Dejo aquí el
cuento más célebre de William Faulkner y probablemente el mejor, "Una rosa
para Emily", publicado en 1930. En puridad, como dirían los clásicos, hay que decir que esto no es un cuento; más bien es un relato. Me gusta llamar cuentos a todas las narraciones breves que no llegan a novelas. Pero parece que el gran novelista que era Faulkner se alejó mucho en su evolución del poeta y el cuentista que no pudo ser. Habría que denominar a "Una rosa para Emily" como relato porque esta historia contiene el germen de una novela. Se trataría de una novela jibarizada, o tan solo el esquema de una novela si se quiere, pero la historia da para mucho y se puede narrar con el largo aliento de quien ha concebido una novela. No es extraño que incluso vaya seccionada en capítulos tal como acostumbran a hacer los novelistas en sus narraciones. Va acompañado este relato de un breve análisis previo
y una reseña biográfica del autor al final del mismo. Quien prefiera leerlo en
una buena traducción -que no es la que aquí se deja- puede leer la realizada
por el añorado José María Valverde en este enlace.
Comenzar un
cuento con la muerte de su protagonista es una bella argucia para contarlo
bien, pues si a la protagonista ya se la está enterrando ¿que queda ahora por
contar? Pero ahora precisamente se puede empezar a contar todo mejor desde el principio, una
vez que la muerte ha rasgado el velo de todos los misterios, y "Una rosa
para Emily" no deja de ser un cuento de misterio, todo en él es misterioso
porque no lo sabemos todo sobre la historia que se nos cuenta, porque la
protagonista es miseriosa, porque la misma historia pivota sobre un misterio
que se nos va graduando y que no se resuelve hasta al final. En definitiva, el
cuento es misterioso porque el narrador colectivo que nos cuenta la historia
-un nosotros en el que parece consistir toda la memoria del pueblo- también lo
es, no lo sabe todo acerca de la historia que nos cuenta y nos presenta los
indicios y las conjeturas que el mismo lector va urdiendo a medida que lee la
historia.
Al contarse la
historia desde un yo colectivo -que es un "nosotros"- el cuento se
convierte en crónica de un pueblo sobre unos sucesos que se supone conmovieron a sus habitantes y que a la vez perfila el retrato de la
protagonista, una vieja solterona de una familia aristocrática en decadencia.
La información de la historia no tiene un orden cronológico, se nos va
dosificando y mostrándose según los hechos van saliendo a la luz y según las conjeturas y los indicios que van apareciendo por arte y magia del narrador. Es el lector -casi al
mismo tiempo que el narrador- el que tiene que que ir adivinando lo que pudo
haber ocurrido y lo que se oculta tras los visillos de la historia que se nos
quiere narrar. El lector se ve entorpecido en su lectura por una niebla que no
le deja ver el perfil claro de lo que está aconteciendo. Sospechamos lo que ha
ocurrido a través de fragmentarias apariciones de personajes, de los que se
conocen sólo algunos hechos y de los que vemos algún cambio en su apariencia.
Pero es el lector el que tiene que ir disipando la niebla a la vez que avanza
en su lectura, a veces dándose de bruces con la evidencia de la realidad, especialmente en la revelación final del desenlace.
El cuento en sí es el despliegue de la revelación de un secreto que pueda dar orden y sentido a la historia. Por eso es precisamente la compra de un veneno en una botica lo que se convierte en uno de los ingredientes principales de la historia. Un elemento inquietante para un desenlace macabro. Es este desenlace lo que convierte "Una rosa para Emily" en un cuento gótico casi al más puro estilo de Edgar Allan Poe. Sabemos por el final que el cuento es una historia de amor que puede ser de horror y que desvela la pasiones ocultas de una relación envenenada. Y no se sabe al final si quien pone el veneno es la protagonista del relato o lo ha estado poniendo el pueblo en su conjunto haciendo imposibles ciertas relaciones sociales. El amor libre no es para los pueblos.
UNA ROSA PARA EMILY
"Cuando murió la
señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los
hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que
desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de
curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los
últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero
a la vez.
La casa era una
construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada
con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII;
asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó,
se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían
llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario.
Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente
y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina,
ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la
señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos
ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las
alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la
batalla de Jefferson.
Mientras vivía,
la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un
cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el
coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer
negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos,
dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada
a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una
caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de
la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se
valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la
generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar
una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber
dado por buena esta historia.
Cuando la
siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de
la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año
enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no
obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del
alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde
volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que
acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel
de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada
caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de
la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron,
entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera
a visitarla.
Allá fueron, en
efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que
aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años
antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual
arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas.
Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba
tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana,
vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una
nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas,
perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea
había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido
marco dorado.
Todos se
pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa,
vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía
hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña
estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo
gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera
estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las
abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas
entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los
visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo
sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que
hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que
pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca
y fría.
-Yo no pago
contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes
dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí
venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un
comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un
papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago
contribuciones en Jefferson.
-Pero en los
libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel
Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita
Emilia…
-Vea al coronel
Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago
contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la
salida a estos señores.
II
Así pues, la
señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo
que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en
aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y
poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la
hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle;
después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas
señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la
única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la
sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un
hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban
las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto
constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel
otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la
señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano
de ochenta años.
-¿Y qué quiere
usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que
haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea
necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra
o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día
siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó
cortésmente:
-Tenemos que
hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita
Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el
tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más
joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del
asunto.
-Es muy sencillo
-afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos
días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor,
señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que
huele mal?
Al día siguiente
por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la
finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones
nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y
las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado
movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco
que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron
cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron
terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al
llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e
inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos
que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor
había desaparecido.
Así fue cómo el
pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad
recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y
creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de
nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos
habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al
fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer
término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos,
enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a
sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello,
sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la
tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia
ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su
padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto
modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia.
Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora
aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de
más o de menos.
Al día siguiente
de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita
Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin
muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su
padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los
ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los
dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban
dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en
sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que
entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto.
Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no
le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más
remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita
Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el
cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una
vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las
iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces
justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las
calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los
trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al
frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura,
grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los
muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo
renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el
pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad.
Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría
asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la
reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en
las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par
de caballos bayos de alquiler…
Al principio
todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la
vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente
en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos
eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera,
podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro
que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emilia!
¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía
familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había
enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió
loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que
ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo
que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear:
“Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”,
y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos
por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada
excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que
la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre
un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la
señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había
motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca,
reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los
Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para
reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó
cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más
tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas
vinieron a visitarla.
-Necesito un
veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una
mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros
brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las
sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se
halla al pie de una farola.
-Necesito un
veneno -dijo.
-¿Cuál quiere,
señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más
fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le
enumeró varios.
-Pueden matar
hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero
arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es
bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero
arsénico.
El droguero la
miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la
faz tensa.
-¡Sí, claro
-respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir
para qué se va a emplear.
La señorita
Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en
los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el
arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1
droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita
Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y
unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día
siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era
lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos:
“Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues
Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante,
había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y
repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando
aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con
la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los
dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes
amarillos….
Fue entonces
cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para
la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar
parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los
bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a
visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante
el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo
que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles,
y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la
señorita Emilia tenía en Alabama….
De este modo,
tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que
pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin
iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero
y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales
H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo
de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a
casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque
las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más
Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….
Así pues, no nos
sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las
calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo
desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos
que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el
que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera
intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a
desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como
esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro
abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la
última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita
Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al
mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en
cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres
esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las
calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella
condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto
tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de
nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse
gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del
plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris
plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años
la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o
siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura
china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al
cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la
misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la
iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se
le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la
generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de
pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus
hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les
enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para
señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante.
Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se
negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y
que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día,
año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y
encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia
el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el
mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del
piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al
torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra
presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de
una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y
perversa.
Y así murió.
Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar
de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma,
pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del
negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su
voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una
habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la
cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y
la falta de sol.
V
El negro recibió
en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó
entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la
casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de
la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día
siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia
yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado
sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el
balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su
cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido
contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella,
confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las
personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino
una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos
actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya
todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los
últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante
esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo
la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció
invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda,
por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre
las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también
rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los
objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía
el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y
una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el
tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo
llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado;
al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía
en la cama..
Por un largo
tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia
misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero
ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo
había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido
camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que
yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma
capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos
dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por
otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e
inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil
e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris."
RESEÑA BIOGRÁFICA DE WILLIAM FAULKNER
William
Faulkner es sin duda el escritor
norteamericano más importante del siglo XX, lo que quiere decir que es el más
influyente, lo que quiere decir que uno de los grandes escritores de ese siglo
a nivel mundial. Nació en New Albany, Misisipi, en 1997 y su literatura está
marcada por ese vínculo local del que extrae las notas más esenciales de su
obra. Que no por eso dejan de apuntar a los temas y estilos más notables de la
literatura mundial de todos los tiempos: a veces uno siente, leyendo sus
novelas, que un Shakespeare contemporáneo ha irrumpido en escena para tejer
tramas y sentidos, para trazar retratos que representan las pasiones eternas
del ser humano. Faulkner nunca llegó a concluir sus estudios universitarios a
pesar de matricularse en diversos cursos de letras. Por el contrario, antes de
dedicarse a la escritura, una apasionante actividad laboral que debió nutrir su
obra con las experiencias propiciadas. Fue pintor de brocha gorda, carpintero,
contable en el banco de su abuelo, fogonero, lavador de platos y vendedor de
libros en la ciudad de Nueva York. Comenzó a escribir sus primeras novelas en
la misma década en que Scott Fizgerald depuró toda su obra, sólo que no logró
llegar a su dominio propio hasta la publicación en 1929 de “El ruido y la furia”,
una novela fragmentada por diversos puntos de vista de sus personajes, que van
deambulando y juzgando y proporcionándonos una realidad que se vuelve
escurridiza. Se puede decir que con Faulkner madura la novelística del siglo XX
a través de las crisis de Proust y James Joyce. Sus novelas son por tanto una
manera de situarse en la resolución del laberinto de las vanguardias y la
salida a un nuevo modo de narrar lejos del clasicismo decimonónico. Le sigue a
este hito su novela “Santuario” (1931), que André Malraux definió como la
entrada de la tragedia griega en el ámbito de la novela policíaca. Tal vez su
mejor novela sea “¡Absalón, Absalón!, con regusto bíblico y trágico y que salta
de uno a otro personaje permitiéndonos, sin embargo, zambullirnos en la
realidad de su territorio mítico sin perdernos demasiado en la confusión de sus
vueltas y revueltas. Se puede también destacar “Intruso en el polvo”, 1949, la
más clara y fácil por seguir el esquemas de Thriller. Con Faulkner el escritor
ya no da testimonio de la realidad como un dios omnisciente que lo supiera
todos sobre sus personas y los hechos narrados, sino que se camufla en la
narración como una cámara cinematográfica con sus oscilaciones y sus distintos
puntos de vista y sin que el autor lo conozca todo y nos desmenuce una historia
con sentido digerirla mejor. El lector ha de poner algo de su parte y organizar
también él la narración a partir de los sesgados y fragmentados datos que se le
proporciona. La novela se vuele más un conjunto de piezas descabaladas que el lector ha de organizar para lograr
completar su propio puzle en una idea de la novela que remite claramente al
Rayuela de Cortázar o gran parte de las novelas de Onetti. Al igual que el escritor
uruguayo, Faulkner dispersa a sus personajes en un territorio mítico que suele
ser recurrente en sus lugares geográficos y al que da el nombre de Yoknapatawpha.
No se puede, por tanto, concebir las novelas de Faulkner de forma aislada sino
como episodios de una obra total, donde territorio, personajes y sucesos
confluyen como haces de una misma gavilla. José Marío Valverde ha señalado que
tras la multiplicidad proteica de los diversos estilos de cada una de sus
novelas subyace un único estilo personal: “un estilo entre irónico y sublime,
con muchas metáforas chocantes, ocurrencias pintorescas e ideas generales muy
discutibles”. Cuando gran parte de la obra y la fama de Faulkner empezaba a declinar,
con las dificultades editoriales concomitantes, el premio nobel y su reputación
europea vinieron a levantar la figura de un Faulkner decadente haciendo que su
obra mereciera una atención que no ha vuelto a decaer, especialmente después de
hacer notar con su influjo en gran parte de la literatura del boom sudamericano.
Faulkner falleció en el hospital el 6 de julio de 1962 por un infarto agudo de
miocardio poco días después de ingresar por una caída de caballo. Sus
frecuentes ingestas de alcohol habían hecho que ese accidente se convirtiera
casi en un hábito hospitalario.

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