Entre 1878 y 1937 vivió el escritor uruguayo Horacio Quiroga,
uno de mejores cuentistas del siglo XX, además de poeta notable que exploró en sus
inicios los caminos del simbolismo, con peregrinación a París incluida, ciudad donde
malvivió unos meses hacia 1900 mientras se daba a frecuentar los cenáculos literarios. Su
vida, digna de ser narrada en una novela, se movió entre Montevideo, Buenos
Aires y un territorio en la selva llamado San Ignacio, que conoció en 1903 tras
un viaje exploratorio a Misiones como fotógrafo. Su hechizo fue tal que ya no
le abandonó la idea de volver; y en efecto, se empecinó en retornar varias
veces, en construir su casa allí, en adaptarse a la hostilidad de un medio rudo lleno de víboras y alimañas para vivir a duras penas con su familia. Llevó a cabo negocios fracasados -como
destilador de naranjas o algodonero-, ejecutó un sinfín de actividades y variopintos
trabajos, siempre fabricando artilugios o ayudándose en su manutención con la
fabricación de ropa o de calzado, pero también recurriendo a la literatura como
un medio de vida indispensable para su propio designio de despojamiento y
marginalidad. Fue en su momento, colaborando en revistas y a base de publicaciones,
uno de los escritores mejor pagados de Argentina y con un relativo éxito
literario. Fue amigo de un presidente de Uruguay, Baltasar Brum, que entre 1917
y 1933 le procuró diversos puestos como funcionario diplomático y que lo
volvieron a sacar de la selva para conducirlo a una vida más civilizada en Montevideo
o Buenos Aires, otra vez ingresando en círculos literarios y jugando a volver a
ser escritor de moda. Pero, sobre todo, además de por su excelencia como cuentista,
la figura de Horacio Quiroga aparece aureolada por la imagen de la muerte que parece
cercarle desde la misma cuna en una extraña persecución e intimidad. Padre,
padrastro, amigos íntimos, esposa e hijos van sucumbiendo por terribles
accidentes o por su propia mano en una secuencia de muertes donde siempre anda
la escopeta o el cianuro de por medio. Precisamente, la muerte estará presente,
como un destino irónico y atroz, en sus primeros cuentos, agudizándose a lo
largo de su trayectoria en consonancia con el marco selvático y hostil donde
ambienta la mayoría de sus relatos. Él mismo se daría muerte el 19 de febrero
de 1937 ingiriendo cianuro, una vez que los médicos del hospital donde había
ingresado cinco meses antes le habían quitado toda esperanza respecto al tumor
estomacal que estaba tratando. En vida, además de algún libro de poemas
meritorio, se entregó a la publicación de cuentos en revistas o en forma de
libros, entre los que cabe destacar “Cuentos de amor, de locura y de muerte”
(1917), “cuentos de la selva” (1918), “Los desterrados” (1926) y “Más allá”, (1935).
En su influente “Decálogo del perfecto cuentista”, publicado en una revista de
Buenos Aires en 1927, queda evidenciado el idilio que el escritor mantuvo con
el cuento como género predilecto.
NOCHE DE
AMOR
Noche de
amor. Bajo la sombra cómplice:
La ingenua
tentación. En la arboleda
El motivo de
vida va pecando
Como un
ensueño de precoz histeria,
Hay
quemantes sudores en las pieles:
Sorda
germinación en las arterias;
Protestas en
las curvas no labradas
Y en tu
pupila audaz, francas ofertas.
La idealidad
se tiñe de rubores
Como un
pálido lirio, de vergüenzas:
En los
lechos abiertos y manchados
Se tiende la
pasión. La noche arquea
Su gran
complicidad sobre la falta;
El lirio de
tu sexo se doblega,
Y señala tu
carne temblorosa
El índice
fatal de mis torpezas.
¡Oh la sed
de mis labios, cuyos besos
Recargan la
intención que nos rodea!
¡Oh el
carmín de tus labios, cuyo orgullo
Palidece al
fulgor de tus caderas!
Dame tu
cuerpo. Mi perdón de macho
Velará la
extinción de tu pureza,
Como un
fauno potente y pensativo
Sobre el
derrumbe de una estatua griega.
EL JUGLAR
TRISTE
La campana
toca a muerto
en las
largas avenidas
y las largas
avenidas
despiertan
cosas de muertos.
De los
manzanos del huerto
penden nucas
de suicidas,
y hay sangre
de las heridas
de un perro
que huye del huerto.
En el
pabellón desierto
están las
violas dormidas;
¡las violas
están dormidas
en el
pabellón desierto!
Y las violas
doloridas
en el
pabellón desierto,
donde canta
el desacierto
sus
victorias más cumplidas,
abren mis
viejas heridas,
como
campanas de muerto,
las viejas
violas dormidas
en el
pabellón desierto.
TU AGONÍA
La tarde se
moría y en el viento
la seda de
tu voz era un piano,
y la
condescendencia de tu mano
era apenas
un suave desaliento.
Y tus dedos
ungían un cristiano
perdón, en
un sutil afilamiento;
la brisa
suspiró, como en el cuento
de una
melancolía de verano.
Con tu voz,
en la verja de la quinta,
calló tu
palidez de flor sucinta.
La tarde, ya
muriendo, defluía
en tu sien
un suavísimo violeta,
y sobre el
lago de tersura quieta
los cisnes
preludiaron tu agonía.

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