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3 poemas de Juana de Ibarbourou (Efímeros y breves 172)

 


Juana de Ibarbourou es una de las poetas más populares en lengua hispana y su fama es justa. Nació en Melo, departamento de Cerro Largo (Uruguay) en 1892 y aunque se apellidaba Fernández Morales, tomó el apellido de su marido y llegó a ser conocida como Juana de América. Fue hija de un padre oriundo de Galicia que le recitaba poemas de memoria cuando era niña y de una madre que pertenecía a una de las familias más antiguas de Uruguay. Recibió educación en un colegio religioso donde escribe sus primeras poemas. Al casarse ando tenía veinte años con un capitán del ejército, abandona su ciudad natal y sigue al marido itinerante por varias ciudades hasta que por fin es destinado en Montevideo. Amante del campo, y del lugar donde pasó su niñez y al que no volvió, su adaptación a una gran ciudad como Montevideo le supuso un choque emocional. En 1919 publica su primer libro “Las lenguas de diamante”, al que le siguen dos más consecutivos, “El cántaro fresco” y “Raíz salvaje”. Tuvo como corresponsal temprano a Miguel de Unamuno a quien mandó un ejemplar de su primer libro, porque el que recibió elogios. El gobierno le ofreció una cátedra de Lengua y Literatura y pronto se convirtió en un mito nacional, llegando a ser nombrada pomposamente Juana de América en un acto de homenaje oficial promovido por otros poetas. El 3 de octubre de 1947 fue elegida para sentarse en un sillón en la Academia Nacional de Letras y  en 1950 fue designada para presidir la Sociedad Uruguaya de Escritores. En 1959 se le concedió el Gran Premio Nacional de Literatura, otorgado ese año por primera vez. Un infarto acabó con su vida en Montevideo cuando contaba 87 años de edad, el 15 de julio de 1979. Al morir fue velada en el mismo Salón de los Pasos Perdidos en que fue nombrada «Juana de América» y enterrada con honores de ministro de Estado.

La crítica ha alabado su obra por expresar bellamente un sentido natural del amor y de la vida, poesía tallada en imágenes y metáforas modernistas, expresado con un lenguaje sencillo. Por su temática, a veces impregnada de un fuerte erotismo, su poesía se convierte en un canto al amor, donde este aparece envuelto en bellas imágenes extraídas de la naturaleza. El crítico uruguayo Alberto Zuen Falde define la poesía de Ibarbourou, diciendo que “es gozo de vivir y plenitud de amor… Canta la vida terrena, como un vaso de buen vino, y el sano y dichoso amor de los instintos, sin complicaciones ideológicas y sin tristezas morales. Toda su poesía está hecha de amor a la tierra y de sensualidad delicada. Ella ama y disfruta como una criatura inocente y salvaje, de todas las cosas naturales… No aspira ni espera nada póstumo ni extrahumano. No hay para ella más vida que esta vida. No hay para ella más belleza que la belleza sensible de las cosas: la forma, el color, el sabor, el perfume”.


Se puede encontrar una selección más amplia de poemas suyos en:

- Juana de Ibarbourou (Poetas 144)


UNA ENREDADERA

 

Seré benéfica y mínima

Como la flor de la salvia,

Si tú me dejas seguirte

Y estar contigo en tu casa.

 

Cuando tú quieras silencio,

Seré silencio yo misma.

Haré más lentos mis pulsos,

Haré callada la risa,

Y he de ser como una sombra

Que a tu costado se ovilla.

 

Cuando vuelvas de la calle,

Hastiado, amargo, sediento,

Como agua clara del río

Será para ti mi cuerpo

 

Y almohada de trébol nuevo,

Mi brazo, para tu nuca.

Sobre tus sienes ardientes,

Frescas, mis manos desnudas.

 

Deja que aliente a tu lado

Como un sombra ligera,

Como una sombra que tuviese

Fragancia de madreselva.

 

¡Sueño ceñirme a tu vida

Igual que una enredadera!



LAS CUATRO ALAS DE ABEJA

 

He vuelto a la cita con cuatro alas de abejas

Prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas

                  Doradas y bermejas.

 

¡Milagro como el de la barba de Dionisos,

El dios de acento dulce! La barba de Dionisos,

Que tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.

 

Tus labios en mis labios derramaron su miel

Y brotaron las alas. Derramaron su miel.

Y tuve las dulzuras de un panal en la piel.

 

No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven,

Mas las siento en la boca. Las alas no se ven,

Mas a veces, ¡prodigio!, vibran en mi sien.

 

Y más adentro aun. Las dulces alas vibran

Hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran

Y a mi alma de toda angustia y pena libran.

 

Mas si un día dejaran de aletear y zumbar…

Si se hicieran ceniza… Si cesara el zumbar

De las alas que hiciste en mis labios brotar…

 

¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de queja

Brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja

En lugar de las alas transparentes de abeja!



EL NIDO

 

Mi cama fue un roble

Y en sus ramas cantaban los pájaros

Mi cama fue un roble

Y mordió la tormenta sus gajos.

 

Deslizo mis manos

Por sus claros maderos pulidos,

Y pienso que acaso toco el mismo tronco

Donde estuvo aferrado algún nido.

 

Mi cama fue un roble.

Yo duermo en un árbol.

En un árbol amigo del agua,

Del sol y la brisa, del cielo y el musgo,

De lagartos de ojuelos dorados

Y de orugas de un verde esmeralda.

 

Yo duermo en un árbol.

¡Oh, amado!, en un árbol dormimos.

Acaso por eso me parece el lecho

Esta noche, blando y hondo cual un nido.

 

Y en ti me acurruco como una avecilla

Que busca el reparo de su compañero.

¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia!

Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.




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