Leopoldo Lugones fue un poeta y
escritor polímata nacido el 13 de junio en Córdoba (Argentina), máximo
representante del modernismo en su país y una de las figuras más influyentes en
todo el continente. Fue socialista, masón, impulsor de la Sociedad Argentina de
Escritores y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1926. Comenzó a
escribir como periodista en Buenos Aires tras haberse casado en 1896. Su primer
libro de poemas “las montañas del oro” data de 1897, con fuerte influencia
simbolista. Más cercana al modernismo se halla su obra publicada en 1905, “Los
crepúsculos del jardín”. Al año siguiente publica “Las fuerzas extrañas”, un
libro de cuentos fantásticos que sería otra de las facetas que el escritor iba
explorar con fortuna, convirtiéndose en un maestro para cuentistas hispanoamericanos.
“Cuentos fatales” será otro de sus libros de cuentos. Lugones introdujo en su
poesía nuevos ritmos e importó métricas novedosas, inventó nuevas palabras y
fraguó metáforas valientes. Entre sus poemarios destacan “Lunario sentimental”
y el “Libro fiel”. Cultivó también el ensayo, al que trató de darle vuelo con
su fantasía. Como creador de universos fantásticos fue maestro de Borges,
Cortázar y Bioy Casares. Se dio muerte el 18 de febrero de 1938 tras ingerir
una mezcla de cianuro y whisky.
ROMANCE DEL
PERFECTO AMOR
Oye, Amada,
la noche. Qué serena
la luna se
levanta
sobre la mar
y sobre tu hermosura.
La noche
canta.
Oye, Amada,
la fuente. En lo profundo
de la calma
sonora,
con música
más dulce que ese canto,
la fuente
llora.
Oye, amada,
el silencio. Qué reposo
de pasión,
de congoja y de batalla.
Reina la
perfección sobre los lirios.
La dicha
calla.
ROSA
MARCHITA
Rosa
marchita que el amante guarda
entre viejos
y pálidos papeles
que a ese
recuerdo vagamente fieles
siente pasar
bajo su mano tarda.
Quizá
recuerda un algo de la vida
de aquel
amor, tras tantos desengaños,
y por eso
parece que, a los años,
no está
muerta la flor, sino dormida.
HISTORIA DE
MI MUERTE
Soñé la
muerte y era muy sencillo:
Una hebra de
seda me envolvía,
y a cada
beso tuyo
con una
vuelta menos me ceñía.
Y cada beso
tuyo
era un día.
Y el tiempo
que mediaba entre dos besos
una noche.
La muerte es muy sencilla.
Y poco a
poco fue desenvolviéndose
la hebra
fatal. Ya no la retenía
sino por un
sólo cabo entre los dedos...
Cuando de
pronto te pusiste fría,
y ya no me
besaste...
Y solté el
cabo, y se me fue la vida.
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