Evite tratar con máquinas y pantallas siempre que pueda y hable con dependientes, camareros y amigos.
— Hartmut Rosa (sociólogo y filósofo)
Lo malo es que lo sabemos; sabemos que, en el fondo, es mejor que evitemos el trato con las máquinas, pero nos han inyectado una sobredosis de aparatos por todas partes y cada vez nos es más difícil hablar con camareros. A menudo nos invitan a que metamos el dinero en una máquina que nos da las gracias con voz de autómata. Incluso nos es difícil ya entrar en la oficina de un banco para hablar con nuestro banquero y que nos dé nuestro dinero: siempre nos remiten a la inefable máquina, a un estúpido cajero automático o, tal vez, a un gestor telefónico hecho de pura inteligencia artificial. Lo malo es que, con todo este boato protocolario, nos volvemos todos más estúpidos.
Hay pocos sociólogos que sepan, como Hartmut Rosa, lo difícil que es actualmente conectar con el mundo, y por eso nos da una recomendación final en la entrevista concedida a La Vanguardia con motivo de la publicación de su último libro, Situación y Constelación. Con "constelación" se refiere Rosa a ese maremágnum de normas que nos están complicando la vida. Con "situación" se refiere a que esas mismas normas nos impiden que nos situemos bien, por lo que acabamos dando una mala respuesta a cada escenario que se nos presenta. Ortega y Gasset nos diría que "yo soy yo y mi circunstancia", y no puedo salvarme yo si las normas me impiden responder bien a cada circunstancia.
Hoy, dice Rosa, estamos tan rodeados de normas que no podemos dar un paso. Ahora resulta que las normas están controlando nuestra vida y nos impiden hacer lo que es más eficaz y humano. No importa que un niño se pueda helar en el crudo invierno si no consigue subir al autobús; las normas son las normas, el billete no está ya actualizado y el conductor será incapaz de abrirle la puerta. Es una trampa mortal para todos, pero especialmente para el niño, que puede llegar a morir de una hipotermia (como ocurrió, de hecho, en Schwerin en 2008). Tampoco el dependiente de una hamburguesería podrá invitar a otra hamburguesa a la niña que acaba de mirar atónita cómo su merienda se le cae al suelo. El sistema no lo permite. Ni el profesor puede dar vía libre al alumno talentoso para que vaya prosperando: siempre hay que seguir unos rígidos baremos de puntuación. Bajo el reinado de la norma no existen las excepciones; todo se vuelve mezquinamente normal y monstruoso. Y lo peor es que el ser humano ha llegado a serlo por hacerlo todo de forma excepcional; de lo contrario, nos volvemos inhumanos. Ya no vivimos para que nos sirvan las normas, sino para servirlas a ellas. O como diría el dicho evangélico: ahora ya solo vivimos para servir al sábado.
Y este es el gran problema para Hartmut: que viviendo así, petrificados por la constelación de normas que nos abruman, degradamos la ilusión de convivir y prosperar juntos, que es lo que da sentido a la vida. Porque hay que decir que tal vez toda la trayectoria de Hartmut Rosa es una búsqueda de aquello que le da sentido a la existencia humana. Y ha descubierto cuáles son las anomias en la vida contemporánea, lo que nos impide dar sentido a nuestras vidas y ser felices. Años atrás encontró en la velocidad y en la pérdida de contacto a dos grandes culpables, y acuñó el concepto de "resonancia". Has perdido la resonancia cuando sientes que estás en un lugar, pero que has perdido la conexión y que el mundo está muerto y sordo. Y tú estás muerto y sordo con él. En cambio, cuando en un lugar o en una conversación sientes que esta te habla, te toca y significa algo, entonces empiezas a sentirte vivo y respondes. Eso es la resonancia.
Sin embargo, Hartmut Rosa piensa que vivimos en un mundo donde cada vez es más difícil sentir esa resonancia que nos vuelve sanos y felices. La resonancia es una "energía dinámica que va y vuelve entre el yo y el mundo", nos recuerda el autor, pero cada vez esa energía está más cortocircuitada. Él ha visto en el exceso regulatorio y en la proliferación de normas a uno de los grandes culpables. El exceso de normas que nos impiden vivir con fluidez y humanamente liquida la ilusión y la energía de hacer cosas juntos, cooperar y crecer. Mientras el planeta se va calentando cada vez más, nuestra vida social se nos va congelando. Porque sin esa ilusión compartida, la vida acaba siendo un puro trámite y nos convertimos en meros funcionarios de la vida, ciudadanos sin alma que ya somos incapaces de responder humanamente a cada situación que la existencia nos plantea.
Y es que, para Hartmut Rosa, nada es comparable a la ilusión de vivir, algo que aparece cuando compartimos esa energía social de emprender y convivir juntos. Rosa también se plantea la gran pregunta: ¿qué es la vida? Y para él no es ningún frenesí o un cuento contado por un idiota. La vida es sentir energía: "es el placer de sentirte vivo cuando te ilusionas con tu equipo, con tu ciudad, con tu gente". Pero cada vez vemos más desilusionado al ser humano, y Rosa cree que, en parte, la explicación se halla en la falta de "resonancia". La resonancia es "mirar a los ojos de una persona en vez de a la pantalla del móvil", concluye Rosa. Pero cada vez hay más pantallas que se nos interponen entre nuestra mirada y las de los otros; ya solo vemos el mundo a través de una gran mascarada y hemos convertido la vida en un puro trámite, sin ilusión de vivir. Y la culpa la tienen las normas.
No nos podemos convertir en ciudadanos a secas, resignados a cumplir las reglas. Hay que rebelarse y buscar lo que Salvador Pániker denominaría "aproximación al margen". No tenemos más remedio, como dijo Hemingway, que jugar las cartas que nos echan, pero por muy malas que sean esas cartas, tenemos un margen de imprevisibilidad donde nos podemos marcar un farol y llegar a ganar con la peor baza del mundo. En un mundo regulado por normas, somos libres de actuar al margen con cierta flexibilidad. Porque, si no, nos convertiremos en autómatas que han dado la espalda a la vida (que ya no resuenan con ella) y que viven en un mundo rígido y congelado.
Seguramente Rosa lo sabe bien, pero la proliferación de normas y protocolos por todas partes tiene que ver con la irrupción y la multiplicación de la máquina en los ámbitos más insospechados. Igual que sabemos que la imposición de horarios surgió con la irrupción del tren, que nos acabó arrollando a todos para meternos un reloj en el bolsillo; hoy, a través del reloj, como a través de cualquier pantalla o dictado de inteligencia artificial, ya podemos contemplar la pura vida mecánica en que nos movemos. Por eso, ante esta petrificación de la vida social, Hartmut Rosa nos da un consejo de sociólogo para que podamos encontrar la salud dentro de la sociedad; para que hallemos nuestra resonancia y nuestra ilusión de vivir: "Evite tratar con máquinas y pantallas siempre que pueda y hable con dependientes, camareros y amigos... Conéctese con sus vecinos y verá que su día a día y su ilusión por vivir mejorará".
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