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LA FRASE DEL DÍA 31/05/2026. José Tolentino de Mendonça (Cardenal): "La IA es inteligente, pero no es sensible".

 


"La IA es inteligente, pero no es sensible".

- José Tolentino de Mendonça


He aquí el meollo de la IA y la frase que la desenmascara, no se confundan ustedes, nos viene a decir el Cardenal Mendonça en una entrevista concedida a "El país" (léase aquí), puede parecer humana, pero no lo es. Puede parecer que tiene sentimientos, pero no los tiene. Puede incluso parecer inteligente, diría yo, pero ni siquiera es inteligencia. Sólo que lo parece, pero no se dejen engañar por las apariencias, tan sólo procesa datos a una velocidad de vértigo y nos los ordena en un orden preciso, por algo llamamos a esas máquinas ordenadores. Pero no se confundan ustedes, se llama Inteligencia, pero no lo es. No se atreve a decirlo este cardenal poeta que es algo así como el ministro de Educación y Cultura del Vaticano y que ha sido protagonista de la última encíclica del papa, pero eso le gustaría decir. Le asombra que siendo la IA una construcción humana, ahora quiera hacérsela pasar por un ente sobrehumano que nos gobierne a todos. A la IA le falta carne, nos precave el cardenal, y "la carne es la posibilidad de hacer tangible el infinito que el ser humano vive". Pero ahora vienen los transhumanistas y quieren lanzarse al infinito más allá de su carne: quieren volverse sobrehumanos llenándose de quincalla tecnológica. Al ser humano nunca le ha bastado lo que tiene y quiere más: no es la esencia del ser humano, pero sí la del sistema capitalista. Y el capitalismo nos ofrece más, aunque sea a costa de empobrecer a muchos. Pero ya lo dice la encíclica sobre la IA en la que ha participado Tolentino de Mendonça: "también aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza". No es que la Iglesia no se preocupe por los pobres, es que le molesta la pobreza moral, que ya se sabe que es la verdadera pobreza. La iglesia valora al ser humano precisamente por su indigencia, pero la técnica lo valora por su capacidad de enriquecerse con plenitud de facultades: más alto, más fuerte, más rápido. La iglesia dice: baja a tierra, ve suave, que donde tienes que ir se va despacio. Es como ese esclavo que estaba encargado de recordarle al César que era mortal. No es extraño que la tecnología le produzca desconfianza: la visión espiritual desde la que contempla el mundo es antagónica a la de la ciencia y la técnica. Y no es mejor ni peor, que cada uno elija, pero desde luego son inconmensurables y aquí chocan, y por eso el cardenal de Mendonça da la alarma y repite aquello de que hay que "desarmar" la IA.

Y es que a la IA le falta carne, por no decir que le falta todo. No es, como diría Umbral y Pedro Salinas, "mortal y rosa"; incluso a la IA le falta inteligencia, y éste es el verdadero problema, que el mundo empieza a tomar por inteligente y por el arquetipo de la inteligencia a una cosa que carece de ella. Comenzamos a tomar por el colmo de la  abundancia al colmo de lo indigente. En definitiva, confundimos el culo con las témporas, y así podemos ir de culo. Porque resulta que a la IA le falta carne, eso que precisamente a nosotros nos permite ser humanos y elevarnos al infinito. Porque "nuestra carne -nos explica el cardenal- son nuestros sentidos, nuestros sentimientos, nuestros dolores, nuestras frustraciones. Todo se traduce en lo sensible". Pero al mundo actual poco le importa lo sensible, porque es un mundo hecho a la medida de la ciencia y de la técnica, que precisamente desprecia lo sensible y sólo atiende lo que se puede medir y cuantificar. Por eso al mundo actual lo que de verdad le interesa es la inteligencia, que es aquello que se puede medir, incluso por medio de un coeficiente. Lo que le interesa es quien la tiene más larga, y en esto el tamaño de la IA es lo que importa y resulta descomunal. No nos podremos nunca equiparar. Acabaremos adorando la inteligencia, pero no la humana, que está hecha de sensibilidad y que, como decía Zubiri, es inteligencia sintiente. Adoraremos a la IA, que es inteligencia a secas, y quien sólo de inteligencia sabe, ni inteligencia tiene. Así que ya sabemos que la IA es inteligente, pero no es sensible. La inteligencia humana es lo contrario de la IA, no más que un instrumento humano, no más que un escarbadientes al que se le quiere dar el mayor poder humano. Es una inteligencia indigente porque no es sensible. Y el cardenal de Mendonça nos recuerda que "la sensibilidad es una caja de resonancia, es lo más profundo que existe en los seres humanos". Será por eso que la encíclica sobre la IA pone el acento en la importancia que tiene el arte para hacerse cargo de lo más humano y de impedir que se normalice el mal. "Tenemos que pensar la cultura" -nos recuerda el cardenal en la entrevista- "como una famacia del alma", porque nos potencia la vida interior, viene a decir después. Y  la inteligencia Artificial no puede crecer interiormente. Por eso necesitamos cada vez más del arte y de la inteligencia humana. El crecimiento sin medida puede ser una forma de pobreza. Así que ahora lo sabemos: la inteligencia artificial se puede convertir en el mayor freno para el crecimiento interior del ser humano, que es el que de verdad importa.  Y aún estamos a tiempo de evitarlo.

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