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POETAS 33. José Antonio Muñoz Rojas



José Antonio Muñoz Rojas murio el día 29 de septiembre de 2009. Esta frase por sí sola podría formar una elegante esquela. Podría dar motivo también para que empezasen a dispararse los obituarios. Si yo fuese escritor de obituarios de poetas exigiría tal vez al director del periódico que exibiese dentro de la esquela algún mínimo poema más o menos representativo. Si yo fuese director de televisión eleboraría el cierre de los telediarios con algún pequeño recitado. Si algún tonto me nombrase ministro de cultura, yo hablaría con el ministerio de defensa y propondría a Celaya para que les vendiera todo su armamento.  La mayor expresión de nuestra impotencia radica en la impresión de que el mundo se puede mejorar a cada instante, y sin embargo dejamos para el siguiente instante la ocasión de mejorarlo. Pero casi siempre acabo pensando lo mismo. Uno de los signos más visibles de que el mundo está empeorando a marchas forzadas es ver como a los poetas se les amordaza y se les quita la palabra, y como a la poesía se le da la espalda.
 
Capital + Técnica = FUNERAL DE LOS POETAS. Existen mil razones por las que los poetas andan cada vez más callados. Yo doy una: la primera que se me ocurre. El silencio de los poetas es inversamente proporcional a la bullaranga de la publicidad. La profundidad de los poetas es inversamente proporcional a la frivolidad de los medios de comunicación. El lirismo y delicadeza de los poetas es inversamente proporcional al prosaismo y la vulgaridad de nuestros protagonistas medíaticos. Viene esto a cuento de los obituarios de los poetas en los periódicos. De los mal hechos que están. Porque si se quisiese honrar de verdad a un poeta bastaría un obituario tan simple y directo como un poema elevado encima de su nombre. No necesita nada más un poeta. Ni siquiera necesita su nombre. Muchos de ellos lo eliminarían de su epitafio sin resquicio de vanidad alguna. Pero un soneto ocupa demasiado espacio. Hay que dejar espacio a las otras palabras huecas e hinchadas de la gente, al chismorreo, al retintín del dinero en las páginas salmón de los domingoS y a la espantosa cháchara del futbol…En fin, que los periódicos no se dignan a dejarnos algún poema de los poetas muertos. Prefieren dejarnos las temperaturas de todos los pueblos de la provincia, el índice de valores bursátiles y las tablas clasificatorias de todos los pichichis.
 
Dice Muñoz Rojas  en uno de los poemas seleccionado aquí-le faltaban unos días para hacerse centenario- que los poetas “estamos para eso: para darles tránsito a los demás”. No conozco pues mejor oficio que el de dar tránsito y ofrecerse como camino para otros caminantes. No sería entonces el de poeta el oficio más injustificado del mundo sino el más justificado y necesario. Tránsito para sus poemas. Eso es lo que se le ofrece aquí. Lo que se les niega a los poetas en las páginas de los periódicos el día de su obituario. El día que se muera Di Stefano nos machacarán los ojos con cada uno de esos goles que ya nos sabemos de memoria. Tristes tiempos, tristes…
 
Descanse en paz.
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 *****
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Hay palabras que se unen y crean.
Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son silencio y soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.
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*****

TU OFICIO, POETA
Tu oficio, poeta…
Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizas alguna sed, y que alguien diga:
“a mí me pasó algo semejante”.
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio de tanta
oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea,
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizás leer allí mismo, quizás decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tu lees.
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SIEMPRE ESTÁ LO INEXPRESABLE
Siempre está lo inexpresable
en su pugna con la palabra
ofrecida inútilmente,
rumor de ola insistiendo
en la orilla. Como quiera
que lo que es, es, lo dejamos
por si acaso quedara
en la mano alguna vez
ese grano de sal
que queda oculto.
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JUGANDO CON PALABRAS SIEMPRE ESTOY
Jugando con palabras siempre estoy
sin saber donde terminan por llevarme,
sabiendo que no son nada y en nada quedan,
salvo que la verdad, que es suya, la pronuncien.
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SIEMPRE ESPERO QUE SE ABRA UNA VENTANA
Siempre espero que se abra una ventana,
como si abriéndose se abriera
a un fulgor completo, como si
la ventana no fuera sólo
sino iluminación total
de la explosión de la esperanza
que llevamos dentro y que por fin
nos inunda, la inundamos,
y cesamos de ser lo que somos para ser
lo que es y por siempre será dentro.
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Dejo a continuación dos vínculos. A un obituario y a una antología poética en la biblióteca virtual Cervantes. 
www.elmundo.es/elmundo/2009/09/30/opinion/19536119.html
www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01604307092363989670035/index.htm






































Casi todos los libros son corruptores: los mejores acarrean tantos perjuicios como beneficios.

 

Al formar la razón de la infancia, ¿qué otra cosa hacemos sino prepararla para percibir lo absurdo de las opiniones y de las costumbres consagradas por el sello de la autoridad sagrada, pública o legislativa, y, así, a inspirarle desprecio por ellas?

 

Nuestra sorpresa es la sátira de la sociedad, y nuestro placer un homenaje a la Naturaleza.

 

Las pasiones han conservado en el orden social lo poco de naturaleza que aún pervive en él.

 

Cuando se ha penetrado en el fondo de las cosas, la pérdida de las ilusiones conduce a la muerte, es decir, a un completo desinterés acerca de cuanto ocupa y preocupa a las demás personas.

 

El pensamiento brinda remedio y consuelo a todo. Si alguna vez os perjudica, reclamadle un remedio al mal que os ha causado, y presto os lo dará.

 

En lo tocante a las relaciones sociales, la mejor conducta es la que sintetiza el sarcasmo de la alegría con la indulgencia del desprecio.

 

Las pretensiones son una fuente de tristeza: la felicidad comienza en el momento en que les damos término.

 

Es preferible llegar a menos y seguir siendo lo que uno es, de eso no hay duda.

 

La ambición se adueña con más facilidad de las almas pequeñas que de las grandes, del mismo modo que el fuego prende mejor en la paja de las chozas que en el mármol de los palacios.

 

En las grandes materias, los hombres se muestran como les conviene; en las pequeñas, como realmente son.

 

Aprendiendo a conocer los males de la naturaleza se desprecia la muerte; aprendiendo a conocer los de la sociedad, se desprecia la vida.

 

Saber aburrirse es un arte.

 

El pobre, pero independiente, está a las órdenes sólo de la necesidad; el rico, pero dependiente, lo está de los demás.

 

Las pasiones vivifican al hombre; la prudencia sólo le permite durar.

 

La condición humana es tan patética que buscamos en la sociedad un consuelo para los males de la naturaleza, y en la naturaleza un consuelo para los males de la sociedad... ¡pero no hallamos alivio a nuestras penalidades ni en una ni en otra!

 

El único vicio que puede impedir a un hombre tener muchos amigos es atesorar un exceso de virtudes.

 

Para soportar la vida, hay dos cosas a las que es preciso acostumbrarse: a las heridas del tiempo y a los agravios de los hombres.

 

Tanto en el orden natural como en el social, conviene no querer ser más de lo que se puede.

 

Es más fácil legalizar jurídicamente ciertas cosas que legitimarlas moralmente.

 

Debería ser posible unir los contrarios, tales como el amor a la virtud y la indiferencia respecto a la opinión pública, la afición al trabajo y el desprecio por la gloria, o el cuidado de la propia salud y el desapego por la vida.

 

Privado de todo y obligado a realizar los más penosos trabajos para asegurarse la subsistencia diaria, Robinsón soporta la vida e incluso disfruta, según confiesa, de algunos momentos de felicidad. Supongamos ahora que hubiera ido a parar a una isla encantada, provista de cuanto es necesario para volver agradable vida: en muy posible que el exceso de ocio le hubiera vuelto la existencia insoportable.

 

El mero placer puede sustentarse en la ilusión, pero la auténtica felicidad humana se funda únicamente en la verdad.

 

El prejuicio, la vanidad y el cálculo gobiernan el mundo, mientras que quien rige su conducta sólo por la razón, la verdad y el sentimiento apenas tiene cabida en la sociedad, de modo que todo lo que puede hacerle feliz lo busca y lo halla en sí mismo.

 

¿No es chusco considerar que la gloria de algunos grandes hombres se base en haber empleado toda su vida en combatir prejuicios y estupideces que dan pena, porque nunca habrían debido entrar en cabeza humana?

 

El tiempo disminuye en nosotros la intensidad de los placeres absolutos pero aumenta la de los relativos; sospecho que ese es el ardid con el que la Naturaleza ha sabido atar a los hombres a la vida, tras la pérdida de todo lo que la hacía realmente agradable.

 

Los cortesanos son pobres enriquecidos gracias a la mendicidad.

 

Las ideas son como los naipes y otros juegos de moda: aquellas que en otra época se consideraban peligrosas y nocivas, con el tiempo se han vuelto comunes, casi triviales, hasta llegar a ser aceptadas por personas poco dignas de ellas. Así pues, es probable que ciertos conceptos que en la actualidad tenemos por audaces, nuestros descendientes los desprecien por débiles y vulgares.

 

Una feria, un garito, una fonda, un bosque, un lugar de perdición, un manicomio: a eso se reduce alternativamente la sociedad para la mayor parte de quienes la componen.

 

La sociedad se compone de dos grandes clases: los que tienen más comida que apetito, y los que tienen más apetito que comida.

 

Cuanto más se juzga, menos se ama.

 

Uno se siente tentado de contemplar la sociedad como un monte lleno de ladrones, donde los más peligrosos son los guardias.

 

Lo auténtico e instructivo es lo que la conciencia de un hombre justo, que ha visto mucho y bien, le revela a un amigo al calor de un buen fuego.

 

Conviene llevar el refinamiento tan lejos que ni siquiera pueda llegar a sospecharse, aunque sólo sea por no ver menospreciadas nuestras dotes actorales en una compañía de excelentes comediantes.

 

Lo sociedad, lo que se llama el mundo, no es sino la pugna de mil pequeños intereses contrapuestos, una lucha incesante de vanidades que se entrecruzan, chocan entre sí, heridas, humilladas unas por otras, que expían al día siguiente, en el fastidio de una derrota, el triunfo de la víspera. Vivir solitario, no ser lastimado en esa colisión miserable, donde atrae uno por un instante las miradas para ser aplastado al instante siguiente, es lo que se llama no ser nada, carecer de existencia. ¡Pobre humanidad!

 

Cuando examinamos la alianza de los necios contra los lúcidos, nos parece detectar una conjura de lacayos para dar de lado a los señores.

 

¿No es sorprendente que la sociedad subsista con la convención tácita de excluir del reparto de sus derechos a las diecinueve vigésimas partes de esa misma sociedad?

 

La vida social es una farsa infame, una mala ópera sin interés alguno, que apenas se sostiene merced a la tramoya y los decorados.

 

A medida que la filosofía hace progresos, la estupidez redobla sus esfuerzos por implantar el imperio de los prejuicios.

 

Las conversaciones se parecen a los viajes por mar: nos apartamos de tierra casi sin sentirlo, y sólo cuando estamos ya muy lejos nos damos cuenta de que hemos dejado atrás la orilla.

 

Todo hombre frugal parece amenazar a los ricos con escurrírseles de entre los dedos.

 

El único hombre libre es el que carece de cualquier clase de status social... a condición de que no necesite de los demás para sobrevivir.

 

Un hombre está perdido si a una gran inteligencia no une la energía de carácter. Cuando se blande la linterna de Diógenes, es conveniente disponer también de su garrote.

 

El hombre de mundo, el amigo de la fortuna, incluso el amante de la gloria, todos trazan ante sí una línea recta que les conduce a un término desconocido. Por su parte, el sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea circular cuyo extremo le devuelve a su propio ser.

 

Por regla general, el hombre de auténtico mérito suele tener pocas prisas en ser conocido.

 

Hay hombres para quienes las ilusiones acerca de las cosas que les interesan son tan necesarias como la vida misma. Algunas veces, sin embargo, cuando vislumbran cierto atisbos que les permitirían creer que se encuentran cerca de la verdad, salen huyendo como niños que corren tras una máscara, pero se esfuman si ésta se da la vuelta.

 

La celebridad es el castigo del mérito y la penalización del talento.

 

Si debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, es cuanto menos justo amarse a uno mismo como a nuestro prójimo.

 

Todo es igual de vano en los hombres, sus alegrías y sus pesares; pero más vale que la pompa de jabón sea de color oro o plata, que de color hierro o plomo.

 

Saber pronunciar la palabra "no" y saber vivir solos son los dos únicos medios que tenemos de conservar la libertad y el carácter.

 

Los estoicos son una especie de inspirados que infunden en la moral la exaltación y el entusiasmo de la poesía.

 

Para llegar hasta mí, la fortuna habrá de pasar por las condiciones que le imponga mi carácter.

 

Lo que aprendí, no lo recuerdo. Lo poco que aún sé, lo he adivinado.

 

Son más los que desean ser amados que los que desean amar ellos mismos.

 

Para que la relación de un hombre con una mujer sea realmente interesante, conviene que haya entre ellos goce, memoria o deseo.

 

La naturaleza también tiene sus leyes, más amenas pero más imperiosas que las de los tiranos.

 

El amor no busca las perfecciones reales, incluso se diría que las teme, y sólo disfruta con las que él mismo crea.

 

La vanidad no corresponde sino al carácter débil o corrompido; pero el amor propio, como todos sabemos, corresponde al carácter bien ordenado.

 

En amor todo es verdadero y todo es falso; es el único ámbito en el que no cabe ningún contrasentido.

 

La mayor parte de los libros actuales parecen haber sido escritos en un solo día, inspirándose en libros escritos el día anterior.

 

La filosofía descubre las virtudes útiles de la moral y de la política y la elocuencia las divulga, pero sólo la poesía las vuelve proverbiales.

 

Lo que determina el éxito de buen número de obras teatrales es la relación directa entre la mediocridad de las ideas del autor y la de las ideas del público.

 

Es una desdicha para los hombres, y tal vez una suerte para los tiranos, que los pobres carezcan del instinto y el orgullo del elefante, que en cautividad se niega a reproducirse.

 

Lo mejor que uno sabe es: a) lo que ha adivinado; b) lo que ha aprendido gracias a la experiencia en su relación con otros hombres y con las cosas; c) lo que ha aprendido, no en los libros, sino gracias a los libros, es decir, a las reflexiones a las que éstos le han llevado, y d) lo que aprendido en los libros o de maestros.

 

Los grandes hombres han producido siempre sus obras maestras una vez pasada la edad de las pasiones, al igual que después de las erupciones volcánicas es cuando la tierra resulta más fértil.

 

Los economistas son cirujanos que tienen un excelente escalpelo y un bisturí mellado, de manera que operan de maravilla a los muertos y diseccionan sin compasión a los vivos.

 

El amor, dice Plutarco, hace callar a las otras pasiones: es el dictador ante el cual todos los demás poderes se desvanecen.

 

Yo, todo; los demás, nada: he ahí el despotismo, la aristocracia y sus adeptos. Yo es otro, otro es yo: he ahí el régimen popular y sus seguidores. Teniendo en cuenta esto, decidid.

 

En el instante en que Dios creó el mundo, la sacudida subsiguiente provocó que éste fuera aún más desordenado que cuando reposaba en un apacible caos.

 

Quienes se consideraban afortunados callan y no tratan de hacer prosélitos; son los desesperados quienes se esfuerzan por reclutar novicios.

 

Una mujer no es nada por sí misma; es lo que que le parece al hombre que de ella se ocupa: por eso se muestra tan furiosa contra aquellos a quienes no les parece lo que ella querría parecer.



BUFFON


Señores: Me han colmado de honor al llamarme con ustedes; pero la gloria no es un bien sino en tanto que se sea digno de ella, y no me persuado de que algunos ensayos míos, escritos sin arte y sin más ornamento que el propio de la naturaleza, sean méritos suficientes para osar tomar asiento entre los maestros del arte, entre los hombres eminentes que representan aquí el esplendor literario de Francia y cuyos nombres, celebrados  hoy  por  la  voz  de  las  naciones,  resonarán  vivamente  en  los  labios  de  nuestros  últimos  descendientes.  Han tenido ustedes, Señores, otras razones para fijar los ojos en mí: han querido dar a la ilustre Academia de Ciencias, a la que tengo el honor de pertenecer desde hace mucho tiempo, una nueva prueba de consideración; mi agradecimiento, aunque compartido con ella, no  será menos  vivo.  Pero, ¿cómo satisfacer el deber que hoy me impone esta prueba? No he de ofrecerles, Señores, sino su propia riqueza: algunas ideas sobre el estilo, que yo he tomado de sus obras. Las he concebido leyéndolos y admirándolos a ustedes, y  el  éxito  de  estas depende  de  que  sean  sometidas a sus inteligencias. Siempre ha habido hombres que han sabido mandar a los demás por el poder de la palabra; con todo, no es esto lo que en los siglos ilustrados hizo que se escribiera bien y que bien se hablara. La verdadera elocuencia supone el ejercicio del intelecto y la cultura del espíritu. Es  muy  diferente  de  esa  facilidad  natural  de  hablar,  que  denota  solo  cierta  disposición  y  es  una  cualidad  propia  de  quienes  a la fuerza de la pasión agregan facilidad de palabra y rapidez en la imaginación. Son hombres que sienten vivamente, se emocionan de igual manera, exteriorizan con vigor su pasión de ánimo; y, por una impresión puramente mecánica, transmiten a los demás su entusiasmo y sus afectos. Es el cuerpo que habla al cuerpo; para ello todos los movimientos, todos los ademanes cooperan y sirven por igual. ¿Qué es necesario para emocionar y arrastrar a la multitud? ¿Qué es necesario para conmover y persuadir a la mayoría? Una entonación vehemente y patética, ademanes expresivos y frecuentes, palabras impetuosas y sonoras. Pero para los escogidos, de pensamiento vigoroso, de gusto delicado y sentido exquisito, que, como ustedes, Señores, toman poco en cuenta la entonación, los ademanes y el vano sonido de las palabras, se requieren asuntos, pensamientos, razones; es preciso saberlos presentar, matizarlos, ordenarlos; no es suficiente hacerse oír y atraer la mirada; es preciso influir en el alma e impresionar el corazón hablando al espíritu. El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos. Si se los enlaza estrechamente, si se los ajusta, el estilo resultará firme, vigoroso y conciso; pero, por elegantes que sean, si se los deja sucederse lentamente y no se juntan sino merced a las palabras, el estilo será difuso, flojo y lánguido. Mas antes de buscar el orden en que han de presentarse los pensamientos, es necesario haber hecho otro orden más general y más estricto, donde no deben entrar sino las primeras ojeadas y las principales ideas; un tema quedará circunscrito y se conocerá su extensión al asignarle un lugar en este plan inicial; los justos intervalos que han de separar las ideas principales se determinarán atendiendo a estos primeros lineamientos y así nacerán las ideas accesorias e intermedias que servirán para completarlas. Por el esfuerzo del intelecto se concebirán todas las ideas generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con una gran finura de discernimiento se distinguirán los pensamientos estériles de las ideas fecundas y, por la sagacidad que da la larga costumbre de escribir, se presentirá cuál será el producto de todas estas operaciones del espíritu. Por poco vasto o complicado que  sea  el  tema,  es  muy  raro  que  se  lo  pueda  abarcar  de  una  sola  ojeada, o penetrarlo por completo con un solo e inicial esfuerzo de la inteligencia; es raro también que antes de reflexionar mucho sobre él se comprendan todas sus relaciones. No es posible, pues, abarcarlo completamente, pero es el único medio de consolidar, desplegar y dar 334Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339George-Louis  Leclerc,  conde  de  Buffon

nobleza a los pensamientos; después se les dará sustancia y fuerza por la meditación y será fácil en seguida darles forma por la expresión.Este  plan  no  es  aún  el  estilo,  pero  sí  la  base  que  lo  sostiene  y  dirige, la que regula su movimiento y lo somete a leyes; sin este, el mejor escritor se confunde, su pluma marcha al acaso y deja al azar trazos irregulares y figuras discordantes. Por luminosos que sean los colores que emplee, por muchas que sean las bellezas que siembre en los detalles, si el conjunto causa desagrado o no se siente su vigor, la obra no estará acabada de construir y, aunque admiremos el espíritu del autor, se podrá suponer que le falta talento. Por esta razón quienes escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; quienes se abandonan al primer arranque de su imaginación toman un tono que no pueden sostener; quienes temen desperdiciar los pensamientos aislados,  fugitivos  y  en  distintas  ocasiones  escriben  trozos  sueltos,  no  los  reúnen  jamás  sin  transiciones  forzadas;  esta  es  la  razón,  en  una palabra, de que haya tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un solo golpe.Sin embargo, todos los temas tienen unidad y, por vastos que sean, pueden ser reducidos discursivamente. Las interrupciones, las pausas, las secciones no han de usarse sino cuando se aborden temas diferen-tes o cuando, al hablar de grandes cuestiones delicadas y disímiles, la marcha del intelecto se vea interrumpida por la multiplicidad de los obstáculos y forzada por la necesidad de las circunstancias; por otra  parte,  el  gran  número  de  divisiones,  lejos  de  hacer  más  sólida  una obra, destruye su coherencia, el libro parece más claro a la vista pero la intención del autor permanece oscura; no puede impresionar el espíritu del lector ni le puede hacer sentir sino por la ilación, por la dependencia armónica de las ideas, por un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un movimiento uniforme que toda interrupción destruye o hace languidecer.¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas? Porque cada una es un todo y porque trabaja bajo un plan eterno del que jamás se aparta; prepara en silencio los gérmenes de sus producciones, esboza en un acto único la forma primitiva de todo ser vivo, la desarrolla, la perfecciona por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La  obra  asombra,  pero  lo  que  más  debe  sorprendernos  es  el  sello  divino que ahí resplandece. Por sí mismo, el espíritu humano no puede crear nada, no producirá sino después de haber sido fecundado por la experiencia y la meditación; sus conocimientos son los gérmenes de sus producciones, pero si imita a la naturaleza en su marcha y en su trabajo, si asciende por la contemplación a las verdades más sublimes, 335Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339Discurso sobre el estilo

si las reúne, si las enlaza, si forma con ellas un sistema mediante la reflexión, establecerá, sobre cimientos inquebrantables, monumentos inmortales.Por  la  falta  de  plan,  por  no  haber  reflexionado  suficientemente  sobre su tema, un hombre agudo puede meterse en embrollos y no saber  por  dónde  comenzar  a  escribir.  Percibe  a  la  vez  un  gran  nú-mero  de  ideas  y,  como  no  las  ha  comparado  ni  subordinado,  nada  hay que lo determine a preferir las unas a las otras; queda, pues, en la perplejidad. Pero cuando haya hecho un plan, una vez que haya juntado y puesto en orden los pensamientos esenciales de su tema, percibirá fácilmente el instante en que debe tomar la pluma, sentirá el punto de madurez de la producción del espíritu, estará obligado a hacerla brotar y no tendrá seguramente sino el placer de escribir: las ideas se sucederán sin dificultad y el estilo se hará natural y fácil, la vehemencia nacerá de este placer, se esparcirá continuamente y dará vida a cada expresión, todo se animará más y más, el tono se elevará, los objetos tomarán color y el sentimiento, juntándose a la claridad, la aumentará, la llevará más lejos, la hará pasar de lo que se dice a lo que se va a decir, y el estilo resultará interesante y luminoso.Nada se opone más a la vehemencia que el deseo de poner en to-das partes rasgos ingeniosos, nada es más contrario a la luz que debe producirse y esparcirse uniformemente en un escrito que esas chispas obtenidas a la fuerza haciendo chocar las palabras unas contra otras y que nos deslumbran solo unos instantes para dejarnos en seguida en  tinieblas.  Son  pensamientos  que  no  brillan  sino  por  oposición:  solamente presentan un lado del objeto, dejando en la sombra todas las  otras  caras;  a  menudo  este  lado  que  se  escoge  es  un  punto,  un  ángulo sobre el cual se hace mover al espíritu con tanta facilidad que se lo aleja más de las grandes caras desde las cuales el sentido común acostumbra considerar las cosas.No hay nada más opuesto a la verdadera elocuencia que el em-pleo de estos pensamientos finos y la búsqueda de estas ideas ligeras, desleídas, sin consistencia y que, como la hoja de un metal batido, no tienen destello sino en tanto pierden solidez. Así, cuanto más gracejo nimio y brillante se ponga en un escrito, menos vigor tendrá, menos claridad, menos vehemencia y estilo; a no ser que este gracejo sea el fondo mismo del asunto y que el escritor no haya querido hacer otra cosa que chancear: en este caso el arte de decir pequeñas cosas resulta posiblemente más difícil que el arte de decir las grandes.Nada se opone más a lo naturalmente bello que el trabajo dedica-do a expresar cosas ordinarias o comunes de una manera singular o 336Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339George-Louis  Leclerc,  conde  de  Buffon

pomposa; nada degrada más al escritor. Lejos de admirarle, nos causa lástima que haya empleado tanto tiempo en hacer nuevas combina-ciones de sílabas para no decir sino lo que todo el mundo dice. Este es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos escritores carecen de estilo o, si se quiere, no tienen sino la sombra de él. El estilo debe grabar los pensamientos: ellos no saben sino trazar palabras.Para escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema; es preciso reflexionar mucho para ver con claridad el orden de sus pensamientos y formarlos en una serie, una cadena continua, donde cada  punto  represente  una  idea;  cuando  se  haya  tomado  la  pluma,  será  necesario  conducirla  sucesivamente  sobre  el  rasgo  inicial  sin  permitirle que se desvíe, sin apoyarla demasiado desigualmente, sin darle otro movimiento que el determinado por el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo, esto es también lo que hará la unidad y lo que regulará la rapidez; solo esto, también, será suficiente para hacerlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y conti-nuo. Si a esta primera regla, dictada por el intelecto, se le agregan la delicadeza y el gusto, el escrúpulo en la elección de las expresiones, el cuidado de no nombrar las cosas sino en los términos más generales, entonces el estilo tendrá nobleza. Si se agrega la desconfianza para con su primer impulso, el desprecio de todo lo que no sea más que brillo y una repugnancia constante por lo equívoco y lo cómico, el estilo tendrá gravedad y hasta majestad. En fin, si se escribe como se piensa, si se está convencido de  aquello de lo que se quiere persuadir, esta buena fe para consigo mismo –que hace la honestidad para con los demás y la verdad del estilo– le hará producir todo su efecto, con tal de que esta persuasión interior no se caracterice por un entusiasmo demasiado fuerte y que haya en todo más candor que confianza, más razón que vehemencia.Es así, Señores, como ustedes, al leerlos, me parece que me hablan y  me  instruyen.  Mi  alma,  que  recoge  con  avidez  los  oráculos  de  la  sabiduría,  ha  querido  emprender  el  vuelo  y  elevarse  hasta  ustedes.  ¡Esfuerzos vanos! Las reglas –lo dicen también ustedes– no pueden suplir el genio; si este falta, aquellos serán inútiles. Escribir bien es pensar bien, y a la vez sentir bien y expresar bien; es tener a un mis-mo tiempo ingenio, alma y gusto. El estilo presupone la reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales. Solo las ideas forman el 337Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339Discurso sobre el estilo

fondo del estilo, la armonía de las palabras es solo lo accesorio y no depende sino de la sensibilidad de los sentidos; es suficiente tener un poco de oído para evitar las disonancias, y basta haberlo ejercitado, perfeccionándolo con la lectura de poetas y creadores, para que me-cánicamente seamos arrastrados a la imitación de la cadencia poética y de los giros oratorios. Además, nunca la imitación ha creado nada; así esta armonía de las palabras no forma el fondo ni el tono del estilo y se encuentra a menudo en escritos vacíos de ideas.El  tono  no  es  sino  la  adecuación  del  estilo  a  la  naturaleza  del  tema  y  no  debe  nunca  ser  forzado,  nacerá  naturalmente  del  fondo  mismo de la cosa y dependerá mucho del grado de generalidad a que se hayan llevado los pensamientos. Si se le ha elevado a las ideas más generales y si, en sí mismo, el tema es grande, el tono parecerá alcan-zar la misma altura; si, manteniéndolo en esta elevación, el intelecto contribuye suficientemente a dar a cada objeto una luz fuerte, si se le puede agregar, a la energía del dibujo, la belleza del colorido, si se puede, en una palabra, representar cada idea con una imagen viva y bien acabada, y formar con cada serie de ideas un cuadro armonioso y elegante, el tono será no solamente elevado, sino sublime.Aquí, señores, la ejemplificación haría más que la regla: los ejemplos instruirían mejor que los preceptos; pero como no me es permitido citar los sublimes fragmentos que tan a menudo me han emocionado al leer sus obras, estoy obligado a limitarme a estas reflexiones. Las obras  bien  escritas  serán  las  únicas  que  pasarán  a  la  posteridad:  el  caudal de los conocimientos, la singularidad de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura de inmortalidad. Si las obras que los contienen no tratan sino de nimiedades, si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán, porque los cono-cimientos, los hechos y los descubrimientos se escapan fácilmente, se desplazan y huyen hasta ser empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues, ni robarse ni transferirse ni alterarse; si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todos los tiempos, pues solo la verdad es duradera y aun eterna. Así, un estilo bello no lo es, en efecto, sino por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que ahí se encuentran, todas las relaciones de que está compuesto, son verdades igual de útiles –y tal vez más preciosas para el espíritu humano– que las que pueden formar el fondo del tema.Lo  sublime  no  puede  encontrarse  sino  en  los  grandes  temas.  La poesía, la historia y la filosofía tienen todas el mismo objeto, un 338Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339George-Louis  Leclerc,  conde  de  Buffon

objeto muy grande: el hombre y la naturaleza. La filosofía describe y  representa  la  naturaleza.  La  poesía  la  pinta  y  la  embellece;  pinta  también a los hombres, los engrandece, los idealiza; crea los héroes y los dioses. La historia pinta solo al hombre, y lo pinta tal cual es: así el tono del historiador no será sublime sino cuando haga el retrato de los más grandes hombres, cuando describa las más grandes acciones, los más grandes movimientos, las más grandes revoluciones; algunas veces, también, será suficiente con que el tono sea majestuoso y grave. El tono del filósofo podrá resultar sublime cuantas veces hable de las leyes de la naturaleza, de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del espíritu humano, de los sentimientos, de las pasiones; para los demás temas será suficiente con que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, cuando el tema es grande, debe ser siempre sublime, puesto que ellos son dueños de agregar a la grandeza de su tema tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión cuanto les plazca; y siempre, antes de pintar y antes de engrandecer los objetos, deben también, sobre todo, emplear toda la fuerza y desplegar toda la potencia de su intelecto.



NISARGADATTA, LA ATENCIÓN DISTRAÍDA. Juan Arnau

 

Viajé a la India el pasado mes de marzo, invitado a un ambicioso congreso titulado: Humanismo oriental para la Nueva Era. Lo organizaba la India Foundation y lo presidía Draupadi Murmu, la actual jefe del Estado de la República de la India. Reunía expertos de Asia y América, y unos pocos europeos. Las sesiones y los encuentros fueron altamente interesantes, sobre todo gracias a esa insólita combinación de eruditos, espías y santos, que sólo puede darse en este país. Siempre es interesante observar cómo se ve Europa desde Asia, y cuán diferente es esa imagen de la que tenemos de nosotros mismos. Finalizadas las sesiones, mi intención era visitar las cuevas budistas de Ajanta y Ellora y realizar en su interior un pequeño experimento con hongos psilocibios. Pero el caos ferroviario me impidió llegar a Aurangabad. Tuve que volar directamente a Bombay, tres días antes de lo previsto. Quien conozca la India sabe que allí es más cierto que en ningún otro sitio el viejo dicho: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Me acompañaba Alejandro, un estudioso mexicano del budismo tibetano que reside en Katmandú. Ya en Bombay, estuvimos leyendo algunos fragmentos del Camino al despertar, que él traía en sánscrito. Tengo un especial aprecio por esta obra de Śantideva, mi maestro, Luis O. Gómez, la estudió durante más de treinta años. Traduje las célebres estrofas del capítulo octavo, donde se dice: “Toda la dicha del mundo / procede de desear la felicidad de otros. / Y todo el sufrimiento / de desear la propia felicidad”. Le envié los versos a mi amigo el poeta Vicente Gallego para que los ajustara en sílabas y acentos, como ya habíamos hecho con las estrofas de las Upaniṣad. Vicente respondió en seguida y, como de pasada, mencionó que, ya que estaba en Bombay y tenía tiempo, visitara el memorial de su maestro Nisargadatta, y le rindiera homenaje de su parte. Obedecí.

Yo no había leído a Nisargadatta (lo mío son los maestros antiguos) y apenas sabía de él. Busqué la que había sido su casa y me encontré un edificio envejecido de cuatro plantas, en un barrio polvoriento y bullicioso, no lejos de Nana Chowk. En el entresuelo di con un pequeño departamento. A la entrada había una cocina donde la nuera de Nisargadatta pelaba unas habas mientras su nieta cocinaba. En el interior, en un exiguo salón que hacía las veces de dormitorio (vi colchones apilados), el bisnieto del maestro se debatía con un videojuego y apenas levantó la cabeza de la pantalla. Hice un pequeño vídeo, que mandé a Vicente. Sobre una de las pareces de la pieza estaba el “memorial” Nisargadatta. Consistía en una serie de retratos, del gurú, del que colgaba una guirnalda de flores anaranjadas (el color de la liberación), de sus padres y de su hijo. Junto a ellos, una figura kitsch de Ganesha. Me senté un rato a meditar, contemplando el rostro, pícaro y energético, del maestro. No tuve ninguna intuición extraordinaria, pero sí la certeza de que aquella mirada que me interpelaba desde una fotografía coloreada no era la de un impostor. Cuando regresé a España me hice el propósito de averiguar qué decía. Descubrí que nunca escribió nada, que su pensamiento está recogido en una serie de conversaciones con diferentes interlocutores, sobre todo occidentales. La obra había sino editada por un personaje misterioso y fascinante, un ingeniero polaco llamado Maurice Frydman, de origen judío, que había abandonado Varsovia en los años 30. Tras unos años en París, se trasladó a Bangalore para hacerse cargo de la dirección de una central eléctrica. Seguidor de Gandhi, activista en la lucha por la independencia de la India, conoció a Krisnamurti y fue discípulo de Ramana Mahashri, cuyo ashram en Arunachala visitaba siempre que se lo permitían sus obligaciones profesionales. Tiempo después, tras la muerte de Ramana, se estableció en Bombay y quedó impresionado por la brillantez espontánea y enérgica con la que Nisargadatta exponía sus experiencias. Sentía una gran paz en su presencia y se dedicó a grabar muchas de sus conversaciones, que editó y tradujo del marathi al inglés. Un centenar de cintas magnetofónicas que se acabaron convirtiendo en un libro singular y extenso, I Am That (Yo soy eso), publicado en 1973.

El maestro cigarrero

Nisargadatta, de nombre Māruti, nace en 1897. Su nombre está relacionado con el dios védico del viento y con personajes épicos especialmente vigorosos, como Hanuman y Bhīma. Sus padres son campesinos y su infancia transcurre en una granja de Kandalgaon, al sur de Bombay, en un ambiente laborioso y devocional. Cuando muere su padre, se traslada a Bombay. Se inicia en la metrópoli como empleado de oficina, pero su naturaleza independiente y enérgica le lleva a abrir un pequeño negocio, una tienda de bidis. Allí fabrica y vende estos finos cigarrillos y en pocos años abre algunas tiendas más (llegará a tener ocho). El 1924 se casa con Sunatibai, que le da un varón y tres niñas. En 1933, un amigo le presenta al que habría de ser su gurú. En un principio, él no quiere ir. Pero el amigo insiste e incluso paga la guirnalda de flores con la que Maruti obsequia al maestro. Sri Siddharameśvar Maharaj pertenece al linaje de los “nueve gurús”, maestros mitológicos caracterizados por su sencillez, tanto doctrinal como de comportamiento. El propio Nisargadatta describirá esta tradición como “un rio que fluye hacia el océano de la realidad y quien entra en él es llevado a dicho océano”. Y luego aclara, sin concederle demasiada importancia: “Quienes se ejercitan en la práctica de centrar sus mentes en el ‘Yo soy’, tal vez se sientan relacionados con otros que siguieron la misma sadhana y llegaron a la meta. Quizás decidan verbalizar su sentido de clase llamándose a sí mismos Navnaths (nueve maestros). Eso les proporciona el placer de pertenecer a una tradición establecida. Pero darse un nombre particular no ayuda en nada”. La continuidad de la tradición es informal y voluntaria. Es como un apellido, pero en este caso de una familia espiritual.

Su maestro le aconseja que observe y se recree en la sensación “Yo soy”, sin ningún atributo. Māruti obedece. “Todo mi tiempo libre lo pasaba observándome a mí mismo en silencio. ¡Y qué gran diferencia supuso eso, y qué pronto! Tardé sólo tres años en realizar mi verdadera naturaleza”. Se dedica a observar su propia mente en silencio y a devolverla constantemente al “Yo soy”. Al cabo de tres años, su mente hace click. Ha funcionado. Tras la muerte de su gurú, decide abandonar familia y negocios y convertirse en monje itinerante. En su camino hacia el Himalaya, donde ha decidido pasar el resto de su vida, un peregrino lo convence de que, dado su temperamento, una vida activa y desprendida resultará más plena y fructífera. Al regresar a Bombay, sólo encuentra abierta una de sus tiendas. Retoma el negocio y, atraídos por su elocuencia, algunos comienzan a reunirse en la calle, junto a su tienda. Cuando su hijo se hace cargo del negocio, las reuniones se trasladan a su casa, donde ha construido una entreplanta para la práctica de la meditación.

La pequeña habitación superior de la calle 10 de Khetwadi Lane se llena a diario durante las horas de consulta. Las paredes están cubiertas de retratos de santos de las grandes religiones. El ambiente es agradable y es posible abstraerse del ruido estrepitoso de la calle. La mayoría de los visitantes son occidentales. Nisargadatta no quiere discípulos. Tampoco quiere fundar una escuela o institución, sabe que acabaría siendo prisionero de ella. No gana nada con sus charlas. Tampoco da orientaciones éticas ni ofrece una doctrina. (O sólo una: “Sin ti, no hay Dios”). Es un iconoclasta que, como Nāgārjuna, propone dejar de lado todos los conceptos. Un genuino anarquista del pensamiento.

Tampoco se magnifican las visiones que uno pueda tener. Éstas carecen por completo de significado (o tienen un significado vinculado a la propia imaginación y deseos). En este sentido, Nisargadatta es un antisimbolista. Todo sucede espontáneamente. Asegura que la consciencia quiere que le hagan caso, que te arrastra de la oreja porque quiere saber de sí misma, de su verdadera naturaleza.

Como maestro, adopta el nombre de Nisargadatta. “Nisarga” significa carácter, representa lo natural, el modo de ser innato. Todas las cosas tienen su propio nisarga, su propia espontaneidad y emisión. De ahí que el término se relacione con la entrega y el intercambio (y también con la renuncia y el abandono). “Sarga” puede significar tiro o disparo, emisión, creación o proyección. Una ráfaga de viento, algo que se arroja o proyecta. Es uno de los nombres de Śiva. “Datta” es lo entregado u ofrecido, la donación y el regalo. Un apellido común entre la casta de comerciantes o vaisya. La traducción del compuesto Nisarga-datta sería “aquel que entrega espontáneamente su carácter y lo ofrece”.

Entretanto, una mujer californiana, Jean Dunn, ha escuchado hablar de Nisargadatta en el ashram de Ramana Maharshi en Arunachala. Cuando lo visita en Bombay, éste ya sufre de un cáncer de garganta. Tiene dolores, pero se las arregla para hablar dos veces al día. El maestro le da un mantra y una iniciación. Dunn describe su corta estatura, sus grandes entradas y ojos centelleantes, penetrantes, y una sonrisa contagiosa. Alguien mencionó una vez sus grandes orejas y prominente nariz. Respondió entre risas: “Quizá desciendo de Ganesha, el dios elefante”. Es ingenioso y rápido en sus respuestas. La conciencia universal se expresa continuamente a través de los cuerpos. Dunn comenta: “La consciencia se renueva continuamente. Tiras un pedazo de comida en un rincón; y en poco tiempo hay gusanos ― vida, consciencia. La misma consciencia que hay en el gusano está en ti. No es “mi” consciencia, “tu” consciencia; es una consciencia universal, y esa consciencia universal eres tú”.

El maestro parece ser una persona común y corriente, pero enseguida, al estar en su presencia, la mente se calma y se comprende “¡que se puede hacer, que se ha hecho!”. “Bromea, ríe, frunce el ceño, sacude el dedo, golpea el puño para enfatizar un punto. Las diversas expresiones juegan en su rostro como la luz sobre el agua. ¡Es magnífico! Uno siente su energía vibrante, la pura alegría de ser, fluyendo de él. Responde a todas las preguntas de manera simple, clara y concisa, sin citar las escrituras ni proponer doctrinas. Es amable y gentil mientras derriba todos tus apoyos”. Su mensaje es simple y directo: “Tú eres el Ser aquí y ahora. Deja de imaginarte a ti mismo como ‘esto’ o ‘aquello’. Suelta tu apego a lo irreal”.

Conocer es ser

Según una tradición antigua de la India, sólo podemos conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. Si hemos de ser estrictos, “conocer es ser”. Todo lo demás es mera información, banalidad del dato, ceguera o pseudo conocimiento. Se hace pasar por conocimiento lo que es simple ignorancia. El saber sólo se logra mediante la transformación profunda del conocedor. Esa es la apuesta del vedānda no dual, la más radical de las filosofías de la India. Conocer la generosidad es ser generosidad. Se conoce la lectura leyendo. Lo mismo puede decirse de la poesía o la santidad, de la valentía o la inteligencia. Los objetos que crea la actividad científica, el enlace químico o la partícula elemental, son meros conceptos, destilados por una teoría, meras palabras, no conocimiento genuino. Al hacer una pregunta, el propio lenguaje impone la respuesta. Eso es la complementariedad cuántica. Esa es la conclusión de Wittgenstein en el Tractatus. Ningún ser humano podrá saber qué es un átomo hasta no tener la experiencia del átomo. Se trata, como puede verse, de un empirismo radical. Sólo la experiencia puede decirnos lo que las cosas son. Pero la experiencia propia. El laboratorio impone una distancia, la del experimento, que, paradójicamente, impide experimentar.

De hecho, el pensamiento es siempre pasajero. Lo que fue cierto en el pasado, ahora no lo es. Y lo que sabemos ahora, dejará de ser cierto en el futuro. Pero hay algo más: la comprensión no aumenta por la acumulación de pensamientos, sino que depende de la relación entre el ser y el saber. El conocimiento es más un quitar o apartar que un poner o atesorar. Cuando la mente (de natural charlatana, lianta y enredosa) llega a su perfección, entonces es lo que conoce. Y lo que la mente conoce es lo que realmente es, su fuente, frente a lo que aparenta ser. Y “eso” que es, eso que somos, no es el cuerpo, ni la propia mente, sino la conciencia. Ese es el significado del título de la gran obra de Nisargadatta: I Am That (que no es una obra, sino un conjunto de conversaciones grabadas y editadas por un ingeniero polaco). No se trata aquí, aunque también, de la complicidad con el resto de los seres que sugiere el “tú eres eso” de las upaniṣad. Somos esa conciencia, y esa conciencia (que no es egóica) es inmortal. Frente a lo visto y lo escuchado, la oscuridad y el silencio.

La libertad no es entonces el resultado ni el efecto de alguna clase de acción o pensamiento. El sabio, simplemente, retira los obstáculos. Se trata más de una labor de limpieza que una labor de adquisición. Un desaprender. De ahí que ningún tipo de saber teórico o acumulativo sirva a su propósito. El lenguaje tampoco. Pero el habla tiene una doble faz, de ahí su magia. Sabe abolirse a sí misma. Es la magia de la recitación y la ironía. El habla se deshace entonces de la tiranía del significado, que es un continuo postergar, un remitir a algo siempre más allá (agotador), y se centra en sí misma (como siempre han querido los poetas). El habla se ensimisma. Reconoce su propio vacío. Lo mismo ocurre con la mente, que en general nos enreda, pero que guarda en su interior la llave de su propia abolición. Esa llave es la palabra recitada, y también la respiración. La detención de la mente hace que pueda brillar la luz de la conciencia. El sol brilla cuando las nubes se disipan. De ahí que algunos lenguajes simbólicos, algunas metáforas, ayuden a comprender esta propuesta. La conciencia es como el espacio, como el sol, como la semilla. Estos símbolos, no definen, sugieren. No describen, insinúan.

 

Portada de 'I Am That', de Sri Nisargadatta Maharaj.

VYACHESLAV ARGENBERG (WIKIPEDIA)

Un método sencillo

Para entender el método de Nisargadatta lo primero es asumir la diferencia entre mente y conciencia. La mente es por naturaleza vagabunda. No hay nada estable en ella. Es pura inquietud, va de un lado a otro constantemente. Todo lo enreda y complica. Para estabilizarla, se puede fijar el centro de la consciencia por encima de ella. La vía propuesta por Nisargadatta, que le fue sugerida por su maestro, es rechazar todos los pensamientos salvo el “Yo soy”. Ese yo no es el ego (el ego es mental), sino el yo de la conciencia. Hay que tener paciencia y perseverancia, pues al principio la mente se rebela. Pero si se insiste en dicha práctica, finalmente ocurre el milagro. Y entonces empiezan a suceder las cosas de un modo espontáneo. Esto, claro está, exige una larga lucha con la propia mente.

Hay otro método, que es vivir la vida tal y como viene, con alegría y atención, sufriendo y disfrutando, sabiendo que la felicidad no puede encontrarse en lo pasajero, que el placer y el sufrimiento se alternan de forma inexorable. De no hacerlo así, la mente estará siempre en su estado natural, que es la ansiedad y la inquietud. Pero eso que se agita no es el Ser real, sino su reflejo en la mente. Nisargadatta utiliza una imagen clásica del vedānta: la imagen de la luna reflejada en el agua tiembla, pero es debido a la agitación del agua (la mente), no de la luna (la conciencia). Así son las relaciones entre la conciencia y la mente. La identificación de ambas (como hacen las neurociencias de hoy) supone el peor de los errores. Significa entrar en un laberinto sin salida. Hay una imagen que nos puede ayudar a entenderlo. El universo es mental, es experiencia, percepción, memoria, intención y lenguaje. Todo esto está comprendido en un ámbito mayor, que es el de la conciencia. La mente (el universo) es un subconjunto de la conciencia. El universo es la totalidad de lo conocido (la totalidad de las experiencias) en la inmensidad de lo desconocido. Lo conocido está inmerso en lo desconocido o, como se decía antiguamente, en el misterio. En esa conciencia, el mundo aparece y desaparece (el viejo modelo cosmológico del sākhya), se manifiesta y luego deja de manifestarse. De ahí que diga: Todo lo que es, es Yo, y todo lo que es, es Mío (siendo estos pronombres mayúsculos la conciencia). Nisargadatta sigue una vieja máxima del vedānta: todo lo que está sujeto al tiempo es efímero e irreal. La evolución cósmica, como un todo, puede ser un parpadeo. Depende de la escala temporal que utilicemos. “El mundo no dura más que un instante. Es tu memoria la que te hace pensar que el mundo tiene una continuidad”. Pero quien no vive de recuerdos ve el mundo tal cual es: una aparición momentánea en la conciencia.

De hecho, la idea misma de la inconsciencia existe sólo en la consciencia. ¿Y cómo describir la consciencia? En este punto Nisargadatta recurre a las upaniṣad. Sólo es posible definirla mediante negaciones, mediante lo que no es. Un viejo recurso de la teología negativa: inamovible, indiscutible, inaccesible inasible. Cualquier definición positiva proviene de la memoria supondría una petición de principio. ¿Se trata entonces de una abstracción? Tampoco, pues las abstracciones son operaciones de la mente, requieren de la memoria, de experiencias y hechos, reunidos en una categoría. Mientras que la consciencia es sólo presente.

Mente significa problemas. La mente es agitación, bullicio. No hay paz en la mente. Lo que por naturaleza es agitado no puede estar en paz. Pero se puede desactivar. Mediante la respiración o mediante la recitación. Yoga significa sintonía, conexión, apaciguamiento. Pero esa paz que logra el yoga es frágil. La conciencia (que no hay que confundir con la mente o el ego) no tiene necesidad que se le apacigüe. No está en paz, sino que es la paz misma. Es el “eso” del “Yo soy eso” que propone Nisargadatta.

Llamamos progreso al paso de lo desagradable a lo agradable. Pero ningún cambio puede llevar, por sí mismo, a lo que no cambia. La personalidad es un producto de la imaginación. El ego es una víctima de esa imaginación (que es memoria, intención y lenguaje). Lo que nos confunde es tomarnos por lo que no somos. Nada se puede lograr sin apartar los obstáculos. Esos obstáculos son el deseo de placer y el miedo al sufrimiento. El obstáculo es el juego placer-dolor. ¿Quién desea? Otro. Las raíces del deseo están en la imaginación, y esa imaginación no es “nuestra” (o sólo lo es provisional y superficialmente).

Antes de que algo llegue a existir, se necesita de una persona a quien se le pueda manifestar. Nisargadatta buscó lo que su maestro le dijo que buscara. Observó el sentido del “Yo soy”, durante tres años. Un ser sin cualidades. No se trata de centrarse en Yo soy comerciante o Yo soy de Bombay o Yo soy padre de familia, todas esas propiedades son el ego, sino de atender al mero Ser sin atributos. Centrar la atención en esa sensación. Observarla sostenidamente en silencio. No es difícil de hacer, lo difícil es mantenerla, estar un buen rato en el “Yo soy” o, si queremos quitar el ego, simplemente en el “soy”.

La sensación de ser es lo primero que emerge. Hay que limitarte a contemplarla tranquilamente, a averiguar su origen. Es una sensación que está siempre a mano, a diferencia de otras, como la sensación de frío o de calor, de placer o de dolor. La sensación de ser está siempre ahí, es la siempre fiel, el sustrato del resto de las sensaciones, por eso podemos afirmar que es una sensación original. Y el origen no es otra cosa que el presente, el ahora. Pero lo que ocurre es que ese “Soy” es opacado por pensamientos sobre el futuro o recuerdos del pasado, por opiniones o sentimientos, por deseos y temores. Todas esas sensaciones se le adhieren y opacan, y obstaculizan la sensación original. Y la seguridad del origen (que es el ahora) se llena de anhelos, inquietudes y miedos.

Cada experiencia pone de manifiesto un experimentador, un “soy”, una particular sensación de ser, que emerge entre los diferentes obstáculos que la oscurecen. Cada experiencia tiene su propio experimentador. Y no es el mismo, aunque aparentemente sea el mismo individuo el que vive dichas experiencias.

El mismo hecho de percibir muestra que uno no es lo que percibe. Pero la percepción es la que permite encontrar a ese “uno”, a ese que es (o que somos) sin atributos. Para ello se precisa de una mirada sin memoria ni deseo. “Deja de pensar que haces esto o aquello y te darás cuenta de que eres el origen y el centro de todo. Te vendrá entonces un gran amor que no es consecuencia de una elección, ni de una predilección, ni de un apego, sino un poder que hace que todo sea amable y digno de amor”. Para Nisargadatta su propia vida es como la de todos los demás, una serie de acontecimientos, que se suceden como las perlas de un collar. “Lo único que ha pasado es que me he separado y veo esos acontecimientos como un espectáculo, mientras que tú te aferras a las cosas y te mueves con ellas”. Nada muy diferente de las enseñanzas de la Bhagavadgītā. Nuestro centro de atención está desplazado. La mente se aferra con fuerza a las cosas, a las palabras, a las ideas. Si uno centra la atención en el Sí mismo, si se observa actuar, si se observar mirar, oír, oler, tocar, si estudia minuciosamente la vivienda que erige (y donde se encierra) la propia mente, lo que se rechaza y lo que se desea, advierte que lo real no es, no puede ser, un producto del pensamiento. Incluso la sensación del “Yo soy” no es continua. La propuesta es audaz y, en muchos sentidos, un azote contra todas las formas del pensamiento. Pues lo que nos está diciendo es que la sabiduría no está ahí. Supone consagrar la propia vida a la observación del “Soy”, frente a dedicarla al trabajo o a cumplir los propios deseos y ambiciones.

El río de la vida corre entre la orilla del sufrimiento y la orilla del placer. Vamos continuamente de una a otra. Pero en lugar de navegar, nos aferramos a las orillas. Lo que Nisargadatta entiende por navegar es la aceptación, dejar que venga lo que viene y que se vaya lo que se va. Una indiferencia estoica. “No desees, no tengas miedo, observa el presente tal como es y cuando llega, porque tú no eres lo que llega sino a quién llega”.

Tiempo y presencia

El presente es la marca de lo real. Real es quien está siempre en el ahora. Lo demás es distracción, que es un modo de la irrealidad. Sin embargo, esa realidad puede dejarnos exhaustos. De ahí que de vez en cuando desaparezca de la ventana de la atención. El recuerdo pertenece al presente. También el futuro. El primero lo crea la memoria, el segundo, la imaginación, el deseo o el temor. La intención de ambos, ya sea rememorativa o especulativa, es lo que tienen de real. Tanto el pasado como el futuro agitan la mente, la distraen, la sacan del ahora. Pero pasado y futuro no son otra cosa que “ahora”, de ahí que sean engañosos. Parecen llevarnos a otro tiempo, pero, si los observamos de cerca, vemos que se trata de una ilusión, vemos que no hay otro tiempo que el ahora.

Los diálogos con Nisargadatta tienen una densidad que deja exhausto al lector. Hay que ir despacio y hacer paradas para tomar aliento. “La mente crea el abismo. El corazón lo cruza […] Es el deseo lo que da el nacimiento. Se imagina y se quiere lo deseable y se manifiesta como algo tangible o concebible. Así es como se creó el mundo en que vivimos, nuestro mundo personal. El mundo real está fuera del ámbito mental, lo vemos a través de la red de nuestros deseos, distinguiendo entre el placer y la miseria, lo justo y lo falso… Para ver el universo tal como es, tienes que pasar al otro lado de la red. No es difícil, la red está llena de agujeros”. Nisargadatta, como Nāgārjuna, afirma que todo existe sin causa. El origen no es una causa y ninguna causa es un origen. “Se puede estudiar la forma en que se produce una cosa, pero no descubrir por qué una cosa es lo que es. Una cosa es así porque el universo es lo que es”. Parece retórica y, al mismo tiempo, de una gran hondura.

Diccionario filosófico

Las definiciones de Nisargadatta son perspicaces y todas ellas traen alguna sorpresa. La conciencia aparece y desaparece en el cosmos. Es una conciencia pulsante, como un corazón de luz, sobre el fondo oscuro del Ser. Lo manifiesto y lo inmanifiesto. Así en nuestra vida, donde somos conscientes a intervalos. La consciencia no es permanente. El conocedor se manifiesta y desaparece con lo conocido. Pero las palabras eterno o permanente no se aplican aquí. La falta de experiencia es, en cierto sentido, una experiencia. Como cuando decimos en una habitación oscura: “no veo nada”.

La muerte es un cambio en el proceso de la vida. Termina la integración y se inicia la desintegración. El pensamiento desaparece al morir, como apareció al nacer. Y queda la vida, que es la manifestación de la necesidad de la conciencia de un vehículo (para vivenciar la experiencia). Cómo aquello que contaba Jean Dunn sobre las sobras de la comida y los gusanos. Lo que nace tiene que morir. Lo único que no muere es lo que no nace. Con otro cuerpo-memoria (registro de todo lo experimentado, nube de imágenes) surge otra forma de pensamiento. En la muerte sólo muere el cuerpo. La vida no muere. Y la vida es pensamiento. Tampoco muere la consciencia. Eso es lo que hay que encontrar, cuyo pálido reflejo es nuestra sensación de “yo”. Nisargadatta recomienda centrar en ello la mente y el corazón, con confianza y tenacidad. Estar con él en todos los instantes de que se pueda disponer, hasta que la atención de dirija a él de forma espontánea. Algo simple y fácil.

Sin la muerte estaríamos sumidos en una senilidad eterna. No puede haber renovación sin muerte. Hasta la oscuridad del sueño es reverdecimiento y rejuvenecimiento. La vida y la muerte se necesitan la una a la otra. Ver el fin en el principio y el principio en el fin. Pero la inmortalidad no es la continuidad. Lo único continuo es el cambio. Eso es el tiempo. La conciencia pura es ajena al tiempo. El tiempo sólo existe “en” la conciencia. Más allá de la conciencia, ¿Cómo hablar del espacio y el tiempo?

Lo que llamamos energía es de hecho deseo. Todo desea, todo tiene cierta energía deseante. Si el deseo no es lo suficientemente intenso, no erige formas. La lucidez y la profundidad penetra en todas las estructuras del deseo. La cualidad luminosa (sattva) es fuerte y pura, como el sol. Puede aparecer oscurecida por las nubes o el polvo. Hay que ocuparse de las causas de ese oscurecimiento, no del sol. Purificarse mediante una vida ordenada y útil. Observando los propios pensamientos, palabras y actos. Aquí entra la cultura mental del budismo. Todo ello aclara la visión. La verdad, la bondad y la belleza son su propio fin. Se manifiestan de manera espontánea.

El cosmos de Nisargadatta hunde sus raíces en la metafísica de las upaniṣad. El mundo no es más que un reflejo de la imaginación y el deseo. El mundo está en uno mismo. Esa es la mente del mundo (percepción, memoria, intención y lenguaje) que nos atraviesa y de la que el deseo egótico saca sus energías. La conciencia pura es el estado original. Todas sus caracterizaciones, como se dijo, han de ser negativas. Sin principio ni fin, sin causa, sin apoyo, sin partes, sin cambios. Esa conciencia se refleja en la naturaleza, que es en esencia dual (sin dualidad no habría transformación y el mundo estaría petrificado). Y entonces aparece la conciencia del yo, que es relativa a su contenido, que es siempre conciencia de algo, como dicen los fenomenólogos. Esa conciencia es parcial y mutante, mientras que la otra, la original, es inmutable, pura y silenciosa, la matriz común de todas las experiencias. En cada estado de la conciencia egóica hay algo de la conciencia pura. Esa es la que hay que rastrear, seguir, observar. Si se observan las propias corrientes de conciencia se llega a la conciencia pura. Y, al hacerlo, nos desplazamos al origen. Un origen, para entendernos, sin comienzo. Un ahora eterno. “Es como limpiar un espejo. El mismo espejo que te presenta el mundo tal como es, te mostrará también tu propia cara. El pensamiento “soy” es el trapo de limpieza. Utilízalo”.

La devoción al maestro. Gracias a la fe en su gurú y a su fidelidad, Nisargadatta comprendió su verdadero ser. Habla de su realización en estos términos: “El placer y el sufrimiento perdieron su imperio. Me sentía completo. No tenía necesidad de nada. Vi cómo, en el océano de la conciencia pura, en la superficie de la conciencia universal, se levantan las olas del mundo fenoménico que lo atraviesan sin principio ni fin.” Todas esas olas y remolinos son los diferentes yoes. “Hay una fuerza misteriosa que los cuida. Esa fuerza es la Conciencia pura, Vida, Dios, no importa el nombre que le des. Es la base, el último soporte de todo. ¡Y tan íntimamente nuestra!”.

Se le puede llamar vacío, pero es un vacío lleno a rebosar. Un eterno presente. “El supremo da vida a la mente y la mente da vida al cuerpo. De ahí que la mente cuide perfectamente del cuerpo. El vacío es una apertura. Desde el punto de vista de la mente, no es más que una abertura que deja que la luz de la conciencia pura entre en el espacio mental. Al igual que el universo es el cuerpo de la mente, la consciencia es el cuerpo del supremo.”

Mientras te preocupe el pecado y la virtud no encontrarás la paz. Lo contrario del pecado, lo que tú llamas virtud, no es más que una sumisión nacida del miedo. El puente es el amor. Lo que mantiene la integridad del cuerpo es el amor. El amor es la vida y la vida es el amor. El deseo es amor propio. El conocimiento amor a la verdad. El conocimiento superior es inherente a la naturaleza humana. Un mantra posible: “Yo no soy más que el testigo”. El resto no me pertenece. El sonido crea la forma que tomara cuerpo en el Yo. La conciencia de algo es lo que llamamos mente. La conciencia sin contenido es la conciencia pura, del origen, que es el ahora. Un origen sin comienzo, perpetuamente renovado. Sólo se puede oír en el silencio. Sólo se puede ver en la oscuridad.

Las conversaciones son muy sustanciosas y se encuentran diálogos vertiginosos.

- Dios rige el mundo, Él lo salvará.

- Eso es lo que tú crees. ¿Ha venido a decirte que el mundo era su creación y su responsabilidad, no la tuya? Yo y todos los demás aparecemos y desaparecemos en tu mundo. Todos somos gracias a ti.

Dios no te conoce. No conoce ni siquiera el mundo.

Y, en otro lugar:

- Dios no rige el mundo

- ¿Quién lo hace?

- Nadie. Todo se produce de sí mismo. Todo esto no es más que un juego de la consciencia. Todas las divisiones son ilusorias. Sólo puedes conocer lo falso; lo verdadero, debes serlo.

- Hay conciencia-espectáculo y conciencia-observador. ¿La segunda es el supremo?

- Hay individuo y testigo. Cuando ves a los dos como uno solo, cuando transciendes los dos, estás en el estado supremo. No es perceptible porque es lo que hace que la percepción sea posible.

No puede haber vida sin consciencia, tampoco consciencia sin vida. Las dos no son más que una. En este punto, Nisargadatta se desvía del vedānta no dual (para el cual lo único real es el ātman). Hay una dependencia entre la vida y la conciencia. Una existe por la otra. La naturaleza es tan real como la conciencia. Ambas son complementarias. “Todo lo demás es sólo cuestión de nombre y de forma. Mientras sigas pensando que sólo existe lo que tiene un nombre y una forma, el supremo te parecerá inexistente. Los nombres u las formas son conchas vacías, lo único real es lo que no tiene nombre ni forma y es pura energía de vida, luz de la consciencia, profundo silencio de la realidad”.

La consciencia, es; todo lo demás, sucede. Entiendo que todo esto puede parecer excesivo y, de hecho, lo es. Sobre todo, para cualquier lector que no esté familiarizado con el pensamiento védico, cuya radicalidad es a veces pavorosa. Hay frases delirantes y lúcidas. Todo es incondicionado. El mundo no tiene causa. La causalidad sólo está en la mente. La luz no se mueve. Y no hay más que luz. Conocer el origen es ser el origen. El lenguaje es una herramienta de la mente. El deseo no se calma tras su satisfacción. Vuelve a aparecer. Es sólo una tregua. Todo el sufrimiento del mundo ha nacido del deseo. Todos los deseos son malos, pero unos son peores que otros. Persigue un deseo: siempre te dará problemas. Sólo es bueno lo que te libera del deseo, del miedo y las falsas ideas. La muerte no es ninguna calamidad. Sé por experiencia que todo es felicidad. Pero desear la felicidad produce sufrimiento. Se cierra el círculo.

 




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