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PENSAMIENTOS 39. Arthur Schopenhauer (Sobre la vida y la muerte)

 



Arthur Schopenhauer nace el 22 de febrero 1788 en Danzig, hijo del comerciante Heinrich Schopenhauer y de su mujer Johanna, pero por motivos de trabajo del padre enseguida se traslada con su familia a Hamburgo. A la edad de quince años Arthur comienza a iniciarse en el oficio de comerciante, tal como deseaba su padre, que desconfiaba de la mente poco práctica de su hijo. A cambio de renunciar a una carrera universitaria poco lucrativa se le compensa a cambio con un viaje por Europa en compañía de sus padres. Ese viaje de más de un año de duración por Holanda, Inglaterra, Francia, Suiza, Austria le va a convertir en un gentleman con un enorme bagaje cultural, lleno de experiencias y ya versado en el idioma inglés. En 1805, un año después de finalizar el viaje, su padre se suicida. Mientras Schopenhauer sigue su aprendizaje con un mercader en Hamburgo, Johanna disuelve el negocio y se traslada a Weimar junto con su hija Adele. Organiza unas veladas de té en su salón que se hacen célebres y comienza en 1806 su amistad con Goethe, de la que más tarde se beneficiará el hijo. En 1807 interrumpe la carrera de comercio, abandona Hamburgo y acude al instituto de Gotha con el fin de prepararse para su ingreso. Pero a consecuencia de un poema satírico va a ser expulsado y decide hospedarse en Weimar aunque sin residir domicilio materno. En 1809 inicia sus estudios universitarios en Gotinga donde permanece dos años enfrascado en las Ciencias de la naturaleza, en Platón y en Kant. En esta época comienza a interesarse por la cultura oriental; en la filosofía india y en el budismo encontrará una visión del mundo que sintonizará con la que le va a proporcionar su marcado carácter pesimista. En 1811 visita Weimar y le confiesa a Christoph Wieland que “la vida es un asunto deplorable” y que se propone pasar la suya reflexionando sobre ese tema. Ese mismo año ingresa en la Universidad de Berlín y asiste a las clases de Fichte, pero sus enseñanzas le parecen superficiales y frívolas. Allí permanece dos años hasta que la amenaza de la guerra le lleva a refugiarse en Weimar hasta que uno de los muchos altercados que mantiene con su madre le hace retirarse a la vecina ciudad de Rudolstadt. Allí concluye en cuatro meses su tesis doctoral “Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente”. Este mismo año, 1813, inicia las primeras conversaciones con Goethe acerca de doctrina de los colores, de importancia para Schopenhauer que también publicará su libro sobre el tema, estimulado por él. Al año siguiente una fuerte desavenencia con su madre hace que por fin rompa con ella para siempre y decide mudarse a la ciudad de Dresde, donde pasará cuatro años. En 1815 comienza a bosquejar lo que será su gran libro “El mundo como voluntad y representación”, que al fin conseguirá publicar en 1819, coincidiendo con un viaje por Italia (Florencia, Venecia, Napoles Venecia) que ha de abortar como consecuencia de una crisis financiera en la familia a raíz de la quiebra de la banca donde tenía invertido su dinero. La constatación de que su libro había pasado desapercibido y era un fracaso le produjo una gran decepción, lo que unido a su falta de solvencia económica le obliga a solicitar una plaza de docente en la Universidad de Berlín, donde es admitido. Es conocida la perplejidad expresada por el filósofo al darse cuenta de que mientras su aula permanecía casi desierta la de Hegel, que en ese momento estaba en su apogeo y a quien no tenía en gran consideración, permanecía siempre rebosando de estudiantes que se agolpaban para escucharlo. Comienza entonces un periodo de diez años en que se hace itinerante. En 1822-25 visita de nuevo Italia; desde 1826 a 1827 reside en Munich, posteriormente en Dresde y en 1831, después de nuevas tentativas de enseñar en la Universidad -saldada con el mismo fracaso previo-, abandona definitivamente Berlín, huyendo de una epidemia de cólera, y se instala en Frankfurt, donde pasará el resto de su vida. En 1835 publica “Sobre la voluntad en la naturaleza, y en 1839, un año después de fallecer su madre, recibe el premio de la academia noruega con su obra “Sobre la libertad de la voluntad humana”. En 1844 publica un tomo complementario de su obra “El mundo como voluntad y como representación” y una segunda edición del primero. Finalmente, con sus “Parerga y paralipomena” logra que el gran público se fije en su labor filosófica y obtiene el éxito y la acogida que había perseguido desde joven. El libro es un conjunto de escritos redactados en forma amena y accesible al estilo de los moralistas de siglos anteriores y, tanto por su forma como por su fondo, ha sido la obra que más a contribuido a difundir su concepción del mundo. Un año después de que apareciese, ya con cierto eco, la tercera edición de “El mundo como voluntad y representación, fallece de manera repentina mientras se encontraba desayunando en su mesa de trabajo en Frankfurt. Era el 21 de septiembre 1860 y contaba 72 años.

Se ha dejado aquí sucinta reseña biográfica que se ampliará en lo sucesivo con más entregas aforísticas de su pensamiento y que será analizado próximamente.


AFORISMOS DE SCHOPENHAUER SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

 

La vida es como una pompa de jabón que mantenemos e inflamos tanto tiempo como es posible, con la firme convicción de que acabará explotando.

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¿Qué puede esperarse de un mundo en el que casi todos viven, sin más, porque no tienen el valor para pegarse un tiro?

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Sólo el ser humano esconde en su interior la seguridad de la muerte gracias a conceptos abstractos. Aunque resulta extraño que esta seguridad no le inquiete en general […]. Todos viven como si fueran a hacerlo eternamente […], pues de lo contrario casi nos sentiríamos como un criminal condenado al patíbulo.



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Cada día es una pequeña vida, cada despertar y levantarse un pequeño nacimiento, cada fresca mañana una pequeña juventud y cada acudir a la cama y dormirse una pequeña muerte. Para llevar la analogía hasta el final, podríamos comparar la incomodidad y dificultad para levantarnos con los dolores del parto.

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La vida de cualquier hombre, abarcada desde una perspectiva global, es una tragedia; pero observada en sus detalles es una comedia. La vida cotidiana, el peso del momento, los anhelos y temores de cada semana, los accidentes de cada hora son puras escenas de comedia. Pero los vanos afanes, las esperanzas aplastadas, los desdichados errores de toda la vida y la muerte, al fin, construyen siempre una tragedia.

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Cada vez que tomamos aire rechazamos la insistente y violenta muerte, y por eso luchamos cada segundo contra ella: en intervalos más amplios la combatimos a través de la comida, del sueño, del calor, etc. Pues ya caímos presa de ella inmediatamente en el nacimiento: nuestra vida no es más que un aplazamiento de la muerte.

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El cadáver es un simple excremento de la idea humana, que permanece constante.

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La vida real y los sueños son páginas de un mismo libro.

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La conciencia es del todo fragmentaria […] Sólo la más pequeña parte de nuestro propio ser recae en nuestra conciencia.; el resto permanece en oscuras profundidades del inconsciente, lo cual, quizá, sea lo más propio de nuestras esencia.

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Podríamos pensar que la mitad de todo nuestro pensamiento se desarrolla de manera inconsciente. […] Nuestros mejores pensamientos, incluso los más ingeniosos y profundos, llegan repentinamente a la conciencia como una inspiración y frecuentemente bajo la forma de una grave sentencia.

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¿Quién echa aún de menos la justicia retributiva? Lo que más teme el malvado lo tiene garantizado: la muerte. También el mejor tiene tal certeza, pero él no la teme, pues no quiere la vida. Ser el más malvado no es más que querer vivir la vida al máximo.

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Si se me pregunta dónde puede obtenerse el más íntimo conocimiento de la esencia íntima del mundo, de la cosa en sí, a la que he llamado voluntad de vivir, o en qué parte de la conciencia se asoma esa esencia de la forma más clara, o dónde se alcanza la más pura revelación de su ser, entonces habré de responder que en la voluptuosidad del acto de la copulación. ¡Eso es! Tal es la auténtica esencia y el núcleo de todas las cosas, el fin y la meta de todo ser existente. De ahí que sea también, para los seres vivos, subjetivamente, el objeto de toda su acción, su más alta ganancia; y es, objetivamente lo que conserva el mundo […]. ¿Y qué significa esto para nosotros? Lo dice el soneto 129 de Shakespeare. Sobre la entrada del burdel de Pompeya podía leerse debajo de la imagen del falo hic hábitat felicitas [aquí mora la felicidad].

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El instinto es el sentido de la sexualidad; y los cinco sentidos son los suplentes del instintos para el individuo.

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Toda nuestra vida es una continua lucha contra obstáculos que al final obtienen el triunfo.

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A lo largo de la vida la voluntad comunica su carácter infatigable al corazón, ese primer motor del organismo, que se convierte así en símbolo y sinónimo suyo.

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El mundo como cosa en sí es una enorme voluntad que no sabe lo que quiere, pues sabe sin más que quiere, en tanto que es voluntad y no otra cosa.

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La vida es un juego en el que el cuerpo, en tanto que muere y ha de ser deshabitado, es la apuesta. Depende de nosotros si arriesgamos por ella, es decir, si queremos costear las alegrías y los sufrimientos de la vida, o abandonar la apuesta y tan sólo esperar a que nos despidan de la mesa de juego.

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¿Por qué huye un animal, temblando y temeroso? ¡Porque es pura voluntad de vivir, sabe que está entregado a la muerte y quiere ganar tiempo!

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Una experiencia en la que se hace patente la duplicidad de nuestra conciencia es la variada disposición de ánimo con que nos enfrentamos a la muerte en distintos momentos. Hay instantes en lo que, cuando pensamos intensamente en la muerte y aparece bajo la forma de una terrible figura, no comprendemos cómo, con tal perspectiva, podemos tener siquiera un minuto de tranquilidad, ni cómo cada cual no pasa toda su vida sumido en lamentos por la inexorabilidad de la muerte. Otras veces pensamos en la muerte con alegría e incluso con nostalgia. En ambos casos acertamos. En el primer estado de ánimo estamos llenos de conciencia temporal, no somos más que un fenómenos inmerso en el tiempo; como tales, la muerte es para nosotros la destrucción, y la tememos con motivo como el mayor de los males. En el otro estado emerge la conciencia mejor y se regocija con razón de la disolución del misterioso lazo que la une con la conciencia empírica en la identidad de un yo.

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Quien considere que su existencia se limita a su vida actual, se considera también una nada viviente: pues hace treinta años no era nada, y dentro de otros treinta volverá a no ser nada.

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Se nos puede ocurrir pensar que el cese de la vida suponga la supresión del principio vital y que por tanto la muerte sea el ocaso total del hombre. Por el hecho de que ya no existe el poderoso brazo que hace tres mil años tensó el arco de Ulises, ningún entendimiento reflexivo y cabal considerará como totalmente desaparecida la fuerza que tan enérgicamente actuó en él; pero, por lo mismo, tampoco admitirá en una reflexión posterior que la fuerza que hoy tensa el arco haya comenzado a existir con ese brazo. Mucho más familiar resulta la idea de que la fuerza que antes actuó en una vida extinguida es la misma que actúa en la que ahora aflora: esto es casi irrefutable. Sabemos con certeza que […] sólo es perecedero lo que está incluido en la cadena causal: pero eso son meros estados y formas.

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Por lo general, con las rachas de suerte ocurre lo mismo que con ciertos grupos de árboles, tan agradables a la vista desde la lejanía: cuando uno se adentra en la espesura, la belleza desaparece y uno no sabe dónde se encuentra. Es por esta razón por lo que con frecuencia preferimos la situación del otro a la nuestra.



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