Un pensamiento diferente del lugar atribuido a los humanos entre los animales y las plantas podrá traer más paz en el trato interpersonal de la sociedad.
Siempre he pensado que a los literatos les suele faltar sustancia filosófica y a los filósofos les falta expresividad e imaginación, o sea, que les falta litaratura; por eso se agradece que vengan filósofos o ensayistas de la talla de un Walter Benjamin, de quien hoy se cumple el 138 aniversario de su nacimiento y que fue capaz de pensar y hablar como un artista. No puedo decir lo mismo del filósofo portugués José Gil, del que no conocía nada, pero del que acabo de leer una entrevista en "La voz de Galicia" (léase aquí) en la que demuestra que piensa bien sobre la IA y el devenir de la humanidad, pero se expresa un tanto abstrusamente. Es un defecto que contamina a todo el gremio filósofico. Con este divorcio entre literatura y filosofía perdemos todos: el pensamiento y la palabra toman más vuelo cuando son capaces de armonizarse y formar un solo cuerpo. Lo peor que le puede pasar a un filósofo es que hable una jerga y nadie le entienda. Algo de esto siento que le pasa a José Gil, por muy interesante que sean sus reflexiones. Le falta elocuencia, que es lo mismo que decir que tiene el micrófono averiado y nadie va a escuchar sus mensajes porque no nos llega su voz. Su voz no resulta interesante, su mensaje sin embargo sí, y eso es una pena.
En esta entrevista José Gil nos advierte de los peligros que corremos por el uso indiscriminado de la IA. Se lamenta de que la extrema derecha haya hecho extremadamente bien su trabajo en redes sociales y que sepa utilizar la IA para destruir la democracia. Sabe utilizar las herramientas modernas mientras que la izquierda parece que se haya quedado anclada en la era analógica: "Es lamentable, dice, que la izquierda no haya elaborado un pensamiento y una práctica sobre las tecnologías y la IA." Este fenomenólogo de 90 años, educado en Francia y nacido en Mozambique, y que pone el cuerpo en el centro de sus reflexiones, cree que es precisamente la falta de cuerpo lo que vuelve a la IA deficiente. La inteligencia no es una cuestión de códigos: detrás de toda inteligencia humana hay un mundo insconsciente y de afectos que toman como referencia al cuerpo. Parafraseando al cardenal José Tolentino de Mendonça, podemos decir a que a la IA le falta carne, esa carne mortal y rosa que glosó Pedro Salinas. José Gil sabe que la creatividad necesita del caos para coger vuelo y la IA, con su esquematismo inhumano, nos corta las alas de la creatividad. Ya nos había avisado Nietzsche, un pensador que sabía escribir como un artista y pensar como un sabio: "Hay que tener caos en sí para poder dar a luz una estrella danzarina". Pero ahora lo que tenemos entre manos es una estrella danzarina y su luz resplandeciente nos puede venir a cegar y a traernos el caos del apocalipsis. En una reciente entrevista a "El país" Harari no sólo nos dice algo que ya es un secreto a voces: que "la IA puede ser una psicópata manipuladora". También nos avisa que ya falta poco para que la IA nos supere en el lenguaje, hasta el punto de que el mismo desespera y calcula que ya sólo le quedan 10 años para escribir sus libros. A partir de escribirán ellas, las máquinas, la IA. Estamos en ese punto de inflexión en el que la IA nos va a mandar los papeles de jubilación a casa. Es la obsolescencia del hombre, y en eso estamos. José Gil cree que la IA, efectivamente, ya ha transformado el lenguaje, pero a la IA le falta aún carne. O mejor dicho, le falta llegar a nuestra carne para conseguir manipularnos. He aquí dos concepciones que chocan, la de Harari, que cree que la IA es una psicópata manipuladora y la de José Gil, que ve difícil esa manipulación: "Necesitaria controlar también los cuerpos, las pulsiones y los afectos (la imaginación y la creación sobre todo) que escapan por ahora a los poderes de la IA". Creo que José Gil minusvalora la influencia que puede tener la IA por medio del lenguaje. Si ya ha llevado a usuarios al suicidio es que su poder de persuasión es desmoralizante. Los sofistas fueron los primeros en darse cuenta del poder inmenso del lenguaje para acceder al poder. Ahora mismo la IA tiene una extraordinaria herramienta que le está dotando de un poder omnimodo sobre millones de personas. Millones de pesonas confiesan tener a la IA como su mejor amigo, como nos recuerda Harari. Yo, que casi no tengo amigos, considero esta asociación muy peligrosa. José Gil nos advierte sin embargo que no será la vuelta de un viejo humanismo lo que nos dote de herramientas para no sucumbir a la catástrofe. En este sentido José Gil anuncia la muerte del hombre tal como lo conocemos, porque ese humanismo que se ha cacareado nos está llevando al colapso como especie. En su lugar propone un pensamiento diferente. Tenemos que pensarnos ecológicamente y ver cual es nuestro papel entre los animales y las plantas. Necesitamos una nueva mirada planetaria para que no se nos borre el hombre tal como anunciaba Foucault hace más de cincuenta años. El hombre ha resultado una fértil invención. Y saberlo es el primer paso para seguir inventándolo. José Gil viene a decir que eso no puede inventarlo la IA. Una nueva religión puede estar comenzando a fraguarse tal como nos advertía hace poco Harari. Estamos de nuevo ante una creencia ciega en la tecnología. Para José Gil es una creencia ilustrada pero empobrecida. Podemos volvernos todos ilustrados tontos, ciegos y malos.

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