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EFÍMEROS Y BREVES 55. Un texto del filósofo Merleau-Ponty (1908-1961) en el 118 aniversario de su nacimiento: "Elogio de la filosofía"

 


Se deja aquí el final de “Elogio de la filosofía”, que es así como Merleau-Ponty tituló su lección inaugural en el Collège de France, pronunciada el 15 de enero de 1953. Maurice Merleau-Ponty fue un filósofo francés que llegó a ser el máximo representante de la fenomenología en su país. Nació en Rochefort-sur-Mer, el 15 de marzo de 1908. Estudió en París en un liceo, luego ingresó en la Escuela Normal superior licenciándose muy por encima de la media, y finalmente se doctoró en la Universidad de la Sorbona en 1945 con su obra sobre la fenomenología de la percepción. Comenzó a dar clases en Chartres y en la Escuela Normal Superior. En 1939 visitó los archivos Husserl, de Lovaina. Fue oficial en el Ejército de 1939 a 1940. Luego hasta el 44 enseñó Filosofía en el Liceo de Carnot, de París. En esta época participó en el movimiento de resistencia. También es conocida su activa participación en el consejo editorial de la revista “Les Temps modernes”, en la que durante muchos años trabajó como editorialista. En 1944 se trasladó a Lyon para dar clases en su universidad hasta 1949. Ya de nuevo en París, da clases de psicología infantil en la Sorbona hasta 1952, año en que obtiene la cátedra de filosofía del Collège de France, donde dio cursos ininterrumpidamente hasta 1961, que muere de un infarto cuando se hallaba en su escritorio preparando una de sus lecciones.  

Desde muy pronto Merleau-Ponty dio muestras de cuál fue su principal búsqueda: la de desenmascarar las realidades concretas ocultadas por teorías que mantenían un dualismo indeseable. Rechazó teorías como la de Descartes, que parte de la diferencia entre una substancia pensante y otras substancia extensa. Fue existencialista, fenomenólogo y marxista, admirador de la obra de Bergson y Husserl y se empeñó, a lo largo de su carrera, en criticar todas las filosofías y tendencias que trataban de producir una ruptura artificial con el ser unitario del hombre. Para Merleau-Ponty la unidad de este ser es a la vez la de su inserción en el mundo. Famosa es su frase “No existe el hombre interior”. El hombre es a la vez conciencia y cuerpo. La tarea del filósofo no es separarse del mundo mediante la reflexión, sino conseguir a través de ella una mayor religación con él. Por eso el filósofo no debe confinarse en ciertos problemas técnicos o profesionales: su misión es abrirse al mundo en su totalidad. No, por lo tanto, dedicarse a hacer síntesis de los resultados de la ciencia o de la historia. El filósofo debe tomar los datos del mundo como signos de una unidad que ha de inventar para dar sentido a la existencia humana.

 

ELOGIO DE LA FILOSOFÍA

“La claudicación del filósofo es su virtud. La ironía verdadera no es una coartada, es una tarea, y es el desapego lo que le asigna un cierto género de acción entre los hombres. Porque vivimos en una de esas situaciones que Hegel llamaba diplomáticas, en la que cada iniciativa corre el riesgo de ser desviada de su sentido, se cree a veces servir a la filosofía vedándole problemas de la época, y se honraba recientemente a  Descartes por no haber tomada partido entre Galileo y el  Santo Oficio. El filósofo, se decía, no debe preferir uno de los dogmatismos rivales. Se ocupa del ser absoluto, más allá del objeto del físico y de la imaginación del teólogo. Esto es olvidar  que negándose a hablar, Descartes se niega también a hacer  valer y existir ese orden filosófico en el que se le coloca. Callando, no supera los dos errores, los abandona luchando, los alienta ­en particular al vencedor del momento­. Callarse no es lo mismo que decir por qué no se quiere optar. Si Descartes lo hubiese hecho, no habría podido dejar de establecer el derecho relativo de Galileo contra el Santo Oficio, aunque fuera para subordinar finalmente la física a la ontología. La filosofía y el ser absoluto no están por encima de los errores rivales que se oponen en el siglo: ellos no tienen jamás la misma manera de ser errores, y la filosofía, que es la verdad integral, tiene la obligación de decir lo que puede integrar de  ella. Para que hubiera un día un estado del mundo en que fuese posible un pensamiento libre tanto del espíritu científico como de la imaginación, no bastaba pasarlos por alto en silencio, era necesario hablar contra, en el caso particular, contra la imaginación. El pensamiento físico llevaba, en el caso de Galileo, los intereses de la verdad. El absoluto filosófico no reside en ninguna parte, y entonces jamás está en otra parte; está defendiéndose en cada acontecimiento. Alain decía a sus alumnos: "La verdad es momentánea, para nosotros, hombres, que tenemos la vista corta. Ella es de una situación, de un instante; es preciso verla, decirla, hacerla en ese momento, no antes ni después, en ridículas máximas; no muchas veces, pues nada es muchas veces." La diferencia, dicho esto, no es entre el hombre y el filósofo: ambos piensan la verdad en el acontecimiento, están juntos contra el infatuado que piensa por principios, y contra el quebrantado que vive sin verdad.

Al final de una reflexión que lo sustrae primero, pero para hacerle experimentar mejor los lazos de la verdad que lo atan al mundo y a la historia, el filósofo halla, no el abismo del sí mismo o del saber absoluto, sino la imagen renovada del mundo, y a sí mismo implantado en ella, entre los otros. Su dialéctica o su ambigüedad no es más que una manera de poner en palabras lo que cada hombre sabe bien: el valor de los momentos en los que, en efecto, su vida se renueva continuándose, se reaprehende y se comprende yendo más allá, donde  su mundo privado deviene mundo común. Estos misterios están en cada uno como en él. ¿Qué dice de las relaciones del alma y el cuerpo, sino lo que de ellas saben todos los hombres, que hacen marchar al unísono su alma y su cuerpo, su bien y su mal? Qué enseña de la muerte sino que está oculta en la vida, como el cuerpo en el alma, y es este conocimiento el que hace, decía Montaigne: "morir un campesino y pueblos enteros tan invariablemente como un filósofo." El filósofo es el hombre que despierta y habla, y el hombre contiene silenciosamente las paradojas de la filosofía, porque, para ser completamente hombre, debe ser un poco más y un poco menos que hombre.”


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