Einrich Heine fue un poeta y escritor
alemán, nacido en Düsseldorf el 13 de diciembre de 1797. Fue hijo de un
comerciante judío y descendiente de familia noble por parte de la madre. A los 11
años ingresa en el liceo de su ciudad natal, donde permanece por espacio de
cuatro años hasta que en 1815 sus padres le envían a una casa de comercio de
Hamburgo con la idea de que aprendiese el oficio. Su falta de aptitud y su
conducta poco aplicada hicieron que fuera despedido al poco tiempo. Entonces un
tío suyo, Salomón Heine, le colocó al frente de una casa de comisión en
Hamburgo, pero a principios de 1819 se produjo su liquidación y Heine permanece
vacante en la ciudad durante algún tiempo (se dice que entregado a toda clase
de placeres). De esta época datan sus primeros versos, de estilo desaliñado y
dedicados a la hija de su tío, Amalia, con la que estaba comprometido. Su tío,
viendo entonces que su sobrino no había sido hecho para el comercio, decidió
costearle los estudios de Derecho en la Universidad de Bonn. Tampoco despunta
en los estudios de Derecho, pero sí asiste con asiduidad a los cursos literarios de August Wilhelm von
Schlegel, lo que le lleva a abandonar el derecho para trasladarse a Gotinga para
ingresar en su facultad literaria. Allí siguió un curso sobre la antigua poesía
germánica, impartido por Beneke, pero esta vez un duelo fue la causa de que
fuese expulsado de sus aulas. De Gotinga, entonces, pasó a Berlín. Allí
frecuentó salones y entró de lleno en el movimiento literario. Conoció a Hegel,
a los dos Humboldt, a Chamisso y a Schleiermacher. En Berlín comenzó a probar
con el periodismo y a publicar sus primeros versos. En 1824 vuelve de nuevo a
Gotinga decidido a concluir la carrera de Derecho para no tener que vivir a
expensas de su tío. Un año después recibe el título de doctor en Derecho. Pocos
días antes había abjurado de la religión judía en la que había sido educado
para abrazar el protestantismo, con gran escándalo de sus correligionarios. En
1826 publicó el primer volumen de los “Reisebilder” (“cuadros de viaje”) y sucesivos
volúmenes en los años siguientes que le dieron el éxito suficiente para
abandonar el ejercicio de la abogacía.
En el intervalo apareció el “Libro de canciones”, tal vez su obra
maestra en poesía. Para ampliar horizontes quiso ese año viajar a Inglaterra y
residió en Londres una pequeña temporada. Al año siguiente, en 1928 emprende un
viaje por Italia en el momento en que se convierte en redactor del Morgenblatt
de Munich. Por algún tiempo fue también redactor de los Analies políticos de
Cotta, momento en que su reputación lo sitúa como uno de los mejores escirotres
alemanes. La revolución francesa de 1830 le provoca tal entusiasmo que le lleva
al año siguiente a trasladarse a París, ciudad que ya no abandonará hasta su
muerte. Al principio vivió como corresponsal de un periódico alemán y
escribiendo en francés y alemán haciendo de puente entre las respectivas literaturas
de los dos países. El atractivo de su personalidad aglomeró pronto a su
alrededor figuras célebres de la cultura: Nerval, Balzac, Dumas, Chopin, Liszt,
Berlioz, Jorge Sand. Su reputación en Alemania sólo era comparable a la de
Goethe, pero con la diferencia de que la censura se encarnizaba con sus
escritos. A pesar de la admiración que provocaba en su patria, las
prohibiciones que pesaban sobre sus libros dejaban su tarea poco lucrativa.
Esta admiración se trocó en desprecio cuando aceptó recibir del ministro Guizot
una pensión de 4000 francos “como indemnización de jlos perjuicios sufridos en
su patria por defender a Francia. En 1845 sufrió los primeros ataques de una
dolencia medular que le tuvo postrado en cama desde 1848 hasta su muerte
acaecida ocho años después.
PREGUNTAS
Junto al mar, junto al salvaje mar nocturno,
está un adolescente;
el pecho lleno de pesar, llena de dudas la cabeza;
y con labios sombríos, a las olas pregunta:
Oh, resolvedme el enigma de la vida,
el ancestral y doloroso enigma
sobre el que tantas testas cavilaron,
testas cubiertas con gorros jeroglíficos,
testas con turbantes y con negros birretes,
testas con pelucas, y otros tantos millares
de pobres y sudorosas testas humanas....
Decidme, ¿qué significado tiene el hombre?
¿De dónde viene? ¿A dónde va?
¿Quién habita allá arriba, en los astros de oro?
Murmuran las olas su eterno murmullo;
el viento silba, pasan lentas las nubes,
fulguran las estrellas, indiferentes y frías,
y un necio espera una respuesta.
POEMA DE JUVENTUD
En sueños vi a un homúnculo pequeño y atildado,
A zancadas andaba, con pasos quilométricos,
Llevaba ropa blanca y muy finos vestidos,
Pero por dentro era un desastre, para nada servía, y, sin
embargo, lleno de dignidad por fuera;
Acerca del coraje habló largo y tendido
Y aun lo hizo con el ceño fruncido y entre pausas.
“¿y tú, sabes quién es acaso? ¡Ven y mira!”
Así habló el dios del sueño, y me puso, ladino,
Ante el flujo de imágenes, en un marco de espejo.
Ante un altar, de pie, allí estaba el homúnculo,
A su lado mi amor. Ambos dijeron: “¡Sí!”
Y mil diablos gritaron entre risas: “¡Amén!”
Por la mañana me levanto y pregunto:
¿vendrá hoy mi lindo amor?
Al atardecer desfallezco y me quejo:
Tampoco vino hoy.
De noche, con mi pesadumbre,
Yazgo insomne, en vigilia.
Soñando, como dormido a medias,
Ando todo el día.
Hermosa cuna de mis penas,
Hermosa tumba de mi calma,
Hermosa ciudad, debemos
Separarnos, te digo: ¡adiós!
Adiós a ti, sagrado umbral
Que atraviesa mi dulce amor;
Adiós a ti, lugar sagrado
Donde la vi por vez primera.
¡Ojalá no te hubiera visto
Jamás, hermosa soberna!
Y jamás me habría sentido
Tan desdichado como ahora.
Nunca quise ablandar tu pecho
Ni tampoco implorar amor;
Sólo una vida sosegada
Quise llevar bajo tu hálito.
Pero me apartas, y tu boca
Dice palabras muy amargas;
La locura ahonda en mi mente
Y tengo el corazón enfermo.
Y arrastro mis miembros sin fuerzas
Tras mi bastón de caminante
Hasta posar mi testa exhausta
Lejos, en una tumba helada.
EL CABALLERO HERIDO
Una antigua historia conozco
de sombríos y sordos ecos:
el amor hiere a un caballero,
pero su amada no le es fiel.
Por infiel, debe desdeñar
a quien su corazón más quiere.
Por abyectas debe tener
las propias penas amorosas.
Quiere entrar en liz, y retar
los caballeros al combate:
¡Qe se disponga a la pelea
el que en mi amada halle una mancha!
Pero se callarían todos,
salvo su propio sufrimiento,
y habría de volver la lanza
contra su corazón doliente.
LA CANCIÓN DE LOS DUCADOS
Decid, mis ducados de oro,
¿dónde habéis ido a parar?
¿Con los pececitos de oro
Que en el arroyo, contentos,
Emergen y se sumergen?
¿con las florecillas de oro
Que en el dulce y verde prado
Alumbra el rocío al alba?
¿Con los pajarillos de oro
Que entre fulgores se ciernen
Arriba, en el aire azul?
¿con las estrellitas de oro
Que en el radiante hervidero
Sonríen de noche en lo alto?
¡Ah, mis ducados de oro!
No nadáis en el arroyo,
No alumbráis en verdes prados,
No flotáis en el azur,
Ni sonreís en lo alto…
Mis usureros, ¡pardiez¡,
Os tienen bien agarrados.
EN VERDAD
En la primavera, con el sol que luce,
Brotan los capullos y las florecillas;
Si la luna emprende su radiante curso,
Van las estrellitas nadando tras ella;
Si el cantor contempla dos ojitos dulces,
Le manan canciones del fondo del alma;
Pero esas canciones, estrellitas, flores,
Ojitos, fulgor del sol y la luna,
Por muy agradable que sea el conjunto,
Aún dista mucho de formar un mundo.
INTERMERZZO LÍRICO
En el maravilloso mes de mayo,
Cuando todas las yemas estallaban,
Dentro de mi corazón
Ascendía el amor.
En el maravilloso mes de mayo,
Cuando todos los pájaros cantaban,
Le confesé a mi amada
Mi anhelo y mi nostalgia.
Cuando los ojos te contemplo,
Se esfuman todos mis cuidados,
Y cuando te beso la boca,
Me siento totalmente sano.
Cuando en tu pecho me reclino,
Baja hasta mí un goce celeste;
Mas cuando dices: ¡yo te quiero!,
He de llorar amargamente.
Te contaron muchas cosas
Y de muchas me acusaron,
Pero lo que me tortura
El alma no te lo han dicho.
Con enormes aspavientos,
Menearon la cabeza;
Dijeron que yo era el Malo
Y todo te lo creíste.
Pero lo peor de todo
Jamás lo ha sabido nadie;
Lo peor y lo más necio
Estaba oculto en mi pecho.
Mucho fue lo que el uno por el otro sintió
Y no obstante vivimos en perfecta armonía.
Con frecuencia jugamos “a marido y mujer”
Y no obstante jamás hubo golpes ni riñas.
Juntos nos divertimos y gritamos de júbilo,
Nos dimos tiernos besos y nos acariciamos.
Y al final, con placer infantil, decidimos
Jugar “al escondite” por bosques y por campos,
Y así hemos conseguido escondernos tan bien,
Que luego nunca más hemos vuelto a encontrarnos.
Un pino se alza solitario
Al norte, en la cumbre desnuda,
Dormitando, con blanco manto
Lo envuelven la nieve y el hielo.
Sueña con una palmera
Que, allá lejos, hacia Levante,
Se aflige, solitaria y muda,
En la ardiente pared rocosa.
Filisteos con chaquetitas domingueras
Pasean por bosques y campiñas,
Como cabritos, exultan y dan brincos
Y saludan la naturaleza hermosa.
Contemplan con parpadeantes ojos
Cómo todo, románticos, florece;
Y con sus largas orejas absorben
La canción que cantan los gorriones.
Pero yo cubro las ventanas
De la estancia con negros cortinajes;
E incluso vienen mis fantasmas
A hacerme una visita diurna.
Se me aparece el antiguo amor,
Ha subido desde el reino de los muertos:
Se sienta a mi lado y llora
Y el corazón me enternece.
Mi amor, juntos estábamos sentados,
Con ternura, en un frágil bote.
Era una noche apacible, y bogábamos
Por el vasto camino de agua.
La isla de los espíritus, hermosa,
Yacía, imprecisa, bajo la luna;
Resonaban en ella amables notas
Y se agitaba la brumosa danza.
Más y más amorosa era la música
Y el movimiento no cesaba;
Pero nosotros seguimos bogando,
Desolados, en el mar inmenso.
Donde estoy, me envuelve, hosca,
La tiniebla, sorda y densa,
Desde que el fulgor, amada,
De tus ojos no me alumbra.
Se me extinguió el brillo áureo
Del dulce astro de amor;
Se abre a mis pies el abismo…
¡Tómame, noche ancestral!
EL REGRESO
No sé cuál puede ser la causa
De sentirme tan triste;
Un cuento de tiempos antiguos
No abandona mi mente.
Es fresco el aire y oscurece,
Tranquilo corre el Rin;
Refulge la cumbre del monte
Al brillo del ocaso.
Si sienta la más bella Virgen
Allá arriba, magnífica;
Lucen sus joyas de oro, y peina
Sus dorados cabellos.
Los peina con un peine de oro
Y canta una canción
Que tiene una maravillosa,
Pujante melodía.
Al barquero, en el frágil bote,
Causa un dolor intenso;
Ya no está atento a los escollos,
Sólo mira a lo alto.
Creo que las olas devoran
Al fin barca y barquero,
Y la causa de todo ha sido
Lorelei con su canto.
Mi corazón, mi corazón está triste
Y, no obstante, mayo brilla gozoso.
Me hallo de pie, apoyado en el tilo,
En lo alto, sobre el viejo bastión.
Allá abajo va fluyendo el azul foso
De la ciudad enserena calma;
Navega un muchacho en una barca
Y pesca y silba al mismo tiempo.
Más allá, se levantan amistosas,
En diminuto, polícroma imagen,
Quintas de recreo, y huertas, y personas,
Y bueyes, y prados, y bosques.
Hacen las muchachas la colada
Y saltan por la hierba. La rueda
De molino espolvorea diamantes.
Oigo un lejano zumbido.
Al lado de la vieja torre gris
Se encuentra una garita;
Un mozo de casaca colorada
Pasea arriba y abajo.
Anda jugando con su carabina
Que centellea al rojo sol.
Presenta el arma y se la pone al hombro.
Ojalá me matase de un disparo.
Cuando frente a tu casa
Cruzo por la mañana,
Me da gozo, amada chiquilla,
Contemplarte a la ventana.
Con tus ojos castaño oscuro
Me observas inquisitiva:
¿Quién eres y qué te aqueja,
Extranjero que andas enfermo?
Soy un poeta alemán,
Conocido en tierra alemana;
Al mencionar los mejores nombres,
También el mío se menciona.
Y lo que me aqueja, chiquilla,
Aqueja a muchos en tierra alemana;
Al mencionar los peores males,
También el mío se menciona.
Recorro el antiguo camino,
Las callejas que tan bien conozco;
Vengo de la casa de mi amada,
Que está tan vacía y desierta.
¡Qué angostas me resultan las calles1
¡El pavimento stá imposible1
¡Las casas se me vienen encima!
¡Aprieto el paso cuanto puedo!
Llamé al diablo y acudió,
Y le observé con asombro.
No es nada feo ni renquea;
Es hombre amable y encantador;
Un hombre en sus mejores años,
Complaciente, cortés y mundano.
Es hábil diplomático, y habla
Con mucha gracia de la Iglesia y el Estado.
Un tanto pálido, pero no es de extrañar:
Ahora está estudiando el sánscrito y Hegel.
Su poeta favorito sigue siendo Fouqué.
Pero no quiere ya dedicarse a la crítica
Que ha abandonado totalmente en manos
De su querida abuela Hécate.
Ensalzó mi aspiración a ser jurista;
También se entregó a ella en otro tiempo.
Dijo que mi amistad no era en exceso
Apreciada por él, y a la vez asintió con la cabeza,
Y preguntó: ¿No nos hemos visto antes,
Alguna vez, en la Legación de España?
Y al examinar más de cerca su rostro,
Descubrí en él a un antiguo conocido.
“¡Mi buen amigo! ¿de qué sirve
Darle vueltas al viejo canto?
¡Empollarás eternamente
Los viejos huevos del amor?
¡Ah! Es una ocupación eterna.
Del cascarón salen polluelos,
Pían y aletean, y tú
Los encierras en un librejo.”
Ya es hora de que, con buen juicio,
Me libre de toda locura.
Hace mucho que, como un comediante,
Hago contigo la comedia.
Los lujosos decorados estaban
Pintados en el estilo más romántico.
Mi capa de noble era deslumbrante;
Mis sentimientos los más delicados.
Y ahora, cuando tan limpiamente
Me libro de estas locas fruslerías,
Sigo sintiéndome tan mísero
Como si aún hiciese la comedia
¡Ah, Dios! Bromeando e inconsciente,
Dije las cosas que sentía;
Con la muerte en mi propio pecho, hice
De luchador agonizante.
¡Qué fragmentarios son el mundo y la vida!
Tendré que recurrir al catedrático alemán.
De la vida, sabe unir todas las partes
Y hacer con ellas un sistema comprensible;
Con el gorro de dormir y trozos de su bata
Tapa los agujeros en los muros del mundo.

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