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CUENTOS MÍNIMOS: MI RETRATO REAL


Me volví célebre de la noche a la mañana. ¡Pobre de mí! ¡Maldita celebridad! Hubiera preferido tener mala suerte. Qué suerte tienen aquellos que se vuelven célebres después de muertos y no tienen que sufrir el peso de la falsa fama burlándose tras sus espaldas. De repente, me perseguía todo el mundo. ¿Qué culpa tuve yo de que me encargaran el retrato del rey difunto? ¿Qué culpa tuve yo de que se muriera al día siguiente de mi famosa exposición? ¿Había captado yo el momento de su agonía en aquel retrato que yo dibujé burlesco? ¿Había captado yo en aquellos momentos el momento de su inminente muerte? Algo sin duda capté mientras pintaba su retrato en aquellos meses en que lo único que me inspiraba era el desnudo que le había hecho Velazquez al papa Inocencio X. Le había dibujado en aquel sofá como si ya fuera el trono del que había sido desalojado. Había puesto toda mi alma en pintar un retrato de un rey abdicante, como si alguien le estuviera segando la hierba debajo de sus pies. Pienso que capté sus rasgos paranoicos. ¿Intuía ya acaso que alguien estaba asestandole una daga por la espalda? No sé, no pude saberlo, asuntos de Estado más graves impidieron que completase el retrato, pese a lo cual y a las advertencias, incluso amenazas, que de todas partes se me insunuaban, yo decidí exponer mi obra más reciente, especialmente aquel retrato, quise seguir adelante con mi idea de mostrar al rey desnudo. Sí, yo lo había conseguido, ahí estaba de cuerpo entero, sin corona ni púrpura. Y la exposición fue un exito, sí. Maldigo del éxito que nos es advenido, que nos cae como un disfraz falso que algún adversario nos quiere colocar como un hazmerreír. Pues al día siguiente de la gran exposición -el retrato del rey que ya iba a ser difunto fue un éxito, la gente formaba cola, un revuelo me llegó entre los canapés y el vino español de la inauguración, y a mí me miraban como si fuese el rey, el majestuoso retratado en vez del pintor-, al día siguiente, digo, ese día que puso letras luctuosas en el almanaque español, el rey tuvo para mí la indecencia de expirar por un accidente mortal, un accidente de marfileña caza que lo dejó más desnudo que mi descarnado retrato: había caído en su propia trampa y había sido expuesto y había estirado la pata en el momento más oportuno para mí. La historia tiene amargas ironías que nos hacen más dulces nuestros  momentos grises. Su muerte le vino a dar color a unos tiempos que no tenían ya nada que llevarse a la boca. Tiempos grises y difuntos, incluso obscenos, creo que yo actué urgido ante tanta obscenidad y lo pinté desnudo, incongruente, salaz. Y el rey vino a caerse con todo su corpachón ya declinante sobre aquellos tiempos sin sustancia. Sobre todas nuestras espaldas dejándonos republicanos de la noche a la mañana. Y ocurrió que mi exposición fue un éxito. Y sucedió que a esos días de éxito le siguió un calvario de llamadas al teléfono, de correos que no conseguía leer, de parabienes y vítores, todo el mundo quería ver aquel retrato como si fuese la máscara funeraria de la cara del rey que ya nadie vería. Antes preferían ver mi retrato vivo que aquella triste máscara en su ataúd dentro la cámara mortuoria. Y yo ya no sabía qué hacer, por qué puerta de mi casa salir, a quién llamar para ayudarme, me hubiera gustado pedir socorro, pero ocurría que era al revés, me esperaban tras la puerta de la calle para asediarme, algún micrófono me pidió a la puerta de mi portal palabras de aliento para el pueblo huérfano -y yo, qué triste, enmudecia mordiéndome el veneno en mis palabras-, algún elogio para el rey muerto, yo, que le había escudriñado su alma y le había visto todo el basural que le taponaba por dentro; yo, que mientras lo pintaba, tuve que taparme las narices y aguantar las arcadas. Me detenían cuando cruzaba cualquier calle, porque mi retrato estaba ahora en búsqueda y captura, había aparecido en las páginas de los periódicos junto al solemne retrato del rey muerto, salía mi nombre en la televisión cuando la encendía, notaba un barullo tras los cristales cuando me asfixiaba y necesitaba abir la ventana: el mundo estaba henchido alrededor de mí y yo me había quedado solo. Si llamaba a algún amigo para contarle lo que me pasaba, me preguntaba sobre el rey, querían saber de sus últimos comentarios, sus andanzas, sus gestos de valido, sus últimas quejas sobre aquella corona tan pesada. Y luego me preguntaban sobre la corona mortuoria de laurel que acababan de poner sobre mi cabeza, esa que iba hundiéndome con todo su peso cada día un poco más. Era el ungido, el hombre del momento, me daban puñaladas en el corazón cuando pensaba en toda aquella falsedad. 


Así pasaron los días, no me atrevía a salir de casa. Tenía miedo, la gente se transforma de repente de una forma tan monstruosa... A mi mismo me había pasado que esos monstruos me habían transformado en uno de ellos. Mis gestos eran sospechosos. No me reconocía cada vez que me miraba en el espejo, con tantas ojeras de no dormir, escuálido porque me estaba devorando la fama, con una máscara en la cara que no era peor que la que yo le puse al rey difunto: una máscara exacta, que le encajaba en la cara pero también se la desencajaba. Así también yo, cada vez más desencajado y menos yo. Salí por fin, a la calle, me di una vuelta por la plaza mayor. El enjambre de turistas, revoloteando por los bares de precios indecentes como sobre la mierda, me hacía más insufrible aquel paseo: no eran más que mendigos que miraban los tejados en vez del cielo, que pedían más postales para su cámara al acecho en vez de unas cuantas monedas. Un pobre me pidio insolentemente, con cara de ladrón, sacándome una mano del bolsillo como quien saca un arma, una ayuda para volver a casa en autobús, para comprar un pan, que sé yo, y escapé veloz por si acaso me perseguía también a mi aquella miseria. Me cagó una paloma en la chaqueta y me la quité con asco, como si me hubiera tocado la última inmundicia en un comedor de caridad, como si fuese algún estigma, algún signo de pobreza. Al fin de ese peregrinaje absurdo, un dibujante de caricaturas cerca de un soportal llamó mi atención cuando me paré antes sus dibujos satíricos. Se levanto de su silla de tijera para sacudirme toda aquella mierda del hombro con un pañuelo de emborronar pintura, yo creo que se apiadó de mí: me sentía en ese momento como un rey al que le han quitado la corona y le han señalado el camino del exilio: sabía que nunca más volvería a mí, por lo menos no volvería a mí tal como me había conocido. La muerte del rey me había herido de muerte. Su retrato había resultado ser mágico: me había convertido a mi también en un rey destronado. Aquel dibujante me miró a la cara con asombro y debió comprender que yo era su modelo ideal. Y tras sus ojos pasmados vino aquella propuesta que me maravilló: me lo haría gratis -el retrato- y, si me gustaba, podría quedármelo a voluntad, a la voluntad de unas cuantas monedas o billetes menudos, claro. Posé para él durante media hora con cara de duelo, como si sintiese un guantazo en la cara o un disparo inoportuno me hubiera destrozado el corazón. En algún momento noté que el dibujante sonreía, aunque trataba de que no lo viera: "tiene usted cara de difunto, es el modelo ideal", me dijo cuando puse cara de dolor ante una de sus continuas sonrisas, "si continúa así podré captar su muerte y ahí estará su verdadero retrato". Puse cara de muerto entonces, me sentía ya matado por la fama que había caído desde hacía unos días como una losa, quise morirme en aquel momento, tal vez el caricaturista lo captó, porque terminó de dar su último trazo con otra sonrisa de satisfacción y me entregó el retrato. No creo que haya un retrato mejor. En él estoy muerto como si estuviera vivo. Cómo me gusta contemplar mi muerte, lo miro y lo miro y no paro de mirarlo con gran satisfacción. Y me siento tan vivo..., es como si esa caricatura me hubiera liberado, como si me hubiera eximido de vivir tan mal como lo hacía por aquel entonces, como si yo me ausentase de mí y me pusiera a pasear por aquella caricatura. Pienso a menudo en el rey que retraté hace unos días. Me da pena. A veces pienso que lo maté retratando su alma. A veces pienso que yo estoy muerto también. Miro el retrato de mi caricatura, los ojos desorbitados y caídos, el pelo espeluznado como si lo hubiera cepillado el viento, el mentón de pensador que piensa en el vacío, los dientes postizos vagamente asomando, y veo que soy yo y que ya no tengo que fingir, y que mi fama es tan efímera que lo mismo me podría dar un paseo por el mundo con mi retrato y pasaría desapercibido. !Qué gozada! Qué bello es vivir lejos de los nombres y que la gente no te reconozca, que no seas parecido a nadie similar y que te dejen libre para siempre cuando te miran. ¿Qué importa que yo sea el pintor que retrató al rey? Lo confieso: cuando lo pintaba, estaba pensando en mi. ¡Me dió tanta pena, estaba tan desvalido! ¿Quién, cuando mira el retrato de su majestad difunta, sabe que está viendo mi retrato vivo? Qué sabe nadie sobre lo que se oculta tras el alma del artista. A veces pienso que nadie conocía al rey -ni siquiera sus lacayos- ni nadie me conoce a mi. Pero ahí estan su retrato y el mío: no hay más que mirarlos. Aún podréis reconoceros si os miráis en ellos.

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