EFÍMEROS 19. "La oveja Negra y demás fábulas" de Augusto Monterroso (1921-2003) en el 23 aniversario de su muerte.
Gran
escritor debe ser el que permite introducir en una breve reseña biográfica un
par de cuentos suyos y acaso no de los peores. Augusto Monterroso es ese escritor
capaz de hacer de la brevedad un arte que aspira a la misma inmortalidad que la de un poeta: conseguir con un verso o una línea ser recordado y celebrado. “Cuando se
despertó el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió en “El dinosaurio”.
Algunos críticos creyeron que se trataba de una errata, y que el cuento debía
continuar para revelar los secretos del dinosaurio. Otros que se traba de una
broma. Hubo quien dijo que ese cuento no era un cuento, ni era nada -incluso
que debería ser suprimido en futuras ediciones-. Monterroso, displicente y
siempre irónico, contestó que efectivamente no era un cuento, pues se trataba
de una novela. Un cuento ejemplar que acicatea la imaginación sin tener
elemento ni saber apenas nada, pero intuyendo mucho, que es lo que hace la
imaginación cuando se asombra: sabemos que hay un dinosaurio, aunque no sabemos
lo que hace, pero lo podemos imaginar. No sabemos dónde está, pero sabemos lo
peor, que está ahí, insistente como un fantasma dispuesto a aterrorizarnos. Podría
estar en cualquier parte, porque tan sólo se necesita que alguien despierte para verlo o invocarlo, o sólo tiene que despertar al dinosaurio. Desde que
Monterroso escribió ese cuento, existen en el mundo dos tipos de dinosaurios: el atávico
animal que dominó el planeta en la noche de los tiempos y el dinosaurio de los
cuentos cuyo arquetipo es el que hallamos en el cuento de Monterroso. No sabemos desde cuando
existe, pero intuimos que desde mucho tiempo atrás. Intuimos lo peor, que
existe ahora, todavía en este mismo momento y no sólo en el cuento de
Monterroso, pues ya se ha escapado de él, como se escapan las cosas de la
literatura que se hacen inmortales. Intuimos su persistencia: continuará
estando ahí como perdurará el cuento de Monterroso en que sacó este ejemplar de
bestiario simplemente para estar (vagamente ahí), ni tan siquiera lo ha tenido que pasear.
Augusto
Monterroso, nacido en Tegucigalpa en 1921, instalado en Ciudad de Guatemala desde
niño, se aficionó a escribir piezas breves porque a los quince años comenzó a
trabajar en una carnicería cuyo dueño era aficionado a la lectura, trabajo que
aún le dejaba tiempo para merodear todos los días la Biblioteca Nacional, donde
se encerraba para leer a los clásicos españoles, y más tarde a los griegos y
latinos (Horacio, los fabulistas latinos), virtuosos por su brevedad. Su hábito
de lector compulsivo le llevó a frecuentar los círculos de otros lectores y
poetas que comenzaban a escribir sus primeras letras, y desde ahí compartió la
otra afición: el activismo político contra el tirano Jorge Ubico, lo que le
valió ser detenido en 1944 por repartir un periódico clandestino. Finalmente
logró escapar y pedir asilo en la embajada de México, lo que le llevó al exilio
en su capital. Allí, en esta ciudad, colabora con los gobiernos revolucionarios
guatemaltecos en labores diplomáticas y es nombrado posteriormente cónsul
guatemalteco en la Paz hasta el derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954, que le
vuelve a poner en el exilio, primero en Chile, donde pasó bastante hambre y
dificultades económicas, según contaría más tarde en algunas entrevistas. Entre
las ayudas que recibió para salvarle de su estado de calamidad destaca la de
Pablo Neruda, que lo metió de ayudante en su revista “La gaceta de Chile. Después
en ciudad de México, donde ya tendrá su residencia permanente y donde intima
desde el principio con Juan Rulfo -realizando varios viajes juntos-, cuando
ninguno de los dos escritores aún habían publicado nada. En 1952, aún
hallándose en México, publica “El concierto” y “El eclipse”, dos cuentos que ya
comenzarán a darle una pequeña notoriedad. Pero no será hasta la publicación en
1959 de su primer libro, “Obras completas (y otros cuentos)”, cuando Monterroso
comienza a adquirir verdadera fama como cuentista original de obra exigua. En
México entra en contacto con el mundo universitario y editorial (su primer trabajo fue en la editorial que dirigía José Bergamín) y participa en
la creación de talleres de cuentos que formarán a quienes más tarde se
van a convertir en conocidos escritores. En uno de estos talleres celebrados en 1970
va a conocer a Bárbara Jacobs, con quien contraerá matrimonio y llegará a
colaborar en “La antología del cuento triste”, publicada décadas más tarde. Un
año antes, en 1969, había publicado su segundo libro, “La oveja negra (y demás
fábulas)" que ya le dará reconocimiento mundial. Con su libro “Movimiento Perpetuo”
en 1972 consigue además el reconocimiento de la crítica mexicana que lo designa
como el mejor libro del año. Le siguen a esta publicación más publicaciones y
más premios y reconocimientos. En 1975 el premio Javier Villaurrutia. En 1978
su novela fragmentaria “Lo demás es silencio”. En “Fragmentos de un diario”, de
1987, incursiona en este género con algunos fragmentos de su diario personal
donde sale a relucir el Monterroso menos escurridizo. En 1993 publica “Los
buscadores de Oro”, libro de índole autobiográfica que concluye abruptamente
con un Monterroso adolescente. En 1996 obtiene el Premio Rulfo. Al año
siguiente el Nacional de Literatura de Guatemala. En el 2000 el Príncipe de
Asturias. En 2002 ve a la luz su libro “Pájaros de Hispanoamérica”, una
recopilación de textos donde diserta sobre su amigos escritores. La muerte le
sorprende el 8 de febrero de 2003, mientras preparaba la segunda parte de sus
memorias que debían abarcar desde los 16 hasta los 22 años. Falleció en Ciudad
de México a los 81 años.
Consultando
algunas entrevistas se puede entrever su amor por el cuento, pero más aún por
la poesía -publicó un par de libros en este género, pero se dio cuenta de que
era un intruso-. Pero siempre vinculó el cuento a la poesía e incluso recordaba
que Poe fue el primero que lo vinculó y que incluso consideraba más expresivo
este género que la novela y la poesía. Fue un firme defensor, por tanto, de lo
lírico y consideraba mala literatura la que no desembocaba de alguna forma en
la poesía. Alguna vez comentó que toda literatura era para él una alegoría: la
buena literatura debe abarcar e ir más allá de la cosa que se está contando,
porque refleja el propio mundo en que vivimos, que de alguna manera se nos da a
comprender de forma también alegórica. Abogó por un estilo sencillo que le
procurara el mayor número posible de lectores -quería evitar a toda costa que el
lector se le escapase- y añadía que abrigaba el ideal que debería tener todo
escritor: ser releído, lo que ha de exigir mucho trabajo para no decir cosas
superficiales. Llama la atención que entre los maestros de la brevedad que
Monterroso reclamaba se encontrase Antonio Machado con su “Juan Mairena”, libro
que consideraba como una de las cumbres de cualquier literatura, ya no sólo de
la española, por ser fuente de verdadera literatura y de saber. Cuando en una
ocasión le preguntaron como se llegaba a una escritura y obra tan concisa como
la suya contestó que “Tachando; tres renglones tachado valen más que uno
añadido”. Y es que le aterrorizaba la idea de que la tontería acechase siempre
a cualquier autor después de cuatro páginas. Si para halagarle se le recordaba
que nunca había escrito una línea mala, contestaba que era porque escribía
poco. A sus alumnos de talleres literarios aconsejaba, frente a la página que
uno creía perfecta, agregar algún error: la perfección siempre es una cosa
inhumana que en arte hay que evitar.
Se
ofrecen aquí cinco fábulas de su libro “La oveja negra” -uno de los pocos
libros del siglo XX traducidos al latín-. Monterroso creía que muchos de sus
cuentos eran como fábulas pero sin moralejas, más bien buscando el absurdo. No
creía, como algún crítico apuntó, que fueran parodias de fábulas, sino más bien
fábulas contadas de una forma moderna. No pretendía moralizar sino señalar
rasgos que rigen al ser humano. No un espejo cóncavo y convexo que diera con el
esperpento, sino un espejo en que cualquier lector pudiera verse reflejado. En
un encuentro en Madrid con otros escritores, comentó que de la fábula se espera
que tenga un sentido crítico y moral, pero en su caso se trataba de “una sátira
dirigida a la sociedad, y no a determinadas formas de conducta”. Alguna vez escribió
que respetaba al punto que le hacía abortar el crecimiento de textos que
podrían degenerar en larguísimas novelas. Pero también lo odiaba, porque acaso
ese impulso a poner pronto el punto final a sus textos le habían impedido ser
un escritor de más largo aliento. Hay que decir que quizás por este corto
aliento sus textos y cuentos respiran mejor y destilan una ironía que es toda
una virtud en el mundo de los libros: nos evitan la solemnidad. A menudo Monterroso
se lamentaba de su pereza como escritor, pero sentimos que sus cuentos respetan
la paciencia del lector y se hallan profundamente inspirados. Y es que
Monterroso creía en las musas y creía que si éstas le raptaban debían hallarlo
perfectamente desocupado: “Creo en las musas y en la inspiración: si no me
viene puedo pasar tres o cuatro meses, o cinco, sin hacer nada”. En cuanto a
pereza, no se creía más perezoso que el publico lector: “yo publico poco
libros, pero más perezoso es el público, que no los lee”. Monterroso escribía
cuentos breves porque tenía la ambición de un novelista sin fastidiar con su
verborrea al lector. Su secreto era precisamente trabajar un cuento como se
trabaja una novela. “El cuento debe ser denso, intenso, desde la primera hasta
la última línea. No importa el final ni importa la historia. Importa la
historia por la forma en que está contada”, comentó en una entrevista. No es de
extrañar que con este ambicioso método de trabajo para escribir cuentos fugaces
alcanzase una extraña originalidad y perfección como escritor y cuentista. Ambicionaba convertirse en un
nuevo Balzac del siglo XX, tal como dio a entender irónicamente en otro de los
cuentos más breves de ese siglo, el titulado “Fecundidad”: “Hoy me siento bien,
un Balzac; estoy terminando esta línea”. Sólo sintiéndose bien escribiendo tan
poco puede un escritor gozar y llegar a escribir mejor. Su humildad le llevó en
una ocasión a subrayar la transitoriedad de casi toda la literatura, incluida
la suya: “Nuestros libros son los ríos que van a dar a la mar, que es el olvido”.
Es posible que alguno de sus libros aún tengan crecidas y tarden mucho en llegar
a la mar. Incluso sentimos que alguno de esos riachuelos de una sola línea
todavía nos ofrecen un espectáculo de lo más evocador.
LA
OVEJA NEGRA
En
un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
EL
ESPEJO QUE NO PODÍA DORMIR
Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.
*****
Por
fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.
En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.
*****
EL
ZORRO ES MÁS SABIO
Un
día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin
dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó
inmediatamente, pues odiaba este tipo de personas que dicen voy a hacer esto o
lo otro y nunca lo hacen.
Su
primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto
fue traducido (a veces no muy bien9 a los más diversos idiomas.
El
segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos
de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron
con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los
libros del Zorro.
Desde
ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no
publicaba otra cosa.
Pero
los demás empezaron a murmurar y a repetir ¿Qué pasa con el Zorro?, y cuando lo
encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted
que publicar más.
-Pero
si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.
-Y
muy bueno -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El
Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo
publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.
Y
no lo hizo.
LA
CUCARACHA SOÑADORA
Era
una vez una cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha
llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un
empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha.
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