La vida es para vivirla.
Confieso que esta frase no es una gran frase: "la vida es para vivirla". ¿Y para qué, si no? Pero es que en la entrevista que ha concedido a "La Vanguardia" (léase aquí) se puede ver que en realidad Marga Clark no ha hecho otra cosa en la vida que vivirla. Y es que nos gustan más las frases verdaderas que las grandes frases. Ya podemos decirlo: no todos nos dedicamos a vivir la vida, muchos de nosotros intentamos por el medio otra cosa distinta y monstruosa con la que nos desvivimos o nos despistamos, y así ocurre que nos olvidamos de lo más importante, que es vivir la vida. Se puede decir que Marga Clark nunca se olvidó de vivir la suya, especialmente desde que con 19 años abandonó España. Y no era para menos, debía ser un país insoportable, confiesa ella que Madrid la asfixiaba, o tal vez el gris país que había urdido Franco. Para más inri su familia burguesa la había metido en un colegio de monjas en un siglo que ya era anticlerical. Marga, que siempre tuvo alma de poeta y aún lo es, echó a volar aprovechando que consiguió una beca. ¡Cuánto bien han hecho las becas por ensanchar el mundo! Margarita Gil Navarro aterrizó en la Universidad de Boston y no tardó mucho en mudarse a Nueva York y casarse con Steve Clark en 1969. Tan sólo tenía 24 años. No le duró mucho su matrimonio, pero siguió conservando el apellido de su marido y a sus dos hijos. Se infiltró en la alta sociedad, fue amiga de los Keneddy, asistió a la revolución sexual, las drogas.., echen la imaginación a volar en medio de la generación más imaginativa del siglo XX y en medio de una época explosivamente libertaria. Ella tenía los ingredientes y talentos para sacar partido de aquella década prodigiosa: era bohemia, hippy, rebelde y se lanzó a explorar todas sus vocaciones artísticas. Cuenta que Steve McQueen cargó con ella en sus brazos una vez que se cayó de la moto. Que Paul Newman le abrió un día la puerta casi desnudo, o por lo menos descalzo, mientras agarraba con estilo de galán una taza de humeante café: todavía exclama fascinada que era el hombre más bello que ha visto en su vida. Cuenta que le han pasado muchas cosas esta mujer aventurera. Su vida fue algo más que un poema y ella más que una poeta: una artista total, no se sabe si del arte o de la vida. Cuenta que fue documentalista social a finales de los años 60, hasta que le robaron la cámara que utilizaba y se tuvo que pasar a la fotografía. Tuvo la fortuna o el mérito de ser nombrada fotógrafa oficial en la oficina española de Turismo en Nueva York y allí un día conoció a Adolfo Suárez, le hizo un retrato y quedó atrapada en sus redes seductoras: "Qué hombre tan encantador", y efectivamente era todo un encantador de serpientes. No menos hechizada debió quedar del otro gran seductor de la política española: Felipe González, ese chamarilero que lo mismo hablaba de barakas que te podía vender una baraja gastada y con las cartas marcadas. Él pasó de refilón por aquella casa suya que estaba abierta a todos los españoles -el inefable Pedro Erquicia también pululaba por allí- y ahí se quedó una tarde para ser retratado por Marga. También se dejó seducir por Andy Warhol, se sacaron fotos mutuas y bailaron juntos en alguna de aquellas discotecas que según Marga eran toda una experiencia artística o psicodélica. Siempre siguió su propio camino en solitario, pero indudablemente rodeada de mucha gente importante a la que supo sacar partido en sus fotografías. Se puede decir, de la misma manera, que ha sabido sacar partido a su vida: "Es para vivirla", concluye, ¿para qué haría falta añadir más? Así de simple y directo es el mensaje final que quiere dejar a hijos y nietos: un bello epitafio para alguien que de verdad ha sabido vivir la vida. Marga Clark se echa a llorar delante de los árboles, igual que San Francisco de Asis delante de los animales, porque siente que la naturaleza es Dios. Es por igual amante de San Francisco y de Spinoza. Así que no es extraño que el otro gran mensaje ya lo dejase grabado hace muchos años en un árbol del Retiro: "ESCRIBO PARA ENCONTRAR LUCIÉRNAGAS EN LA NOCHE". Y ha debido encontrar muchas luciérnagas a juzgar por todos los libros de poesía y novelas que ha escrito desde que en 1994 regresara a España. En 2008 recibió el premio Francisco de Quevedo por su poemario "El olor de tu nombre": Vivimos para morir / y dejamos nuestra huella / impresa / en la cicatriz abierta / de un poema.
Pero confieso que más que por la frase que encabeza esta entrada, he traído a Marga Clark aquí para remontarme por su árbol genealógico hasta una de las artistas más geniales de la generación del 27, a quien una muerte prematura y desgraciada acabó echándola en el olvido. Me refiero a su tía Marga Gil, artista precoz, que dibujaba y pintaba, también ilustraba cuentos que escribía junto a su hermana, y que encima era una escultora genial. Sobre todo una gran escultora. Dice Marga que su pulsión poética le viene "de algo familiar con la muerte". Tal vez le viene del misterio de la muerte de su tía, del tupido velo de silencio que se había echado tras su muerte, del tabú que se solidificaba en su familia cada vez que su nombre era pronunciado. Nunca sabremos lo gran escultora que era porque antes de pegarse un tiro con 24 años destruyó casi todas sus esculturas. Sólo salvó de aquel furor autodestructivo un busto de Zenobia Campubri, a la que había invitado a su estudio para que se dejase modelar durante unas sesiones.
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| Busto de Zenobia Campubrí, por Marga Gil |
Zenobia Campubrí describiría a Marga como una joven genial y llena de una fuerza arrolladora. Nada sospechaba Zenobia, mientras posaba para Marga Gil, que allí estaba comenzando a fraguarse una tragedia casi shakesperiana: Marga Gil se había enamorado locamente de Juan Ramón Jiménez. Y aún así adoraba a Zenobia Campubrí, de la que también había quedado hechizada. La tragedia estaba servida. El 28 de julio de 1932 Marga Gil Roësset se pegó un tiro con una pistola que había adquirido unas semanas antes. Lo último que hizo antes de dispararse en la sien, en el interior de un hotelito de Las Rozas, fue depositar en el despacho de Juan Ramón Jiménez un diario y algunas cartas con la consigna de que aguardase unas horas antes de leerlo. No es extraño que el nombre de Marga Gil se convirtiera en un tabú dentro de su propia familia. Hubo que esperar más de 60 años para que ese diario entregado a Juan Ramón Jiménez saliera a la luz exhumado por los herederos del Nobel: "ya no puedo vivir sin ti", fue lo último que le dejó escrito Marga Gil al gran poeta. Una historia de "amour fou" que la presencia de Zenobia había hecho imposible: "Tu eres de Zenobia... y Zenobia es buena... y además tú la quieres... y yo no quiero que tú sufras". Fragmentos del diario, como este, son los que recupera Marga Clark en su novela "Amarga luz". Del mismo año que la novela, 2002, data también uno de los mejores poemas de Benjamín Prado, "Marga Gil en la isla" (léase íntegro aquí), donde dramatiza de forma espléndida su trágica muerte:
"Estamos en el año
1932 y Marga se enamora de Juan Ramón Jiménez.
Es una chica oscura. Hay un túnel que une
su corazón y el ruido de los bosques.
Un día entra en la casa.
Un día escribe
ya nada me separa de ti, salvo la muerte.
Luego todo termina.
Casi podemos verlos: 28 de julio;
el cielo es muy azul;
puede que unas palomas escapen del jardín
al oírse el disparo."



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