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EFÍMEROS Y BREVES 24. Cuatro cuentos breves de Thomas Bernhard (1931-1989) en el 37 aniversario de su muerte.

 


Thomas Bernhard fue un autor teatral austriaco y uno de los novelistas más influyentes del siglo XX por el estilo musical de sus prosas, sus diatribas contra lo humano y lo divino y sus estrafalarios personajes que rondan la excepcionalidad, la locura y la muerte. Fue el hijo ilegítimo de un carpintero austriaco y de la hija del escritor Johannes Freumbichler, nacido el 9 de febrero de 1931 en Heerlen (Países Bajos). Será precisamente este abuelo materno el que se va a hacer cargo de él durante su infancia y quien le inclinará a los estudios musicales al cultivarle su sensibilidad artística. Ya siendo adolescente interrumpió sus estudios de bachillerato para ingresar como aprendiz en una tienda de ultramarinos hasta que contrajo una grave enfermedad pulmonar que lo recluirá en un sanatorio durante varios años nada más cumplir los 18 años. Tras su curación, en la década de los cincuenta, comienza a prepararse como músico y actor en Salzburgo hasta que comienza a escribir sus primeras obras y puede dedicarse plenamente a la literatura, alternando la novela con su actividad teatral. Su obra es notable tanto por su prosa musical, llena de circunloquios y monólogos interminables que avanzan obsesivamente en espiral sobre una trama casi inexistente, como por sus personajes marginales, generalmente misántropos, solitarios y trastornados, muchos al borde del suicidio o el asesinato que comienzan a hilvanar las obsesiones que los han llevado a su excepcionalidad o desesperación. Con sus novelas y su teatro ha tenido una influencia sobresaliente en una no pequeña parte de la narrativa actual -desde Javier Marías hasta Kertész, Sebald o Jelinek-, y en su prosa se puede rastrear, por su afán de ahondar en la alienación humana, la huella evidente de Kafka y Dostoyevski, además de estar haciendo referencia, de un modo menos obvio, a Joyce y a Virgina Wolf en sus monólogos interiores. Entre sus novelas se puede destacar, además de su saga biográfica compuesta de cinco volúmenes, “Trastorno” (1967), “Corrección” (1975), “El malogrado” (1983) y su última novela en 1985 “Maestros antiguos”. Murió de un infarto al corazón el 12 de febrero de 1989.

 

EL TREN DE LA MAÑANA

Sentados en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo, están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros propios gritos.

 

DESEO INSATISFECHO

Una mujer de Atzbach fue muerta por su marido porque, en opinión de éste, se había puesto a salvo de su casa en llamas con el niño equivocado. No había salvado a su hijo de ocho años, para el que su marido proyectaba algo especial, sino a su hija, a la que el marido no quería. Cuando, ante el tribunal de distrito de Wels, le preguntaron al hombre qué era lo que proyectaba para su hijo, que quedó totalmente carbonizado en el incendio, el hombre respondió que quería hacer de él un anarquista y asesino a manos llenas que aniquilase a la dictadura y, por consiguiente, al Estado.


Se dejan aquí cuatro cuentos breves de Thomas Bernhard pertenecientes al volumen "El imitador de voces"

 

LOCURA

En Lend dejaron cesante a un cartero, que durante años no repartió todas las cartas de las que sospechaba noticias tristes ni, como es natural, todas las esquelas que recibía, sino que las quemaba en su casa. Finalmente, el Correo hizo que lo internaran en el manicomio de Scherrnberg, donde, con uniforme de cartero, va de un lado a otro repartiendo continuamente cartas, que echa en un buzón colocado expresamente para ello por la administración del manicomio en uno de los muros del manicomio, y que están dirigidas a los demás pacientes. Inmediatamente después de ser internado en el manicomio de Scherrnberg, el cartero pidió su uniforme de cartero, según se dice, para no tener que volverse loco.

 

 

GENIO

En Viena, donde la desconsideración y la desvergí¼enza hacia los pensadores y hacia los artistas han sido siempre máximas y que, sin duda, puede calificarse del mayor cementerio de fantasí­as y de ideas, y en la que han degenerado y decaí­do y sido aniquilados mil veces más genios de los que realmente han salido a la luz y llegado a la fama y a la fama mundial en Viena, se encontró muerto en un hotel del centro de la ciudad a un hombre que, con mente totalmente lúcida, escribió en una nota las verdaderas causas de su muerte y sujetó la nota a su chaqueta. Durante decenios, escribió, habí­a perseguido una idea, y realmente habí­a podido realizar y llevar a su término esa idea suya, como es natural una idea filosófica, en una gran obra, y finalmente todas sus fuerzas habí­an sido devoradas por esa idea. Sin embargo, el reconocimiento que esperaba no se habí­a producido. Aunque, finalmente, habí­a mendigado ese reconocimiento, le habí­a sido negado por las instancias y las personas competentes para ello. De nada habí­a servido que demostrara la inmensidad de su obra. No sólo la envidia de sus colegas, sino toda la atmósfera enemiga del espí­ritu de esa ciudad lo empujaba a la muerte, su aturdida falta de humanidad. Sin embargo, como no querí­a renegar de su carácter, habí­a quemado su obra antes de suicidarse, habí­a quemado y, realmente, reducido otra vez a la nada en pocos minutos la obra de su vida, después de haber necesitado decenios para que surgiera, y no habí­a querido dejarla a una posteridad que en ningún caso la merecí­a. La espantosa idea de que él, lo mismo que otros muchos como él, sólo después de su muerte serí­a reconocido y por consiguiente explotado y famoso, le hizo aniquilar sus logros que, realmente, habí­a que valorar mucho más alto que todo lo pensado y escrito en esa esfera.

La ciudad de Viena, así­ escribí­a en su nota para terminar, vive desde que existe de las obras de sus suicidas geniales, y él no querí­a ser un eslabón más de esa cadena de genios.


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