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3 cuentos breves de Leopoldo Lugones (Efímeros y breves 28)



Leopoldo Lugones fue un poeta y escritor polímata nacido el 13 de junio en Ríoseco (Argentina), máximo representante del modernismo en su país y una de las figuras más influyentes en todo el continente. Fue socialista, masón, impulsor de la Sociedad Argentina de Escritores y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1926. Comenzó a escribir como periodista en Buenos Aires tras haberse casado en 1896. Su primer libro de poemas “las montañas del oro” data de 1897, con fuerte influencia simbolista. Más cercana al modernismo se halla su obra publicada en 1905, “Los crepúsculos del jardín”. Al año siguiente publica “Las fuerzas extrañas”, un libro de cuentos fantásticos que sería otra de las facetas que el escritor iba explorar con fortuna, convirtiéndose en un maestro para cuentistas hispanoamericanos. “Cuentos fatales” será otro de sus libros de cuentos. Lugones introdujo en su poesía nuevos ritmos e importó métricas novedosas, inventó nuevas palabras y fraguó metáforas valientes. Entre sus poemarios destacan “Lunario sentimental” y el “Libro fiel”. Cultivó también el ensayo, al que trató de darle vuelo con su fantasía. Como creador de universos fantásticos fue maestro de Borges, Cortázar y Bioy Casares. Se dio muerte el 18 de febrero de 1938 tras ingerir una mezcla de cianuro y whisky.

 

LA MUERTE DEL DIABLO

En una mísera posada de Trernto moríase un pobre hombre que desempeñaba el oficio de buhonero y decía llamarse el señor Gaspar. Esto pasaba en 1563; y como la ciudad encontrábase llena de religiosos, con motivo del concilio, no faltó luego confesor para el moribundo.

Acogió éste con dodloridad urbanidad al monje dominico que fue, y cuando hubiéronse quedado a solas, no tuvo inconveniente en manifestarle que era el diablo.

Por mucho que el monje no lo creyera, como entre monjes suele acontecer, el nuestro hubo de preguntarle cómo siendo eterno por emanación y sustancia, moríase sin embargo.

-¡Ah! -respondió tristemente el señor Gaspar-, me muero porque soy inútil. En estos cinco años han pasado cosas decisivas. El concilio ha escrito en nombre de Dios la enciclopedia del mal, agotando el tema; y en Yuste se ha ido con el emperador Carlos V, la última alma cristiana: el último César que se hace monje.

El fraile murmuró:

-Alabado sea Dios, entonces, puesto que triunfa con la muerte de Satanás.

-¿Dios... -murmuró el señor Gaspar, con una triste sonrisa- Dios, reverendo padre?... Murió ayer de inanición, en una cueva de mendigos, mientras disputaban sus atributos los teólogos del concilio. Yo le alcancé, reverendo padre, la última sed de agua...


*****


ORFEO Y EURÍDICE

Hallo una contradicción -dijo el filósofo-, entre la inexorable ley, conforme a la cual ningún mortal volvía del Hades, y el retorno de Eurídice, concedido por el dios infernal a Orfeo, cuando éste lo apiadó con la lira.

-Más aún -confirmó el filósofo-, si se considera que la ley del Hades no incumbía al dios, sino al destino cuyo carácter impersonal excluye la compasión.

-El dios fue a la vez piadoso y sutil -enseñó el poeta- y eso se ve en la condición que puso a Orfeo: no volverse para mirar a Eurídice hasta no haber abandonado el infierno. Pues, hallándose realmente enamorado de ella Orfeo, el dios sabía con seguridad que no resistiría al ansia de verla.


*****

EL TESORO DE SCHEHEREZADA

Después que la elocuente princes hubo salvado su vida con sus historias, en aquellas famosas mily una noches de esplendor y de pelligro, las cascadas de oro y de pedrería, de sedas y de perfumes, las adolescentes bellas como lunas, los jardines milagrosos, las ciudades extraordinarias, los animales estupendos, los duendes de la tierra, del aire y del agua, las aventuras que trama el destino para hacer un rey de un gañán, y un asno o un gamo silvestre del gallardo hechizado; todo ese poema absolutamente único, porque agotó los prodigios de la imaginación a los pies del sultán magnífico y celoso, constituyó la herencia de la princesa: la herencia con que la princesa Scheherezada dotó a su pueblo, fundiendo todos aquellos tesoros en la maravilla divinamente impar de una esmeralda: la esperanza.

Los que sólo ven en aquellos cuentos el colorido pintoresco, el ingenuo entusiasmo de imaginar, el goce ilimitado de engendrar quimeras que embellezcan y encanten la vida, tal como el sol no acaba nunca de tallar su pedrería en el agua corriente, ignoran el beneficio inapreciable de esas leyendas en el alma popular. Para los pueblos imaginativos y sociales como aquellos de las Arabia, tales narraciones son el consuelo de la vida. Bajo su renovada impresión, que acaba por constituir un estado mental, el más ínfimo labrador despiértase creyendo que su nuevo día puede ser el día del destino, cuando la reja de su arado encajará en el anillo de bronce de tal o cual lápida, conducente al inagotable tesoro inscrito bajo su nombre por las potencias desconocidas; el último mendigo engañará su hambre soñando con el azar nunca imposible del hada que suele venir; la pobre mujer que pare un hijo en la miseria y el dolor, puede imaginar sin exceso -vale decir, con satisfacción positiva- un destino de rey para tan triste criatura. Tanto mejor si el prodigio no llega. Los días sucédense hasta el fin, completamente iluminados por la esperanza, tan inmediata como la hora que va a venir, como el próximo minuto; y de este modo la pobre humanidad consume sus días como quien los caminara sobre un magnífico tapiz. ¿Qué importa no llegar? La muerte es la única verdadera llegada. La vida es bella por la ilusión que la encanta, como el paisaje por el cielo de su horizonte. ¿Acaso nos parece menos hermoso aquel cielo porque no hayamos de alcanzarlo jamás?

Para los hombres que viven reunidos. Todo mal proviene de la desigualdad. La leyenda igual. ¿Sabe ese potentado si el destino le reserva más más miserable condición en el sello del anillo que un mísero pescador saca a la hora de éstos del vientre de un pescado, o en la palabra que posee y podría emplear contra él, el sabio de un país remoto; o si ese remendón de babuchas será mañana el rey, o si, todavía, en ese perro habriento que a su puerta se allega, está encarnado por la magia un hijo de sultán?... ¿Y qué sino la belleza, la gracia, el espíritu, hacen de la esclava una reina en el corazón generoso y en la casa honrada del verdadero emir?

Cuando los hombres creen que la vida es bella, reina en sus corazones la fe. Cuando saben que su lote de felicidad está llegando minuto por minuto, anima sus almas la esperanza. Cuando se sienten iguales, la caridad es la norma de su conducta.

La leyenda es fe, esperanza y caridad. Los hombres duros de corazón, que desprecian la leyenda, diciendo: "es mentira", son indignos de la belleza y de la gracia. Querrían que las perlas, los diamantes, las esmeraldas, los rubíes, los topacios de la leyenda, existieran realmente. No ven que, así, tendrían ya dueño, y serían motivo de opresión, de orgullo, de rencor, de envidia. Mientras en la leyenda son de todos y a todos los mejoran.

El hombre verdaderamente generoso, dicen los poemas, es aquel que, enriquecido por el trabajo o por la suerte, considérase un mero depositario de Alah, y con ello el ejecutor de su infinita munificencia.

De este modo es cómo llenos de caridad, de esperanza y de fe, alcanzamos a ver el rostro de la verdad en la esmeralda de Scheherezada.

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