 1964 a una granja colectiva donde fue obligado a acarrear estiércol durante un año y medio -había sido condenado a cinco años, pero fue indultado-. Antes de abandonar Rusia para siempre en el año 1972, trabajó en una fábrica, en un faro, en un laboratorio de cristalografía y en una morgue, y durante un tiempo se dedicó a viajar por toda la Unión Soviética como un vagabundo, para hacer honor a la fama de parásito que se había ganado con el juicio. El juez le acusó de llevar una vida de vago, de cambiar continuamente de trabajo y de no buscarlo cuando se quedaba sin empleo. Brodsky se defendió alegando que se mantenía ocupado escribiendo poesía. Cuando el juez le preguntó qué hacía por su patria, Brodsky le contestó: “escribir poemas, ese es mi trabajo. Creo que lo que escribí será útil a la gente, no sólo ahora, sino para futuras generaciones”. El inquisidor le preguntó burlonamente que quién le había dado el nombre de poeta: “No lo sé.., Dios tal vez”.  Durante los años que siguió en la URSS después del juicio fue examinado con lupa por las autoridades, que se sentían ofendidas por todo lo que hacía. A pesar de que tuvo una relación de simpatía con los disidentes, Brodsky jamás fue perseguido por otra cosa que por escribir poemas. En la primavera de 1972 le abrieron la puerta para que se marchara, aprovechó su oportunidad y aterrizó en Viena. Después de una temporada viajando por Europa acabó como profesor en una universidad americana.  Primero en Michigan; mas tarde en Nueva York. Conocida fue su relación con Susan Sontang. Antes, en la URSS, con la joven pintora Marina Basmanova, con la que tuvo un hijo y a  la que dedicó encendidos poemas de amor, alguno hermoso, seleccionado aquí.  También fue conocido su desencuentro con sus propios compatriotas en América, su cambio de la lengua rusa por el inglés. En este idioma escribió algunos ensayos sobre los poetas que admiraba: Marina Svetaieva, Anna Ajmátova, Osip Mandelstam, Auden, Robert Frost. Tal vez por escribir también en inglés, y por la perestroica, y por buen poeta, recibió el nobel en 1987. Alguna vez comentó que de haber seguido viviendo en Rusia hubiera escrito tal vez más poemas, y hubiera vivido  menos, dado su historial médico: el primer infarto lo tuvo en 1976, el último en 1996. “Si no puedes fumar un cigarrillo con el café de la mañana -dijo una vez- no vale la pena levantarse”. Así que no trató de alargarse demasiado.

 


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