José Antonio Muñoz Rojas murio el día 29 de septiembre de 2009. Esta frase por sí sola podría formar una elegante esquela. Podría dar motivo también para que empezasen a dispararse los obituarios. Si yo fuese escritor de obituarios de poetas exigiría tal vez al director del periódico que exibiese dentro de la esquela algún mínimo poema más o menos representativo. Si yo fuese director de televisión eleboraría el cierre de los telediarios con algún pequeño recitado. Si algún tonto me nombrase ministro de cultura, yo hablaría con el ministerio de defensa y propondría a Celaya para que les vendiera todo su armamento. La mayor expresión de nuestra impotencia radica en la impresión de que el mundo se puede mejorar a cada instante, y sin embargo dejamos para el siguiente instante la ocasión de mejorarlo. Pero casi siempre acabo pensando lo mismo. Uno de los signos más visibles de que el mundo está empeorando a marchas forzadas es ver como a los poetas se les amordaza y se les quita la palabra, y como a la poesía se le da la espalda.
.
Hay palabras que se unen y crean.
Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son silencio y soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.
.
*****
TU OFICIO, POETA
Tu oficio, poeta…
Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizas alguna sed, y que alguien diga:
“a mí me pasó algo semejante”.
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio de tanta
oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea,
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizás leer allí mismo, quizás decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tu lees.
.
*****
.
SIEMPRE ESTÁ LO INEXPRESABLE
Siempre está lo inexpresable
en su pugna con la palabra
ofrecida inútilmente,
rumor de ola insistiendo
en la orilla. Como quiera
que lo que es, es, lo dejamos
por si acaso quedara
en la mano alguna vez
ese grano de sal
que queda oculto.
.
*****
.
JUGANDO CON PALABRAS SIEMPRE ESTOY
Jugando con palabras siempre estoy
sin saber donde terminan por llevarme,
sabiendo que no son nada y en nada quedan,
salvo que la verdad, que es suya, la pronuncien.
.
*****
.
SIEMPRE ESPERO QUE SE ABRA UNA VENTANA
Siempre espero que se abra una ventana,
como si abriéndose se abriera
a un fulgor completo, como si
la ventana no fuera sólo
sino iluminación total
de la explosión de la esperanza
que llevamos dentro y que por fin
nos inunda, la inundamos,
y cesamos de ser lo que somos para ser
lo que es y por siempre será dentro.
.
*****
.
Dejo a continuación dos vínculos. A un obituario y a una antología poética en la biblióteca virtual Cervantes.
www.elmundo.es/elmundo/2009/09/30/opinion/19536119.html
www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01604307092363989670035/index.htm
Casi todos los libros son corruptores: los mejores acarrean
tantos perjuicios como beneficios.
Al formar la razón de la infancia, ¿qué otra cosa hacemos
sino prepararla para percibir lo absurdo de las opiniones y de las costumbres
consagradas por el sello de la autoridad sagrada, pública o legislativa, y,
así, a inspirarle desprecio por ellas?
Nuestra sorpresa es la sátira de la sociedad, y nuestro
placer un homenaje a la Naturaleza.
Las pasiones han conservado en el orden social lo poco de
naturaleza que aún pervive en él.
Cuando se ha penetrado en el fondo de las cosas, la pérdida
de las ilusiones conduce a la muerte, es decir, a un completo desinterés acerca
de cuanto ocupa y preocupa a las demás personas.
El pensamiento brinda remedio y consuelo a todo. Si alguna
vez os perjudica, reclamadle un remedio al mal que os ha causado, y presto os
lo dará.
En lo tocante a las relaciones sociales, la mejor conducta es
la que sintetiza el sarcasmo de la alegría con la indulgencia del desprecio.
Las pretensiones son una fuente de tristeza: la felicidad
comienza en el momento en que les damos término.
Es preferible llegar a menos y seguir siendo lo que uno es,
de eso no hay duda.
La ambición se adueña con más facilidad de las almas pequeñas
que de las grandes, del mismo modo que el fuego prende mejor en la paja de las
chozas que en el mármol de los palacios.
En las grandes materias, los hombres se muestran como les
conviene; en las pequeñas, como realmente son.
Aprendiendo a conocer los males de la naturaleza se desprecia
la muerte; aprendiendo a conocer los de la sociedad, se desprecia la vida.
Saber aburrirse es un arte.
El pobre, pero independiente, está a las órdenes sólo de la
necesidad; el rico, pero dependiente, lo está de los demás.
Las pasiones vivifican al hombre; la prudencia sólo le
permite durar.
La condición humana es tan patética que buscamos en la
sociedad un consuelo para los males de la naturaleza, y en la naturaleza un
consuelo para los males de la sociedad... ¡pero no hallamos alivio a nuestras
penalidades ni en una ni en otra!
El único vicio que puede impedir a un hombre tener muchos
amigos es atesorar un exceso de virtudes.
Para soportar la vida, hay dos cosas a las que es preciso
acostumbrarse: a las heridas del tiempo y a los agravios de los hombres.
Tanto en el orden natural como en el social, conviene no
querer ser más de lo que se puede.
Es más fácil legalizar jurídicamente ciertas cosas que
legitimarlas moralmente.
Debería ser posible unir los contrarios, tales como el amor a
la virtud y la indiferencia respecto a la opinión pública, la afición al
trabajo y el desprecio por la gloria, o el cuidado de la propia salud y el
desapego por la vida.
Privado de todo y obligado a realizar los más penosos
trabajos para asegurarse la subsistencia diaria, Robinsón soporta la vida e
incluso disfruta, según confiesa, de algunos momentos de felicidad. Supongamos
ahora que hubiera ido a parar a una isla encantada, provista de cuanto es
necesario para volver agradable vida: en muy posible que el exceso de ocio le
hubiera vuelto la existencia insoportable.
El mero placer puede sustentarse en la ilusión, pero la
auténtica felicidad humana se funda únicamente en la verdad.
El prejuicio, la vanidad y el cálculo gobiernan el mundo,
mientras que quien rige su conducta sólo por la razón, la verdad y el
sentimiento apenas tiene cabida en la sociedad, de modo que todo lo que puede
hacerle feliz lo busca y lo halla en sí mismo.
¿No es chusco considerar que la gloria de algunos grandes
hombres se base en haber empleado toda su vida en combatir prejuicios y
estupideces que dan pena, porque nunca habrían debido entrar en cabeza humana?
El tiempo disminuye en nosotros la intensidad de los placeres
absolutos pero aumenta la de los relativos; sospecho que ese es el ardid con el
que la Naturaleza ha sabido atar a los hombres a la vida, tras la pérdida de
todo lo que la hacía realmente agradable.
Los cortesanos son pobres enriquecidos gracias a la
mendicidad.
Las ideas son como los naipes y otros juegos de moda:
aquellas que en otra época se consideraban peligrosas y nocivas, con el tiempo
se han vuelto comunes, casi triviales, hasta llegar a ser aceptadas por
personas poco dignas de ellas. Así pues, es probable que ciertos conceptos que
en la actualidad tenemos por audaces, nuestros descendientes los desprecien por
débiles y vulgares.
Una feria, un garito, una fonda, un bosque, un lugar de
perdición, un manicomio: a eso se reduce alternativamente la sociedad para la
mayor parte de quienes la componen.
La sociedad se compone de dos grandes clases: los que tienen
más comida que apetito, y los que tienen más apetito que comida.
Cuanto más se juzga, menos se ama.
Uno se siente tentado de contemplar la sociedad como un monte
lleno de ladrones, donde los más peligrosos son los guardias.
Lo auténtico e instructivo es lo que la conciencia de un
hombre justo, que ha visto mucho y bien, le revela a un amigo al calor de un
buen fuego.
Conviene llevar el refinamiento tan lejos que ni siquiera
pueda llegar a sospecharse, aunque sólo sea por no ver menospreciadas nuestras
dotes actorales en una compañía de excelentes comediantes.
Lo sociedad, lo que se llama el mundo, no es sino la pugna de
mil pequeños intereses contrapuestos, una lucha incesante de vanidades que se
entrecruzan, chocan entre sí, heridas, humilladas unas por otras, que expían al
día siguiente, en el fastidio de una derrota, el triunfo de la víspera. Vivir solitario,
no ser lastimado en esa colisión miserable, donde atrae uno por un instante las
miradas para ser aplastado al instante siguiente, es lo que se llama no ser
nada, carecer de existencia. ¡Pobre humanidad!
Cuando examinamos la alianza de los necios contra los
lúcidos, nos parece detectar una conjura de lacayos para dar de lado a los
señores.
¿No es sorprendente que la sociedad subsista con la
convención tácita de excluir del reparto de sus derechos a las diecinueve
vigésimas partes de esa misma sociedad?
La vida social es una farsa infame, una mala ópera sin
interés alguno, que apenas se sostiene merced a la tramoya y los decorados.
A medida que la filosofía hace progresos, la estupidez
redobla sus esfuerzos por implantar el imperio de los prejuicios.
Las conversaciones se parecen a los viajes por mar: nos
apartamos de tierra casi sin sentirlo, y sólo cuando estamos ya muy lejos nos
damos cuenta de que hemos dejado atrás la orilla.
Todo hombre frugal parece amenazar a los ricos con
escurrírseles de entre los dedos.
El único hombre libre es el que carece de cualquier clase de
status social... a condición de que no necesite de los demás para sobrevivir.
Un hombre está perdido si a una gran inteligencia no une la
energía de carácter. Cuando se blande la linterna de Diógenes, es conveniente
disponer también de su garrote.
El hombre de mundo, el amigo de la fortuna, incluso el amante
de la gloria, todos trazan ante sí una línea recta que les conduce a un término
desconocido. Por su parte, el sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea
circular cuyo extremo le devuelve a su propio ser.
Por regla general, el hombre de auténtico mérito suele tener
pocas prisas en ser conocido.
Hay hombres para quienes las ilusiones acerca de las cosas
que les interesan son tan necesarias como la vida misma. Algunas veces, sin
embargo, cuando vislumbran cierto atisbos que les permitirían creer que se
encuentran cerca de la verdad, salen huyendo como niños que corren tras una
máscara, pero se esfuman si ésta se da la vuelta.
La celebridad es el castigo del mérito y la penalización del
talento.
Si debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, es cuanto
menos justo amarse a uno mismo como a nuestro prójimo.
Todo es igual de vano en los hombres, sus alegrías y sus
pesares; pero más vale que la pompa de jabón sea de color oro o plata, que de
color hierro o plomo.
Saber pronunciar la palabra "no" y saber vivir
solos son los dos únicos medios que tenemos de conservar la libertad y el
carácter.
Los estoicos son una especie de inspirados que infunden en la
moral la exaltación y el entusiasmo de la poesía.
Para llegar hasta mí, la fortuna habrá de pasar por las
condiciones que le imponga mi carácter.
Lo que aprendí, no lo recuerdo. Lo poco que aún sé, lo he
adivinado.
Son más los que desean ser amados que los que desean amar
ellos mismos.
Para que la relación de un hombre con una mujer sea realmente
interesante, conviene que haya entre ellos goce, memoria o deseo.
La naturaleza también tiene sus leyes, más amenas pero más
imperiosas que las de los tiranos.
El amor no busca las perfecciones reales, incluso se diría
que las teme, y sólo disfruta con las que él mismo crea.
La vanidad no corresponde sino al carácter débil o
corrompido; pero el amor propio, como todos sabemos, corresponde al carácter
bien ordenado.
En amor todo es verdadero y todo es falso; es el único ámbito
en el que no cabe ningún contrasentido.
La mayor parte de los libros actuales parecen haber sido
escritos en un solo día, inspirándose en libros escritos el día anterior.
La filosofía descubre las virtudes útiles de la moral y de la
política y la elocuencia las divulga, pero sólo la poesía las vuelve
proverbiales.
Lo que determina el éxito de buen número de obras teatrales
es la relación directa entre la mediocridad de las ideas del autor y la de las
ideas del público.
Es una desdicha para los hombres, y tal vez una suerte para
los tiranos, que los pobres carezcan del instinto y el orgullo del elefante,
que en cautividad se niega a reproducirse.
Lo mejor que uno sabe es: a) lo que ha adivinado; b) lo que
ha aprendido gracias a la experiencia en su relación con otros hombres y con
las cosas; c) lo que ha aprendido, no en los libros, sino gracias a los libros,
es decir, a las reflexiones a las que éstos le han llevado, y d) lo que
aprendido en los libros o de maestros.
Los grandes hombres han producido siempre sus obras maestras
una vez pasada la edad de las pasiones, al igual que después de las erupciones
volcánicas es cuando la tierra resulta más fértil.
Los economistas son cirujanos que tienen un excelente
escalpelo y un bisturí mellado, de manera que operan de maravilla a los muertos
y diseccionan sin compasión a los vivos.
El amor, dice Plutarco, hace callar a las otras pasiones: es
el dictador ante el cual todos los demás poderes se desvanecen.
Yo, todo; los demás, nada: he ahí el despotismo, la
aristocracia y sus adeptos. Yo es otro, otro es yo: he ahí el régimen popular y
sus seguidores. Teniendo en cuenta esto, decidid.
En el instante en que Dios creó el mundo, la sacudida
subsiguiente provocó que éste fuera aún más desordenado que cuando reposaba en
un apacible caos.
Quienes se consideraban afortunados callan y no tratan de
hacer prosélitos; son los desesperados quienes se esfuerzan por reclutar
novicios.
Una mujer no es nada por sí misma; es lo que que le parece al
hombre que de ella se ocupa: por eso se muestra tan furiosa contra aquellos a
quienes no les parece lo que ella querría parecer.
BUFFON
Señores: Me han colmado de honor al
llamarme con ustedes; pero la gloria no es un bien sino en tanto que se sea
digno de ella, y no me persuado de que algunos ensayos míos, escritos sin arte
y sin más ornamento que el propio de la naturaleza, sean méritos suficientes
para osar tomar asiento entre los maestros del arte, entre los hombres
eminentes que representan aquí el esplendor literario de Francia y cuyos
nombres, celebrados hoy por
la voz de
las naciones, resonarán
vivamente en los
labios de nuestros
últimos descendientes. Han tenido ustedes, Señores, otras razones
para fijar los ojos en mí: han querido dar a la ilustre Academia de Ciencias, a
la que tengo el honor de pertenecer desde hace mucho tiempo, una nueva prueba
de consideración; mi agradecimiento, aunque compartido con ella, no será menos
vivo. Pero, ¿cómo satisfacer el
deber que hoy me impone esta prueba? No he de ofrecerles, Señores, sino su
propia riqueza: algunas ideas sobre el estilo, que yo he tomado de sus obras.
Las he concebido leyéndolos y admirándolos a ustedes, y el
éxito de estas depende
de que sean
sometidas a sus inteligencias. Siempre ha habido hombres que han sabido
mandar a los demás por el poder de la palabra; con todo, no es esto lo que en
los siglos ilustrados hizo que se escribiera bien y que bien se hablara. La verdadera
elocuencia supone el ejercicio del intelecto y la cultura del espíritu. Es muy
diferente de esa
facilidad natural de
hablar, que denota
solo cierta disposición
y es una
cualidad propia de
quienes a la fuerza de la pasión
agregan facilidad de palabra y rapidez en la imaginación. Son hombres que
sienten vivamente, se emocionan de igual manera, exteriorizan con vigor su
pasión de ánimo; y, por una impresión puramente mecánica, transmiten a los
demás su entusiasmo y sus afectos. Es el cuerpo que habla al cuerpo; para ello
todos los movimientos, todos los ademanes cooperan y sirven por igual. ¿Qué es
necesario para emocionar y arrastrar a la multitud? ¿Qué es necesario para
conmover y persuadir a la mayoría? Una entonación vehemente y patética,
ademanes expresivos y frecuentes, palabras impetuosas y sonoras. Pero para los
escogidos, de pensamiento vigoroso, de gusto delicado y sentido exquisito, que,
como ustedes, Señores, toman poco en cuenta la entonación, los ademanes y el
vano sonido de las palabras, se requieren asuntos, pensamientos, razones; es
preciso saberlos presentar, matizarlos, ordenarlos; no es suficiente hacerse
oír y atraer la mirada; es preciso influir en el alma e impresionar el corazón
hablando al espíritu. El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone
en los pensamientos. Si se los enlaza estrechamente, si se los ajusta, el
estilo resultará firme, vigoroso y conciso; pero, por elegantes que sean, si se
los deja sucederse lentamente y no se juntan sino merced a las palabras, el
estilo será difuso, flojo y lánguido. Mas antes de buscar el orden en que han
de presentarse los pensamientos, es necesario haber hecho otro orden más
general y más estricto, donde no deben entrar sino las primeras ojeadas y las
principales ideas; un tema quedará circunscrito y se conocerá su extensión al
asignarle un lugar en este plan inicial; los justos intervalos que han de
separar las ideas principales se determinarán atendiendo a estos primeros
lineamientos y así nacerán las ideas accesorias e intermedias que servirán para
completarlas. Por el esfuerzo del intelecto se concebirán todas las ideas
generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con una gran finura
de discernimiento se distinguirán los pensamientos estériles de las ideas
fecundas y, por la sagacidad que da la larga costumbre de escribir, se
presentirá cuál será el producto de todas estas operaciones del espíritu. Por
poco vasto o complicado que sea el
tema, es muy
raro que se
lo pueda abarcar
de una sola
ojeada, o penetrarlo por completo con un solo e inicial esfuerzo de la
inteligencia; es raro también que antes de reflexionar mucho sobre él se
comprendan todas sus relaciones. No es posible, pues, abarcarlo completamente,
pero es el único medio de consolidar, desplegar y dar 334Revista de Economía
Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp.
333-339George-Louis Leclerc, conde
de Buffon
nobleza a los pensamientos; después
se les dará sustancia y fuerza por la meditación y será fácil en seguida darles
forma por la expresión.Este plan no
es aún el
estilo, pero sí
la base que
lo sostiene y
dirige, la que regula su movimiento y lo somete a leyes; sin este, el
mejor escritor se confunde, su pluma marcha al acaso y deja al azar trazos
irregulares y figuras discordantes. Por luminosos que sean los colores que
emplee, por muchas que sean las bellezas que siembre en los detalles, si el
conjunto causa desagrado o no se siente su vigor, la obra no estará acabada de
construir y, aunque admiremos el espíritu del autor, se podrá suponer que le
falta talento. Por esta razón quienes escriben como hablan, aunque hablen muy
bien, escriben mal; quienes se abandonan al primer arranque de su imaginación
toman un tono que no pueden sostener; quienes temen desperdiciar los
pensamientos aislados, fugitivos y
en distintas ocasiones
escriben trozos sueltos,
no los reúnen
jamás sin transiciones
forzadas; esta es
la razón, en una
palabra, de que haya tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un
solo golpe.Sin embargo, todos los temas tienen unidad y, por vastos que sean,
pueden ser reducidos discursivamente. Las interrupciones, las pausas, las
secciones no han de usarse sino cuando se aborden temas diferen-tes o cuando,
al hablar de grandes cuestiones delicadas y disímiles, la marcha del intelecto
se vea interrumpida por la multiplicidad de los obstáculos y forzada por la necesidad
de las circunstancias; por otra
parte, el gran
número de divisiones,
lejos de hacer
más sólida una obra, destruye su coherencia, el libro
parece más claro a la vista pero la intención del autor permanece oscura; no
puede impresionar el espíritu del lector ni le puede hacer sentir sino por la
ilación, por la dependencia armónica de las ideas, por un desarrollo sucesivo,
una gradación sostenida, un movimiento uniforme que toda interrupción destruye
o hace languidecer.¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas?
Porque cada una es un todo y porque trabaja bajo un plan eterno del que jamás
se aparta; prepara en silencio los gérmenes de sus producciones, esboza en un
acto único la forma primitiva de todo ser vivo, la desarrolla, la perfecciona
por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra
asombra, pero lo
que más debe
sorprendernos es el
sello divino que ahí resplandece.
Por sí mismo, el espíritu humano no puede crear nada, no producirá sino después
de haber sido fecundado por la experiencia y la meditación; sus conocimientos
son los gérmenes de sus producciones, pero si imita a la naturaleza en su
marcha y en su trabajo, si asciende por la contemplación a las verdades más
sublimes, 335Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º 31, segundo
semestre/2014, pp. 333-339Discurso sobre el estilo
si las reúne, si las enlaza, si forma
con ellas un sistema mediante la reflexión, establecerá, sobre cimientos
inquebrantables, monumentos inmortales.Por
la falta de
plan, por no
haber reflexionado suficientemente sobre su tema, un hombre agudo puede meterse
en embrollos y no saber por dónde
comenzar a escribir.
Percibe a la
vez un gran
nú-mero de ideas
y, como no
las ha comparado
ni subordinado, nada
hay que lo determine a preferir las unas a las otras; queda, pues, en la
perplejidad. Pero cuando haya hecho un plan, una vez que haya juntado y puesto
en orden los pensamientos esenciales de su tema, percibirá fácilmente el
instante en que debe tomar la pluma, sentirá el punto de madurez de la
producción del espíritu, estará obligado a hacerla brotar y no tendrá
seguramente sino el placer de escribir: las ideas se sucederán sin dificultad y
el estilo se hará natural y fácil, la vehemencia nacerá de este placer, se
esparcirá continuamente y dará vida a cada expresión, todo se animará más y
más, el tono se elevará, los objetos tomarán color y el sentimiento, juntándose
a la claridad, la aumentará, la llevará más lejos, la hará pasar de lo que se
dice a lo que se va a decir, y el estilo resultará interesante y luminoso.Nada
se opone más a la vehemencia que el deseo de poner en to-das partes rasgos
ingeniosos, nada es más contrario a la luz que debe producirse y esparcirse
uniformemente en un escrito que esas chispas obtenidas a la fuerza haciendo
chocar las palabras unas contra otras y que nos deslumbran solo unos instantes
para dejarnos en seguida en
tinieblas. Son pensamientos
que no brillan
sino por oposición:
solamente presentan un lado del objeto, dejando en la sombra todas
las otras caras;
a menudo este
lado que se
escoge es un
punto, un ángulo sobre el cual se hace mover al
espíritu con tanta facilidad que se lo aleja más de las grandes caras desde las
cuales el sentido común acostumbra considerar las cosas.No hay nada más opuesto
a la verdadera elocuencia que el em-pleo de estos pensamientos finos y la
búsqueda de estas ideas ligeras, desleídas, sin consistencia y que, como la
hoja de un metal batido, no tienen destello sino en tanto pierden solidez. Así,
cuanto más gracejo nimio y brillante se ponga en un escrito, menos vigor
tendrá, menos claridad, menos vehemencia y estilo; a no ser que este gracejo
sea el fondo mismo del asunto y que el escritor no haya querido hacer otra cosa
que chancear: en este caso el arte de decir pequeñas cosas resulta posiblemente
más difícil que el arte de decir las grandes.Nada se opone más a lo
naturalmente bello que el trabajo dedica-do a expresar cosas ordinarias o
comunes de una manera singular o 336Revista de Economía Institucional, vol. 16,
n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339George-Louis Leclerc,
conde de Buffon
pomposa; nada degrada más al
escritor. Lejos de admirarle, nos causa lástima que haya empleado tanto tiempo
en hacer nuevas combina-ciones de sílabas para no decir sino lo que todo el
mundo dice. Este es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan
palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se
imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el
lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos
escritores carecen de estilo o, si se quiere, no tienen sino la sombra de él.
El estilo debe grabar los pensamientos: ellos no saben sino trazar
palabras.Para escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema; es
preciso reflexionar mucho para ver con claridad el orden de sus pensamientos y
formarlos en una serie, una cadena continua, donde cada punto
represente una idea;
cuando se haya
tomado la pluma,
será necesario conducirla
sucesivamente sobre el
rasgo inicial sin
permitirle que se desvíe, sin apoyarla demasiado desigualmente, sin
darle otro movimiento que el determinado por el espacio que debe recorrer. En
esto consiste la severidad del estilo, esto es también lo que hará la unidad y
lo que regulará la rapidez; solo esto, también, será suficiente para hacerlo
preciso y sencillo, igual y claro, vivo y conti-nuo. Si a esta primera regla,
dictada por el intelecto, se le agregan la delicadeza y el gusto, el escrúpulo
en la elección de las expresiones, el cuidado de no nombrar las cosas sino en
los términos más generales, entonces el estilo tendrá nobleza. Si se agrega la
desconfianza para con su primer impulso, el desprecio de todo lo que no sea más
que brillo y una repugnancia constante por lo equívoco y lo cómico, el estilo
tendrá gravedad y hasta majestad. En fin, si se escribe como se piensa, si se
está convencido de aquello de lo que se
quiere persuadir, esta buena fe para consigo mismo –que hace la honestidad para
con los demás y la verdad del estilo– le hará producir todo su efecto, con tal
de que esta persuasión interior no se caracterice por un entusiasmo demasiado
fuerte y que haya en todo más candor que confianza, más razón que vehemencia.Es
así, Señores, como ustedes, al leerlos, me parece que me hablan y me
instruyen. Mi alma,
que recoge con
avidez los oráculos
de la sabiduría,
ha querido emprender
el vuelo y
elevarse hasta ustedes.
¡Esfuerzos vanos! Las reglas –lo dicen también ustedes– no pueden suplir
el genio; si este falta, aquellos serán inútiles. Escribir bien es pensar bien,
y a la vez sentir bien y expresar bien; es tener a un mis-mo tiempo ingenio,
alma y gusto. El estilo presupone la reunión y el ejercicio de todas las
facultades intelectuales. Solo las ideas forman el 337Revista de Economía Institucional,
vol. 16, n.º 31, segundo semestre/2014, pp. 333-339Discurso sobre el estilo
fondo del estilo, la armonía de las
palabras es solo lo accesorio y no depende sino de la sensibilidad de los
sentidos; es suficiente tener un poco de oído para evitar las disonancias, y
basta haberlo ejercitado, perfeccionándolo con la lectura de poetas y
creadores, para que me-cánicamente seamos arrastrados a la imitación de la
cadencia poética y de los giros oratorios. Además, nunca la imitación ha creado
nada; así esta armonía de las palabras no forma el fondo ni el tono del estilo
y se encuentra a menudo en escritos vacíos de ideas.El tono
no es sino
la adecuación del
estilo a la
naturaleza del tema
y no debe
nunca ser forzado,
nacerá naturalmente del
fondo mismo de la cosa y
dependerá mucho del grado de generalidad a que se hayan llevado los
pensamientos. Si se le ha elevado a las ideas más generales y si, en sí mismo,
el tema es grande, el tono parecerá alcan-zar la misma altura; si,
manteniéndolo en esta elevación, el intelecto contribuye suficientemente a dar
a cada objeto una luz fuerte, si se le puede agregar, a la energía del dibujo,
la belleza del colorido, si se puede, en una palabra, representar cada idea con
una imagen viva y bien acabada, y formar con cada serie de ideas un cuadro
armonioso y elegante, el tono será no solamente elevado, sino sublime.Aquí,
señores, la ejemplificación haría más que la regla: los ejemplos instruirían
mejor que los preceptos; pero como no me es permitido citar los sublimes
fragmentos que tan a menudo me han emocionado al leer sus obras, estoy obligado
a limitarme a estas reflexiones. Las obras
bien escritas serán
las únicas que
pasarán a la
posteridad: el caudal de los conocimientos, la singularidad
de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura
de inmortalidad. Si las obras que los contienen no tratan sino de nimiedades,
si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán, porque los
cono-cimientos, los hechos y los descubrimientos se escapan fácilmente, se
desplazan y huyen hasta ser empleados por manos más hábiles. Estos son
exteriores al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no
puede, pues, ni robarse ni transferirse ni alterarse; si es elevado, noble,
sublime, el autor será igualmente admirado en todos los tiempos, pues solo la
verdad es duradera y aun eterna. Así, un estilo bello no lo es, en efecto, sino
por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas
intelectuales que ahí se encuentran, todas las relaciones de que está
compuesto, son verdades igual de útiles –y tal vez más preciosas para el
espíritu humano– que las que pueden formar el fondo del tema.Lo sublime
no puede encontrarse
sino en los
grandes temas. La poesía, la historia y la filosofía tienen
todas el mismo objeto, un 338Revista de Economía Institucional, vol. 16, n.º
31, segundo semestre/2014, pp. 333-339George-Louis Leclerc,
conde de Buffon
objeto muy grande: el hombre y la
naturaleza. La filosofía describe y
representa la naturaleza.
La poesía la
pinta y la
embellece; pinta también a los hombres, los engrandece, los
idealiza; crea los héroes y los dioses. La historia pinta solo al hombre, y lo
pinta tal cual es: así el tono del historiador no será sublime sino cuando haga
el retrato de los más grandes hombres, cuando describa las más grandes
acciones, los más grandes movimientos, las más grandes revoluciones; algunas
veces, también, será suficiente con que el tono sea majestuoso y grave. El tono
del filósofo podrá resultar sublime cuantas veces hable de las leyes de la
naturaleza, de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento
y del tiempo, del alma, del espíritu humano, de los sentimientos, de las
pasiones; para los demás temas será suficiente con que sea noble y elevado.
Pero el tono del orador y del poeta, cuando el tema es grande, debe ser siempre
sublime, puesto que ellos son dueños de agregar a la grandeza de su tema tanto
color, tanto movimiento, tanta ilusión cuanto les plazca; y siempre, antes de
pintar y antes de engrandecer los objetos, deben también, sobre todo, emplear
toda la fuerza y desplegar toda la potencia de su intelecto.
NISARGADATTA, LA ATENCIÓN DISTRAÍDA.
Juan Arnau
Viajé a la India el pasado mes de
marzo, invitado a un ambicioso congreso titulado: Humanismo oriental para la
Nueva Era. Lo organizaba la India Foundation y lo presidía Draupadi Murmu, la
actual jefe del Estado de la República de la India. Reunía expertos de Asia y
América, y unos pocos europeos. Las sesiones y los encuentros fueron altamente
interesantes, sobre todo gracias a esa insólita combinación de eruditos, espías
y santos, que sólo puede darse en este país. Siempre es interesante observar
cómo se ve Europa desde Asia, y cuán diferente es esa imagen de la que tenemos
de nosotros mismos. Finalizadas las sesiones, mi intención era visitar las
cuevas budistas de Ajanta y Ellora y realizar en su interior un pequeño
experimento con hongos psilocibios. Pero el caos ferroviario me impidió llegar
a Aurangabad. Tuve que volar directamente a Bombay, tres días antes de lo
previsto. Quien conozca la India sabe que allí es más cierto que en ningún otro
sitio el viejo dicho: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Me
acompañaba Alejandro, un estudioso mexicano del budismo tibetano que reside en
Katmandú. Ya en Bombay, estuvimos leyendo algunos fragmentos del Camino al
despertar, que él traía en sánscrito. Tengo un especial aprecio por esta obra
de Śantideva, mi maestro, Luis O. Gómez, la estudió durante más de treinta
años. Traduje las célebres estrofas del capítulo octavo, donde se dice: “Toda
la dicha del mundo / procede de desear la felicidad de otros. / Y todo el
sufrimiento / de desear la propia felicidad”. Le envié los versos a mi amigo el
poeta Vicente Gallego para que los ajustara en sílabas y acentos, como ya
habíamos hecho con las estrofas de las Upaniṣad. Vicente respondió en seguida
y, como de pasada, mencionó que, ya que estaba en Bombay y tenía tiempo,
visitara el memorial de su maestro Nisargadatta, y le rindiera homenaje de su
parte. Obedecí.
Yo no había leído a Nisargadatta (lo
mío son los maestros antiguos) y apenas sabía de él. Busqué la que había sido
su casa y me encontré un edificio envejecido de cuatro plantas, en un barrio
polvoriento y bullicioso, no lejos de Nana Chowk. En el entresuelo di con un
pequeño departamento. A la entrada había una cocina donde la nuera de
Nisargadatta pelaba unas habas mientras su nieta cocinaba. En el interior, en
un exiguo salón que hacía las veces de dormitorio (vi colchones apilados), el
bisnieto del maestro se debatía con un videojuego y apenas levantó la cabeza de
la pantalla. Hice un pequeño vídeo, que mandé a Vicente. Sobre una de las
pareces de la pieza estaba el “memorial” Nisargadatta. Consistía en una serie
de retratos, del gurú, del que colgaba una guirnalda de flores anaranjadas (el
color de la liberación), de sus padres y de su hijo. Junto a ellos, una figura
kitsch de Ganesha. Me senté un rato a meditar, contemplando el rostro, pícaro y
energético, del maestro. No tuve ninguna intuición extraordinaria, pero sí la
certeza de que aquella mirada que me interpelaba desde una fotografía coloreada
no era la de un impostor. Cuando regresé a España me hice el propósito de
averiguar qué decía. Descubrí que nunca escribió nada, que su pensamiento está
recogido en una serie de conversaciones con diferentes interlocutores, sobre
todo occidentales. La obra había sino editada por un personaje misterioso y
fascinante, un ingeniero polaco llamado Maurice Frydman, de origen judío, que
había abandonado Varsovia en los años 30. Tras unos años en París, se trasladó
a Bangalore para hacerse cargo de la dirección de una central eléctrica.
Seguidor de Gandhi, activista en la lucha por la independencia de la India,
conoció a Krisnamurti y fue discípulo de Ramana Mahashri, cuyo ashram en
Arunachala visitaba siempre que se lo permitían sus obligaciones profesionales.
Tiempo después, tras la muerte de Ramana, se estableció en Bombay y quedó
impresionado por la brillantez espontánea y enérgica con la que Nisargadatta
exponía sus experiencias. Sentía una gran paz en su presencia y se dedicó a
grabar muchas de sus conversaciones, que editó y tradujo del marathi al inglés.
Un centenar de cintas magnetofónicas que se acabaron convirtiendo en un libro
singular y extenso, I Am That (Yo soy eso), publicado en 1973.
El maestro cigarrero
Nisargadatta, de nombre Māruti, nace
en 1897. Su nombre está relacionado con el dios védico del viento y con
personajes épicos especialmente vigorosos, como Hanuman y Bhīma. Sus padres son
campesinos y su infancia transcurre en una granja de Kandalgaon, al sur de
Bombay, en un ambiente laborioso y devocional. Cuando muere su padre, se
traslada a Bombay. Se inicia en la metrópoli como empleado de oficina, pero su
naturaleza independiente y enérgica le lleva a abrir un pequeño negocio, una
tienda de bidis. Allí fabrica y vende estos finos cigarrillos y en pocos años
abre algunas tiendas más (llegará a tener ocho). El 1924 se casa con Sunatibai,
que le da un varón y tres niñas. En 1933, un amigo le presenta al que habría de
ser su gurú. En un principio, él no quiere ir. Pero el amigo insiste e incluso
paga la guirnalda de flores con la que Maruti obsequia al maestro. Sri
Siddharameśvar Maharaj pertenece al linaje de los “nueve gurús”, maestros
mitológicos caracterizados por su sencillez, tanto doctrinal como de comportamiento.
El propio Nisargadatta describirá esta tradición como “un rio que fluye hacia
el océano de la realidad y quien entra en él es llevado a dicho océano”. Y
luego aclara, sin concederle demasiada importancia: “Quienes se ejercitan en la
práctica de centrar sus mentes en el ‘Yo soy’, tal vez se sientan relacionados
con otros que siguieron la misma sadhana y llegaron a la meta. Quizás decidan
verbalizar su sentido de clase llamándose a sí mismos Navnaths (nueve
maestros). Eso les proporciona el placer de pertenecer a una tradición
establecida. Pero darse un nombre particular no ayuda en nada”. La continuidad
de la tradición es informal y voluntaria. Es como un apellido, pero en este
caso de una familia espiritual.
Su maestro le aconseja que observe y
se recree en la sensación “Yo soy”, sin ningún atributo. Māruti obedece. “Todo
mi tiempo libre lo pasaba observándome a mí mismo en silencio. ¡Y qué gran
diferencia supuso eso, y qué pronto! Tardé sólo tres años en realizar mi
verdadera naturaleza”. Se dedica a observar su propia mente en silencio y a
devolverla constantemente al “Yo soy”. Al cabo de tres años, su mente hace
click. Ha funcionado. Tras la muerte de su gurú, decide abandonar familia y
negocios y convertirse en monje itinerante. En su camino hacia el Himalaya,
donde ha decidido pasar el resto de su vida, un peregrino lo convence de que,
dado su temperamento, una vida activa y desprendida resultará más plena y
fructífera. Al regresar a Bombay, sólo encuentra abierta una de sus tiendas.
Retoma el negocio y, atraídos por su elocuencia, algunos comienzan a reunirse
en la calle, junto a su tienda. Cuando su hijo se hace cargo del negocio, las
reuniones se trasladan a su casa, donde ha construido una entreplanta para la
práctica de la meditación.
La pequeña habitación superior de la
calle 10 de Khetwadi Lane se llena a diario durante las horas de consulta. Las
paredes están cubiertas de retratos de santos de las grandes religiones. El
ambiente es agradable y es posible abstraerse del ruido estrepitoso de la
calle. La mayoría de los visitantes son occidentales. Nisargadatta no quiere
discípulos. Tampoco quiere fundar una escuela o institución, sabe que acabaría
siendo prisionero de ella. No gana nada con sus charlas. Tampoco da
orientaciones éticas ni ofrece una doctrina. (O sólo una: “Sin ti, no hay
Dios”). Es un iconoclasta que, como Nāgārjuna, propone dejar de lado todos los
conceptos. Un genuino anarquista del pensamiento.
Tampoco se magnifican las visiones
que uno pueda tener. Éstas carecen por completo de significado (o tienen un
significado vinculado a la propia imaginación y deseos). En este sentido,
Nisargadatta es un antisimbolista. Todo sucede espontáneamente. Asegura que la
consciencia quiere que le hagan caso, que te arrastra de la oreja porque quiere
saber de sí misma, de su verdadera naturaleza.
Como maestro, adopta el nombre de
Nisargadatta. “Nisarga” significa carácter, representa lo natural, el modo de
ser innato. Todas las cosas tienen su propio nisarga, su propia espontaneidad y
emisión. De ahí que el término se relacione con la entrega y el intercambio (y
también con la renuncia y el abandono). “Sarga” puede significar tiro o
disparo, emisión, creación o proyección. Una ráfaga de viento, algo que se
arroja o proyecta. Es uno de los nombres de Śiva. “Datta” es lo entregado u
ofrecido, la donación y el regalo. Un apellido común entre la casta de
comerciantes o vaisya. La traducción del compuesto Nisarga-datta sería “aquel
que entrega espontáneamente su carácter y lo ofrece”.
Entretanto, una mujer californiana,
Jean Dunn, ha escuchado hablar de Nisargadatta en el ashram de Ramana Maharshi
en Arunachala. Cuando lo visita en Bombay, éste ya sufre de un cáncer de
garganta. Tiene dolores, pero se las arregla para hablar dos veces al día. El
maestro le da un mantra y una iniciación. Dunn describe su corta estatura, sus
grandes entradas y ojos centelleantes, penetrantes, y una sonrisa contagiosa.
Alguien mencionó una vez sus grandes orejas y prominente nariz. Respondió entre
risas: “Quizá desciendo de Ganesha, el dios elefante”. Es ingenioso y rápido en
sus respuestas. La conciencia universal se expresa continuamente a través de
los cuerpos. Dunn comenta: “La consciencia se renueva continuamente. Tiras un
pedazo de comida en un rincón; y en poco tiempo hay gusanos ― vida,
consciencia. La misma consciencia que hay en el gusano está en ti. No es “mi”
consciencia, “tu” consciencia; es una consciencia universal, y esa consciencia
universal eres tú”.
El maestro parece ser una persona
común y corriente, pero enseguida, al estar en su presencia, la mente se calma
y se comprende “¡que se puede hacer, que se ha hecho!”. “Bromea, ríe, frunce el
ceño, sacude el dedo, golpea el puño para enfatizar un punto. Las diversas
expresiones juegan en su rostro como la luz sobre el agua. ¡Es magnífico! Uno
siente su energía vibrante, la pura alegría de ser, fluyendo de él. Responde a
todas las preguntas de manera simple, clara y concisa, sin citar las escrituras
ni proponer doctrinas. Es amable y gentil mientras derriba todos tus apoyos”.
Su mensaje es simple y directo: “Tú eres el Ser aquí y ahora. Deja de
imaginarte a ti mismo como ‘esto’ o ‘aquello’. Suelta tu apego a lo irreal”.
Conocer es ser
Según una tradición antigua de la
India, sólo podemos conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. Si hemos de
ser estrictos, “conocer es ser”. Todo lo demás es mera información, banalidad
del dato, ceguera o pseudo conocimiento. Se hace pasar por conocimiento lo que
es simple ignorancia. El saber sólo se logra mediante la transformación
profunda del conocedor. Esa es la apuesta del vedānda no dual, la más radical
de las filosofías de la India. Conocer la generosidad es ser generosidad. Se
conoce la lectura leyendo. Lo mismo puede decirse de la poesía o la santidad,
de la valentía o la inteligencia. Los objetos que crea la actividad científica,
el enlace químico o la partícula elemental, son meros conceptos, destilados por
una teoría, meras palabras, no conocimiento genuino. Al hacer una pregunta, el
propio lenguaje impone la respuesta. Eso es la complementariedad cuántica. Esa
es la conclusión de Wittgenstein en el Tractatus. Ningún ser humano podrá saber
qué es un átomo hasta no tener la experiencia del átomo. Se trata, como puede
verse, de un empirismo radical. Sólo la experiencia puede decirnos lo que las
cosas son. Pero la experiencia propia. El laboratorio impone una distancia, la
del experimento, que, paradójicamente, impide experimentar.
De hecho, el pensamiento es siempre
pasajero. Lo que fue cierto en el pasado, ahora no lo es. Y lo que sabemos
ahora, dejará de ser cierto en el futuro. Pero hay algo más: la comprensión no
aumenta por la acumulación de pensamientos, sino que depende de la relación
entre el ser y el saber. El conocimiento es más un quitar o apartar que un
poner o atesorar. Cuando la mente (de natural charlatana, lianta y enredosa)
llega a su perfección, entonces es lo que conoce. Y lo que la mente conoce es
lo que realmente es, su fuente, frente a lo que aparenta ser. Y “eso” que es,
eso que somos, no es el cuerpo, ni la propia mente, sino la conciencia. Ese es
el significado del título de la gran obra de Nisargadatta: I Am That (que no es
una obra, sino un conjunto de conversaciones grabadas y editadas por un
ingeniero polaco). No se trata aquí, aunque también, de la complicidad con el
resto de los seres que sugiere el “tú eres eso” de las upaniṣad. Somos esa
conciencia, y esa conciencia (que no es egóica) es inmortal. Frente a lo visto
y lo escuchado, la oscuridad y el silencio.
La libertad no es entonces el
resultado ni el efecto de alguna clase de acción o pensamiento. El sabio,
simplemente, retira los obstáculos. Se trata más de una labor de limpieza que
una labor de adquisición. Un desaprender. De ahí que ningún tipo de saber
teórico o acumulativo sirva a su propósito. El lenguaje tampoco. Pero el habla
tiene una doble faz, de ahí su magia. Sabe abolirse a sí misma. Es la magia de
la recitación y la ironía. El habla se deshace entonces de la tiranía del
significado, que es un continuo postergar, un remitir a algo siempre más allá
(agotador), y se centra en sí misma (como siempre han querido los poetas). El
habla se ensimisma. Reconoce su propio vacío. Lo mismo ocurre con la mente, que
en general nos enreda, pero que guarda en su interior la llave de su propia
abolición. Esa llave es la palabra recitada, y también la respiración. La
detención de la mente hace que pueda brillar la luz de la conciencia. El sol
brilla cuando las nubes se disipan. De ahí que algunos lenguajes simbólicos,
algunas metáforas, ayuden a comprender esta propuesta. La conciencia es como el
espacio, como el sol, como la semilla. Estos símbolos, no definen, sugieren. No
describen, insinúan.
Portada de 'I Am That', de Sri
Nisargadatta Maharaj.
VYACHESLAV ARGENBERG (WIKIPEDIA)
Un método sencillo
Para entender el método de
Nisargadatta lo primero es asumir la diferencia entre mente y conciencia. La
mente es por naturaleza vagabunda. No hay nada estable en ella. Es pura
inquietud, va de un lado a otro constantemente. Todo lo enreda y complica. Para
estabilizarla, se puede fijar el centro de la consciencia por encima de ella.
La vía propuesta por Nisargadatta, que le fue sugerida por su maestro, es
rechazar todos los pensamientos salvo el “Yo soy”. Ese yo no es el ego (el ego
es mental), sino el yo de la conciencia. Hay que tener paciencia y
perseverancia, pues al principio la mente se rebela. Pero si se insiste en
dicha práctica, finalmente ocurre el milagro. Y entonces empiezan a suceder las
cosas de un modo espontáneo. Esto, claro está, exige una larga lucha con la
propia mente.
Hay otro método, que es vivir la vida
tal y como viene, con alegría y atención, sufriendo y disfrutando, sabiendo que
la felicidad no puede encontrarse en lo pasajero, que el placer y el
sufrimiento se alternan de forma inexorable. De no hacerlo así, la mente estará
siempre en su estado natural, que es la ansiedad y la inquietud. Pero eso que
se agita no es el Ser real, sino su reflejo en la mente. Nisargadatta utiliza
una imagen clásica del vedānta: la imagen de la luna reflejada en el agua
tiembla, pero es debido a la agitación del agua (la mente), no de la luna (la
conciencia). Así son las relaciones entre la conciencia y la mente. La
identificación de ambas (como hacen las neurociencias de hoy) supone el peor de
los errores. Significa entrar en un laberinto sin salida. Hay una imagen que
nos puede ayudar a entenderlo. El universo es mental, es experiencia,
percepción, memoria, intención y lenguaje. Todo esto está comprendido en un
ámbito mayor, que es el de la conciencia. La mente (el universo) es un subconjunto
de la conciencia. El universo es la totalidad de lo conocido (la totalidad de
las experiencias) en la inmensidad de lo desconocido. Lo conocido está inmerso
en lo desconocido o, como se decía antiguamente, en el misterio. En esa
conciencia, el mundo aparece y desaparece (el viejo modelo cosmológico del sāṃkhya), se manifiesta y luego deja de
manifestarse. De ahí que diga: Todo lo que es, es Yo, y todo lo que es, es Mío
(siendo estos pronombres mayúsculos la conciencia). Nisargadatta sigue una
vieja máxima del vedānta: todo lo que está sujeto al tiempo es efímero e
irreal. La evolución cósmica, como un todo, puede ser un parpadeo. Depende de
la escala temporal que utilicemos. “El mundo no dura más que un instante. Es tu
memoria la que te hace pensar que el mundo tiene una continuidad”. Pero quien
no vive de recuerdos ve el mundo tal cual es: una aparición momentánea en la
conciencia.
De hecho, la idea misma de la
inconsciencia existe sólo en la consciencia. ¿Y cómo describir la consciencia?
En este punto Nisargadatta recurre a las upaniṣad. Sólo es posible definirla
mediante negaciones, mediante lo que no es. Un viejo recurso de la teología
negativa: inamovible, indiscutible, inaccesible inasible. Cualquier definición
positiva proviene de la memoria supondría una petición de principio. ¿Se trata
entonces de una abstracción? Tampoco, pues las abstracciones son operaciones de
la mente, requieren de la memoria, de experiencias y hechos, reunidos en una
categoría. Mientras que la consciencia es sólo presente.
Mente significa problemas. La mente
es agitación, bullicio. No hay paz en la mente. Lo que por naturaleza es
agitado no puede estar en paz. Pero se puede desactivar. Mediante la
respiración o mediante la recitación. Yoga significa sintonía, conexión, apaciguamiento.
Pero esa paz que logra el yoga es frágil. La conciencia (que no hay que
confundir con la mente o el ego) no tiene necesidad que se le apacigüe. No está
en paz, sino que es la paz misma. Es el “eso” del “Yo soy eso” que propone
Nisargadatta.
Llamamos progreso al paso de lo
desagradable a lo agradable. Pero ningún cambio puede llevar, por sí mismo, a
lo que no cambia. La personalidad es un producto de la imaginación. El ego es
una víctima de esa imaginación (que es memoria, intención y lenguaje). Lo que
nos confunde es tomarnos por lo que no somos. Nada se puede lograr sin apartar
los obstáculos. Esos obstáculos son el deseo de placer y el miedo al
sufrimiento. El obstáculo es el juego placer-dolor. ¿Quién desea? Otro. Las
raíces del deseo están en la imaginación, y esa imaginación no es “nuestra” (o
sólo lo es provisional y superficialmente).
Antes de que algo llegue a existir,
se necesita de una persona a quien se le pueda manifestar. Nisargadatta buscó
lo que su maestro le dijo que buscara. Observó el sentido del “Yo soy”, durante
tres años. Un ser sin cualidades. No se trata de centrarse en Yo soy
comerciante o Yo soy de Bombay o Yo soy padre de familia, todas esas
propiedades son el ego, sino de atender al mero Ser sin atributos. Centrar la
atención en esa sensación. Observarla sostenidamente en silencio. No es difícil
de hacer, lo difícil es mantenerla, estar un buen rato en el “Yo soy” o, si
queremos quitar el ego, simplemente en el “soy”.
La sensación de ser es lo primero que
emerge. Hay que limitarte a contemplarla tranquilamente, a averiguar su origen.
Es una sensación que está siempre a mano, a diferencia de otras, como la
sensación de frío o de calor, de placer o de dolor. La sensación de ser está
siempre ahí, es la siempre fiel, el sustrato del resto de las sensaciones, por
eso podemos afirmar que es una sensación original. Y el origen no es otra cosa
que el presente, el ahora. Pero lo que ocurre es que ese “Soy” es opacado por
pensamientos sobre el futuro o recuerdos del pasado, por opiniones o
sentimientos, por deseos y temores. Todas esas sensaciones se le adhieren y
opacan, y obstaculizan la sensación original. Y la seguridad del origen (que es
el ahora) se llena de anhelos, inquietudes y miedos.
Cada experiencia pone de manifiesto
un experimentador, un “soy”, una particular sensación de ser, que emerge entre
los diferentes obstáculos que la oscurecen. Cada experiencia tiene su propio
experimentador. Y no es el mismo, aunque aparentemente sea el mismo individuo
el que vive dichas experiencias.
El mismo hecho de percibir muestra
que uno no es lo que percibe. Pero la percepción es la que permite encontrar a
ese “uno”, a ese que es (o que somos) sin atributos. Para ello se precisa de
una mirada sin memoria ni deseo. “Deja de pensar que haces esto o aquello y te
darás cuenta de que eres el origen y el centro de todo. Te vendrá entonces un
gran amor que no es consecuencia de una elección, ni de una predilección, ni de
un apego, sino un poder que hace que todo sea amable y digno de amor”. Para
Nisargadatta su propia vida es como la de todos los demás, una serie de
acontecimientos, que se suceden como las perlas de un collar. “Lo único que ha
pasado es que me he separado y veo esos acontecimientos como un espectáculo,
mientras que tú te aferras a las cosas y te mueves con ellas”. Nada muy
diferente de las enseñanzas de la Bhagavadgītā. Nuestro centro de atención está
desplazado. La mente se aferra con fuerza a las cosas, a las palabras, a las
ideas. Si uno centra la atención en el Sí mismo, si se observa actuar, si se
observar mirar, oír, oler, tocar, si estudia minuciosamente la vivienda que
erige (y donde se encierra) la propia mente, lo que se rechaza y lo que se
desea, advierte que lo real no es, no puede ser, un producto del pensamiento.
Incluso la sensación del “Yo soy” no es continua. La propuesta es audaz y, en
muchos sentidos, un azote contra todas las formas del pensamiento. Pues lo que
nos está diciendo es que la sabiduría no está ahí. Supone consagrar la propia
vida a la observación del “Soy”, frente a dedicarla al trabajo o a cumplir los
propios deseos y ambiciones.
El río de la vida corre entre la
orilla del sufrimiento y la orilla del placer. Vamos continuamente de una a
otra. Pero en lugar de navegar, nos aferramos a las orillas. Lo que
Nisargadatta entiende por navegar es la aceptación, dejar que venga lo que viene
y que se vaya lo que se va. Una indiferencia estoica. “No desees, no tengas
miedo, observa el presente tal como es y cuando llega, porque tú no eres lo que
llega sino a quién llega”.
Tiempo y presencia
El presente es la marca de lo real.
Real es quien está siempre en el ahora. Lo demás es distracción, que es un modo
de la irrealidad. Sin embargo, esa realidad puede dejarnos exhaustos. De ahí
que de vez en cuando desaparezca de la ventana de la atención. El recuerdo
pertenece al presente. También el futuro. El primero lo crea la memoria, el
segundo, la imaginación, el deseo o el temor. La intención de ambos, ya sea
rememorativa o especulativa, es lo que tienen de real. Tanto el pasado como el
futuro agitan la mente, la distraen, la sacan del ahora. Pero pasado y futuro
no son otra cosa que “ahora”, de ahí que sean engañosos. Parecen llevarnos a
otro tiempo, pero, si los observamos de cerca, vemos que se trata de una
ilusión, vemos que no hay otro tiempo que el ahora.
Los diálogos con Nisargadatta tienen
una densidad que deja exhausto al lector. Hay que ir despacio y hacer paradas
para tomar aliento. “La mente crea el abismo. El corazón lo cruza […] Es el
deseo lo que da el nacimiento. Se imagina y se quiere lo deseable y se
manifiesta como algo tangible o concebible. Así es como se creó el mundo en que
vivimos, nuestro mundo personal. El mundo real está fuera del ámbito mental, lo
vemos a través de la red de nuestros deseos, distinguiendo entre el placer y la
miseria, lo justo y lo falso… Para ver el universo tal como es, tienes que
pasar al otro lado de la red. No es difícil, la red está llena de agujeros”.
Nisargadatta, como Nāgārjuna, afirma que todo existe sin causa. El origen no es
una causa y ninguna causa es un origen. “Se puede estudiar la forma en que se
produce una cosa, pero no descubrir por qué una cosa es lo que es. Una cosa es
así porque el universo es lo que es”. Parece retórica y, al mismo tiempo, de
una gran hondura.
Diccionario filosófico
Las definiciones de Nisargadatta son
perspicaces y todas ellas traen alguna sorpresa. La conciencia aparece y
desaparece en el cosmos. Es una conciencia pulsante, como un corazón de luz,
sobre el fondo oscuro del Ser. Lo manifiesto y lo inmanifiesto. Así en nuestra
vida, donde somos conscientes a intervalos. La consciencia no es permanente. El
conocedor se manifiesta y desaparece con lo conocido. Pero las palabras eterno
o permanente no se aplican aquí. La falta de experiencia es, en cierto sentido,
una experiencia. Como cuando decimos en una habitación oscura: “no veo nada”.
La muerte es un cambio en el proceso
de la vida. Termina la integración y se inicia la desintegración. El
pensamiento desaparece al morir, como apareció al nacer. Y queda la vida, que
es la manifestación de la necesidad de la conciencia de un vehículo (para
vivenciar la experiencia). Cómo aquello que contaba Jean Dunn sobre las sobras
de la comida y los gusanos. Lo que nace tiene que morir. Lo único que no muere
es lo que no nace. Con otro cuerpo-memoria (registro de todo lo experimentado,
nube de imágenes) surge otra forma de pensamiento. En la muerte sólo muere el
cuerpo. La vida no muere. Y la vida es pensamiento. Tampoco muere la
consciencia. Eso es lo que hay que encontrar, cuyo pálido reflejo es nuestra
sensación de “yo”. Nisargadatta recomienda centrar en ello la mente y el
corazón, con confianza y tenacidad. Estar con él en todos los instantes de que
se pueda disponer, hasta que la atención de dirija a él de forma espontánea.
Algo simple y fácil.
Sin la muerte estaríamos sumidos en
una senilidad eterna. No puede haber renovación sin muerte. Hasta la oscuridad
del sueño es reverdecimiento y rejuvenecimiento. La vida y la muerte se
necesitan la una a la otra. Ver el fin en el principio y el principio en el
fin. Pero la inmortalidad no es la continuidad. Lo único continuo es el cambio.
Eso es el tiempo. La conciencia pura es ajena al tiempo. El tiempo sólo existe
“en” la conciencia. Más allá de la conciencia, ¿Cómo hablar del espacio y el
tiempo?
Lo que llamamos energía es de hecho
deseo. Todo desea, todo tiene cierta energía deseante. Si el deseo no es lo
suficientemente intenso, no erige formas. La lucidez y la profundidad penetra
en todas las estructuras del deseo. La cualidad luminosa (sattva) es fuerte y
pura, como el sol. Puede aparecer oscurecida por las nubes o el polvo. Hay que
ocuparse de las causas de ese oscurecimiento, no del sol. Purificarse mediante
una vida ordenada y útil. Observando los propios pensamientos, palabras y
actos. Aquí entra la cultura mental del budismo. Todo ello aclara la visión. La
verdad, la bondad y la belleza son su propio fin. Se manifiestan de manera
espontánea.
El cosmos de Nisargadatta hunde sus
raíces en la metafísica de las upaniṣad. El mundo no es más que un reflejo de
la imaginación y el deseo. El mundo está en uno mismo. Esa es la mente del
mundo (percepción, memoria, intención y lenguaje) que nos atraviesa y de la que
el deseo egótico saca sus energías. La conciencia pura es el estado original.
Todas sus caracterizaciones, como se dijo, han de ser negativas. Sin principio
ni fin, sin causa, sin apoyo, sin partes, sin cambios. Esa conciencia se
refleja en la naturaleza, que es en esencia dual (sin dualidad no habría
transformación y el mundo estaría petrificado). Y entonces aparece la
conciencia del yo, que es relativa a su contenido, que es siempre conciencia de
algo, como dicen los fenomenólogos. Esa conciencia es parcial y mutante,
mientras que la otra, la original, es inmutable, pura y silenciosa, la matriz
común de todas las experiencias. En cada estado de la conciencia egóica hay
algo de la conciencia pura. Esa es la que hay que rastrear, seguir, observar.
Si se observan las propias corrientes de conciencia se llega a la conciencia
pura. Y, al hacerlo, nos desplazamos al origen. Un origen, para entendernos,
sin comienzo. Un ahora eterno. “Es como limpiar un espejo. El mismo espejo que
te presenta el mundo tal como es, te mostrará también tu propia cara. El
pensamiento “soy” es el trapo de limpieza. Utilízalo”.
La devoción al maestro. Gracias a la
fe en su gurú y a su fidelidad, Nisargadatta comprendió su verdadero ser. Habla
de su realización en estos términos: “El placer y el sufrimiento perdieron su
imperio. Me sentía completo. No tenía necesidad de nada. Vi cómo, en el océano
de la conciencia pura, en la superficie de la conciencia universal, se levantan
las olas del mundo fenoménico que lo atraviesan sin principio ni fin.” Todas
esas olas y remolinos son los diferentes yoes. “Hay una fuerza misteriosa que
los cuida. Esa fuerza es la Conciencia pura, Vida, Dios, no importa el nombre
que le des. Es la base, el último soporte de todo. ¡Y tan íntimamente
nuestra!”.
Se le puede llamar vacío, pero es un
vacío lleno a rebosar. Un eterno presente. “El supremo da vida a la mente y la
mente da vida al cuerpo. De ahí que la mente cuide perfectamente del cuerpo. El
vacío es una apertura. Desde el punto de vista de la mente, no es más que una
abertura que deja que la luz de la conciencia pura entre en el espacio mental.
Al igual que el universo es el cuerpo de la mente, la consciencia es el cuerpo
del supremo.”
Mientras te preocupe el pecado y la
virtud no encontrarás la paz. Lo contrario del pecado, lo que tú llamas virtud,
no es más que una sumisión nacida del miedo. El puente es el amor. Lo que
mantiene la integridad del cuerpo es el amor. El amor es la vida y la vida es
el amor. El deseo es amor propio. El conocimiento amor a la verdad. El
conocimiento superior es inherente a la naturaleza humana. Un mantra posible:
“Yo no soy más que el testigo”. El resto no me pertenece. El sonido crea la
forma que tomara cuerpo en el Yo. La conciencia de algo es lo que llamamos
mente. La conciencia sin contenido es la conciencia pura, del origen, que es el
ahora. Un origen sin comienzo, perpetuamente renovado. Sólo se puede oír en el
silencio. Sólo se puede ver en la oscuridad.
Las conversaciones son muy
sustanciosas y se encuentran diálogos vertiginosos.
- Dios rige el mundo, Él lo salvará.
- Eso es lo que tú crees. ¿Ha venido
a decirte que el mundo era su creación y su responsabilidad, no la tuya? Yo y
todos los demás aparecemos y desaparecemos en tu mundo. Todos somos gracias a
ti.
Dios no te conoce. No conoce ni
siquiera el mundo.
Y, en otro lugar:
- Dios no rige el mundo
- ¿Quién lo hace?
- Nadie. Todo se produce de sí mismo.
Todo esto no es más que un juego de la consciencia. Todas las divisiones son
ilusorias. Sólo puedes conocer lo falso; lo verdadero, debes serlo.
- Hay conciencia-espectáculo y
conciencia-observador. ¿La segunda es el supremo?
- Hay individuo y testigo. Cuando ves
a los dos como uno solo, cuando transciendes los dos, estás en el estado
supremo. No es perceptible porque es lo que hace que la percepción sea posible.
No puede haber vida sin consciencia,
tampoco consciencia sin vida. Las dos no son más que una. En este punto,
Nisargadatta se desvía del vedānta no dual (para el cual lo único real es el
ātman). Hay una dependencia entre la vida y la conciencia. Una existe por la
otra. La naturaleza es tan real como la conciencia. Ambas son complementarias.
“Todo lo demás es sólo cuestión de nombre y de forma. Mientras sigas pensando
que sólo existe lo que tiene un nombre y una forma, el supremo te parecerá
inexistente. Los nombres u las formas son conchas vacías, lo único real es lo
que no tiene nombre ni forma y es pura energía de vida, luz de la consciencia,
profundo silencio de la realidad”.
La consciencia, es; todo lo demás,
sucede. Entiendo que todo esto puede parecer excesivo y, de hecho, lo es. Sobre
todo, para cualquier lector que no esté familiarizado con el pensamiento
védico, cuya radicalidad es a veces pavorosa. Hay frases delirantes y lúcidas.
Todo es incondicionado. El mundo no tiene causa. La causalidad sólo está en la
mente. La luz no se mueve. Y no hay más que luz. Conocer el origen es ser el
origen. El lenguaje es una herramienta de la mente. El deseo no se calma tras
su satisfacción. Vuelve a aparecer. Es sólo una tregua. Todo el sufrimiento del
mundo ha nacido del deseo. Todos los deseos son malos, pero unos son peores que
otros. Persigue un deseo: siempre te dará problemas. Sólo es bueno lo que te
libera del deseo, del miedo y las falsas ideas. La muerte no es ninguna
calamidad. Sé por experiencia que todo es felicidad. Pero desear la felicidad
produce sufrimiento. Se cierra el círculo.

Comentarios
Publicar un comentario