que se me acercan en la estrechura del autobús cuando voy de pie, y quieren penetrar mi mirada que les refleja para darme a entender que también me entienden; qué pasaría si me estrechase con el cartero que se queda sin aliento por subirme la carta que yo rechazaría si el no hubiese puesto en su empeño todo su aliento, el sudor de su frente que se mezcla con el mío frío; qué pasaría si el tendero me recordase que yo soy el ladrón que le robó ayer, o hace cincuenta años, y luego me diera una aceituna y creciese su olivar entre mis cinco dedos de algun muñón de la última batalla, qué pasaría si yo me mezclase con todos los traseúntes que me van abriendo el paso cada vez que voy a buscar por los mundos la quiniela de mi suerte, qué pasaría si al fin yo me mezclase con ese y con aquel, y contigo y conmigo, con el barman que me quiere emborrachar y con el poeta que me quiere matar con alguno de sus versos cursis, recordándome que yo lo fui más y que aún ando rimando, qué pasaría si en el cementerio y a la luz de la luna o de sus huesos yo me mezclase con mis difuntos en muda oración de sus gusanos y descendiese un ángel de marmol para caer con toda la fuerza de mis deudos olvidados, qué pasaría, en fin, si yo me mezclase con la estrella que me guía en el alto cielo, con el ciprés que me espera al pie de un cenotafio estéril, con el gato al que castré y lo volví del revés, qué pasaría si al fin yo fuese tu, y fuese ellos igual que tú te fundes en mi cuerpo como lo hacen ellos, y todo fuese el ritual de un sueño ya olvidado que soñamos todos y es intercambiable, y que pasaría si al final de ese sueño todos nos encontrásemos atrapados en él, soldados, confundidos hasta acordarnos que entramos ahí como un puñado de polvo que se ha juntado en el camino y que así saldremos, pero de uno en uno y acordándonos del sueño y así es como somos cada uno de los rostros que fuimos y tuvimos.
Antes de dedicarse a la poesía, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), tuvo que ganarse la vida como fontanero, vendedor de enciclopedias incapaz de vender ninguna, camarero en residencias de ancianos y tabernero, entre otros oficios. Su poesía, que ha sido adscrita al realismo sucio –“una poesía de los días laborables”, según su propia expresión-, huye de la retórica, utiliza abundantemente el coloquio como recurso narrativo y apenas hay rastro de metáforas. Aunque parece que no haga literatura, no deja de pulir sus mínimos poemas podando y podando hasta llegar al hueso. Con un tono ligeramente pesimista, en alguna ocasión ha dicho que busca hacer real la emoción sin patetismo, que le importa más ésta que el ropaje en el que venga envuelta y se ha llegado a definir como un poeta que no deja de hablar de la vida. “Mi poesía -ha dicho en una entrevista- recoge todo tipo de personajes de la ciudad a la deriva, yo hablo de los mendigo, de esa mujer sola a la que se le ha torcid...

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