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AFORISMOS Y CAVILACIONES 16. Sobre la belleza (I)


El síndrome de Stendhal, ese por el que uno se desmaya incapaz de tolerar tanta belleza junta, debería aquejar a todo artista y ser el diploma que lo acreditase como tal después de haberse desmayado al menos una vez en la vida.

Si el artista es un ser raro en sociedad, lo es precisamente por elevación: tiene tal sensibilidad morbosa hacia la belleza que, a su mero contacto o contemplación, entra en éxtasis hasta desmayarse.  


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El resplandor de los cuerpos y rostros envueltos en belleza es tan sólo una cifra que oculta los infinitos atributos de una dimensión espiritual cuya hondura no somos capaces de sondear.

La belleza es cifra que el hombre venera pero que no descifra: es la superficie reflectante de un insondable fondo que no ve; la textura tangible de un alma que no toca. 

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Si el mundo es bello es porque es incógnito,  y es tan inagotable el mundo que el hecho de que se nos dé a conocer lo hace todo más bello aún.

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Algunos mitos y poetas cantan a una flor que nunca se marchita, pero tal vez no haya cosa más horrorosa que una flor inmarcesible.

Si amamos en las cosas su belleza es  porque sabemos que es una cualidad excelsa a la que sólo acceden algunos seres y cosas, pero tan sólo durante un efímero instante.

Amamos la belleza porque la sabemos fugitiva, y en una flor bella amamos el instante de belleza que nos presta esa flor. Lo que amamos de la belleza es ese instante de esplendor que nos brinda y con ese instante paladeamos todos los instantes que la han hecho posible y, a la vez, asumimos los venideros instantes que marchitan y aniquilan todo lo que es.

La belleza nos hace percatarnos de que toda perfección ha de cumplirse en el tiempo en que están inmersas todas las cosas, y  de que, como todas las cosas, también lo más excelso tiene su cima y su caída, su esplendor y su decrepitud. 



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El hombre sólo puede desear lo bello, lo bien hecho, aquello que le fascina, pero por alguna razón lo gestiona mal y acaba escogiendo lo mal hecho, lo feo, lo indeseable. La fascinación sigue existiendo, pero en cierta forma se trata de  la fascinación del horror, sólo que en un principio uno ignoraba que se estaba dejando fascinar por él. El horror también tiene este poder de fascinación y de confundirse con lo bello.

 Tiene algo de absurdo que el hombre acabe confundiendo lo bello con lo feo, el bien con el mal, lo sublime con lo horroroso, pero a la vez es esta confusión lo que hace al mundo diverso, complejo y fascinante. 

El gran enigma humano reside en averiguar por qué motivo, estando el amor por lo bien hecho  en la base de toda  conducta, el hombre casi siempre desoye este imperativo de belleza y convierte su vida en una obra mal hecha.   
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A la nobleza se le permite todo. Tiene su paso franco allí donde irradia la belleza o la bondad o la inteligencia. Todo lo que es noble inspira la veneración en los hombres.
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Todo lo que el hombre ve feo, monstruoso, viejo o gastado es fenoménico, una apariencia. Bastaría que viese con los ojos del corazón para que pudiera contemplar el verdadero origen de la belleza, de donde la fealdad procede por deformación: sólo entonces vería la Nada sobre la cual todo se recubre, la Nada que ha creado, a partir de la belleza, y por emanación, todo lo que aparece configurado -ya sea bello o feo-; vería la semilla de la que se han germinado las formas de todo lo creado. Volver a adquirir el amor y la belleza que mana de esa Nada originaria es volver a crearla de nuevo con nuestro afán constructor.

Toda creación y construcción verdadera aspira a ser fundada desde esta Nada originaria, y en todo cuanto construye el hombre late este afán por la belleza, por rescatar a las cosas de la destrucción y el deterioro y la fealdad que las amenaza. Pues todas las cosas, a la vez, se hallan expuestas al influjo de la construcción que otras entidades y fuerzas se aplican a ejercer en el mundo. Todas los seres y cosas viven a la intemperie, expuestos al paso de los vientos, de las fricciones, del polvo, de la suciedad, de las huellas que va dejando el contacto con las otras cosas y que va deformando su ser original.
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Amamos la belleza porque la creemos elevada por encima de su altura, hacia una altura suprema que da razón de ella y que nos trasciende. Cuando contemplamos la belleza sentimos que sólo su contemplación nos ennoblece y nos percatamos de que está a nuestro alcance producirla y hacer que nuestra vida se eleve siguiendo su modelo.
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No dejemos que la huella del hombre manche la belleza sin nombre del mundo. El mundo humano, en sus distintos ámbitos y regiones, puede dejar resplandecer esa belleza divina u opacarla: ya se trate de una edificación, una institución etc. Todo dependerá de cómo la hayan reflejado quienes se encargaron de crear y preservar ese espacio divino; si en su creación y preservación reflejaron ese brillo divino de la naturaleza o lo olvidaron y reflejaron su propio descuido y precariedad.

Así también el cuerpo y el alma humana, que hospeda un dios. Toda la función del hombre es afanarse por preservar los espacios que él ocupa; especialmente su propia alma y cuerpo. Y dentro de ellos, evitar toda negligencia y cuidar de que en su vida y obra tal belleza resplandezca.
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Quizás la mayor apología que se puede hacer de la belleza es que cuanto más se ve en todas las cosas, más se es capaz de disfrutar de ella. Lograr ver el mundo bajo el signo de la belleza es disfrutar de la vida, y quien no sabe disfrutar de la belleza de las cosas, echa a perder los frutos que la vida da.
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La propensión al mal proviene de una una cierta incapacidad para ver la belleza en las acciones propias, lo que hace que las torzamos, que nos torzamos al actuar: incapacidad para ver lo bello en el mundo. Incapacidad, en definitiva, de producir belleza; de producirla con nuestras acciones. La propensión al bien, por tanto, sería la aspiración de un alma que quiere ser noble, y que, por consiguiente, deseando estar rodeado de belleza, halla el modo más simple y radical, y se dedica a producirla él mismo por medio de sus acciones.

(Digámoslo de otra manera: El hombre tiene una gran capacidad para percibir la belleza externa y decorativa -digamos, la superficial-, la que reluce dentro del mundo, y respecto a ésta se acredita como fértil para producirla, pero tiene una propensión a la ceguera respecto a la belleza interna, la que puede hacer brillar en su mundo interior por medio de la sensibilidad, de la moral y de las acciones que proyecta llevar a cabo, y debido a esta ceguera se acaba convirtiendo al final en zángano y estéril para producir las acciones que verdaderamente podrían hacer resplandecer la belleza en el mundo.)
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La falta de sensibilidad hacia el conjunto del universo se convierte en falta de sensibilidad hacia el género humano.
 Y esta falta de sensibilidad proviene de no saber orientarnos hacia el bien y la belleza.
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Nada nos conmueve más que la belleza y es además capaz de conmovernos correlativamente; o mejor habría que decir: el horror nos conmueve horrorosamente y nos vuelve horrorosos; la fealdad nos conmueve feamente y nos vuelve feos; el dolor lo hace dolorosamente y nos vuelve adoloridos; la desgracia, desgraciados;  la crueldad de los otros nos vuelve crueles. Y la bondad, buenos. La bondad, que es el sentimiento de que los actos pueden ser bellos y que somos capaces de hacerlos emanar de nosotros mismos.

De ahí que sea primordial para el hombre rodearse de la máxima cuota de belleza; de ahí la importancia primordial que tiene el arte para el hombre; pero, además, todo sentimiento que conmueve al hombre es susceptible de transformarse en un sentimiento de belleza; incluso en aquellos hechos naturales que nos inducen al espanto puede verse también el resplandor de la belleza.  El sentimiento de belleza tiene la propiedad de promover el deseo de volverse bello y de querer estar a la altura de la belleza.

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Sólo aquello que es bello y está bien hecho llega a ser real: el resto de cosas se quedan  en amagos de realidad, en aspirantes que no alcanzaron a prender en ella. Es como si la belleza que alguien o algo ha tomado por envoltura, o de la que se ha rodeado, le diera un marchamo de perfección. 

De ahí que se suela predicar del mal que carece de realidad. Y de aquí  procede también la fuente de todo desarrollo espiritual del hombre. Cada hombre  está por materializar y sólo logra madurarse cuando su ideal de humanidad se acaba realizando.

El hombre, para hacerse real, debe hacer penetrar su espíritu en la materia sino quiere que la materia acabe petrificando su espíritu, haciéndole perder toda su realidad. Y la comadrona que nos asiste en este parto espiritual de la materia no es otra que  la belleza.
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Es la belleza aquello que más nos conmueve, pero como pocas veces hace aparición en el exterior de nuestras vidas, hemos de procurarnos esa belleza al menos en el interior, es decir, hemos de lograr que el exterior se  nos transmute tocado por la varita mágica de la belleza interior.
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Todos los objetos del espacio son sagrados y por ello están nimbados de la belleza y el esplendor que el universo irradia. Pero el hombre, como ser civilizado, crea objetos, actos y espacios que se vuelven inhumanos y que, opacando esa belleza, llegan a profanar el ámbito sagrado del universo. Al velar por la belleza y procurarla para el mundo, los artistas vienen a restaurar ese orden sagrado que continuamente se profana.

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