John Ruskin nació en 1819 y murió el
20 de febrero de 1900. Fue un escritor, crítico de arte, sociólogo, artista y
reformador social británico, célebre
por su bello estilo en prosa y que por su concepción estética tuvo gran influencia
en toda una generación, desde Gandhi hasta Marcel Proust. Ruskin recibió una
educación esmeradamente religiosa y se distinguió desde niño por ser un lector
precoz que publicó su primer poema a los 11 años. Estudió en Oxford y sus
primeros escritos fueron panfletos en defensa del pintor Turner contra sus
críticos. En 1940 emprendió un viaje por Europa que le llevó a su momento de
revelación en Suiza tras contemplar los Alpes. Tras este viaje publicó “Pintores
modernos”, donde discute las teorías sobre la belleza y la imaginación en
relación con la pintura figurativa. Tras casarse, publicó en 1848 “Las siete
lámparas de la arquitectura” y más tarde, después de viajar a Venecia, y
coincidiendo con su conocimiento de los prerrafaelistas, publicó “Las piedras
de Venecia”. Siguió escribiendo sobre pintura en la siguiente década, periodo
en el que abandonó el protestantismo evangélico que hasta entonces había
inspirado sus ideales. Durante la década de 1860 siguió impartiendo conferencia
sobre la economía social y política, arte y mitos, y en el año1865 publicó su
famoso libro “Sésamo y lirios”, en el que reunió un conjunto de conferencias. A
la muerte de su padre dedicó parte de su fortuna a fundar la sociedad utópica
basada en el comunismo agrario conocida como el Gremio de San Jorge. Al final
de la década de los 70 sufrió el primer ataque de enfermedad mental que se
cronificaría con el tiempo y que iba a hacer que los últimos diez años de su
vida los pasase recluido en su casa donde recibía visitas que ya no reconocía.
Más de 15 años antes de su muerte, había tenido tiempo de escribir y publicar “La
Biblia de Amiens”, con motivo de una de sus visitas a la catedral de esta
ciudad, libro en que se iba a emplear -traduciéndolo- Marcel Proust en los años
previos a la redacción de “En busca del tiempo perdido” y que acabaría dejando
una honda huella en su sensibilidad estética. (El texto seleccionado aquí
pertenece a su libro “Sésamo y Lirios”)
ESTO ES UN LIBRO
“Siendo la vida muy corta, y pocas
sus horas tranquilas, no deberíamos desperdiciar ninguna de ellas en leer
libros sin valor; y los libros valiosos, en un país civilizado, deberían estar
al alcance de todos, impresos de forma excelente por un precio justo, pero no
de forma ruin, vulgar o, a causa de la pequeñez del tipo, físicamente
injuriosa, por un precio ruin. Porque ninguno de nosotros necesita muchos
libros, y los que necesitamos deberían estar claramente impresos, en el mejor
papel, y bien encuadernados. Y aunque ahora somos, en efecto, una nación
miserable y golpeada por la pobreza, y apenas capaz de mantener juntos cuerpo y
alma, sin embargo, como ninguna persona en circunstancia decentes pondría sobre
su mesa ostensiblemente, sin avergonzarse, vino malo, o carne mala, no es
necesario que tenga en sus estantes libros mal impresos o cosidos de manera
floja y miserable; porque, aunque pocos
pueden ser ricos, todo hombre que se esfuerce honradamente puede a mi juicio,
proveer aún, para sí mismo y su familia, buenos zapatos, buenos guantes, un
buen arnés para los caballos de su carro o coche, y piel firme para encuadernar
sus libros. Yo instaría a todo hombre joven, como comienzo de la debida y sabia
provisión para su casa, a que obtenga tan pronto como pueda, con la economía más
severa, una serie de libros restringida, servicial y constante -aunque
lentamente creciente-, para ser usados a lo largo de la vida, convirtiendo su
pequeña estantería, entre todos los muebles de su habitación, en la pieza más
estudiada y decorativa, de modo que cada volumen tenga su lugar asignado como
una estatuilla en su nicho, y que una de las primera y más estrictas lecciones
para los niños de la casa sea cómo volver las páginas de sus propias posesiones
literarias de manera ligera y deliberada, evitando que se desgarren o doblen.”
“Un libro se escribe no sólo para
multiplicar la voz, no sólo para llevarla, sino para perpetuarla. El autor
tiene algo que decir que percibe que es verdadero y útil, o provechosamente
hermoso. Por lo que sabe, nadie lo ha dicho aún; por lo que sabe, nadie puede
decirlo. Está obligado a decirlo, clara y melodiosamente, si puede; en todo
caso, claramente. En la suma de su vida descubre que esta es la cosa o grupo de
cosas que se le manifiesta; esta, la pieza de verdadero conocimiento, o visión,
que su porción de luz solar y tierra le ha permitido captar. Querría anotarla
para siempre, grabarla en la roca si pudiera; decir: “Esto es lo mejor de mí,
por lo demás, he comido y bebido y dormido y amado y odiado, como otros; mi
vida es como el humo, y al punto se disipa, pero he visto y conocido esto. Si
vale la pena que recordéis algo mío, es esto”. Eso es su “escrito”; es, a su
pequeña manera humana, y con el grado de verdadera inspiración que haya en él,
su inscripción, o escritura. Eso es un “Libro”.

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