ESPEJO
Soy de plata y exacto. No tengo
prejuicios.
Todo lo que veo lo devoro de
inmediato
tal como es, sin empañarse por amor o
rechazo.
No soy cruel, solo sincero—
el ojo de un pequeño dios, de cuatro
esquinas.
La mayor parte del tiempo medito en
la pared opuesta.
Es rosada, con motas. La he mirado
tanto
que creo que es parte de mi corazón.
Pero parpadea.
Los rostros y la oscuridad nos
separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se
inclina sobre mí,
buscando en mis fondos lo que
realmente es.
Luego se vuelve hacia esos
mentirosos, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo con
fidelidad.
Ella me recompensa con lágrimas y un
agitar de manos.
Soy importante para ella. Viene y se
va.
Cada mañana es su rostro el que
reemplaza la oscuridad.
En mí ha ahogado a una niña, y en mí
una anciana
asciende hacia su día una y otra vez,
como un pez terrible.
ARIEL
Estasis en la oscuridad.
Y de pronto el raudal azul,
insustancial
Del tolmo y las lejanías.
Leona de Dios,
Eje de talones y rodillas,
¡Cómo nos fundimos en una! El surco
Se abre y avanza, hermana
A cuya cerviz marrón y
Arqueada no consigo asirme,
Las bayas con mirada de negro
Lanzan oscuros
Anzuelos,
Bocanadas de sangre y negra y dulce,
Sombras.
Algo más
Me arrastra por el aire…
Muslos, cabellos;
Escamas que se desprenden de mis
talones.
Blanca
Godiva, así me voy despojando
De manos muertas, rigores muertos.
Y ahora voy dejando
Espuma sobre el trigo, un centelleo
marino.
El grito del niño
Se disuelve en la pared.
Y yo
Soy la flecha,
El rocío que vuela
Suicida, unida a esta fuerza
Que me impulsa hacia el ojo
Encarnado, el caldero del alba.
LADY LÁZARO
Lo he hecho otra vez.
Una vez cada diez años
lo consigo—
Una especie de milagro andante, mi
piel
brilla como una pantalla de lámpara
nazi,
mi pie derecho
un pisapapeles,
mi rostro, una fina y lisa
tela judía.
Arráncame la servilleta,
oh, mi enemigo.
¿Te doy miedo?—
¿La nariz, las cuencas, la dentadura
completa?
El aliento agrio
desaparecerá en un día.
Pronto, pronto la carne
que devoró la cueva tumba
se sentirá en casa sobre mí
y yo, una mujer sonriente.
Tengo apenas treinta.
Y como el gato, tengo nueve vidas
para morir.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud que cruje maní
se empuja para ver
cómo me desenvuelven pies y manos——
El gran striptease.
Damas, caballeros:
Estas son mis manos,
mis rodillas.
Puedo ser puro hueso y piel,
pero sigo siendo la misma mujer,
idéntica.
La primera vez ocurrió a los diez.
Fue un accidente.
La segunda vez quise
resistir, no volver en absoluto.
Me cerré como
una concha de mar.
Tuvieron que llamarme y llamarme
y arrancarme los gusanos como perlas
pegajosas.
Morir
es un arte, como todo.
Y yo lo hago de maravilla.
Lo hago para que se sienta como el
infierno.
Lo hago para que se sienta real.
Podría decirse que tengo talento.
Es fácil hacerlo en una celda.
Es fácil hacerlo y quedarse quieta.
Lo difícil es
el regreso teatral,
a plena luz,
al mismo lugar, la misma cara, el
mismo bruto
gritando divertido:
“¡Un milagro!”
Eso me tumba.
Hay un precio
por mirar mis cicatrices, hay un
precio
por escuchar mi corazón——
de verdad late.
Y hay un precio, un precio muy alto,
por una palabra o un roce,
o una gota de sangre,
o un mechón de cabello, o un trozo de
mi ropa.
Así que, Herr Doctor.
Así, Herr Enemigo.
Soy tu opus,
soy tu valiosa,
la niñita de oro puro
que se derrite en un grito.
Giro y ardo.
No creas que subestimo tu noble
preocupación.
Ceniza, ceniza—
Hurgas y revuelves.
Carne, hueso, ya no queda nada—
Una pastilla de jabón,
un anillo de bodas,
una incrustación de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer,
cuidado,
cuidado.
Desde la ceniza
me alzo con mi cabellera roja
y devoro hombres como el aire.

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