Si no puede bendecir, no bendiga, pero no maldiga.
— Raul Incertis (médico sin fronteras)
"Si no puede bendecir, no bendiga, pero no maldiga". Eso fue lo que le contestaron algunos gazatíes a Raúl Incertis cuando explotó de rabia y se puso a insultar a los israelíes. Dice que sí, que encontró rabia entre los gazatíes por la desolación y el horror producido por Israel. Dice que han caído en Gaza más de 100.000 toneladas de explosivos: háganse una idea, porque es lo mismo que cinco bombas atómicas; un nuevo Verdú, una tierra angosta como una trinchera, pero donde la gente está inerme bajo ningún paraguas. Y dice Raúl Incertis que nunca vio a los gazatíes deshumanizar a los israelíes. Querían humanizar la guerra, la barbarie, la masacre: pedían un respeto para el enemigo. Si esto es verdad, en el mundo aún hay esperanza. Si en la tierra más maldita y maltratada del mundo aún no se maldice y sus habitantes son capaces de ver los momentos de bendición, entonces es que aún hay esperanza para el mundo. Todo esto y mucho más lo cuenta Raúl Incertis en su libro "Ojalá curar fuera más fácil" y en la entrevista concedida a La Vanguardia -léase aquí-.
Porque imagínese que usted es un médico altruista, un protomédico; imagínese que usted es un anestesista con vocación por aliviar el dolor y va como cooperante a un mundo donde de repente el dolor es inaliviable, y todos gritan a degüello bajo un cielo envuelto en llamas. Incluso en esas condiciones, usted sabe que el hospital es el lugar más seguro del mundo y que es una suerte que su puesto de trabajo esté blindado, hasta que se da cuenta de que en la tierra más maldita del mundo no hay nada seguro y comienzan también a bombardear su hospital, y entre la gente que tiene que salvar se encuentra alguno de los médicos con los que acaba de trabajar. Imagínese que usted es el médico y todos quieren hablar con usted y todos le piden remedio y todos le llevan a alguien malherido, algún cadáver; a su alrededor se rasgan las vestiduras y se tiran de los pelos, y gritan y lloran, y las bombas silban y el material del hospital aparece destrozado en el suelo, entre charcos de sangre. Imagínese así el primer día, o el segundo o el tercero, y comienza a decir: "no sabía que el infierno puede ser un lugar que cabe dentro de la Tierra, no puedo creer que esté yo en medio de ese infierno, aquí ya no cabe más dolor". Pero siguen viniendo niños, de tres, de cuatro años, con un agujero en la frente o con la cara destrozada; y hay que amputarles un brazo o extirparles un ojo y los familiares se tapan los ojos o los oídos, se encogen y tiemblan; o se aprietan la cabeza y lloran y gritan y le tiran de la manga o le piden auxilio, tal vez explicaciones. Imagínese que lleva sólo dos días recién llegado al hospital y que después de atender a todos esos niños hechos jirones sale a la escalera, gime, se derrumba y rompe a llorar a moco tendido porque ya no le cabe más dolor en el pecho, pero tiene que entrar a un quirófano mugriento a seguir operando: quiere aliviar el dolor, pero ya no hay anestésicos y se acaba de dar cuenta de que usted ya está afincado en el corazón del horror y de que es usted mismo el primero que necesita una anestesia general.
Imagínese que vive en un lugar donde no se puede esconder ni debajo de la tierra, imagínese que ni siquiera puede esconderse debajo de la camilla del quirófano donde trabaja y tiene que echar a correr bajo las bombas y los obuses, y la destrucción y las ruinas. Imagínese que usted es un anestesista de médicos sin fronteras, pero ha ido a parar a la frontera más peligrosa del mundo y tiene que huir junto con otras 15.000 personas en un éxodo de 20 kilómetros bajo el clamor de las bombas. Imagínese 15.000 personas huyendo con sus hijos y sus padres y sus pertenencias en un vía crucis que igual le conduce a un lugar más horroroso. Nadie sabe lo que va a pasarle, nadie tiene comida, nadie tiene bebida, nadie tiene destino, el cerebro se bloquea y no puedes huir, pero tienes que huir. Tienes que huir de una muerte casi segura a otra muerte casi segura. Imagínese que escapa, pero no hay escapatoria. Imagínese, pues, en la peor ratonera del mundo, porque no paran de caer bombas atómicas, sólo que caen como en racimo, o de una en una, o gota a gota, van atomizando esa bomba atómica para volver el horror más horroroso, porque se trata de hacer daño, de provocar el mayor dolor posible. Y a usted le ha tocado ser médico y aliviarlo pero ya no puede; es que ya ni siquiera es capaz de sentir el dolor, ¡qué pena! Ha visto tanto niño morir entre sus brazos y su instrumental, que ahora se da cuenta de que ha perdido la capacidad de sufrir y que ya no siente pena, aunque esté de duelo permanente. E igual eso es bueno, porque en el infierno el dolor es intolerable y allí se sabe que es posible morir de dolor. Igual el infierno es eso, morir de dolor todos los instantes y volver a resucitar al instante siguiente. Imagínese que ha descubierto que el infierno se le parece mucho a Gaza. Imagínese lo peor: que es usted un médico que trabaja en Gaza.
E imagínese que por fin la cosa da una tregua, se calma un poco y vuelve otra vez al hospital y hasta comienzan a dejar pasar camiones de comida por la frontera, algunas medicinas. Comienza a aletear la esperanza, por fin hay algún remedio y puede aliviarse algo el dolor. Pero imagínense que comienzan a repartir comida desde los "puntos" de una Fundación Humanitaria de Gaza que Israel custodia después de haberle dado a la ONU unos cuantos codazos y de haberle metido algún dedo en el ojo, tal vez el puño entero. Imagínese que a los americanos se les ha ocurrido dejar al zorro que cuide del gallinero. Imagínese el desaguisado, la masacre de gallinas; imagínese el desplumaje, el cacareo salvaje, la balacera. Imagínese la piedra cayendo sobre el huevo o el huevo cayendo sobre la piedra. Imagine al pobre huevo, imagine la tortilla, imagine la masacre. Imagine, en fin, que en vez de alimentos le reparten balas. Imagine la ironía, ese pan envuelto en sangre y lágrimas. Imagine 40, 60, 100 heridos llegando al hospital todos los días. Imagínese que algún día llegan hasta 200. Imagínese cuánto trabajo. Imagínese ese trabajo, sin luz ni agua, a sólo pan y cebolla: operando heridas de disparos en la cabeza y en el tórax, una niña en brazos de su madre con un balazo de fusil en el pecho... Cientos, miles de hambrientos al cabo de los días llegando al hospital quejándose de un dolor insoportable por haber ido a por comida. Imagínese que usted es médico y no da a basto porque sólo hay cuatro médicos por turno para doscientos heridos que vienen de golpe y golpeados por el hambre. Y siguen hambreando, pero ahora además se están muriendo y usted no puede hacer nada por ellos. Sabe que desde el cielo están eligiendo a quien matar y que usted tiene que elegir a quien salvar, y que todo ese juego le parece diabólico, y aún así piensa que debe haber alguna esperanza para este mundo si alguien contesta ante tanta rabia y dolor: "Si no puede bendecir, no bendiga, pero no maldiga".
Imagínese que por fin ha salido de ese lugar maldito, y regresa a su tierra, toda una bendición, a su ciudad, ve a sus amigos, abraza a sus familiares, disfruta de su tiempo de paz en un mundo que parece dichoso y próspero, y ahora por fin se siente a salvo. Pero vuelve a casa por la noche y le asalta una pesadilla y siente que el infierno le ha estallado en plena cama: ve los mismos niños casi muertos llegar al hospital, los gritos de desesperación, el llanto y la sangre, los truenos desde el cielo y las alarmas en la tierra y la lluvia de fuego arrasándolo todo. Y pasan los años y sigue teniendo todavía las mismas pesadillas, y aún sigue escuchando los alaridos de un padre o una madre al ver a su hijo mutilado o muerto. Y sabe que padece un trauma severo, pero aun así se siente aliviado, piensa que todavía hay humanidad en este mundo si alguien puede repartir bendiciones en medio del horror. Imagínese la suerte de ese hombre que ha podido escapar de todo eso. Imagínese también la perra suerte de quien ha quedado allí atrapado. Todo eso lo puede imaginar usted, la imaginación es gratuita y no duele, aunque puede enseñarnos qué es el dolor. Raúl Incertis lo padeció trabajando en hospitales de Gaza durante los ataques de Hamas del 2023. Lo padeció perdiendo la cuenta, a las tres semanas, de los niños mutilados, amputados, aplastados o quemados que había atendido. Logró ser evacuado a su país, España, pero dos años después volvió de nuevo a Gaza para salvar otros niños y aliviar el dolor. Usted ha sentido alguna vez dolor, pero el que sienten los gazatíes o el que sintió Raúl Incertis es un dolor que viene de otro mundo. Y no se lo puede ni imaginar.
%20Alberto%20di%20Lolli%20copia.webp)
Comentarios
Publicar un comentario