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LA FRASE DEL DÍA 25/06/2026. Lidia Ravera: "Cada edad es un país extranjero con sus reglas, su idioma, su color. No nos perdamos ninguno".




"Cada edad es un país extranjero con sus reglas, su idioma, su color. No nos perdamos ninguno."

 

— Lidia Ravera

 

Tengo que decir que la entrevista de donde he sacado esta frase ("La vanguardia", léase aquí) es una de las mejores que me he encontrado en los últimos meses. Y la frase elegida tal vez no sea lo mejor, pero es posible que sea la más literaria. Y es que se nota que la entrevistada, Lidia Ravera, es escritora, guionista y resistente, tal vez por ser mujer y feminista, tal vez porque le habían dicho que la edad avanzada en la mujer es una guillotina que le acaba cortando el aliento. Pero ella, que se ha movido por la vida con la resiliencia de una mujer asediada por la sociedad -sólo por ser mujer- sabe que hay que romper estereotipos y que la vejez puede llegar a ser la edad dorada de la vida, la edad del largo aliento. Hay que saber atravesar, nos viene a decir Lidia, los distintos países de las edades bien abiertos de mente como quería Kavafis para Odiseo en su famoso poema: con los sentidos a flor de piel sin buscar una meta y dando gracias por cada etapa del viaje. Es más, lo que nos viene a decir Lidia Ravera sobre la vejez es que, tal vez por ser el último rincón que vamos a atravesar, la vejez debería ser el país más exótico, tal vez el más bello y para el que es necesario pertrecharse. La vejez, como Itaca para Ulises, es la mejor excusa para un maravilloso viaje. Un viaje arriesgado, pero emocionante. Y en su entusiasmo Lidia Ravera aún va más lejos: "es una etapa de la vida mejor que otras. Tiene las características necesarias para ser feliz si la alcanzas y si sabes ganártela después". Lidia Ravera no tiene el secreto de la longevidad, pero sí el de la eterna juventud; o el del buen envejecimiento, que viene a ser lo mismo y que no depende tanto del cuerpo. Como decía Fernando Fernán Gómez del éxito, la vejez es más una sensación que un hecho. Y son las sensaciones del cuerpo y del alma las que tenemos que escuchar si queremos viajar a una espléndida vejez. El mundo que vivimos depende más del estado del espíritu que de los sucesos que nos acaecen; incluso la genética es una base a la que se le puede quitar casi todo su fundamento. "Dejas de vivir cuando dejas de crecer y dejas de crecer cuando dejas de aprender". He aquí una máxima de crecimiento personal elaborada por Lidia Ravera y que debería estar en todos los manuales de longevidad saludable. Así que la sensación que tengamos de la vejez no tiene tanto que ver con el crecimiento de los años en el interior del cuerpo como con el crecimiento de nuestra sabiduría personal. También con la asunción de lo que uno es y de llevarlo hasta sus últimas consecuencias: "Tengo 75 años -se retrata Lidia Ravera en la entrevista-, mido 1,62, peso 52 kilos, corro 10 kilómetros a la semana. Por lo demás soy la persona que era y que seré". Hay queda la última máxima que parece como pronunciada por los labios de un presocrático. Lidia Ravera tiene el secreto de la eterna juventud y a veces parece que se lo ha arrancado a Heráclito, pero gran parte de su secreto reside en haberse convertido en una mujer luchadora y en no haberse dejado amilanar. Las mujeres aprenden porque están acostumbradas a sufrir, nos revela. "Han entrenado el músculo del sufrimiento", remacha Lidia. Si queremos buscar el secreto de la resiliencia para la especie humana hemos de ir a arrancárselo a las mujeres, que no sólo viven más, sino que viven mejor y acaban siendo más independientes que los varones. No es que se cuiden mucho, sino que saben aparearse con la Naturaleza y ésta amorosamente se encarga de cuidarlas. Mientras la cultura patriarcal nos preconoziba de vez en cuando la vuelta a la naturaleza, la mujer sabe que no tiene que volver porque siempre ha estado en ella, y eso le da toda la fuerza para llegar más lejos y pletórica de vida por vivir. Lidia dice que el sufrimiento de ser mujer, de tenerlo más difícil por los impedimentos sociales que se encuentra por doquier, la han entrenado para cargar con los años mejor que el varón. Lidia Ravera, que además de ser una excelente novelista que escribe sobre mujeres, ha sido una insigne feminista, está acostumbrada a romper estereotipos y que no le digan los demás como tiene que actuar. Pero quizás aquí ha dejado un estereotipo en pie por estar muy amurullado. Un estereotipo inaccesible y difícil de tumbar. Ese ese estereotipo que nos dice que los años son un lastre de plomo que se carga sobre los hombros y nos joroba con su peso. Hasta que nos consigamos deshacernos de este estereotipo la vejez caerá sobre nosotros como una losa previa a nuestro definitivo entierro. Pero podría ocurrir que la cosa fuera lo contrario. Que tal vez, para llegar a la vejez incontaminados e intactos, tendríamos que ver los años como un lastre del que nos vamos descargando. Tal vez la vejez sea la edad más ligera y la muerte el estado de ebullición donde nos convertimos por fin en el espíritu que anhelamos ser. Estatua inmortal que resume nuestra vida de los pies a la cabeza. No se fíen del cuerpo, la vejez apunta más lejos y su mejor arquetipo es la figura del sabio.

   

Y no cabe duda de que gran parte de las frases con enjundia que nos deja en la entrevista Lidia Rivera tienen que ver con la sabiduría, porque ella es la que pone el broche de oro a una vida bien ejecutada. No sólo se trata de ejecutar bien la vida; ¡Cuántos ejecutivos andan por ahí dándonos la brasa de lo bien ejecutada y exitosa que ha sido su vida! Se trata de mirar la vida con mirada sabia, lejos de la mirada plebeya de laboriosos ejecutivos, que además nos quieren dar lecciones de resiliencia y "coaching". "Nunca miro atrás. Siempre sigo. Siempre dando lo mejor de mí y tratando de aprender". Nosotros también debemos aprender de esta mujer. Apunten su nombre y lean sus novelas -la primera fue un best seller- y, si no pueden, repasen su entrevista, y si no lo consiguen leánme a mí para apurar alguna de las frases que aquí dejo como brillantes perlas: "La juventud es una etapa miope y perdedora". Apúntense eso los nostálgicos de la juventud porque igual están aplicando una mirada miope y por eso observan tanto brillo impostado cuando miran atrás. Lidia Ravera no quiere parecer joven. Ya no. Quiere ser vieja. No se ha tragado ese estereotipo que intentan inculcar en la mujer: que los años son una losa y que la vejez es un país triste y odioso. No se dejen llevar por los estereotipos, porque tal vez el viaje más emocionante nos espera en nuestros últimos días. Un viaje para el que debemos prepararnos con ilusión porque cuántos de los que conocimos o pasaron por aquí no pudieron emprenderlo. Todo ser humano que se hace anciano se convierte en un pionero y este privilegio hay que saber gozarlo. Forma parte de la sabiduría de la vida. La desgracia que se le asigna a la vejez no tiene que ver con ella, es un estado de ánimo que se puede trabajar para que se instale en él la fortuna y la alegría de vivir. No siempre Lidia Ravera ha sido así y en algún momento ella odió convertirse en lo que ahora ama: ser una mujer anciana. Especialmente lo odiaba por no haber visto feliz a su madre; creía que era por la edad y tenía un pánico patológico a la vejez. Nos confiesa un secreto: supo transformar esa patología en poética y se dedicó a escribir novelas sobre mujeres que sufrían como ella y eso tuvo un efecto balsámico. Ahora Lidia Ravera ha dejado de sufrir y se dedica a gozar de su vejez. A veces tiene la tentación de dejarse ir pero piensa que envejecer bien exige un esfuerzo que merece todos los honores. "Todos nos miran y somos el espejo de su futuro". No nos volvamos, por tanto, un feo espejo carcomido por el tiempo. No convirtamos la vejez en una desangelada antesala de la muerte. Ya lo dijo Simonne de Beauvoir en su libro "La vejez": "Nada debería ser más esperado, nada más imprevisto". Podría ser una frase de Séneca advirtiéndonos de la muerte, pero se trata de que no convirtamos la vejez en una hoja roja o en una antesala de la muerte. Que la vejez no nos coja desprevenidos depende, como nos advierte Lidia Ravera, de que rompamos sus estereotipos. En ningún lado se ha dicho que la vejez sea una edad cenicienta; y hasta puede llegar a ser el reino de la felicidad. Tan sólo tenemos que explorarlo con los ojos abiertos.


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