Se deja aquí una amplia selección de los poemas que componen el libro de Vicente Aleixandre, "Mundo a Solas". La guerra civil española truncó la publicación del libro, que tendría que esperar a 1950 para ir a imprenta. De este libro, el propio Vicente Aleixandre dice:
"Mundo a Solas, iniciado en 1934 y finalilzado en junio del 36, tenía comprometida su aparición, con el título de Destino del hombre, para octubre siguiente, en las ediciones de la revista Cruz y Raya. La ruptura de la guerra española lo dejó inédito por entonces. Cre oque su estilo marca la transición de La destrucción o el amor a Sombra del Paraíso, entre los que se escribió. Dentro de la visión general del poeta, el hombre segregado -degradado-de su elementalidad primigenia, lejana y apagada la aurora del universo (aurora que habría de ser el tema de Sombra del Paraíso), es lo que se canta en este libro, quizá el más pesimista del poeta. El hombre es una sombra; "no existe el hombre". El volumen no sepublicó hasta 1950, en edición limitada para bibliófilos, y es por eso, hasta ahora, el menos difundido de mis libros.
Se puede leer aquí una reseña de la vida y obra de Vicente Aleixandre, junto con una selección de poemas de "Ámbito".
NO EXISTE EL HOMBRE
Solo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosques.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.
La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros,
sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre,
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
lo que fuera las venas de un hombre,
lo que fuera su sangre sonada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacie oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos.
BULTO SIN AMOR
Basta tristeza, basta, basta, basta.
No pienses más en esos ojos que te duelen,
en esa frente pura encerrada en sus muros,
en ese pelo rubio, que una noche ondulara.
¡Una noche! Una vida, todo un pesar, todo un amor, toda una dulce sangre.
Toda una luz que bebí de unas venas,
en medio de la noche y en los días radiantes.
Te amé... No sé. No sé qué es el amor.
Te padecí gloriosamente como a la sangre misma,
como el doloroso martillo que hace vivir y mata.
Sentí diariamente que la vida es la muerte.
Supe lo que es amar porque morí a diario.
Pro no morí nunca. No se muere. Se muere...
Se muere sobre un aire, sobre un hombro no amante.
sobre una tierra indiferente para los mismos besos.
Eras tan tierna; eras allí, remotamente, hace mucho,
eras tan dulce como el viento en las hojas,
como un montón de rosas para los labios fijos.
Después, un rayo vengativo, no sé qué destino enigmático,
qué luz maldita de un cielo de tormenta,
descargó su morado relámpago sobre tu frente pura,
sobre tus ojos dulces,
sobre aquellos labios tempranos.
Y tus ojos de fósoforo lucieron sin espera,
lucieron sobre un monte pelado sin amores,
y se encendieron rojos para siempre en la aurora,
cielo que me cubriera tan bajo como el odio.
¿Quién eres tú? ¿Qué rostro es ese, qué dureza diamantina?
¿Qué mármol enrojecido por la tormenta
que los besos no aplcan, ni la dulce emoria?
Beso tu bulto, pétrea rosa sin sangre.
Tu pecho silencioso donde resbala el agua.
tu rostro donde nunca brilla la luz azul,
aquella senda pura de las blandas miradas.
Beso tus manos que no vuelan a labios.
Beso su gotear de un cielo entristecido.
Pero quizá no beso sino mis puras lágrimas.
Esta piedra que estrecho como se estrecha un ave,
ave inmensa de pluma donde enterrar un rostro,
no es un ave, es la rosa, es la dura montaña,
cuerpo humano sin vida a quien pido la muerte.
HUMANO ARDOR
Navío sosegado que boga por un río,
a veces me pregunto si tu cuerpo es un ave.
A veces si es el agua, el agua o el río mismo;
pero siempre te estrecho como voz entre labios.
Besarte es pronunciarte, oh dicha, o dulce fuego dicho.
Besarte es pronunciarte como un calor que del pecho surtiera,
una dulce palabra que en la noche relumbra.
Pero tú, tan hermosa, tienes ojos azules,
tienes pestañas donde pájaros vuelan,
donde un canto se enreda entre plumas o alas
que hacen azul la aurora cuando la noche cede.
¿Oh hermosa, hermosa! Te vi, te vi pasar arrebatando la realidad constante,
desnuda como la piedra ardiente,
blanda como las voces de las flores tocadas,
amarilla en el día sin un sol que no osara.
Tus labios son esa suave tristeza que ciega cuando alguien pone su pobre boca humana;
eran, no una palabra,
sino su sueño mismo,
su imperioso mandato que castiga con un beso.
Morir no aquel nombre que de niño pasaba,
pasaba como un hada enlutada y sin ruido.
No es esa noche lóbrega, cuando el lobo lamía
la mano que, amarilla, es sarmiento en la hoguera.
Morir no es ese pelo negrísimo que ondea,
en azul tenebroso que en una roca yace.
Ese brillo fatal donde la luna choca
y salta como acero que ese otro acero escupe.
Morir, morir es tener en los brazos un cuerpo
del que nunca salir se podrá como hombre.
Pero acaso quedar como gota de plomo,
resto en tierra visible de un ardor soberano.
Pero tú que aquí descansas como descansa la luz en la tarde de estío,
eres soberbia como el desnudo sin árboles,
violenta como la luna enrojecida
y ardiente como el río que un volcán evapora.
Pero yo te acaricio sabiendo que la vida resiste más que el fuego,
que unos dientes se besan, se besan aun sin labios,
y que, hermosa o terrible, aves enfurecidas
entre pestañas vuelan, y cantan, o aún me llaman.
YA NO ES POSIBLE
No digas tu nombre emitiendo tu música
como una yerta lumbre que se derrama,
como esa luna en que en invierno reparte
su polvo pensativo sobre el hueso.
deja que la noche estruje la ausencia de la carne,
la postrera desnudez que alguien pide;
deja que la luna ruede por las piedras del cielo
como un brazo ya muerto sin una rosa encendida.
Alguna luz ha tiempo olía a flores.
Pero no huele a nada.
No digáis que la muerte huele a nada,
que la ausencia del amor huele a nada,
que la ausencia del aire, de la sombra huelen a nada.
La luna desalojaba entonces, allá, remotamente, hace mucho,
desalojaba sombras e inundaba de fulgurantes rosas
esa región donde un seno latía.
Pero la luna es un hueso pelado sin acento.
No es una voz, no es un grito celeste.
Es su dura oquedad, pared donde sonaban,
muros donde el rumor de los besos rompía.
Un hueso todavía por un cielo de piedra
quiere rodar, quiere vencer su quietud extinguida.
Quiere empuñar aún una rosa de fuego
y acercarla a unos labios de carne que la abrasen.
EL SOL VICTORIOSO
No pronuncies mi nombre
imitando a los árboles que sacuden su triste cabellera,
empapada de luna en las noches de agosto
bajo un cielo morado donde nadie ha vivido.
No me llames
como llama a la tierra su viento que no la toca,
su triste viento u oro que rozándola pasa,
sospechando el carbón que vigilante encierra.
Nunca me digas que tu sombra es tan dura
como un bloque con límites que en la sombra reposa,
bloque que se dibuja contra un cielo parado,
junto a un lago sin aire, bajo una luna vacía.
El sol, el fuerte, el duro y brusco sol que deseca pantanos,
que atiranta los labios, que cruje como hojas secas entre los labios mismos,
que redondea rocas peladas como montes de carne,
como redonda carne que pesadamente aguanta la caricia tremenda,
la mano poderosa que estruja masas grandes,
que ciñe las caderas de esos tremendos cuerpos
que los ríos aprietan como montes tumbados.
El sol despeja siempre noches de luna larga,
interminables noches donde los filos verdes,
donde los ojos verdes,
donde las manos verdes
son solo verdes túnicas, telas mojadas verdes,
son solo pechos verdes,
son solo besos verdes entre moscas ya verdes.
El sol o mano dura,
o mano roja, o furia, o ira naciente.
El sol que hace a la tierra una escoria sin muerte.
No, no digas mi nombre como luna encerrada,
como luna que entre los barrotes de una jaula nocturna
bate como los pájaros, como quizá los ángeles,
como los verdes ángeles que en un agua han vivido.
Huye, como huiría el pantano que un hombre ha visto formarse sobre su pecho,
crecer sobre su pecho,
y ha visto que su sangre como nenúfar surte,
mientras su corazón bulle como oculta burbuja.
Las mojadas raíces
que un hombre siente en su pecho, bajo la noche apagada,
no son vida ni muerte, sino quietud o limo,
sino pesadas formas de culebras de agua
que entre la carne viven sin un musgo horadado.
No, no digas mi nombre,
noche horrenda de agosto, de un imposible enero;
no, no digas mi nombre,
pero mátame, oh sol, con tu justa cuchilla.
AL AMOR
Un día para los hombres llegaste.
Eres, quizá, la salida del sol.
Pero eras más el mar, el duro, el terso, el transparente, amenazante mar que busca orillas,
que escupe luces, que deja atrás sus peces sin espinas
y que rueda por los pies de unos seres humanos,
ajeno al dolor o a la alegría de un cielo.
Llegaste con espuma, furioso, dulce, tibio, heladamente ardiente bajo los duros besos
de un sol constante sobre la piel quemada.
El bosque huyó, los árboles volaron.
Una sombra de pájaros oscureció un azul intangible.
Las rocas se cubrieron con un musgo de fábula.
Y allá remotamente, invisibles, los leones durmieron.
Delicado, tranquilo, con unos ojos donde la luz nunca todavía brilló,
ojos continuos para el vivir de siempre,
llegaste tú sin sombra, sin vestidos, sin odio,
suave como la brisa ligada al mediodía,
violento como palomas que se aman,
arrullador como esas fieras que un ocaso no extingue,
brillador en el día bajo un sol casi negro.
No, no eras el río, la fuga, la presentida fuga de unos potros camino del oriente.
Ni eras la hermosura terrible de los bosques.
Yo no podía confundirte con el rumor del viento sobre el césped,
donde el rostro de un hombre oye a la dulce tierra.
Lejos las ciudades extendían sus tentaculares raíces,
monstruos de Nínive, megaterios sin sombra,
pesadas construcciones de una divinidad derribada entre azufres,
que se quema convulsa mientras los suelos crujen.
Pero tullegaste imitando la sencilla quietud de la montaña.
Llegaste como la tibia pluma cae de un cielo estremecido.
Como un ave surte de una boca adorada.
Lo mismo que un corazón contra otro pecho palpita.
El mundo, nadie sabe dónde está, nadie puede decidir sobre la verdad de su luz.
Nadie escucha su música veloz, que canta siempre cubierta
por el rumor de una sangre escondida.
Nadie, nadie te conoce, oh Amor, que arribas por una escala silenciosa,
por un camino de otra tierra invisible.
Pero yo te sentí, yo te vi, yo te adiviné.
A ti, hermosura mortalque entre mis brazos luchaste,
mar transitorio, impetuosa mar de alas furiosas como besos.
Mortal enemigo que cuerpo a cuerpo me venciste,
para escapar tirunfante a tu ignorada patria.
LIBERTAD CELESTE
¡Ah la frente serena!
Quisiera yo saber
que la frente ya exenta de un cuerpo que no es aire
arriba ondea donde la luz existe,
arriba hiere cielos que generosamente
dan sus vidas azules como la lluvia fresca.
Dejadme, sí, dejadme.
El corazón ansía,
ansía bajo tierra perecer como luna,
como la seca luna que se clava en el suelo:
Un poniente durísimo que de un golpe se incrusta.
El corazón mataría a la tierra,
mataría como un amor que estrrecha o asfixia un cuerpo odiado,
un cuerpo que se rinde desangrándose vivo
mientras se besan labios o burbujas de muerte.
Pero arriba la cabeza se evade.
Belleza soberana, majestad de la frente,
piel serena de oriente donde un sol se retrata,
donde un sol tibiamente se ciñe como un brazo,
una piel fina, amada, de una mujer desnuda.
¡Cielo redondo y claro donde vivir volando,
donde cantar batiendo unos ojos que brillan,
donde sentir la sangre como azul frimamente
que circula gozoso copiando mundo libres!
HUMO Y TIERRA
Decidme vosotros los que habéis recorrido el mundo,
en qué consiste que el placer de vivir
pasa como una nube graciosa que se escapa
lo mismo que un pecho entrevisto.
Por qué al poner las plantas en la tierra
abandonando el aire en que bogamos,
duele como una plancha al rojo que nos derrite
hasta dejarnos solo como un humo vacilante.
Tu eres hermosa. Tú, lejanía del campo que desde aquí contemplo
cuando, elevado como purificada vedija,
humo soy o memoria de un sufrimiento apagado
que se enreda en el viento como unos ojos oscuros.
Soy el rastro de un dolor terminado.
soy la salutación a la purísima atmósfera,
a ese azul transparente que como una sola mano
siente en su piel eterna un humo silencioso.
Soy lo que nunca se opone al vuelo de las aves,
lo que se parte en dos cuando un corazón lo atraviesa,
cuando una bola de pluma caliente lo traspasa
sin sospecha siquiera que un cuerpo es vulnerable.
Tú, vago deseo que cruzas como un anhelo finito,
que haces que el aire recuerde el movimiento de un corazón,
que se pueda sentir en las mejillas las ondas penúltimas,
las que vienen a morir solo en nuestras pestañas.
Tú, aire liberado de la tierra donde los huesos de un hombre
están como lluvia aplacada, como gemido inoíble,
como paz o convulsión que al cabo ha cesado
cuando los labios morados son ya tierra y no beso.
Tu, tierra que todavía pareces un cuerpo hermoso cuando en unos puños te crispas,
cuando, cayendo deshecha de unos dedos mortales,
caes como vago anhelo impotente, como respuesta callada
a una pregunta hermética cual un beso en los labios.
Tú, tierra soberana que a veces, con el color de los ojos,
reflejas unos pájaros celestiales o una nube,
reflejas el dulce estremecimiento del amor
con que un cuerpo extendido acaricia a la arena.
Vaga imagen de vida o alegría, tierra perdurable,
amor poderoso que entre unos brazos giras,
astro o palabra redonda que unos labios pronuncian
en el momento acaso de un beso que no oímos.
EL FUEGO FINAL
Pero tú ven aquí, óyeme y calla.
Eres pequeña como un jazmín menudo.
El mundo se abrasa, ¿no sientes cómo cruje?
Pero tú eres mínima. Apenas abultas más que un corazón dormido.
Tu pelo rubio quiere todavía ondear en el viento.
Quiere en el aire o plomo ser imagen de brisas,
ignorando las llamas que crepitan ya próximas.
Amor, amor, el mundo va a acabarse.
Eres hermosa como la esperanza de vivir todavía.
Como la certidumbre que quererte un día y otro día.
Tierna, como ese dulce abanondo de ljas noches de junio,
cuando un verano empieza seguro de sus cielo.
Niña pequeña o dulce que eres amor o vida,
promesa cuando el fuego se acerca,
promesa de vivir, de vivir en los mayos,
sin que las llamas que van quemando el mundo
te reduzcan a nada, oh mínima entre lumbres.
Vas a morir quizá como muere la luz
esa débil candela que las llamas asumen.
Vas a morir como alas no de pájaro,
sino de débil luz que unos dedos sujetan.
Bajo los besos últimos otra luz se despide.
No te pido el amor, ni tu vida te pido.
Me quedo aquí contigo. Somos la luz unida,
esa espada en la sombra que inmóvil va abrasarse,
va a derretirse unida cuando las llamas lleguen.
EL AMOR IRACUNDO
¡Te amé, te amé!
Tenías ojos claros.
¿Por qué te amé?
Tenías grandes ojos.
Te amé como se ama a la luz furiosas del mediodía vibrante,
un estío que duele como un látigo rojo.
Te amé por tu cabello estéril,
por tus manos de piedra,
por tu cuerpo de hierba peinada por el viento,
por tu huella de lágrima sobre un barro reciente.
Te amé como a la sombra,
caomo a la luz, como a los golpes que dan las puertas movidas por el trueno.
Como al duro relámpago que entre las manos duda
y alcanza nuestro pecho como un rudo destino.
Te amé, te amé, hermosísima, como a la inaccesible montaña
que alza su masa cruda contra un cielo perdido
Allá no llegan pájaros, ni las nubes alcanzan
su muda cumbre fría que un volcán ha ignorado.
Te amé quizá más que nada como se ama al mar,
como a una playa toda viva ofrecida,
como a todas las arenas que palpitantemente
se alzan arrebataadas por un huracán sediento.
Te amé como al lecho calcáreo que deja el mar al huir,
como al profundo abismo donde se pudren los peces,
roca pelada donde sueña la muerte
un velo aliviador como un verde marino.
La luz eras tú; la ira, la sangre, la crueldad, la mentira eras tú.
Tú, la vida que cruje entre los huesos,
las flores que envían a puñados su aroma.
Las aves que penetran por los ojos y ciegan
al hombre que, desnudo sobre la tierra, mira.
Tú, la manada de gacelas, su sombra.
Tú el río meditabundo o su nombre y espuma.
Tú el león rugidor y su melena estéril,
su piafante garra que una carne ha adorado.
¡Te amo; te amé, te amé!
Te he amado.
Te amaré como el cuerpo que sin piel se desangra,
como la pura y última desollación de la carne
que alimenta los ríos que una ira enrojece.


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