Se deja aquí "El viaje", un microcuento de Cristina Fernández Cubas, la escritora nacida en Arenys de Mar (Barcelona) en 1945, que acaba de ser galardonada con el premio Cervantes. En este relato Cristina Fernández Cubas no se inventa nada: todo lo que dice ocurrió de verdad. Cristina se limita a reproducir lo que le han contado. Únicamente le dispuso un título y le añadió una conclusión. Esta manera de concebir la literatura se puede sintetizar en una frase suya sacada de una entrevista: "La realidad es fantástica; sólo hay que saber mirarla". Al igual que ocurre en "Wakefield", el célebre cuento de Nathaniel Hawthorne, la abadesa de "El viaje" observa en secreto su propio lugar en el mundo para obtener una mirada fantástica, pero a la vez para conocerse mejor a sí misma y anclarse así en la realidad. Realiza el viaje de su vida sin más esfuerzo que dar la vuelta a la esquina. Demuestra así Cristina que el tránsito a la orilla fantástica no es tan difícil de vadear. "Yo encuentro lo fantástico, lo inquietante o lo insólito acechando en cada esquina", llegó a declarar en cierta ocasión.
Para Cristina Fernández Cubas, la normalidad es el punto de arranque para que suceda algo que quiebra lo cotidiano. Lo insólito de su literatura parte siempre de ensoñaciones personales o de objeto reales que va luego retocando hasta volverlos fantásticos. Su trayectoria y su personalidad proclive a lo fantástico también se puede resumir en una frase que cierto día escribió en la pizarra como un juego: "De pequeña soñaba con volar. De mayor me hice escritora". Si hay que elegir un cuento dentro de su obra, probablemente "Los parientes pobres del diablo" sea el más logrado.
EL VIAJE
Un día la madre
de una amiga me contó una curiosa anécdota. Estábamos en su casa, en el barrio
antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño
jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre
de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y
conversaban durante horas a través de la celosía. Estábamos ya en una época en
que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada
impedía a la abadesa, si así lo hubiera deseado, que interrumpiera en más de
una ocasión su encierro y saliera al mundo.
Pero ella se
negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y
las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo.
Por eso la
señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y
una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. “Si no le
importa”, dijo la abadesa tras los saludos de rigor, “me gustaría ver el
convento desde fuera”.
Y después, en el
mismo balcón en el que fue narrada la historia se quedó unos minutos en
silencio. “Es muy bonito”, concluyó. Y, con la misma alegría con la que había
llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento.
Creo que no ha
vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue
pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de todos los viajes
largos de los que tengo noticias.

Comentarios
Publicar un comentario