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PENSAMIENTOS 32. Goethe (II) Propio y apropiado


 



Se deja aquí otra selección de pensamientos de Goethe, en traducción de Rafael Cansinos Assens. Quien desee escarbar en su vida, hay, en una anterior entrada de este blog, una larga reseña biográfica apoyada en libro de Rüdiger Safranski, "Goethe. La vida como obra de arte". Se deja enlace.

https://www.blogger.com/blog/post/edit/5064233181132577724/5883180483388211498


MÁXIMAS Y AFORISMOS

Ciertos libros parecen escritos, no para que se aprenda en ellos, sino para se se sepa que el autor sabía algo.

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La mayor muestra de aprecio que un autor puede darle a su público es la de no brindarle nunca aquello que se espero, sino lo que él mismo en cada etapa de la propia y ajena evolución considera legítimo y provechoso.

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La sabiduría se cifra únicamente en la verdad.

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Cuando me equivoco, puede notarlo todo el mundo; cuando miento, no.

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Frótense dos palitos, rojo el uno, azul el otro; póngaselos juntos en el agua, y tanto el uno como el otro parecerán rotos. Todo el mundo puede ver con los ojos del cuerpo este fenómeno; quien, empero, lo contempla con los del espíritu,  se verá libre de miles y miles de conceptos erróneos.

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Quien no conoce lenguas exóticas no sabe nada de la vernácula.

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Lo que no se comprende, no se posee.

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Tiene el alemán libertad de pensamiento y de ahí que no advierta cuándo le faltan libertad de gusto y espíritu.

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¿No está el mundo harto lleno de enigmas para que hayamos de hacer todavía enigmas de los más sencillos fenómenos?

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La generosidad se granjea general favor, sobre todo cuando va acompañado de humildad.

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Nos conoceríamos mejor los unos a los otros si no quisiéramos siempre compararnos con el prójimo.

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Las personas distinguidas salen, por tanto, en este terreno peor libradas; pues los demás no se comparan con ellas, sino que las vigilan.

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No está el quid en el mundo en conocer a los hombres, sino en ser más listo en cada momento que aquellos con quienes nos las habemos. De ello dan testimonio todas las ferias y todos los que en ellas pregonan sus artículos.

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El error está bien en tanto somos jóvenes; lo malo es arrastrarlo también consigo hasta la vejez.

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Todos tenemos algo en nuestra naturaleza que, si públicamente se manifestase por fuerza habría de resultar antipático.

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Siempre que el hombre reflexiona sobre su parte física o moral, suele generalmente hallarse enfermo.

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Es condición de la Naturaleza que de cuando en cuando se amodorre el hombre sin llegar a dormirse; de ahí la afición al tabaco, al aguardiente, a los opiáceos.

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Lo que le importa al hombre activo es obrar bien; que lo consiga o no, no debe preocuparle.

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Eso de pintarse o tatuarse el cuerpo es un retroceso a la animalidad.

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Escribir historias es un modo de quitarse de encima el pasado.+++

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Nunca le faltan a nadie bríos bastantes para llevar a cabo aquello de que está convencido.

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Ninguna nación se hace capaz de juicio sino cuando puede juzgarse a sí misma. Pero a esta gran ventaja se llega muy tarde.

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Les enoja a los hombres el que lo verdadero sea tan sencillo; más debemos hacer cuenta que aún han menester de esfuerzo para emplearlo prácticamente en su provecho.

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Debe mirarse a una escuela como a un solo hombre que se llevase cien siglos consigo mismo y se complaciese en modo totalmente extraordinario con su propio ser, por insulso que fuere.

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No se presta a contradicción una teoría falsa, pues se basa en la convicción de ser verdadero lo falso. Pero se puede, es lícito y se debe repetir una y otra vez lo contrario.

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No sería el hombre lo más distinguido de la tierra si para ella no lo fuere.

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Lo encontrado hace largo tiempo volverá a ser enterrado de nuevo. ¡Cuánto no tuvo que sudar Tico Brahe para hacer de los cometas cuerpos regulares, cosa que ya hacía tanto tiempo reconociera Séneca!

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La nieve es una pureza engañosa.

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Quien se asusta de la Idea acaba  por no tener tampoco el menor concepto.

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Llamamos con justicia maestros a aquellos de quienes aprendemos siempre. No todo aquel de quien aprendemos algo merece ese título.

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Todo lo lírico debe ser en conjunto muy razonable, y en el pormenor un tanto absurdo.

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Dicen que la propIa vana alabanza hiede, y puede que así sea; pero el público no tiene olfato para apreciar que olor despide la extraña e injusta censura.

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Es la novela una epopeya subjetiva, en la que el autor se toma la libertad de tratar el mundo a su manera. Todo el quid está, pues, en sí tiene o no manera; que lo demás, ya se le dará de suyo.

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El hombre más dichoso es aquel que puede enlazar el final de su vida con el principio.

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¡Qué raro y contradictorio es el hombre! No sufre coacción alguna en su provecho, y, en cambio, la sufre de todas formas para su daño.

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La previsión es simple; la apreciación del hecho consumado, compleja.

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Nada más corriente en las imprevisiones que ponerse a buscar modos de hallar una posibilidad de salida.

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Una verdad insuficiente surte efectos por una temporada; pero en vez de lograr completa explicación, aparece de pronto una verdad cegadora; esto le basta al mundo, y siglos enteros adolecen de locura.

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Es muy meritorio en las ciencias el buscar y exhumar aquellas verdades incompletas que ya poseían los antiguos.

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Ocurre con las opiniones que se aventuran lo que con las piezas que se mueven en el tablero; podrán resultar derrotadas, pero han introducido un juego y esto salimos ganando.

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Es tan cierto como prodigioso que verdad y error manan de una misma fuente, por lo cual no se debe con frecuencia hacer daño al error, ya que al mismo tiempo se le hace a la verdad.

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Cada cual tiene sus cualidades y no puede quitárselas de encima, y, sin embargo, más de uno se va a pique por las condiciones, muchas veces inocentísimas.

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Quién no tiene demasiada idea de sí mismo, es mucho más de lo que se imagina.

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En arte y ciencia, lo mismo que en el hacer y obrar, todo depende de haber aprehendido claramente los objetos y tratarlos con arreglo a su naturaleza.

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El que personas inteligentes, sensatas, desprecien en su vejez la ciencia, se debe únicamente a que les han exigido a ella y a sí mismo más de lo justo.

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Compadezco a esos hombres que dan harta importancia a la fugacidad de las cosas y se abisman en consideraciones sobre la vanidad de todo lo terreno. Pero es que precisamente estamos aquí para hacer perdurable lo fugaz, y eso sólo puede lograrse sabiendo apreciar debidamente entrambas cosas.

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Un arco iris que dure un cuarto de hora acaba por no vérsele.

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Nada puede probar un fenómeno, un experimento, ya que es el eslabón de una gran cadena que sólo puede apreciarse en su conjunto. Quien escondiese una sarta de perlas y sólo mostrase las más bellas aisladas, exigiendo de nosotros le creyésemos, tocante a ser todas las demás igualmente bellas, difícilmente conseguiría que nadie picase en el anzuelo.

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Debemos repetir de cuando en cuando nuestro credo, declarar lo que aceptamos y lo que no admitimos; la parte contraria no deja de hacerlo.

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Me ocurría, y sigue ocurriéndome, que a la primera ojeada me desagrade una obra de arte plástica por no estar yo a su altura, pero cuando adivino en ella algún mérito, hago por atinar con él, y entonces me encuentro infaliblemente con los más satisfactorios descubrimientos; advierto en las cosas nuevas cualidades, y en mí, nuevas aptitudes.

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Es la fe un caudal doméstico casero, de igual modo que hay cajas de ahorro y de socorro públicas que acuden auxilio de los individuos en sus días de apuro; aquí el creyente cobra en silencio sus rentas.

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El verdadero oscurantismo consiste, no en estorbar la difusión de lo verdadero, claro y útil, sino en poner en circulación lo falso.

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Es más fácil reconocer el error que encontrar la verdad: radica aquél en la superficie, lo que facilita desde luego las cosas; reside aquélla en lo profundo donde la investigación no está al alcance de todos.

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Todos vivimos del pasado y nos vamos a pique en él.

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Por más que aprendamos algo grande, siempre nos refugiamos en seguida en nuestra pobreza y, no obstante, siempre hemos aprendido algo.

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No le importa al alemán el permanecer unido a los suyos, sino el mantenerse para sí. Todos sean quienes fueren, tienen un propio “para sí” que se resiste a dejarse arrebatar.

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El mundo empírico-moral sólo se compone, en su mayor parte, de mala voluntad y envidia.

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La superstición es la poesía de la vida; de ahí que no le perjudique al poeta el ser supersticioso.

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Un hombre de cortos alcances honrado, suele con frecuencia ver clarísimamente por entre las picardías de los truhanes más ladinos.

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Quien ningún amor siente, debe aprender a halagar, pues de otro modo no saldrá del paso.

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No puede el vulgo pasarse sin hombre eminente y siempre, no obstante, le cargan los hombres eminentes.

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Quien ve mis defectos es mi señor, aunque fuere mi criado.

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Quien al vulgo le exige deberes sin avenirse a concederle derechos, le habrá de pagar caro.

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Lo llamado romántico de un país es un tácito sentimiento de lo distinguido en forma de pasado, o lo que viene a ser lo mismo, de soledad, ausencia y despedida.

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Ese magnífico himno eclesiástico: Veni Creator Spiritus, es enteramente, en realidad, una invocación al genio; de ahí que también excite fuertemente a los hombres de ingenio y energía.

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Es siempre la ingratitud una suerte de flaqueza. Jamás vi que ningún hombre fuerte fuera ingrato.

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Somos todos tan limitados que siempre creemos tener razón, y así cabe imaginar un espíritu tan extraordinario que no sólo yerre, sino que, además, halle placer en el error.

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Rara vez se emplean medios puros para la consecución de lo bueno y justo; por lo general, vemos a la pedantería pugnando por retardar las cosas y a la insolencia afanándose por precipitarlas.

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Quien a las ciencias se dedica padece primero de los retrasos y después por las preocupaciones. Durante la primera etapa no quieren los hombres concederles ningún valor a lo que les comunicamos, y luego se conducen cual si ya conociese cuanto les pudiéramos comunicar.

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Una colección de anécdotas y máximas es el mayor tesoro para el hombre de mundo que acierta a intercalar las primeras en su lugar debido y a recordar las segundas en el caso oportuno.

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Dicen: “!Estudiad la Naturaleza, artistas!”. Pero no es grano de anís eso de sacar de lo vulgar lo noble y de lo informe lo bello.

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Allí donde se pierde el interés, se pierde también la memoria.

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Cuando lo hombre se vuelven verdaderamente malos, sólo les interesa ya la alegría por el mal ajeno.

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Conocer la relación en que estamos con respecto al propio yo y al mundo exterior es lo que se llama la verdad. De suerte, pues, que cada cual puede poseer su propia verdad y ser ésta, sin embargo, la misma.

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Lo particular está siempre subordinado a lo general; lo general tiene siempre que acomodarse a lo particular.

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Nadie es dueño de lo verdaderamente productivo, y esto es lo que todos deberían tener en cuenta.

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Quien empieza a arrancarle sus secretos a la Naturaleza siente un ansia invencible de su más digno intérprete, el arte.

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El tiempo de por sí es un elemento.

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No acaba el hombre nunca de comprender hasta qué punto es antropomórfico.

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Si se hubieran de estudiar todas las leyes, no quedaría tiempo para infringirlas.

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No se puede vivir para todo el mundo, sobre todo para aquellos con los cuales no se querría vivir.

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La apelación a la posteridad nace del puro sentimiento vivo, de que hay algo imperecedero y que, aunque no inmediatamente reconocido, habrá de ser finalmente, acatado por lo menos para alzarse luego con el sufragio de los más.

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No hay nunca más que nuestros ojos, nuestros modos de representación; la Naturaleza es la única que sabe lo que quiere y lo que quiso.

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En toda obra de arte, grande o pequeña, todo, hasta el más simple detalle, depende de la concepción.

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Hay una poesía sin metáforas que es una pura metáfora.

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Me he desvivido tanto tiempo por lo general, que al cabo aprendí a ver lo que de excelente produjeron los hombres en lo particular.

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Sólo con sus iguales puede vivir el hombre, y ni siquiera con ellos, pues a lo último no puede sufrir que nadie sea su igual.

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De la Naturaleza, por dondequiera que se la mire, brota siempre lo infinito.



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